En algunos viajes me he detenido a observar esas placas que honran la memoria de las víctimas del fascismo en la segunda guerra mundial y rinden homenaje a los que lucharon por la libertad, la democracia y en contra de la barbarie nazi. Me produce una sana envidia. También me provoca calma estar en esos lugares de recuerdo. La calma que produce saber que hay personas empeñadas en no olvidar. En estos tiempos de neofascismos, guerras y barbaries, en los que es cada vez más posible no ver el daño que producen en las personas el odio, las bombas y los genocidios, ver nombres que resisten al silencio es una forma de no normalizar lo inasumible. A través de esos nombres desconocidos, que, en realidad, representan a mucha gente de muchos pueblos de muchos lugares, se puede ver cómo las guerras atacan no solo los cuerpos, sino también los vínculos. Las guerras dejan heridas en las personas que se arrastran muy lejos en el tiempo. Las guerras no son solo en el momento, se prolongan después. Impulsadas por una lógica en la que hay dos bandos para estar y, de ambos, solo uno es legítimo. La huella que queda después de la guerra es siempre larguísima. No únicamente en el territorio, también en los cuerpos, en las cicatrices, en la sangre que recuerda el miedo, en la posibilidad de hablar si estás del lado de quienes ganaron o de tener que permanecer callado, apretando los labios, si tu lugar es el otro. Reconstruir los vínculos desde esa lógica, con la rabia pegada al cuerpo y la tristeza y el miedo anidados en la cabeza, es difícil. Y más cuando se legitima que hay vidas que se pueden llorar y otras que no merecen ser lloradas. Nunca les pregunté a mis abuelas cómo lo hicieron, cuánto tiempo tardaron en reconstruir los vínculos, cómo pudieron intentarlo siquiera en un clima de terror, de dolor, de pena, de silencio impuesto. Solas, luchando sin medios para sobrevivir porque de eso dependía la supervivencia de sus hijos. Seguro que algunos de los vínculos quedaron definitivamente rotos. Incluso cuando, pasado el tiempo, seguía sin haber una tumba a la que ir a llorar, a honrar, a recordar. Pero sé que ellas, como muchas otras mujeres, que llevan la herencia de generaciones anteriores, buscaron formas de reconstruirlos, de volver a generar comunidades que otros quebraron. Porque ahí, justo ahí, en el vínculo, está la esencia de la posibilidad de sobrevivir. Sólo cuando todas las personas que sufrieron una guerra reconocen que hubieran querido que eso no pasase se dan las condiciones para la reconciliación. Qué lejos seguimos estando de esa posibilidad.
Vivir es intentarlo infinitas veces
lunes, 27 de abril de 2026
•¿Dónde la cagamos?
¿Cuándo la cagamos? ¿Quién pensó que la gran cantidad de datos disponibles en la era de la información digital iba a producir ciudadanos informados?. Los creyentes en que una ciudadanía informada era fundamental para la libertad y la democracia no dan crédito. ¿Cómo es posible que la mayor superpotencia del mundo esté poblada por una de las sociedades más estúpidas en su conjunto? La suposición fatídica fue la de que los ciudadanos, ellos solitos, elegirían pensar y aprender, en lugar de seleccionar cuidadosamente las aplicaciones, las plataformas, las redes, los posts, los podcast, los videos y los programas de televisión que reforzaran su ignorancia cultural, de consumo, científica o política. Especialmente la política. Nunca hubiese imaginado que íbamos a perseguir el espectáculo prefabricado, la ciencia basura, los rumores morbosos o los bulos en bucle. Al final la gente, en vez de aprender, niega. Se traga mentiras como ruedas de molino y llega a aceptar las "pruebas bíblicas" de que Adán y Eva pasearon por el Edén sobre el lomo de dinosaurios o las grandes aportaciones a la democracia que hizo el Emérito. Esto sucede cuando se equipara la democracia con el derecho de opinión de cada individuo, aunque sea la más ridícula. Al fin y al cabo, los tontos escogen tonterías, por eso se llaman tontos. La estupidez cultural no sería tan mala si no fuera autorreproductiva y viral, y propensa a colocar gente estúpida en el poder. Todos, en algún momento, mientras observábamos al jefe, nos hemos tratado de explicar cómo terminó ese tarado a cargo del lugar. Imaginemos −y no hace falta demasiada imaginación− a un tipo fondón, de mirada de lagarto con mala leche, con una arquitectura capilar de dudosa ingeniería que más bien parece un tupé plastificado, barnizado como un merengue industrial, que a diario se sienta en su despacho rodeado de lameculos dispuestos a ordenar guerras o derrocar gobiernos llamando a todo eso "defensa de la libertad", soltando a cada momento declaraciones infames, publicando vulgaridades, insultando a todo aquel que no le baila el agua y −sobre todo− contradiciéndose a sí mismo con la soltura de quien ha convertido la incoherencia en sistema e insultando a la inteligencia. Este personaje anuncia aranceles a diestro y siniestro, guerras comerciales, anexiones territoriales, invasiones, bloqueos... Y el mundo, una gran mayoría del mundo occidental, le obedece o le consiente. Pero como la mayoría se beneficia materialmente del sistema, pues no pasa nada. La ignorancia "intencional" te permite disfrutar de mercancías más baratas producidas por mano de obra esclavizada, tanto extranjera como -cada vez más- doméstica. Permite también el robo intimidatorio de recursos y bienes de países débiles, para no mencionar la capacidad destructiva del capitalismo tardío que agota todos los recursos planetarios indispensables para la conservación de la vida. Y no digas nada, porque la respuesta está servida: "Mira, rojo cabrón, nunca he visto una fábrica clandestina y no me creo que haya niños asiáticos encadenados en un sótano. Eso es tan mentira como el cambio climático, maldito fanático. Además, qué me importan a mi los chinos, los negros, los latinos... Puede que muera antes de tiempo por comer subproductos de carne no identificada ensopada en químicos residuales, ¡pero moriré teniendo un coche de alta gama, un iPhone, un televisor de alta definición de noventa pulgadas, un pisito con una hipoteca como dos grilletes y no se cuantísimos followers en mi patético perfil de Instagram. Es la gran huida hacia adelante de nuestra época: moverse para no tener que pensar, consumir para no tener que sentir, indignarse en las redes para no tener que actuar en las calles, tragarse las mentiras para no tener que enfrentarse a la verdad.
domingo, 26 de abril de 2026
•Patriotidad nacional
A muchos votantes de las derechas les parece obvio que la "prioridad nacional" les servirá para mejorar su situación; para, sin demostrar mérito alguno, adelantar en la "cola" a todos los inmigrantes, pues de eso se trata, de despojarlos de la categoría de personas y colocarles el distintivo de discriminados por ley. Estos votantes ilusos se equivocan doblemente. Por un lado porque esperan "heredar" ayudas, prebendas y privilegios que la derecha adjudica a los inmigrantes pero que en realidad no existen. Por otro lado porque nadie les dice que, de heredar algo, lo harán en las mismas miserables condiciones con las que lo "disfrutan" esas personas. Por ejemplo, ¿creen estos ilusos que podrán ocupar los trabajos que desempeñan los inmigrantes (nadie se lo impide ahora) pero eliminando las condiciones de precariedad, bajos salarios, nulos derechos y explotación laboral que los caracterizan?. La "prioridad nacional" es un nuevo bosque para que los ilusos no vean los árboles que la derecha tala. Sus partidos, da igual Vox, PP o Junts, basan su estrategia en acusar al más vulnerable de todos los problemas que ellos provocan con sus políticas de recortes de servicios públicos, sus bajadas de impuestos a los más ricos allá donde gobiernan y sus discursos de odio. Su reclamo electoral es la bajada y eliminación de impuestos sin explicar que, para cuadrar las cuentas, han de pasar las tijeras por todas las partidas presupuestarias que sostienen el estado del bienestar. Mientras, en paralelo, ayudan a fondos de inversión y élites económicas a ganar cada día más a costa de mermar los servicios públicos. Y en ese contexto aparece su estrategia de "prioridad nacional". Primero adelgazan el estado del bienestar todo lo que pueden allí donde gobiernan: recortan plazas y profesorado de la educación pública, degradan las condiciones de trabajo en la sanidad pública, recortan el presupuesto en ayudas de cualquier tipo, al estudio, al cuidado de personas dependientes, a la investigación… Porque, a ellos, los "nacionales" pobres les importan una mierda. Sólo hay que ver cómo votan sistemáticamente "no" a todas las medidas destinadas a ayudar a las familias, a reducir el impacto de las subidas de precios, a la subida de pensiones, de salarios, de ayudas al alquiler... La " prioridad nacional" es su nuevo eslogan publicitario, un señuelo que, como era de esperar, ha triunfado espectacularmente nada más nacer, pues parece prometer privilegios por el sólo hecho de haber nacido aquí. En realidad, iluso votante, te están diciendo, no que van a mejorar tu situación, sino que estarás por delante de otros a la hora de disputar las migajas de esas ayudas, de esos servicios, de esos derechos que ellos están machacando a diario con sus políticas. No te prometen que vayan a mejorar tu acceso a la vivienda, tus condiciones de jubilación, tu salario, la calidad de la educación de tus hijos o la atención sanitaria. No te dicen que vayan a acabar con el trabajo precario o la explotación laboral, sino que tú tienen más derechos que otros a ser explotado o a recibir servicios cada vez más precarios. Así que ve echando el ojo al semáforo "más rentable" de la ciudad, pues pronto podrás reclamarlo y ocuparlo por delante del "moreno" que ahora lo disfruta. Ya se están publicando ofertas de trabajo buscando "patriotas blancos" para recoger uva, con un salario de 400 euros al mes, 10 horas de trabajo diario, seis días a la semana, sin contrato, sin seguridad social, sin cotización, sin derecho a paro. Menudo chollo esto de la prioridad nacional.
viernes, 24 de abril de 2026
•Cristofascistas
La ultraderecha habla mucho de nuestras tradiciones. Por supuesto, ellos deciden por todos cuáles deben ser. Y algo en lo que insisten con frecuencia es en que nuestras tradiciones son esencialmente cristianas. Pero el cristianismo de la extrema derecha es de lo más selectivo. Se salta aquello de ayudar a los necesitados, de ser misericordiosos y de amar al prójimo. Es más, se salta prácticamente todo el Evangelio. Porque no es el mensaje de Cristo lo que interesa a los ultras, ni el cristianismo como sistema moral. Lo que les pone de verdad es el papel que ha desempeñado el catolicismo en la creación de regímenes de exclusión, jerarquización y opresión. Les encanta esa tradición cristiana que decide quién pertenece al grupo y quién está fuera, que establece o legitima jerarquías sociales, que disciplina moralmente al personal, coloca a la mujer "en su sitio" y persigue a los "disidentes", sean estos homosexuales, pro abortistas o partidarios de la eutanasia. El cristianismo de la ultraderecha es el de Torquemada y los carlistas. Es catolicismo de penitencias, castigos, hogueras, infiernos y deportaciones, salpicado con un poco de folklore: comuniones, bodas, bautizos, romerías y pasos de Semana Santa-. Quizá por eso ahora se han pasado de frenada y han chocado hasta con los obispos por aquello de la "prioridad nacional". Su secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal ha pedido "prioridad de Evangelio" frente a la "prioridad nacional" que propone Vox. Y ha asegurado que la Iglesia "no estará nunca" de acuerdo con medidas que traten de "excluir o anular al otro". Es igual. Los cristofascistas están abrazados al catolicismo de Torquemada y Teresa de Ávila, de la Inquisición y de los místicos a los que nunca han leído ni entendido. Su cristianismo es el de dictadura teocrática llamada nacionalcatolicismo, la que fundió la cruz y la espada para justificar una guerra civil. Para los nostálgicos del régimen, el Papa Francisco no era más que un marxista con sotana y creen -con Trump- que León XIV también les ha salido rana. La extrema derecha española ha llegado incluso a acusar a la Iglesia de lucrarse cuidando a migrantes. Ahora su fervor está del lado del dirigente genocida de Jerusalén que dice tener las escrituras del Gran Israel, firmadas por el de arriba con la sangre de sus enemigos. Esta gente lee los Evangelios por los bordes, a través, en diagonal, seleccionando palabras hasta que acaban diciendo exactamente lo que quieren que diga. La fe de esta gente, como la de Ayuso, vive en el barrio de Salamanca, en think tanks neocons, en podcasts de la fachosfera y en la teología política de los nuevos libertarios: esos que han revelado que Dios es, después de todo, un partidario del libre mercado y que la principal bienaventuranza comienza diciendo: "Bienaventurados los ricos..." Es lo que tiene despreciar a los Papás comprometidos, a los curas de barrio que se toman en serio la doctrina social. Desprecio por quienes hacen voluntariado en Cáritas o en Cruz Roja, por quienes hacen lo que el Sermón de la Montaña, leído sin filigranas, manda hacer. Ellos se cuelgan la cruz lo mismo que se adornan la muñeca con la banderita: sin importarles en absoluto el significado real del símbolo. Su cruz es un signo identitario, un adorno ideológico, la insignia de los que han decidido que su equipo ganó y que ahora el símbolo les pertenece.
jueves, 23 de abril de 2026
•Leer para vivir
Esto tenía que haber ido ayer, día del libro. Pero en vez de escribir me dediqué a leer. Leer con gusto, es decir, despacio, sin prisa, palabra a palabra, degustando cada frase, cada verso, saboreando cada uno de los componentes tan variados como heterogéneos que los componen. Suele decirse que los libros son "ventanas al mundo". Pero seamos sinceros: a veces el mundo está tan feo que lo que uno quiere es, precisamente, cerrar la ventana y refugiarse en ellos. Los libros, los de papel, poseen inverosímiles cualidades: no hay que cargarlos, no necesitan batería, no se quedan sin cobertura ni necesitan wifi y, si se nos cae al suelo, no se romperá la pantalla de cristal líquido. Los libros son como escafandras que nos ponemos para bucear en las aguas más o menos turbias, más o menos claras, de nuestras vidas. Pero, también, son alas que nos ayudan, a veces, a remontar el vuelo de una existencia un tanto arrastrada. Sólo les veo ventajas. La lectura cultiva el silencio. Grito y lectura son incompatibles. En una sociedad, especialista en ruidos como la nuestra, leer significa silencio, tranquilidad, paz. La lectura cultiva la soledad deseada. Leer es una decisión personal que exige quedarte solo ante el libro. En un mundo donde se lleva el grupo, el gregarismo, leer es aprender a estar solo, a ser autónomo, a no depender de nadie. La lectura es desinteresada, no exige nada. Leer es una actividad cordial y generosa. Un obsequio del corazón que no pide nada, que no exige nada. El premio de la lectura empieza y termina en uno mismo. Por leer no nos dan dinero, no facturamos. No nos dan diplomas, ni títulos, ni nos rebajan las hipotecas. Pero sabemos que al leer usamos nuestra inteligencia emocional por propia voluntad, sin que nadie nos obligue a hacerlo. Silencio, soledad, autonomía y cordialidad. He aquí las llaves que nos abren de verdad la puerta de los libros. Una vez abierta, lo que cada uno encuentre en ellos es algo que sólo le servirá a él mismo. Si el libro os ayuda a comprender el mundo o entenderte a ti mismo tras una mirada introspectiva, será un gran aliado. Sí te cura la melancolía, bienvenido sea. Si te ayuda a entender mejor a tu vecino, mejor que mejor. Y si solo te sirve para calzar una mesa coja, al menos habrá servido para dar equilibrio a vuestra casa. Lástima, como decía Umberto Eco, que el mundo esté lleno de libros preciosos que nadie lee.
•Prioridad nacional
Ahora parece que esto va de prioridades. Pero sólo mencionan las que sirven de señuelo para atraer el voto y "pillar cacho" en el reparto del poder. Ese que, al final, se traduce en beneficio económico. Para ellos. Esto no es nuevo. La prioridad nacional del nazismo fue el establecimiento de una comunidad racial pura y la conquista de espacio vital. Esto se basaba en la supremacía aria, el antisemitismo, el expansionismo militar -y, por tanto, la guerra- y la creación de un estado totalitario para convertir a Alemania en la potencia dominante. Las consecuencias las conocemos todos. La "prioridad nacional" es el nuevo eslogan de Vox, comprado por el PP. Vox nunca ofrece nada positivo. Sus propuestas, simplemente, se oponen a algo. Tienen una agenda antiecológica -basada en negar el cambio climático-, antifeminista, antihomosexual, anti violencia de género, anti niños inmigrantes, antiaborto, antieutanasia, antidiversidad... Se inventan lobbies gay, maltratadas de pega o una agenda verde de Bruselas que arruina a los agricultores de toda la vida para ser creíbles. Así consiguen atrapar el voto de una ciudadanía que ve como colapsa su rudimentaria moral posfranquista sin saber adaptarse, que anhelan volver a un mundo que ha dejado de existir y abren la puerta a otro, distópico, que los machacará. Del mundo de la ética y la moral nacional católica, la ultraderecha ha pasado al eje del bolsillo y la calidad de vida. Es muy sencillo: "La culpa de que a la gente le vaya mal no la tiene el capitalismo salvaje, ni las grandes corporaciones, ni los fondos buitre, ni los empresarios sin conciencia social, ni las políticas austericidas, ni los grandes defraudadores... No, que va. Le echan la culpa del empobrecimiento a los más desfavorecidos. El extranjero "nos roba". O delinque. O cambia los paisajes castellanos de España. O pretende reemplazarlos. Pero su preocupación por los afectados nacionales queda desmentida cuando se dedican a machacar los servicios públicos. Sorprende que la propuesta de VOX sea limitar los beneficiarios del estado del bienestar por razón de raza, papeles, cultura o nacionalidad, en lugar de trabajar en aumentar y mejorar el maltrecho estado del bienestar, reparar las grietas de la desigualdad o luchar contra el turbocapitalismo desbocado que crea pobreza y multiplica la emigración. Muchos están comprando la idea de "los españoles primero", pero no saben que las prioridades no se acaban ahí. Después viene también eso de los hombres primero, los heterosexuales primero, los empresarios primero, los ricos primero, los evasores, primero, las clases altas primero, los ultraconservadores primeros, los agresores de las mujeres primero, la moral católica primero, los antiabortistas primero, los antieutanasia primero, lo privado primero. Y, sobre todo, ellos primero.
martes, 21 de abril de 2026
•Cadenas ¿del váter?
Quien bautizó a la tele, allá a finales de los cincuenta, como “caja tonta” no podía llegar a imaginarse lo idiota y lo tonta que iba a volverse la cajita. Entonces, todavía se pensaba que la televisión podía ser un buen instrumento educativo, una academia pública y gratuita, una ventana abierta al mundo. Sin embargo, los que realmente mandan se olieron el peligro de inmediato y transformaron el excelente instrumento educativo en una zambomba, convirtieron la academia en una jarana y abrieron la ventana a un retrete inmundo. No es nostalgia, pero recuerdo cuando encendías la tele y podías ver a José Mª Rodero interpretando el "Calígula"de Camus, una entrevista a Marguerite Duras o a Olof Palme, Severo Ochoa o Fernando Arrabal en un debate de "La Clave". Uno podía ver jazz en directo o variadas actuaciones musicales: de Duran Duran a Tina Turner; de Iron Maiden a Communards, pasando por los grupos de "la Movida" o el cantautor Franco Battiato. Programas como "Conciertos para jóvenes" con Leonard Bernstein y la Filarmónica de Nueva York; "El hombre y la tierra", de Rodríguez de la Fuente; "A fondo", con Joaquín Soler Serrano; "Cosmos", de Carl Sagan; o "Jazz entre amigos", son inimaginables en la tele actual. Aprendíamos a la vez que disfrutábamos, no como ahora, que basta hacer un recorrido por la parrilla (de Ferreras a Motos y de Iker Jiménez a Ana Rosa Quintana) para perder de golpe veinte puntos de cociente intelectual y preguntarse si habrá vida inteligente en la Tierra. Gracias a este interminable descenso hacia el abismo de la idiocia, el impresentable Nacho Abad llegó el otro día a la fosa de las Marianas de la estupidez, una fosa séptica en la que organizó un "debate" entre un dermatólogo y un entrenador de fútbol. Versaba sobre la incidencia del sol en el cáncer de piel. Al lado de esto, una discusión sobre física cuántica con el principal tonto del pueblo es una mierda pinchada en un palo. Resulta hipnótico contemplar la convicción con que el entrenador -que cree que el universo es una palangana- defendía que África y Asia no existen, mientras rechazaba las afirmaciones del médico con el principal argumento de los ignorantes que, además, son imbéciles: "¡Es mentira, es mentira, es mentira!". Vale que los tontos tengan voz, pero tampoco hace ninguna falta que tengan un megáfono. En todo caso, en referencia a la tele y la radio, ahora entiendo por qué se habla de "cadena". Es un nombre que le va muy bien, por los grilletes que impone a la inteligencia y por el váter. En fin, que la Tierra no es plana pero el encefalograma de mucha gente sí.