Elon Musk mira mucho últimamente a España, lo cual nos debería preocupar, y mucho. Ya en Davos dijo que las zonas de la "España Vaciada" serían ideales para convertirse en la "central eléctrica de Europa". A esta gentuza las personas les importa una soberana mierda. Con empatía cero, una absoluta falta de respeto y una pasmosa capacidad de meter sus narices en lo que no le importa, este tipejo no ve vidas ajenas sino beneficios económicos. Hace unos días, demostrando que trabaja poco, se dedicó de nuevo a meterse donde nadie le llama y criticó la regularización de inmigrantes que ya están en España pero aún sin papeles. Y, la última, ha sido insultar al presidente del gobierno español tras su anuncio de que España va a prohibir el acceso a redes sociales a los menores. Esto último le escuece directamente como dueño de la red X, la antigua Twitter, que él ha convertido en un lugar pestilente y nauseabundo, es decir, un reflejo de si mismo. Convendría recordar quién es Musk, el tipo al que su biógrafo lo llamó "psicópata" después de una sesión fotográfica en Auschwitz donde "no le importó en absoluto lo que presenció". Musk es el tipejo que describió la empatía como un "error en el sistema" de la civilización occidental. El que hizo el saludo nazi en la investidura de Trump. El empleado que explota, maltrata e insulta a sus empleados. Un imbécil que ha llamado a un hijo "Techno Mechanicus" y a otro le ha puesto el nombre de la contraseña del Wifi. Este monstruo es un sociópata de libro. Un ser despreciable, un misógino, un negacionista, un mentiroso compulsivo, un narcisista enfermizo. Es un antimodelo que, desafortunadamente, es aplaudido, entre otros, por Abascal y sus militantes de la ultraderecha. El problema es que este fachotecnócrata tiene mucho poder, sobre todo desde que compró Twitter para poder dominar la comunicación y el acceso a la gente más joven y la más ignorante, perdón, con menos "posiblidades". Porque es más fácil leer un mensaje o un vídeo que pensar, es más fácil rezar que leer. Musk es la cumbre de la colonización fascista de los medios de comunicación, es el gran muñidor del secuestro de las redes por la extrema derecha, que tiene, especialmente a los chavales, encantados con su discurso manipulador. Por eso Musk y Abascal coinciden en el insulto a cualquiera que quiera poner límites a la ola reaccionaria en redes sociales que empuja a la ultraderecha al poder mientras machaca la mente de los jóvenes.
miércoles, 4 de febrero de 2026
martes, 3 de febrero de 2026
Guerra cognitiva.
La gente no lo sabe pero estamos en guerra. No es una guerra convencional, es la guerra cognitiva. Según fuentes de la OTAN, ésta se define como: “El conflicto en el que la mente humana es el campo de batalla y cuyo objetivo es el de cambiar no solamente lo que la gente piensa, sino también cómo actúa, lo que, llevado a cabo con éxito, moldea e influye en las creencias y comportamientos individuales y grupales". En su forma extrema tiene el potencial de fracturar y fragmentar a toda una sociedad, de modo que ya no tenga la voluntad colectiva de resistir a las intenciones del adversario. Pero, ¿quién nos ha declarado esta guerra y por qué? Pues el ultraliberalismo para, por un lado, obtener el control individual y colectivo de las sociedades y, por otro, eliminar toda alternativa antisistémica, especialmente el progresismo en todas sus formas. Con ese fin, está en curso un despliegue de operaciones de adoctrinamiento anti-alternativas y de disciplinamiento a los dogmas del libre mercado, que se implementan principalmente a través de las redes digitales. Distintos expertos advierten de las funestas consecuencias (algunas ya muy visibles) de esta guerra: desde la pérdida de la voluntad colectiva y la fractura o implosión de una sociedad, hasta diversos niveles de autodestrucción individual y colectiva, pasando por daños irreversibles en el funcionamiento mental de las personas. Esta guerra acaba teniendo un carácter civil, pues es fundamental en ella la militarización de la opinión pública. De ahí el ambiente de polarización y crispación extrema. Sus armas son muy diversas. Se ha llegado incluso a desarrollar nuevas disciplinas, por ejemplo, la agnotología, que es la ciencia de la producción de la ignorancia. Sus instrumentos son muy variados, desde el fomento de ludopatías o la dependencia de las redes sociales, que subyugan el intelecto con ideas obsesivas, temas estereotipados y circunstancias triviales, hasta la manipulación informativa para conseguir que intervengan más los estímulos emocionales que el uso de las neuronas. Además, mucha gente ya es incapaz de distinguir la información del relato interesado o la simple propaganda; la realidad de la ficción; la verdad de la mentira. Ésta se ha convertido en palanca de la manipulación social. Esto último se verifica cotidianamente en el campo de la información, donde las noticias falsas o la difusión de datos apócrifos se han posicionado como una forma de hacer comunicación. Igualmente, una batería de inexactitudes, datos sesgados, opiniones interesadas, "olvidos" y ocultaciones, figuran como elementos constitutivos de una información especulativa y militante. "El objetivo es lograr que el "enemigo" se destruya a sí mismo desde adentro, dejándolo incapaz de resistir, disuadir o desviar nuestros objetivos”, dice un estudio de la OTAN. Los procedimientos para fomentar la autodestrucción y la polarización extrema son variados, pero se priorizan aquellos destinados a fragilizar los procesos organizativos y de unidad social, acelerando las divisiones preexistentes o introduciendo nuevas, propiciando el enfrentamiento entre los diferentes grupos que conforman una sociedad y el incremento constante de la polarización. Con el recurso a la agnotología y el individualismo se persigue el desinterés en lo colectivo, principalmente en la política, pero también en lo social e incluso en las expresiones culturales que no se organizan desde el mercado. ¿A qué todo esto explica muchas cosas?
lunes, 2 de febrero de 2026
La AVE: despilfarro y ruina.
Llevo años diciendo, ante la mirada entre incrédula y compasiva del personal, que el modelo de la Alta Velocidad en España es un despilfarro, un soberano disparate. Esto me ha debido crear una sólida fama de "rarito", de zumbado, de aguafiestas. Pero, ¡tengo datos!. El problema es que mucha gente sabe de infraestructuras ferroviarias lo mismo que la vaca que mira asombrada pasar el tren. Y, lo peor, ignora que el mundo ferroviario en España es una larga historia para llorar. La construcción de la red la hicieron compañías privadas, de capital mayoritariamente extranjero, para responder a sus intereses, especialmente mineros, y no a los nacionales; que no hubo un plan general sino que se construía a tramos, muchas veces inconexos, que la "cagamos" con la elección del mayor ancho de vía; que nos pegamos un tiro en el pie con el diseño centralizado que aún hoy mantenemos; que las compañías privadas, cubiertos sus intereses, dejaron de invertir y nos legaron una red tercermundista; que la guerra civil fue el remate para la red; que el franquismo, con la falta de inversiones, nos legó un ferrocarril obsoleto y con pésimo servicio; que, desde los tecnócratas, todos los sucesivos gobiernos apostaron por el transporte por carretera abandonando a su suerte el ferroviario; que cuando PSOE y PP se obsesionaron con la Alta Velocidad se comenzó a abandonar y cerrar líneas ferroviarias convencionales por todo el país, dejando -al margen de los grandes corredores- a amplias zonas sin servicio ferroviario. Sin que nadie dijese ni pío. Y llegó la obsesión por la Alta Velocidad. El resultado fue una red de casi 4.000 km de longitud (casi tantos como Francia y Alemania juntas), con otros 1.661 en construcción. Lo ya construido nos ha costado 57.000 millones de euros y el coste total será de unos 73.148 millones. El coste por km de AVE construido es de unos 16 millones de euros. Presumimos de ser el país con mayor red de Alta Velocidad de Europa, pero no pensamos en que eso hay que mantenerlo a base de dinero: cada km de AVE anualmente cuesta 120.000 euros en su mantenimiento. Y un último dato para la reflexión: la única línea de AVE rentable en Europa es la de Lyon – París. Todas las españolas son deficitarias. El coste de billete de Lyon – París es casi tres veces el de Madrid – Barcelona. ¿Tendrá algo que ver?. Todos los informes económicos nos dicen que el AVE es una ruina económica. ADIF tiene una deuda de unos 25.000 millones de euros. Todo el mundo pide, exige, se queja. Todos queremos buenos servicios, que funcionen como un reloj; que haya puntualidad... Pero, ¡ay!, después nadie quiere aflojar el bolsillo. Todos queremos tener donde vivimos lo mejor. Y los políticos prometen Aves, aeropuertos, polideportivos, centros culturales, iluminaciones navideñas de ensueño... Pero se nos olvida que la función del político es servir a la sociedad dando buenos servicios sanitarios, educativos, de asistencia... Y que cada euro invertido en cuestiones no esenciales se retrase de una mejor inversión en las que sí lo son.
domingo, 1 de febrero de 2026
¿Culpable, yo?
Nos gusta buscar culpables. De lo que sale mal. De lo que nos frustra. De los anhelos que no se materializan. De los sentimientos no correspondidos. De la incomprensión. O de que la vida se perciba de maneras distintas. Culpables de que la realidad no sea como nos gustaría. De que el tiempo no vaya a nuestro ritmo, y a veces toque esperar. Tener alguien a quien señalar, contra quien dirigir nuestro enfado, decepción o crítica parece que al menos permite pensar que las cosas podrían ser distintas. Más aún, que deberían ser distintas, y si no lo son, es por culpa de quienes no actúan como tendrían que hacerlo. La asignación de culpas permite convertir la frustración en algo más manejable, al poder descargar contra alguien nuestro malestar. Entonces convertimos la decepción en enfado, en reproche (público o silencioso), y en algunos casos, en conflicto. Y demasiadas veces también, puestos a repartir culpas o asignar responsabilidades, nos cuesta empezar por nosotros mismos. Asumir las propias opciones también es importante. Y la auto-crítica es necesaria. Para no andar pensando que es el universo -o los demás- quien conspira contra uno. En todo caso, aunque es posible que en algunas ocasiones sí podamos incidir en la responsabilidad que alguien tiene, ya seamos nosotros mismos u otros, muchas veces no hay culpables. No hay responsables. Y no hay mala intención detrás de esa realidad esquiva. Es, sencillamente, que nosotros no somos el centro del mundo. Y que la realidad es más compleja que nuestras expectativas. Es que las personas somos diferentes y no siempre podemos amoldarnos a las expectativas ajenas.
Emociones y economía
El radical capitalismo ha logrado fusionar la esfera emocional y la económica, de modo tal que las emociones se han convertido en una derivación de la conducta económica. El afán consumista invade, coloniza y parasita nuestros vínculos, tanto de las personas con los objetos como de ellas entre sí. Nuestra vida privada se satura de emociones -muchas veces artificiales, provocadas y hasta programadas- al tiempo que se hace pública y notoria, dejando así de ser privada. La intimidad se va difuminando y se exhibe sin pudor en el escenario público de las redes. Lo interior se da la vuelta, pasa a ser exterior y, por ende, contable y medible, carne de control social. Y sin darnos cuenta la mirada continua de los otros es el método de vigilancia perfecto, una jaula de cristal. La "ideología emocionalista" hace que, en la actualidad, el hedonismo esté hipotecado al dinero. La alegría y el placer se adocenan, se embotan al volverse normativos y regulados. Hacemos cosas porque están de moda. Aspiramos a hacer lo que todos hacen. Sólo hay que ver las colas de gente, móvil en ristre, para hacerse la misma foto, desde la misma perspectiva, con la misma pose y el mismo gesto. Y su prisa por subirla a redes, como si fuera algo único e irrepetible, aunque en el fondo late el deseo de proclamar: "yo, también lo hice". Así, las emociones y los sentimientos se producen en cadena, se diseñan, se comercializan, se consumen. Y también se fosilizan. Los que antes fueron oasis de libertad personal han sido desecados, asfaltados y reducidos a componente impersonal de una anodina circunvalación de acciones que siempre provocan la misma emoción. Es el resultado de una época de tecnodependencia, ligada a una borrachera sin fin de despilfarro, de consumo inmoderado espoleado por la publicidad, el espectáculo, Internet y las "mafias" de la información, que someten al individuo a un proceso constante de auto valoración de base económica. Ya no basta el bienestar interior de celosa intimidad. Necesitamos extrovertirlo para buscar aprobación. Nadie despierta interés en redes por leer un libro, dar un paseo, charlar pausadamente con un amigo o tumbarse a ver el cielo. No, hay que exhibirse con acciones y actividades que nos hagan ser envidiables. Las que llevamos a cabo en el escaso tiempo que nos deja cotillear las que los demás hacen e intentar descubrir cuáles están de moda para imitarlas. Y cuando el yo se ve despojado de carácter propio y constreñido a parecerse a los demás construyendo una personalidad-máscara a base de objetos y actividades que son los mismos para todos, la autonomía y la libertad se van a hacer puñetas.