miércoles, 1 de abril de 2026

Pon título

La mayoría serían incapaces de detallar cuáles son los diez Mandamientos; de precisar cuántos son los sacramentos -no digamos ya de explicar su sentido-; de recordar cuáles son los pecados veniales, mencionar el nombre de más de cinco o seis personajes bíblicos. O de los Evangelistas. Se verían en serios aprietos para explicar el significado de conceptos como Encarnación, Redención o Trinidad. Términos como IHS, SPQR o INRI les resultarán ignotos. Y no les preguntes por qué la Semana Santa es variable en el calendario, qué son la Cuaresma o la Pascua, dónde crucificaron a Jesús o por qué aparecen romanos en las procesiones. Sin embargo saben perfectamente lo que es una trabajadera, un costal o las funciones del capataz. Te explicarán al detalle en qué consiste una levantá, rachear o completar una chicotá. Son capaces de reconocer una marcha procesional tras los primeros acordes y distinguir a un gran número de Vírgenes, pues como todos sabemos hay muchas. Es lo que tiene el fervor religioso de todo a cien, la devoción popular de temporada y la falsa religiosidad, esa expresión de fe superficial, sentimentalista o artificial que carece de consistencia práctica y ética en la vida diaria. Que se manifiesta como un celo exagerado por los ritos externos, mientras que interiormente hay un clamoroso vacío espiritual. Es la desconexión entre la fe cristiana y las tradiciones populares, donde la puesta en escena, el espectáculo, las supersticiones, las modas, el sesgo de creencia, la sugestión colectiva, el folklore y las ganas de divertirse, a menudo eclipsan el auténtico sentido religioso. La Semana Santa hace ya mucho que es, casi exclusivamente, un fenómeno estético, de "moda" o de "primavera", más que un acto de auténtica devoción cristiana. La sobriedad religiosa que debería ser inherente a la celebración de la pasión y muerte de Jesús ha saltado por los aires, dando paso a un patético espectáculo de narcisismo, de auto lucimiento, de adopción de costumbres clasistas. A veces, el exhibicionismo adquiere tintes ridículos y el culto a lo material, a la riqueza de los oropeles y al gusto estético resulta casi obsceno. Desgraciadamente para los verdaderos creyentes a menudo se prioriza la "puesta en escena" sobre el mensaje evangélico. Es el triunfo del sentimentalismo sin compromiso. A diferencia del fervor genuino, que implica devoción, piedad y compromiso, el falso fervor es una "enfermedad" espiritual que limita el crecimiento y la verdadera religiosidad. La desconexión entre la conducta y los mandatos de la fe, lo que la Biblia denomina metafóricamente como "conciencia cauterizada", queda así reforzada.

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