Hace ya tiempo que navegamos por un océano de imbecilidad que nos conduce al abismo. Quizá el problema es que el panorama actual… no sé, yo lo veo torcido. Igual es que quiero mirarlo de manera recta y eso es imposible. Me parece increíble que hayan logrado que en la jerarquía de valores tanta gente priorice los símbolos como algo esencial mientras convierten en accesorios los valores éticos o sociales. Es el triunfo del relativismo más suicidamente egoísta, que nos arrastra sin remedio a la estupidez y el oscurantismo de tiempos que creíamos ya superados. No tengo nada contra los símbolos pero me inquieta cuando estos se abrazan como atajos cognitivos, cuando se adoptan y exhiben símbolos identitarios para disimular que se carece de identidad cultural y hasta personal. Que no me vendan como patriotas a esos obsesos de la cinta rojigualda en la muñeca, el espejo retrovisor interior, la correa del perro y hasta la gomilla de los calzoncillos, pero que después pagan -o les gustaría pagar- los impuestos en paraísos fiscales y se les llena la boca de España sólo cuando gana Alcaraz, o cuando hablan de un imperio que caducó hace más de 350 años, o cuando sacan el puro para "disfrutar" en una corrida de toros. Esos a los que, desde su más absoluta ignorancia, se les llena la boca de palabras huecas y absolutamente estúpidas cuando hablan de España. Quizá pase que sean personas con un nivel intelectual supremo, tanto que no los entiendo. Pero no creo viendo el "nivelazo" cognitivo y la mala baba de los políticos y políticas que enarbolan la bandera del patriotismo de pacotilla. En todo caso prefiero oír imbecilidades a propósito de ese constructo de conveniencia que es la patria que sobre asuntos importantes que afectan directamente a la vida de la gente. Fíjate lo que es seguir escuchando estupideces, de manera continuada, cada vez que se va a subir el salario mínimo, garantizar las pensiones, limitar la subida sin fin de los alquileres, o proteger los servicios públicos. Pero, ¿de qué Patria Me estás hablando?, bocachancla. Me parece de puta vergüenza. Realmente, los símbolos, la mayoría de ellos, me parecen un engañabobos vengan de donde vengan. Para mí un símbolo es la señora mayor del barrio que ha peleado toda su puñetera vida para sacar una familia numerosa adelante. A base de símbolos es como siempre nos han cerrado la boquita los vividores de distinto pelaje, los vendepatrias, los psicópatas que quieren vivir a costa de las hostias que nos damos entre nosotros. Para mí los únicos símbolos válidos son los de esos padres que se han sacrificado y han peleado toda su puñetera vida para sacar una familia numerosa adelante, el de esa anciana que sobrevive con una pensión asistencial, esos jóvenes que sin tener nada a favor no tiran la toalla, toda esa gente que al margen de sus propios problemas siempre tiene un momento para pensar en los demás o los que no les importa contribuir para que los menos favorecidos puedan cubrir sus necesidades básica. Todo lo demás es un brindis al sol..., que más calienta.
Vivir es intentarlo infinitas veces
jueves, 7 de mayo de 2026
domingo, 3 de mayo de 2026
La precariedad como esteategia
Estoy con la sociología crítica en la idea de que "la precariedad no es un fallo del sistema, sino su estrategia". La precariedad permite al Capital dominar a la sociedad sin mayor dificultad al mantener a los trabajadores constantemente al borde del abismo, con la espada de Damocles del paro sobre su cabeza. Transformando el porvenir en un oscuro túnel sin atisbo de luz al final, hurta a los individuos la confianza en sus capacidades y, por tanto, lo priva no ya de la libertad de elegir, sino de la misma esperanza. Atenazados por el miedo, la ignorancia y la impotencia, se resignan a su suerte ante la sonrisa hipócrita de unas élites que han logrado alejar de sus mentes, no ya la urgencia de cambios estructurales profundos, sino la misma idea de que son explotados. ¿Cómo entender, si no, que las víctimas del problema de la vivienda, los alquileres, los bajos salarios o los recortes de los servicios públicos, voten a los mismos que crean, mantienen o incrementan sus problemas? El truco está en saber que la humillación permanente genera un malestar que, para evitarte problemas, exige ser canalizado. Y ahí hacen su aparición los profetas del odio, encargados de calmar el sentimiento de debilidad y frustración, enmascarando el propio sufrimiento. Es el nuevo opio del pueblo. Se trata de inculcar en la mente de los humillados a los individuos y colectivos que han de convertirse en las dianas ideales de su odio, su violencia verbal o física. El Sistema señala a cualquiera que cuestione sus planes y métodos como objeto de menosprecio y aversión de las masas. Los desposeídos se revuelven así con furia contra quienes intentan hacer algo contra la injusticia de esa desposesión. Es así cómo la cólera de los imbéciles llena el mundo. Nuestro profundo error ha sido creer que la estupidez era inofensiva, pero está claro que una vez en movimiento, puede con todo. Aunque para ello tenga que autolesionarse.
miércoles, 29 de abril de 2026
•Paco el Bajo
Debajo de las rimbombantes expresiones de las derechas siempre se esconde algo. Y casi siempre es engañoso. Y casi nunca es bueno. Salvo para ellos, claro. Ahora andan con la monserga de la "prioridad nacional". Para los cristianos despistados que votan derechas, decirles que eso no es ni más ni menos que exclusión, racismo y xenofobia, es discriminación de las personas por su origen, es exclusión hacia el diferente, es una patada en la boca al prójimo que no ha nacido donde tu. La trampa es sencilla: ante recursos escasos, nos dicen, los españoles primero. Y el personal lo compra de inmediato, sin caer en la cuenta que para las derechas los recursos siempre van a ser escasos, haya o no inmigrantes, porque se cargan los impuestos progresivos, y automáticamente desciende el dinero para invertir en servicios públicos, y estos quedan raquíticos, abriéndose paso a privatizaciones que siempre favorecen -es curioso- a empresas amigas. Es sistemático. Allí donde gobiernan las derechas, el deterioro de los servicios públicos va de su mano, porque su auténtica y real "prioridad nacional" es el negocio por encima del bienestar colectivo. Así que nadie se engañe, esa “prioridad” que han pactado las derechas significa dejar sin atención médica y sin vacunas a niños y niñas según su origen, o tal vez sin menú escolar. Significa dejar de atender a una mujer que ha sufrido violencia, porque sea peruana, armenia, marroquí o congoleña. O acaso dejar morir sin atención médica a un trabajador que ha sufrido un accidente laboral, porque le delata el color de su piel. Qué buenos cristianos son esta gente. Para ellos su verdadera urgencia es imponer su idea de Patria, esa patria cateta, casposa y reduccionista que se retrotrae al franquismo, la que sueña con regresar a los "valores tradicionales", al catolicismo de rancia sacristía y de única religión posible y "verdadera", a la escuela en manos de la Iglesia, al matrimonio como "dios manda", las mujeres en casa y obedientes, las personas gais y lesbianas perseguidas y encerradas, los pobres y los gitanos (ahora los inmigrantes) tratados como "vagos y maleantes" porque "ensucian" las calles y una sociedad de orden, en la que se sepa bien quién es el patrón y se agache la cabeza ante el señorito. El problema de algunos es que se creen señoritos y no van más allá de ser como Paco el bajo de los Santos Inocentes.
martes, 28 de abril de 2026
•Patógenos políticos
Hace ya años que la política nacional se nos va llenando de tipejos patógenos llegados a este mundo, primero, a medrar en beneficio propio y, después, a empozoñar la convivencia con mentiras sin fin y propaganda barata. Es fácil distinguirlos. Son los mismos que muestran sin pudor actitudes racistas, xenófobas, que rechazan el derecho a la igualdad de las mujeres, niegan los asesinatos y la violencia machista, califican de "fanatismo climático" el calentamiento del planeta y los efectos letales de las emisiones contaminantes, reniegan de Europa, acosan a periodistas o callan ante ello sin pudor. Son patógenos cínicos, fanáticos, canelos, perrunos que se mean en la ética y la razón sin sentir ningún pudor y actúan, viven y cobran buenos sueldos a cuenta del común -y algunos trincan por detrás- amparados por la Constitución democrática de 1978, que dicen defender pero que, en el fondo, ignoran y desprecian al igual que la democracia, la igualdad y el Estado de derecho. Son los fans del matón de la Casa Blanca y del genocida Netanyahu. Los que un día dicen que habría que "empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta", refiriéndose a personas con ideologías contrarias a la suya, y acto seguido prometen "echar de España a ocho millones de personas, inmigrantes e hijos de inmigrantes. Ahora han retomado su mensaje de odio rehabilitando el concepto empleado hace cuarenta años por el fascista francés Jean-Marie Le Pen: "La prioridad nacional", para hacernos creer que si algunos servicios de la sanidad pública están colapsados y funcionan mal o si faltan plazas escolares o si hay poca vivienda y es muy cara o si las ayudas a la dependencia llegan tarde y las pagas del mínimo vital, más tarde todavía, o que las pensiones corren peligro, o que el trabajo es precario y está mal pagado, no es debido a sus políticas de recortes, privatizaciones o apoyo incondicional a los buitres de la economía. No, qué va. Todo es culpa de los inmigrantes. Si no te llega para comprarte una casa o pagar el alquiler, si tú contrato indefinido vale lo que un yogurt caducado, si tu jefe te paga un sueldo insuficiente, si te han dado cita médica para dentro de año y medio, si en la clase de bachillerato de tu hija hay 39 alumnos, si no te toca la primitiva ni tienes ya el pelazo que tenías con 20 años, la culpa, que lo sepas, la tiene el "morito" que te vende klinex en el semáforo. Sólo hay que ver la que liaron los inmigrantes con los ancianos de las residencias de Ayuso durante la pandemia del coronavirus, o la pésima gestión que hicieron de la Dana de Valencia. Cuando los echemos a todos volverá a manar leche, miel y vino de los manantiales.
lunes, 27 de abril de 2026
§Vínculos
En algunos viajes me he detenido a observar esas placas que honran la memoria de las víctimas del fascismo en la segunda guerra mundial y rinden homenaje a los que lucharon por la libertad, la democracia y en contra de la barbarie nazi. Me produce una sana envidia. También me provoca calma estar en esos lugares de recuerdo. La calma que produce saber que hay personas empeñadas en no olvidar. En estos tiempos de neofascismos, guerras y barbaries, en los que es cada vez más posible no ver el daño que producen en las personas el odio, las bombas y los genocidios, ver nombres que resisten al silencio es una forma de no normalizar lo inasumible. A través de esos nombres desconocidos, que, en realidad, representan a mucha gente de muchos pueblos de muchos lugares, se puede ver cómo las guerras atacan no solo los cuerpos, sino también los vínculos. Las guerras dejan heridas en las personas que se arrastran muy lejos en el tiempo. Las guerras no son solo en el momento, se prolongan después. Impulsadas por una lógica en la que hay dos bandos para estar y, de ambos, solo uno es legítimo. La huella que queda después de la guerra es siempre larguísima. No únicamente en el territorio, también en los cuerpos, en las cicatrices, en la sangre que recuerda el miedo, en la posibilidad de hablar si estás del lado de quienes ganaron o de tener que permanecer callado, apretando los labios, si tu lugar es el otro. Reconstruir los vínculos desde esa lógica, con la rabia pegada al cuerpo y la tristeza y el miedo anidados en la cabeza, es difícil. Y más cuando se legitima que hay vidas que se pueden llorar y otras que no merecen ser lloradas. Nunca les pregunté a mis abuelas cómo lo hicieron, cuánto tiempo tardaron en reconstruir los vínculos, cómo pudieron intentarlo siquiera en un clima de terror, de dolor, de pena, de silencio impuesto. Solas, luchando sin medios para sobrevivir porque de eso dependía la supervivencia de sus hijos. Seguro que algunos de los vínculos quedaron definitivamente rotos. Incluso cuando, pasado el tiempo, seguía sin haber una tumba a la que ir a llorar, a honrar, a recordar. Pero sé que ellas, como muchas otras mujeres, que llevan la herencia de generaciones anteriores, buscaron formas de reconstruirlos, de volver a generar comunidades que otros quebraron. Porque ahí, justo ahí, en el vínculo, está la esencia de la posibilidad de sobrevivir. Sólo cuando todas las personas que sufrieron una guerra reconocen que hubieran querido que eso no pasase se dan las condiciones para la reconciliación. Qué lejos seguimos estando de esa posibilidad.
•¿Dónde la cagamos?
¿Cuándo la cagamos? ¿Quién pensó que la gran cantidad de datos disponibles en la era de la información digital iba a producir ciudadanos informados?. Los creyentes en que una ciudadanía informada era fundamental para la libertad y la democracia no dan crédito. ¿Cómo es posible que la mayor superpotencia del mundo esté poblada por una de las sociedades más estúpidas en su conjunto? La suposición fatídica fue la de que los ciudadanos, ellos solitos, elegirían pensar y aprender, en lugar de seleccionar cuidadosamente las aplicaciones, las plataformas, las redes, los posts, los podcast, los videos y los programas de televisión que reforzaran su ignorancia cultural, de consumo, científica o política. Especialmente la política. Nunca hubiese imaginado que íbamos a perseguir el espectáculo prefabricado, la ciencia basura, los rumores morbosos o los bulos en bucle. Al final la gente, en vez de aprender, niega. Se traga mentiras como ruedas de molino y llega a aceptar las "pruebas bíblicas" de que Adán y Eva pasearon por el Edén sobre el lomo de dinosaurios o las grandes aportaciones a la democracia que hizo el Emérito. Esto sucede cuando se equipara la democracia con el derecho de opinión de cada individuo, aunque sea la más ridícula. Al fin y al cabo, los tontos escogen tonterías, por eso se llaman tontos. La estupidez cultural no sería tan mala si no fuera autorreproductiva y viral, y propensa a colocar gente estúpida en el poder. Todos, en algún momento, mientras observábamos al jefe, nos hemos tratado de explicar cómo terminó ese tarado a cargo del lugar. Imaginemos −y no hace falta demasiada imaginación− a un tipo fondón, de mirada de lagarto con mala leche, con una arquitectura capilar de dudosa ingeniería que más bien parece un tupé plastificado, barnizado como un merengue industrial, que a diario se sienta en su despacho rodeado de lameculos dispuestos a ordenar guerras o derrocar gobiernos llamando a todo eso "defensa de la libertad", soltando a cada momento declaraciones infames, publicando vulgaridades, insultando a todo aquel que no le baila el agua y −sobre todo− contradiciéndose a sí mismo con la soltura de quien ha convertido la incoherencia en sistema e insultando a la inteligencia. Este personaje anuncia aranceles a diestro y siniestro, guerras comerciales, anexiones territoriales, invasiones, bloqueos... Y el mundo, una gran mayoría del mundo occidental, le obedece o le consiente. Pero como la mayoría se beneficia materialmente del sistema, pues no pasa nada. La ignorancia "intencional" te permite disfrutar de mercancías más baratas producidas por mano de obra esclavizada, tanto extranjera como -cada vez más- doméstica. Permite también el robo intimidatorio de recursos y bienes de países débiles, para no mencionar la capacidad destructiva del capitalismo tardío que agota todos los recursos planetarios indispensables para la conservación de la vida. Y no digas nada, porque la respuesta está servida: "Mira, rojo cabrón, nunca he visto una fábrica clandestina y no me creo que haya niños asiáticos encadenados en un sótano. Eso es tan mentira como el cambio climático, maldito fanático. Además, qué me importan a mi los chinos, los negros, los latinos... Puede que muera antes de tiempo por comer subproductos de carne no identificada ensopada en químicos residuales, ¡pero moriré teniendo un coche de alta gama, un iPhone, un televisor de alta definición de noventa pulgadas, un pisito con una hipoteca como dos grilletes y no se cuantísimos followers en mi patético perfil de Instagram. Es la gran huida hacia adelante de nuestra época: moverse para no tener que pensar, consumir para no tener que sentir, indignarse en las redes para no tener que actuar en las calles, tragarse las mentiras para no tener que enfrentarse a la verdad.
domingo, 26 de abril de 2026
•Patriotidad nacional
A muchos votantes de las derechas les parece obvio que la "prioridad nacional" les servirá para mejorar su situación; para, sin demostrar mérito alguno, adelantar en la "cola" a todos los inmigrantes, pues de eso se trata, de despojarlos de la categoría de personas y colocarles el distintivo de discriminados por ley. Estos votantes ilusos se equivocan doblemente. Por un lado porque esperan "heredar" ayudas, prebendas y privilegios que la derecha adjudica a los inmigrantes pero que en realidad no existen. Por otro lado porque nadie les dice que, de heredar algo, lo harán en las mismas miserables condiciones con las que lo "disfrutan" esas personas. Por ejemplo, ¿creen estos ilusos que podrán ocupar los trabajos que desempeñan los inmigrantes (nadie se lo impide ahora) pero eliminando las condiciones de precariedad, bajos salarios, nulos derechos y explotación laboral que los caracterizan?. La "prioridad nacional" es un nuevo bosque para que los ilusos no vean los árboles que la derecha tala. Sus partidos, da igual Vox, PP o Junts, basan su estrategia en acusar al más vulnerable de todos los problemas que ellos provocan con sus políticas de recortes de servicios públicos, sus bajadas de impuestos a los más ricos allá donde gobiernan y sus discursos de odio. Su reclamo electoral es la bajada y eliminación de impuestos sin explicar que, para cuadrar las cuentas, han de pasar las tijeras por todas las partidas presupuestarias que sostienen el estado del bienestar. Mientras, en paralelo, ayudan a fondos de inversión y élites económicas a ganar cada día más a costa de mermar los servicios públicos. Y en ese contexto aparece su estrategia de "prioridad nacional". Primero adelgazan el estado del bienestar todo lo que pueden allí donde gobiernan: recortan plazas y profesorado de la educación pública, degradan las condiciones de trabajo en la sanidad pública, recortan el presupuesto en ayudas de cualquier tipo, al estudio, al cuidado de personas dependientes, a la investigación… Porque, a ellos, los "nacionales" pobres les importan una mierda. Sólo hay que ver cómo votan sistemáticamente "no" a todas las medidas destinadas a ayudar a las familias, a reducir el impacto de las subidas de precios, a la subida de pensiones, de salarios, de ayudas al alquiler... La " prioridad nacional" es su nuevo eslogan publicitario, un señuelo que, como era de esperar, ha triunfado espectacularmente nada más nacer, pues parece prometer privilegios por el sólo hecho de haber nacido aquí. En realidad, iluso votante, te están diciendo, no que van a mejorar tu situación, sino que estarás por delante de otros a la hora de disputar las migajas de esas ayudas, de esos servicios, de esos derechos que ellos están machacando a diario con sus políticas. No te prometen que vayan a mejorar tu acceso a la vivienda, tus condiciones de jubilación, tu salario, la calidad de la educación de tus hijos o la atención sanitaria. No te dicen que vayan a acabar con el trabajo precario o la explotación laboral, sino que tú tienen más derechos que otros a ser explotado o a recibir servicios cada vez más precarios. Así que ve echando el ojo al semáforo "más rentable" de la ciudad, pues pronto podrás reclamarlo y ocuparlo por delante del "moreno" que ahora lo disfruta. Ya se están publicando ofertas de trabajo buscando "patriotas blancos" para recoger uva, con un salario de 400 euros al mes, 10 horas de trabajo diario, seis días a la semana, sin contrato, sin seguridad social, sin cotización, sin derecho a paro. Menudo chollo esto de la prioridad nacional.