Estoy cada vez más convencido de que el ser humano está retrocediendo en su camino evolutivo a favor de sus reflejos de primate más primitivos, premiando a los machos alfa que se levantan soberbios sobre sus cuartos traseros dándose sonoros golpes en el pecho igual que gorilas ebrios de poder, mientras otros muchos los siguen como monicacos. Sólo así puede explicarse que tanta gente apoye las políticas que, de manera evidente y sistemática, le perjudican en forma de recortes en servicios básicos. ¿No es evidente que las políticas que interesan a la élite de los poderosos son contrarias a las que interesan a la mayoría? Y, sin embargo, navegamos una ola donde la mayoría perjudicada vota mayoritariamente a los representantes del grupo de las élites. Votan a partidos cuyas políticas formalizan y generalizan la desigualdad, restringen el acceso a la riqueza y limitan las oportunidades reales de ascenso social. Partidos que ya ni tan siquiera se molestan en diseñar o explicar programas, simplemente se aúpan al poder y comienzan a aplicar políticas para el beneficio exclusivo de la élite. Su interés -por mucho que digan lo contrario- consiste en atacar al Estado, presentándolo como un ente corrupto e ineficiente que hay que "adelgazar". La trampa es perfecta: hablan de reducir impuestos, sobre todo los que mayoritariamente deberían pagar los más ricos y, simultáneamente, degradan el servicio público. Al tiempo que el sistema público se queda sin recursos, ellos, los ricos y los oportunistas con contactos, ofertan de manera privada los mismos servicios que el Estado ha dejado de prestar. Salud, educación, cuidados; todo se convierte en una mercancía. Pero como el objetivo del negocio privado no es resolver los problemas de la población, sino maximizar sus beneficios, los problemas no tardan en aparecer. La población se da cuenta que las cosas no funcionan pese a lo que le han contado. Se da cuenta de que no llegan a fin de mes a pesar de tener un empleo a tiempo completo, de que las bajadas de impuestos son calderilla para su bolsillo, que la bajada de impuestos se hace a costa de desmantelar lo público, de que ellos son incapaces de costearse un sistema privado que, en el fondo, tampoco funciona si no tienes una cuenta corriente de seis cifras. Las cuentas, sencillamente, no salen. Pero antes, para evitarse problemas, la maquinaria de los poderosos crea chivos expiatorios. Hay que entregar un culpable en bandeja de plata para evitar que el ciudadano se pregunte por qué su hospital no tiene médicos -aunque lo gestione el partido al que vota- o por qué su alquiler consume el 70% de su salario. ¿Y por qué funciona ésto? Da igual, baste saber que es un mecanismo de control social basado en el miedo y la proyección: robar a la población, degradar su calidad de vida y decirle, con una sonrisa o un grito furioso, que la culpa es de otro, aunque este no tenga control alguno sobre los mecanismos que empeoran su vida.
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