sábado, 3 de enero de 2026

Año nuevo, misma mierda.

Nuestra gran tragedia es que se nos ha olvidado que las estrellas existen. No las miramos porque la contaminación lumínica enceguece los cielos. Por eso ahora nos conformamos con observar el sucedáneo de minúsculos universos de lucecitas navideñas de colores, tan industriales como falsos. No las miramos porque nos han acostumbrado a inclinar la testuz para atrapar nuestra mirada en una pantalla. Porque hemos perdido la conexión con lo natural, "encoñados" como estamos con lo terrenal, lo material, la tecnología y el afán de tener, olvidando nuestra conexión ancestral con el cosmos. Comenzamos cada año ensoñando utopías materialistas, fantasiosos deseos y realidades ilusorias que, la mayoría de las veces, sólo nos conducen a una eterna espera, un continuo aplazamiento o una frustración sistémica. Amamos las ilusiones que no conllevan acción, esas que nos dejan siempre en una terraza a la intemperie, que certifican la debilidad de las junturas humanas, la hipocresía de nuestras vidas en comunidad y la facilidad con la que los plomos saltan cuando las biografías se buscan unas a otras. El 2026 apenas ha empezado y ya nos muestra la voladura del derecho internacional, una política en la que una mayoría de ciudadanos se inserta desde el odio, la pulverización de la verdad como nunca antes habíamos sido testigos, la hegemonía de lo intrascendente, el olvido de lo humano. Apenas ha nacido y este 2026 ya pinta negro de sangre seca, de guerra injusta, de personajes históricos con el alma podrida, de pozos a los que arrojar nuestras democracias. Todavía no se han apagado los alumbrados destinados a generar ilusión en las mentes cándidas y ya se nos muestra una madrugada azabache, por mucho que quieras perseguir esa incandescencia, por pequeña que sea, de esperanza y comunidad. Por eso, en este año nuevo que da sus primeros pasos, quien no quiera sumergirse en la más profunda distopía deberá, al menos, encender una velita, arrimar leña a la lumbre de la convivencia en vez de sofocarla con el extintor y, sobre todo, avivar los afectos, que no queman pero sí calientan el alma. Cada gesto cuenta contra la barbarie, que nunca podremos enfrentar solos. Procuremos hacer de la amistad un arma blanda de resistencia. Eso es tan importante como crear una belleza luminosa que cale en cualquier rincón y comience a disolver la oscuridad y el miedo donde anida el odio.

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