El radical capitalismo ha logrado fusionar la esfera emocional y la económica, de modo tal que las emociones se han convertido en una derivación de la conducta económica. El afán consumista invade, coloniza y parasita nuestros vínculos, tanto de las personas con los objetos como de ellas entre sí. Nuestra vida privada se satura de emociones -muchas veces artificiales, provocadas y hasta programadas- al tiempo que se hace pública y notoria, dejando así de ser privada. La intimidad se va difuminando y se exhibe sin pudor en el escenario público de las redes. Lo interior se da la vuelta, pasa a ser exterior y, por ende, contable y medible, carne de control social. Y sin darnos cuenta la mirada continua de los otros es el método de vigilancia perfecto, una jaula de cristal. La "ideología emocionalista" hace que, en la actualidad, el hedonismo esté hipotecado al dinero. La alegría y el placer se adocenan, se embotan al volverse normativos y regulados. Hacemos cosas porque están de moda. Aspiramos a hacer lo que todos hacen. Sólo hay que ver las colas de gente, móvil en ristre, para hacerse la misma foto, desde la misma perspectiva, con la misma pose y el mismo gesto. Y su prisa por subirla a redes, como si fuera algo único e irrepetible, aunque en el fondo late el deseo de proclamar: "yo, también lo hice". Así, las emociones y los sentimientos se producen en cadena, se diseñan, se comercializan, se consumen. Y también se fosilizan. Los que antes fueron oasis de libertad personal han sido desecados, asfaltados y reducidos a componente impersonal de una anodina circunvalación de acciones que siempre provocan la misma emoción. Es el resultado de una época de tecnodependencia, ligada a una borrachera sin fin de despilfarro, de consumo inmoderado espoleado por la publicidad, el espectáculo, Internet y las "mafias" de la información, que someten al individuo a un proceso constante de auto valoración de base económica. Ya no basta el bienestar interior de celosa intimidad. Necesitamos extrovertirlo para buscar aprobación. Nadie despierta interés en redes por leer un libro, dar un paseo, charlar pausadamente con un amigo o tumbarse a ver el cielo. No, hay que exhibirse con acciones y actividades que nos hagan ser envidiables. Las que llevamos a cabo en el escaso tiempo que nos deja cotillear las que los demás hacen e intentar descubrir cuáles están de moda para imitarlas. Y cuando el yo se ve despojado de carácter propio y constreñido a parecerse a los demás construyendo una personalidad-máscara a base de objetos y actividades que son los mismos para todos, la autonomía y la libertad se van a hacer puñetas.
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