viernes, 3 de abril de 2026

En un mundo fuertemente materialista, hedonista, inclinado al egoísmo y donde la prevalencia de la imagen y la apariencia ha alcanzado cotas superlativas, era de esperar que todo eso afectase al sentimiento religioso. Esto es especialmente visible en la Semana Santa. En una sociedad cada vez más ignorante, superficial y con un grave déficit de educación emocional, no es de extrañar que mucha gente confunda las emociones con el sentimiento religioso. Esta confusión es un fenómeno muy común en la vida espiritual, donde se tiende a equiparar la espiritualidad o la fe con estados emocionales pasajeros. La Semana Santa es un espectáculo barroco vivo, donde la estética, el lujo y la teatralidad se fusionan en las calles. No le falta ningún ingrediente de un buen espectáculo: música, iluminación, vestuario, atrezzo, variados personajes, puesta en escena. Imágenes, sonidos, olores, subliman los sentidos. Las procesiones son auténticas puestas en escena con imaginería realista, música sacra y gran dramatismo. Están diseñadas para estimular los sentidos y transmitir emociones vívidas. Y ahí surge el problema, cuando se confunden las emociones sensoriales con el sentimiento religioso y la devoción. Esta confusión desemboca en un "emocionalismo, donde la fe se vuelve difusa, se diluye, se hace inestable al basarse únicamente en lo que se siente en un momento dado. Disuelta la procesión, apenas queda el regusto estético. La madurez espiritual implica ser indiferente a las evocaciones emocionales, aceptándolas si llegan, pero continuando la fe cuando no están. Y de ésto empieza a quedar muy poquito. La cosa se agrava cuando en el contexto de la Semana Santa se observa una creciente utilización de símbolos, que nada tienen que ver con la religión con fines ideológicos. Es muy evidente que, en nombre de las tradiciones, la ultraderecha está parasitando estás celebraciones. El exhibicionismo superfluo y superlativo de la bandera de España en el atuendo costalero (pulseras, medallas, costales, camisetas, calcetines y hasta los cordones de las zapatillas) es buena muestra de ello. Hasta el arzobispo de Sevilla lo verbalizó el año pasado: "Una procesión no se puede convertir en un desfile, ni en una pasarela, ni en una coartada para exhibirse o ser admirado. En ellas se están multiplicando los símbolos, cada vez más exuberantes. Y muchos de ellos no tienen nada que ver con la creencia religiosa ni con la devoción popular".

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