Hay debates que no nacen de una urgencia real. Nacen de una operación política, de una ocurrencia para ganar votos. Un día aparece un concepto, se repite sin parar, y en poco tiempo todo el mundo discute sobre él validando su importancia. Estos días lo vemos con la prioridad nacional. Vox la lanza -posiblemente para alejar la mirada de su estercolero interno- el PP la sigue con su ambigüedad y el resto entra a combatirla. Y lo que parecía una ocurrencia acaba marcando toda la conversación política. El mecanismo es el que siempre ha usado el fascismo: fabricar un "nosotros" a base de señalar a un enemigo ficticio. Aquí lo traducen como prioridad nacional. El PP siempre comete el mismo error: "respetaremos la legalidad”, dicen, mientras dejan que Vox les marque el terreno y normalice la preferencia identitaria. Pero, al poco, aparece un barco afectado con hantavirus, vemos cómo reaccionan las derechas y decimos: ¡Anda coño, la prioridad nacional era esto, que 14 españoles no puedan ir a un hospital militar dependiente del Estado situado en Madrid. Entonces empezamos a entender que es para esta gente ser español. Tu puedes haber nacido en Covadonga, pero si se te ocurre estar enfermo, o ser pobre, o protestar contra el precio de los alquileres, o pensar, sentir, amar distinto a "ellos"..., pues pasas de ser español y muy español a una mierda pinchada en un palo que tiene que buscarse la vida solito. Conviene que todo el mundo lo tenga claro desde el principio. Ese invento de la prioridad nacional no pone un solo médico más en atención primaria, ni un solo profesor más en un aula, ni una ayuda más para quien la necesita. No amplía recursos ni mejora servicios. Solo desplaza el foco y vuelve a criminalizar a los diferentes. Y, lo peor, en lugar de exigir soluciones, nos empuja a competir por lo que hay y a discutir quién entra antes para picotear las migajas que quedarán cuando esta gente acabe machacando los servicios públicos
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