jueves, 2 de abril de 2026

Perder la fe

Un recién nacido carece de fe. Esta no es algo genético, algo que nos viene dado. Por el contrario, como la misma religión, es un proceso que se propone y comparte, siendo la familia quien la transmite por contagio y testimonio. Podríamos decir que la fe se hereda. Crecemos en un mundo donde la fe no es una opción, sino un paisaje. El individuo no elige. Se le trasmite, se le enseña, se le impone la fe. Es verdad que Dios está en todas partes. Dios está en las palabras de tus padres, en los libros, en la Historia del arte, el la cultura, en las festividades, en los convencionalismos sociales, en el lenguaje, en los silencios solemnes de la iglesia y en sus imágenes, en la estructura moral que ordena lo que está bien y lo que está mal. No podemos escapar de él. Así, creer es casi tan natural como respirar, mientras que dudar, en cambio, te parece una especie de traición. Además, tener fe es cómodo: encuentras consuelo en la idea de un sentido último, en la promesa de justicia más allá de la vida, en la certeza de que no estábamos solos. La deriva hacia la no creencia llega -al menos en mi caso- cuando la razón comienza a reclamar su espacio, no como un enemigo de la fe sino como una voz persistente que pide coherencia. Para mí fue definitivo empezar a observar contradicciones generalizadas en discursos de amor al prójimo que convivían con actitudes de exclusión, proclamaciones de humildad sostenidas por estructuras de poder, condenas morales selectivas que parecían más humanas que divinas. La hipocresía no es una excepción y a menudo parece formar parte del sistema al tiempo de que el fanatismo, disfrazado de certeza, anula cualquier intento de diálogo honesto. La no creencia no llega como una revelación súbita, pero sí como una creciente incomodidad lúcida. Durante años nos dicen que debemos y en qué  debemos creer. Pero algunos decidimos no conformarnos con creer por inercia, y ese gesto, aparentemente sencillo, es transformador, pues te hace darte cuenta entonces de que tus creencias no son el resultado de una búsqueda personal sino de una herencia. Dicho de otro modo, no eliges tu fe, pues te fue dada, como una lengua materna, como una forma de mirar el mundo que parecía la única posible. Tus padres te transmiten lo que a su vez habían recibido, sin malicia, sin cuestionamiento, como quien entrega un legado que considera valioso. Pero la toma de conciencia introduce en tí una nueva incomodidad: Durante años habías vivido con la tranquilidad de que el final de esta vida no era el fin. Pero al cuestionar la base que justifica esta presunción, todo lo demás se tambalea y la fe da paso a la duda. ¿Me mantendré en esta incertidumbre serena o, como les sucede a tantos, sentiré el impulso casi instintivo de desear que haya algo más? Pero ya digo "algo", no "alguien".

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