viernes, 16 de octubre de 2026

Lo que he aprendido

De pequeño, mi casa era una de esas casas donde había muy pocos libros. Por dos razones. Primero porque el dinero se utilizaba en comprar pan, aceite, azúcar y otros "lujos" al alcance de un jornal de supervivencia. Después porque tras agotadoras jornadas de trabajo el cuerpo te pide dormir en vez de leer. En mi barrio no había biblioteca, ni nada que se le pareciera. Lo único que había era un decrépito autobús de línea que te podía llevar donde estaba la única de la ciudad. Y subir a él costaba dinero. Lo que si había en mi barrio era un kiosko en el que había una caja -o lo que fuera- con novelas del Oeste, policiacas, románticas, de ciencia-ficción, historietas y tebeos. Los podías cambiar unos por otros todas las semanas por menos de lo que costaba subir al autobús. Con esos tebeos -primero- y las novelas -después- fuimos creciendo muchos de los críos de la derrota. De ahí les vino a muchos la afición a leer todo lo que encontraban a mano. Quizá aquello solo era una forma de huida de una realidad que en el fondo no nos gustaba. Empecé a sospecharlo leyendo en el Pulgarcito las historias del hambriento Carpanta. O las de Don Pío, ese oficinista oprimido de clase media-baja, ahogado por la precariedad económica, un sueldo miserable y el miedo constante al desempleo y a su jefe. Luego supe que esas historietas, y algunas otras, eran las que más criticaban las "hambres" de la dictadura. Y es que entonces no sabíamos nada de esa dictadura. Nos la robaban, nos escondían su fría crueldad nuestra inocencia y candidez, el miedo a hablar de política en las casas, las consignas y los himnos de la patria, los rezos y cánticos en las iglesias, el tener que dejar de jugar en el recreo para besarle al cura una mano mohosa que repartía el miedo entre la chiquillería. Así fuimos aprendiendo. Pero no sólo aprendíamos de las lecturas. Yo, desde muy pequeño, descubrí que hay que "descornarse" como un cabrón para sobrevivir con dignidad todos los días. Y esto es cuanto supe durante muchos años sobre Sócrates, Platón y Aristóteles. Después aprendí otras cosas. Quizás sólo pamplinas. Poco útiles para comer pero muy útiles para andar por la vida con la cabeza alta. Aprendí, por ejemplo, que nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento. Que la dignidad no admite rebajas. Qué hay tanta dignidad en barrer una calle como en escribir un poema. Que, pase lo que pase, lo que no puedes hacer es dejar pasar la oportunidad de aprender. Que la vida es demasiado breve para malgastarla viviendo el sueño de otra persona. Y, mucho menos, el capricho de cualquier imbécil. Aprendí que sin un poco de locura, no puede haber cordura. Aprendí también que podemos perder cualquier cosa, que nos las pueden arrebatar, pero también que nadie puede quitarnos lo que hemos regalado. Aprendí que en la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa o que es muy útil usar la ironía para reconciliarse con los restos del naufragio. Y después aprendí lo más importante: a aprender de los grandes. Por eso tengo siempre presentes dos frases. La primera de Gabriel García Márquez: "Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no". La otra es de Bertrand Russell y dice: "Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar". Porque, como decía mi padre, las cartas de la vida sólo se juegan una vez. Y hay que procurar jugarlas lo mejor posible para no perder la partida, pues es bueno vivir sin deudas de ningún tipo. Últimamente he aprendido que escuchar viejas canciones es bueno para que el cuerpo recuerde.

El premio Planeta

Uno de los últimos logros de los "Señores del Mercado" ha sido convencernos de que sigue existiendo eso tan positivo que ellos llaman "sana competencia". Pero es una estafa más. Es como si enfrento a un luchador profesional de sumo de 150 kilos armado de una katana y a un niño de cinco años y 15 kilos protegido por un gorrito de papel en una pelea amañada y digo eso de "que gane el mejor". Pero la realidad es que la competencia que se nos vende es, en realidad, un teatro. Viene esto a cuento de que se acaba de entregar el premio Planeta de este año. (Planeta rima con pandereta. Y con jeta) O quizá debería decir la "farsa del Planeta". Como hubiera sido muy descarado que este año lo hubiese vuelto a ganar alguna "figurita" de Antena 3 (Sonsoles en 2023, Juan del Val en 2025), está vez le ha tocado a una figura ya consolidada. Podían haber optado por dárselo a alguna cara conocida de cualquier otro de los medios de la empresa Planeta (La Sexta, Neox, Nova, Mega, Onda Cero, La Razón...) pero hay que seguir la tradición. El Premio Planeta es la demostración de que el "mercado" ensucia todo lo que toca, incluso algo tan bello como la literatura. Es el paradigma del cinismo literario, una maniobra estrictamente comercial y con millonario ánimo de lucro que en poco o nada valora la calidad literaria de los premiados y finalistas. El único objetivo es elegir un par de libros que publicitados hasta la extenuación se conviertan en ganancias. Una artimaña económica muy rentable. Algunos que de ésto saben mucho más que yo han dicho a menudo que el Premio Planeta es un galardón para los que no leen, una operación comercial disfrazada de certamen literario. Es decir, un soberano engaño para autores inocentes que creen en sus posibilidades pero son ajenos al circuito de los merecedores dominantes, prefabricados, y previamente pactados. El "Planeta" es una tomadura de pelo, un premio adjudicado de antemano. Esto es una crítica recurrente y un secreto a voces en el mundo literario desde hace décadas. En varias ocasiones el nombre del ganador ha sido de dominio público mucho antes de abrir los sobres en la cena de gala. Año tras año la editorial, con una total falta de escrúpulos literarios, monta un lujoso paripé de cava y canapé. Y encima tiene el cinismo de embadurnarlo con una supuesta potenciación de la creatividad literaria. Lo de este año ha sido de traca. Ha tocado que ganará una figura consagrada: Isabel Allende. Que es una autora de indiscutible prestigio internacional nadie lo duda. Como suele pasar, nos dicen que se presenta con un seudómino. Pero claro, gana con una secuela de su archifamosas "La casa de los espíritus". Blanco y en botella. No tiene pérdida quién podía estar detrás. Y, para más señas, la autora acaba de abandonar su editorial de toda la vida (Penguin Random para ganar el Premio Planeta. Muchos creen que si esto no es un fichaje comercial multimillonario, que baje Apolo y lo vea. Y lo mejor de todo. ¿Quién estaba presente en la entrega del engendro? Pues los Reyes de España. Alguien me puede explicar por qué los reyes respaldan un evento organizado por una empresa privada, totalmente opuesto al juego limpio y que teatraliza una impostada sorpresa a la hora de recoger la pasta. Pero, claro, hay que devolver el favor de que A3 o La Razón sean algunos de los medios más defensores, aduladores y serviles de la monarquía. El año que viene el premio se lo podían dar a Ayuso, ese portento intelectual, ese dechado de erudición, ese ejemplo de elocuencia y brújula de oradores que, sobrada, ha tenido tiempo de escribir y publicar un libro. Sugiero el título: ¡Chao, pringao! Podía dedicárselo a su jefe y a todos esos que creen que la "señora" tiene tanto valor como el premio Planeta.

jueves, 15 de octubre de 2026

Majaderos

Yo, es que no doy crédito. En estos tiempos que corren, un fulano aparentemente razonable puede descubrirse, en menos de lo que se persigna un cura loco, como un completo majadero. Gente que antes pasaba por subversiva y ahora se siente cómoda siendo entrevistada por asesinos de la verdad y conversos de la honestidad, se convierten en convencidos libertarios y llegan a opinar que las necedades que sueltan los majaras, "ni tan mal" y que cada cual puede decir lo que quiera. Claro que sí, ¡vivimos en una democracia! La libertad no debe tener límites y los imbéciles tienen todo el derecho a ser escuchados y a que se respeten sus estúpidas ideas. Y eso que sabemos que la libertad es una mala idea desde el Génesis. Dejas un rato a Adán y Eva con su albedrío y te joden la creación en un santiamén (una semana de trabajo divino a la basura, con sus cotizaciones y todo). Nadie vaya a pensar que voy a escribir una alabanza del totalitarismo sensato. Me contento con que el derecho de los oligofrénicos de este mundo quede compensado con el mío. "Tú di lo de los reptilianos y defiende que la Tierra es plana y yo te llamaré gilipollas: todos contentos". Pero si hasta Taburete (larga vida al punk) sacó una cancioncita con alusiones conspiranoicas y denuncias al nuevo orden mundial. Pijazos contra el establishment, lo nunca visto. Las cosas que salen por la tele tienen mucho peligro, porque cuando te quieres dar cuenta te encuentras a tu barman de confianza, que no ha abierto un libro de medicina en su vida, diciendo que las vacunas te comen el cerebro porque lo ha escuchado en el telediario. Hay que reconocer que una buena conspiración sube mucho la moral: tú sabes que la NASA, los judíos, los jesuitas y los del Planeta Agostini están conchabados y quieren hacerte creer que la tierra no es plana. Tú te has dado cuenta porque eres listísimo, no como el resto de necios apesebrados. Además, qué ratos más buenos puedes pasar mirando los chemtrails al atardecer.

Siente a un pobre en su mesa

El otro día, zapeando, me di en los hocicos con una de esas tertulias de rellano de escalera, repletas de ignorantes y engreídos sabelotodo, que inundan los supuestos programas de entretenimiento. Hay que tener cuidado con esos programas que empiezan llevando gente a "divertirse", o hablando de fantasmas, psicofonías, ovnis, profecías, vampiros y chupacabras, y terminan sentando a la mesa a una legión de ultraderechistas para insultar y defenestrar al gobierno. En la tertulia, un guirigay con estúpidos monólogos, frases cruzadas, interrupciones, aspavientos y salidas de tono, se hablaba, perdón, se gritaba, sobre cuánto puede una familia gastarse en comida. La idea era abundar sobre la idea de que en la España de Sánchez todo estaba fatal aprovechando la subida del precio de los alimentos. Eso llevó a una discusión "informadísima" entre los que ,hasta ayer, eran vulcanólogos apasionados, epidemiólogos de pro, expertos en geoestrategia internacional o eminencias en el análisis sociológico de la población ceutí. Alguien dió una cifra y, a partir de ahí, se desató el combate: Que si tanto dinero es un disparate, que si con eso no llenas el frigo, que depende de lo que comas, que si el gasto sube si la abuela fuma... Vamos, como si fueran expertos de la FAO. Hasta que el boca chanclas de turno, un ultrademócrata "sin complejos y con cara de no haber pasado apreturas en su vida, dió un giro interesado a la discusión pontificando: "el tema está en cuánto puede gastarse cada uno" ¡Acabáramos! Desde entonces lo que se "riñó" no fue ya cuánto se gasta alguien en alimentación, sino cuánto deben de gastarse los pobres. ¡Sorpresa! La cantinela de siempre: no llegas a fin de mes porque eres un manirroto, no porque cobres un salario diminuto. Ah, si fueras como esos astutos millonarios que estuvieron comiendo arroz hervido durante tres décadas para invertir esos ahorros… Camarada, a ver si te enteras, vives en un bajo interior cutre y compartido y sólo compras los ultraprocesados de oferta del Día porque eres un vivalavirgen en vez de una tenaz hormiguita meritocrática. Me revientan esos miserables que repiten esa cantinela de que "fulanita no lo tendrá tan difícil cuando el otro día se la vio comprándole bollycaos al odre ese que tiene por hijo. Hambre no pasará". Obviando que hay que ser muy idiota para competir por ver quién vive peor, habrá quien aún no entienda que los menesterosos también tienen derecho a comprar una tableta de chocolate de vez en cuando. Pero es que en esta escalada de odio que nos domina, el odio al pobre es el mecanismo que utiliza el neoliberalismo para evitar la solidaridad de clase. A tomar por culo el Evangelio. Mucha gente ya no odia la pobreza, odia a quien la sufre. Qué tiempos aquellos de los años 50 cuando una conocida campaña de "caridad" impulsada durante el franquismo proclamaba "Siente a un pobre en su mesa". El objetivo era promover la caridad cristiana nacionalcatólica, pero acabó siendo un acto de fachada para lavar la conciencia de las clases acomodadas. Hoy, más que sentarlo, sería más fácil que el pobre fuese apaleado. Verás tú si ahora va a resultar que hasta los pobres vivían mejor con Franco. A lo mejor por eso había muchos más.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Sacrificio

Según la RAE, un sinónimo de sacrificio es inmolación. Y una de las acepciones de inmolar es "dar la vida, el reposo o los bienes propios en beneficio de una persona, un ideal o una causa". Algunos deberían tomar nota una vez que Feijóo ha dicho que su gobierno "va a pedir sacrificios". ¿Por qué será que cuando los políticos hablan de sacrificios sólo miran hacia abajo? El sacrificio debería ser uno de los grandes contratos morales de una sociedad. Porque sacrificarse no tiene por qué ser más pobre. No debería referirse a clases sociales. No debía pertenecer al trabajador ni al empresario, al funcionario ni al autónomo. No debería ser patrimonio ideológico de nadie. Que no me hablen de sacrificios. Yo vengo de una familia obrera con pocos recursos que me enseñó desde niño lo que quiere decir hacer sacrificios. Mis padres no se pudieron permitido ni un solo lujo en su vida. Creo en el esfuerzo, lo he mamado desde que nací. Sé lo que es el esfuerzo, no para prosperar sino para sobrevivir. Creo en estudiar, trabajar, arriesgarse, levantarse después de una caída, renunciar a determinadas cosas para conquistar otras. Creo en la ambición cuando no necesita pisar a nadie. Creo en el talento. Creo en la responsabilidad individual. Creo en el sacrificio solidario. No todos se sacrifican por igual. Hay quien empieza la carrera cien metros por delante y lo empujan. Hay quien la empieza cien metros por detrás y le frenan. Hay quien hereda una casa, quien hereda una empresa, quien hereda contactos, idiomas, seguridad, cultura y expectativas. Y hay quien hereda deudas, precariedad o simplemente la certeza de que, si se cae, debajo no habrá ninguna red. Que no me hablen de sacrificios comunes. Estoy harto de que cuando las cosas van bien los ricos aumenten su riqueza sin dar nada pero, cuando vienen mal dadas, los sacrificios los debamos hacer todos. Estoy harto de que me hablen del sacrificio de los trabajadores. Del sacrificio de las familias. Del sacrificio de los pensionistas. Del sacrificio de los jóvenes. Del sacrificio de las clases medias. Del sacrificio del pequeño empresario. ¿Y el sacrificio de quienes más tienen, cuando toca? Una sociedad no debería castigar a quien prospera. No debería demonizar la riqueza ni convertir el éxito económico en una especie de pecado original. Pero nadie prospera solo. Precisamente por eso debe existir una responsabilidad asociada al éxito. Cuanto más te ha dado una sociedad, mayor debería ser también tu compromiso con ella. Los más débiles, la gente de a pie, está sacrificándose toda su vida. El rico también puede sacrificarse. Sacrificio puede significar pagar los impuestos sin convertir la ingeniería para evitarlos en un deporte de élite. Puede significar aceptar que contribuir algo más en determinados momentos no es una confiscación de tu libertad. Puede significar pagar dignamente a quienes trabajan para que tú aumentes tu patrimonio. Puede significar renunciar a una parte del beneficio inmediato para invertir, contratar, formar o innovar. Puede significar comprender que la sociedad en la que uno ha construido una fortuna necesita hospitales, universidades, escuelas, carreteras, seguridad, jueces, investigadores y oportunidades para quienes todavía están intentando subir. Porque nadie se hace rico completamente solo. Detrás de cualquier historia de éxito existe también una arquitectura colectiva que la hizo posible. Así que ya está bien de pedir sacrificios colectivos que empobrecen a muchos y simplemente moderan la acumulación de riqueza de los poderosos. Ya está bien de convertir el sacrificio en una obligación de quienes quieren llegar y el privilegio en un derecho adquirido de quienes ya llegaron. Propongo prohibir la palabra sacrificio a los que sólo son sicarios de los poderosos, a los cínicos, a los eunucos mentales. Quitársela a los discursos de austeridad y a los sermones morales. Sepan ustedes que sacrificio es trabajar, estudiar, emprender desde abajo, cuidar y hasta pagar impuestos. Porque el sacrificio solo es justo cuando deja de ser la obligación de los de abajo y se convierte en el compromiso de todos.



La economía va como un tiro pero todo "está fatal"

El FMI ha elevado cuatro décimas, hasta el 2,5%, el crecimiento previsto para la economía española en 2026, más del doble del proyectado para la Eurozona, más que EE.UU. -la mayor economía del mundo-, el triple que Francia o Italia. El FMI destaca el buen momento de la economía de España, que crece -dice- al calor del fuerte aumento de la población, "gracias a la llegada de cientos de miles de inmigrantes cada año que se suman con éxito a la fuerza laboral". Esto va a molestar a muchos que, obviamente, ocultarán el dato. ¿Os habéis dado cuenta lo poco que la oposición habla de economía? Salvo para subrayar el problema de la inflación, claro. La afiliación a la Seguridad Socia está en máximos históricos, igual que el número de ocupados. El turismo registra cifras récord y la inversión en tecnología, maquinaria, software e inteligencia artificial alcanza picos no vistos en 25 años. Los destinos vacacionales están petados, los hoteles en altísimos porcentajes de ocupación, las terrazas están llenas y no se puede comer en un restaurante si no has reservado con antelación. Da igual, hay mucha gente que sigue diciendo que todo está fatal. Son esos que comulgan con las ruedas de molino que las derechas y sus medios les venden. A muchos de ellos les irá de lujo. Otros no se pueden quejar. Y serán muchos los que "van tirando" pero que van a votar "estar peor". Y es de éstos de los que más se van a aprovechar las derechas. Son los que más van a sufrir las políticas de "motosierra". Son los "tontos útiles", pero eso no les va a librar de sufrir la ofensiva antisocial de la derecha. Por si tienen alguna duda sólo tienen que escuchar a Feijoo. No estamos en 2011, cuando Rajoy accedió al gobierno de un país que atravesaba una grave crisis económica. Pero, ¿qué más da?, Feijóo ya no se molesta en ocultar la letra pequeña de su agenda política y ya ha advertido públicamente de que, si logra alcanzar la Moncloa, formará “un Gobierno que os pida sacrificios”. Es una auténtica declaración de intenciones que deja clara su apuesta por políticas de austeridad y recortes. ¿Por qué, si la economía va bien? Pues muy sencillo niños, porque un plan de austeridad es la coartada perfecta para meter la tijera en los servicios públicos, reducir o eliminar ayudas, contrarreformar el mercado laboral y, en definitiva, terminar de desmantelar el estado del bienestar. No van a respetar nada. Vox ya ha dicho que quiere privatizar las pensiones. Y, días después, la portavoz del PP defiende "cambiar" el sistema público de pensiones de forma "valiente" porque "va a petar". Su jefe ha negado la mayor con cara de estar pensando "esta bocazas se podía haber callado". Total, llegado el momento echarán la culpa al cadáver de Sánchez o cederán encantados al "chantaje" de sus hermanos políticos de Vox. Y los más ricos acatarán también la petición de sacrificios y, compungidos, sacrificarán a un inmigrante, o a un obrero, o a alguna anciana desahuciada.

martes, 13 de octubre de 2026

Degeneracionismo

A principios del siglo XX los Regeneracionistas intentaron enfrentarse de forma crítica a la decadencia del país, especialmente tras el Desastre del 98. Practicaron un análisis basado en datos, economía y sociología. Tuvieron la valentía de concluir que el problema era el Sistema y atacaron el modelo político de la Restauración Borbónica, el turno de partidos, la corrupción y el caciquismo, que eran las grandes lacras del país. Sorprenden sus propuestas. Su figura más destacada, el aragonés Joaquín Costa, resumió su programa en el lema de "escuela y despensa", defendiendo que España necesitaba alfabetización y mejoras económicas básicas. Personalmente creo que hoy este país sigue necesitando mucha escuela. Y proteger lo que queda del estado del bienestar. Pero se me caen los palos del sombrajo cuando escucho las "propuestas" del próximo presidente de gobierno y sus secuaces. El hijo del cura (Feijoo) habla de decencia y de devolver la limpieza a la política, él que se reúne con los suyos en una sede pagada con dinero negro. Él, que no sabe quién es M. Rajoy, que dice que las tramas de corrupción que afectaron al PP son "errores y conductas individuales pertenecientes al pasado". Él, que no tiene nada, absolutamente nada que decir sobre los fondos buitre que han destruido el mercado de la vivienda entregándoselo a la especulación. Él, que puede aprender de la familia Aznar, de su "temida" Ayuso y hasta de su santa esposa todo lo que no sepa sobre el botín inmobiliario, sobre el lujo y el despilfarro. Él, que compartió una relación de amistad personal a mediados de la década de 1990 con el narco Marcial Dorado, durante la cual realizaron diversos viajes de ocio juntos. Él, que cuando habla como político, de cada tres palabras que utiliza dos son insultos. No hay argumentos, no hay alternativas, no hay programa, no hay objetivo salvo el de aniquilar a Sánchez y hacerse con un poder que creen suyos por designio divino. Pero muchos sabemos que si hay programa, que éste consiste en retrotraer todos los avances en materia laboral y social conseguidos en los últimos años; en facilitar el acceso de la ultraderecha a las instituciones; en volver a empoderar a los empresarios para que impongan sus exigencias; en desequilibrar -aún más- el sistema de distribución de la riqueza a favor de los ricos, los rentistas, los fondos de inversión y los sacamantecas patrios. Y, por supuesto, terminar de privatizar la Sanidad, ahogar poco a poco a la Enseñanza Pública, secar la fuente de financiación de las Universidades que no sean privadas. Y, lo más urgente -se le "escapó" a  Figaredo, el sobrino de Rodrigo Rato y perro de presa de Vox- hay que asaltar el castillo de las pensiones, esa enorme bolsa de dinero que administra la Seguridad Social y que -según ellos- deberá pasar cuanto antes a manos privadas, a bancos, aseguradoras, multinacionales yanquis y fondos de inversión como los que ya han tomado nuestras viviendas para multiplicar ganancias y empobrecernos a todos. Van a poner en marcha cuantas medidas sean necesarias para hacer un país más injusto, más precario, más desgraciado. Pretenden que España vuelva a ser un país de arriba y abajo, de minorías privilegiadas y de mayorías pisoteadas, aunque sea con su consentimiento. Feijóo ya ha prometido "un Gobierno que pedirá sacrificios" ¿Para quién? Y Abascal afirma que realizarán la misma política de la motosierra de Milei en Argentina y Trump en Estados Unidos. No sé si caminamos hacia una etapa de regeneracionismo o de degeneracionismo.