Decía uno de los eslóganes más famosos de la publicidad en España: "Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo". Pues eso habría que hacer antes de ir a depositar el voto: comparar para saber qué es lo que vamos a comprar. Toda esa gente dispuesta en España a votar a las derechas radicales deberían, por ejemplo, mirar lo que está pasando en la Argentina de Milei, el gran amigo e ídolo venerado de Abascal o Ayuso. Milei, como todos los de su escuela ultra liberal o libertaria, es un gran mentiroso, un cínico y un maleducado que sigue presumiendo de que encabeza el mejor Gobierno de todos los tiempos. En el mejor estilo Trump. Pero la verdad es que tras tres años del inicio de su mandato los datos oficiales desmienten que el país esté mejorando. La pobreza ha crecido 4,1 puntos sólo en el primer semestre de 2026 (casi dos millones de nuevos pobres en lo que va de año, de forma que uno de cada tres argentinos (15 millones de personas) viven bajo el umbral de la pobreza. Es más, el 7,5% de la población vive en la indigencia. El PIB del país cayó un 0,6% sólo en el segundo trimestre, y el derrumbe de la actividad económica fue del 2,9% en julio, el mayor retroceso intermensual en más de seis años. A mediados de año el ingreso real medio de los argentinos era un 16,1% menor que antes de que Milei asumiera el gobierno. A los que si les va muy bien es a los los grandes exportadores de materias primas, la energía, la minería y las finanzas. El desempleo se encuentra en su nivel más alto desde 2021. A la vez, mientras se deteriora el poder adquisitivo y cada vez más gente apenas tienen ingresos, el Gobierno de Milei ha desmantelado 48 de las 50 políticas de ayuda que estaban vigentes. Así, el gran fenómeno que está creciendo es el endeudamiento familiar y empresarial: ya hay 20 millones de personas endeudadas. 72.000 empleados de la administración pública han sido despedidos mientras empeoran las condiciones del resto y se deterioran la calidad de todos los empleos. Los nuevos que se crean ofrecen salarios más bajos y carecen de beneficios sociales, pues la mayoría no están respaldados por un contrato. Hay un aumento sostenido de la prima de riesgo y una caída generalizada de los bonos argentinos. ¿De verdad alguien cree que la derecha española va a hacer algo distinto? De momento, Feijóo ya ha anunciado unos sacrificios que, en absoluto, pueden justificarse con la situación económica. Y Vox, junto a los políticos del PP que se van de la lengua, ya hablan de privatizar las pensiones.
Vivir es intentarlo infinitas veces
domingo, 18 de octubre de 2026
Estoy harto de apesebrados
Estoy harto de que apesebrados periodistas, víctimas de su propio sesgo ideológico, al referirse a la cascada de procesos electorales que por todo el mundo están encumbrando al neofascismo hablen meramente de alternancia ante la formación de gobiernos de extrema derecha o con su participación. Eso es permanecer deliberadamente ciego o, peor, disfrazar de normalidad democrática lo que no lo es. El problema es que no aprendemos del pasado. Tanto Hitler como Mussolini llegaron al poder en contextos de apariencia democráticos, aunque ninguno lo hiciera tras ganar las elecciones. Y ambos, tras formar gobierno, acabaron eliminando por completo el sistema democrático e implantando dictaduras fascistas. Actualmente, además de los partidos ultras, existen fuerzas cuyo propósito es liquidar la democracia liberal. Y, con ella, el estado de bienestar, los derechos humanos, las libertades ciudadanas y el respeto a las minorías. Y, ya puestos, abolir las preocupaciones ecológicas, humanitarias y éticas en general decretando la inexistencia de problemas y señalando como revoltosos a quienes plantean tales cuestiones, a los diferentes y a cualquiera que levante la voz para protestar contra los desmanes del sistema. Su programa es rudimentario, pero bien clarito para cualquiera que no mire hacia otro lado. Una política económica ultra liberal, y cuyo objetivo es acelerar el proceso de acumulación de capital. Esto exige suculentas rebajas de impuestos a grandes empresas y fortunas, asociadas a una disminución del gasto público que dejará en cuadro los pilares del estado de bienestar. Sanidad y educación, pensiones estatales y ayuda a la dependencia corren el riesgo de ser enterradas. Se fomenta la sensación de ingobernabilidad, inseguridad y exceso de reivindicaciones, combinándolas con fuertes dosis de populismo punitivo. La idea es construir un consenso de masas favorable al autoritarismo y a la desarticulación de las instituciones del Estado. El feminismo, los colectivos LGTBI, los inmigrantes, los disidentes políticos y sindicales, la prensa independiente o las ONG contestatarias, incluso las que simplemente ayudan a los necesitados -como Cruz Roja- acaban señaladas como enemigos del pueblo. Escindiendo a los ciudadanos, creándoles burbujas ideológicas, enfrentándolos unos con otros, privándoles de la solidaridad y el diálogo éstos caen presas de sus temores íntimos, alienados de la realidad social, quedan a merced de los manipuladores y los sembradores de odio. Sin autonomía ni identidad, el sujeto delega la tarea de pensar. Y como dijo Francis Bacon: "Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde".
viernes, 16 de octubre de 2026
Lo que he aprendido
De pequeño, mi casa era una de esas casas donde había muy pocos libros. Por dos razones. Primero porque el dinero se utilizaba en comprar pan, aceite, azúcar y otros "lujos" al alcance de un jornal de supervivencia. Después porque tras agotadoras jornadas de trabajo el cuerpo te pide dormir en vez de leer. En mi barrio no había biblioteca, ni nada que se le pareciera. Lo único que había era un decrépito autobús de línea que te podía llevar donde estaba la única de la ciudad. Y subir a él costaba dinero. Lo que si había en mi barrio era un kiosko en el que había una caja -o lo que fuera- con novelas del Oeste, policiacas, románticas, de ciencia-ficción, historietas y tebeos. Los podías cambiar unos por otros todas las semanas por menos de lo que costaba subir al autobús. Con esos tebeos -primero- y las novelas -después- fuimos creciendo muchos de los críos de la derrota. De ahí les vino a muchos la afición a leer todo lo que encontraban a mano. Quizá aquello solo era una forma de huida de una realidad que en el fondo no nos gustaba. Empecé a sospecharlo leyendo en el Pulgarcito las historias del hambriento Carpanta. O las de Don Pío, ese oficinista oprimido de clase media-baja, ahogado por la precariedad económica, un sueldo miserable y el miedo constante al desempleo y a su jefe. Luego supe que esas historietas, y algunas otras, eran las que más criticaban las "hambres" de la dictadura. Y es que entonces no sabíamos nada de esa dictadura. Nos la robaban, nos escondían su fría crueldad nuestra inocencia y candidez, el miedo a hablar de política en las casas, las consignas y los himnos de la patria, los rezos y cánticos en las iglesias, el tener que dejar de jugar en el recreo para besarle al cura una mano mohosa que repartía el miedo entre la chiquillería. Así fuimos aprendiendo. Pero no sólo aprendíamos de las lecturas. Yo, desde muy pequeño, descubrí que hay que "descornarse" como un cabrón para sobrevivir con dignidad todos los días. Y esto es cuanto supe durante muchos años sobre Sócrates, Platón y Aristóteles. Después aprendí otras cosas. Quizás sólo pamplinas. Poco útiles para comer pero muy útiles para andar por la vida con la cabeza alta. Aprendí, por ejemplo, que nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento. Que la dignidad no admite rebajas. Qué hay tanta dignidad en barrer una calle como en escribir un poema. Que, pase lo que pase, lo que no puedes hacer es dejar pasar la oportunidad de aprender. Que la vida es demasiado breve para malgastarla viviendo el sueño de otra persona. Y, mucho menos, el capricho de cualquier imbécil. Aprendí que sin un poco de locura, no puede haber cordura. Aprendí también que podemos perder cualquier cosa, que nos las pueden arrebatar, pero también que nadie puede quitarnos lo que hemos regalado. Aprendí que en la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa o que es muy útil usar la ironía para reconciliarse con los restos del naufragio. Y después aprendí lo más importante: a aprender de los grandes. Por eso tengo siempre presentes dos frases. La primera de Gabriel García Márquez: "Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no". La otra es de Bertrand Russell y dice: "Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar". Porque, como decía mi padre, las cartas de la vida sólo se juegan una vez. Y hay que procurar jugarlas lo mejor posible para no perder la partida, pues es bueno vivir sin deudas de ningún tipo. Últimamente he aprendido que escuchar viejas canciones es bueno para que el cuerpo recuerde.
El premio Planeta
Uno de los últimos logros de los "Señores del Mercado" ha sido convencernos de que sigue existiendo eso tan positivo que ellos llaman "sana competencia". Pero es una estafa más. Es como si enfrento a un luchador profesional de sumo de 150 kilos armado de una katana y a un niño de cinco años y 15 kilos protegido por un gorrito de papel en una pelea amañada y digo eso de "que gane el mejor". Pero la realidad es que la competencia que se nos vende es, en realidad, un teatro. Viene esto a cuento de que se acaba de entregar el premio Planeta de este año. (Planeta rima con pandereta. Y con jeta) O quizá debería decir la "farsa del Planeta". Como hubiera sido muy descarado que este año lo hubiese vuelto a ganar alguna "figurita" de Antena 3 (Sonsoles en 2023, Juan del Val en 2025), está vez le ha tocado a una figura ya consolidada. Podían haber optado por dárselo a alguna cara conocida de cualquier otro de los medios de la empresa Planeta (La Sexta, Neox, Nova, Mega, Onda Cero, La Razón...) pero hay que seguir la tradición. El Premio Planeta es la demostración de que el "mercado" ensucia todo lo que toca, incluso algo tan bello como la literatura. Es el paradigma del cinismo literario, una maniobra estrictamente comercial y con millonario ánimo de lucro que en poco o nada valora la calidad literaria de los premiados y finalistas. El único objetivo es elegir un par de libros que publicitados hasta la extenuación se conviertan en ganancias. Una artimaña económica muy rentable. Algunos que de ésto saben mucho más que yo han dicho a menudo que el Premio Planeta es un galardón para los que no leen, una operación comercial disfrazada de certamen literario. Es decir, un soberano engaño para autores inocentes que creen en sus posibilidades pero son ajenos al circuito de los merecedores dominantes, prefabricados, y previamente pactados. El "Planeta" es una tomadura de pelo, un premio adjudicado de antemano. Esto es una crítica recurrente y un secreto a voces en el mundo literario desde hace décadas. En varias ocasiones el nombre del ganador ha sido de dominio público mucho antes de abrir los sobres en la cena de gala. Año tras año la editorial, con una total falta de escrúpulos literarios, monta un lujoso paripé de cava y canapé. Y encima tiene el cinismo de embadurnarlo con una supuesta potenciación de la creatividad literaria. Lo de este año ha sido de traca. Ha tocado que ganará una figura consagrada: Isabel Allende. Que es una autora de indiscutible prestigio internacional nadie lo duda. Como suele pasar, nos dicen que se presenta con un seudómino. Pero claro, gana con una secuela de su archifamosas "La casa de los espíritus". Blanco y en botella. No tiene pérdida quién podía estar detrás. Y, para más señas, la autora acaba de abandonar su editorial de toda la vida (Penguin Random para ganar el Premio Planeta. Muchos creen que si esto no es un fichaje comercial multimillonario, que baje Apolo y lo vea. Y lo mejor de todo. ¿Quién estaba presente en la entrega del engendro? Pues los Reyes de España. Alguien me puede explicar por qué los reyes respaldan un evento organizado por una empresa privada, totalmente opuesto al juego limpio y que teatraliza una impostada sorpresa a la hora de recoger la pasta. Pero, claro, hay que devolver el favor de que A3 o La Razón sean algunos de los medios más defensores, aduladores y serviles de la monarquía. El año que viene el premio se lo podían dar a Ayuso, ese portento intelectual, ese dechado de erudición, ese ejemplo de elocuencia y brújula de oradores que, sobrada, ha tenido tiempo de escribir y publicar un libro. Sugiero el título: ¡Chao, pringao! Podía dedicárselo a su jefe y a todos esos que creen que la "señora" tiene tanto valor como el premio Planeta.
jueves, 15 de octubre de 2026
Majaderos
Yo, es que no doy crédito. En estos tiempos que corren, un fulano aparentemente razonable puede descubrirse, en menos de lo que se persigna un cura loco, como un completo majadero. Gente que antes pasaba por subversiva y ahora se siente cómoda siendo entrevistada por asesinos de la verdad y conversos de la honestidad, se convierten en convencidos libertarios y llegan a opinar que las necedades que sueltan los majaras, "ni tan mal" y que cada cual puede decir lo que quiera. Claro que sí, ¡vivimos en una democracia! La libertad no debe tener límites y los imbéciles tienen todo el derecho a ser escuchados y a que se respeten sus estúpidas ideas. Y eso que sabemos que la libertad es una mala idea desde el Génesis. Dejas un rato a Adán y Eva con su albedrío y te joden la creación en un santiamén (una semana de trabajo divino a la basura, con sus cotizaciones y todo). Nadie vaya a pensar que voy a escribir una alabanza del totalitarismo sensato. Me contento con que el derecho de los oligofrénicos de este mundo quede compensado con el mío. "Tú di lo de los reptilianos y defiende que la Tierra es plana y yo te llamaré gilipollas: todos contentos". Pero si hasta Taburete (larga vida al punk) sacó una cancioncita con alusiones conspiranoicas y denuncias al nuevo orden mundial. Pijazos contra el establishment, lo nunca visto. Las cosas que salen por la tele tienen mucho peligro, porque cuando te quieres dar cuenta te encuentras a tu barman de confianza, que no ha abierto un libro de medicina en su vida, diciendo que las vacunas te comen el cerebro porque lo ha escuchado en el telediario. Hay que reconocer que una buena conspiración sube mucho la moral: tú sabes que la NASA, los judíos, los jesuitas y los del Planeta Agostini están conchabados y quieren hacerte creer que la tierra no es plana. Tú te has dado cuenta porque eres listísimo, no como el resto de necios apesebrados. Además, qué ratos más buenos puedes pasar mirando los chemtrails al atardecer.
Siente a un pobre en su mesa
El otro día, zapeando, me di en los hocicos con una de esas tertulias de rellano de escalera, repletas de ignorantes y engreídos sabelotodo, que inundan los supuestos programas de entretenimiento. Hay que tener cuidado con esos programas que empiezan llevando gente a "divertirse", o hablando de fantasmas, psicofonías, ovnis, profecías, vampiros y chupacabras, y terminan sentando a la mesa a una legión de ultraderechistas para insultar y defenestrar al gobierno. En la tertulia, un guirigay con estúpidos monólogos, frases cruzadas, interrupciones, aspavientos y salidas de tono, se hablaba, perdón, se gritaba, sobre cuánto puede una familia gastarse en comida. La idea era abundar sobre la idea de que en la España de Sánchez todo estaba fatal aprovechando la subida del precio de los alimentos. Eso llevó a una discusión "informadísima" entre los que ,hasta ayer, eran vulcanólogos apasionados, epidemiólogos de pro, expertos en geoestrategia internacional o eminencias en el análisis sociológico de la población ceutí. Alguien dió una cifra y, a partir de ahí, se desató el combate: Que si tanto dinero es un disparate, que si con eso no llenas el frigo, que depende de lo que comas, que si el gasto sube si la abuela fuma... Vamos, como si fueran expertos de la FAO. Hasta que el boca chanclas de turno, un ultrademócrata "sin complejos y con cara de no haber pasado apreturas en su vida, dió un giro interesado a la discusión pontificando: "el tema está en cuánto puede gastarse cada uno" ¡Acabáramos! Desde entonces lo que se "riñó" no fue ya cuánto se gasta alguien en alimentación, sino cuánto deben de gastarse los pobres. ¡Sorpresa! La cantinela de siempre: no llegas a fin de mes porque eres un manirroto, no porque cobres un salario diminuto. Ah, si fueras como esos astutos millonarios que estuvieron comiendo arroz hervido durante tres décadas para invertir esos ahorros… Camarada, a ver si te enteras, vives en un bajo interior cutre y compartido y sólo compras los ultraprocesados de oferta del Día porque eres un vivalavirgen en vez de una tenaz hormiguita meritocrática. Me revientan esos miserables que repiten esa cantinela de que "fulanita no lo tendrá tan difícil cuando el otro día se la vio comprándole bollycaos al odre ese que tiene por hijo. Hambre no pasará". Obviando que hay que ser muy idiota para competir por ver quién vive peor, habrá quien aún no entienda que los menesterosos también tienen derecho a comprar una tableta de chocolate de vez en cuando. Pero es que en esta escalada de odio que nos domina, el odio al pobre es el mecanismo que utiliza el neoliberalismo para evitar la solidaridad de clase. A tomar por culo el Evangelio. Mucha gente ya no odia la pobreza, odia a quien la sufre. Qué tiempos aquellos de los años 50 cuando una conocida campaña de "caridad" impulsada durante el franquismo proclamaba "Siente a un pobre en su mesa". El objetivo era promover la caridad cristiana nacionalcatólica, pero acabó siendo un acto de fachada para lavar la conciencia de las clases acomodadas. Hoy, más que sentarlo, sería más fácil que el pobre fuese apaleado. Verás tú si ahora va a resultar que hasta los pobres vivían mejor con Franco. A lo mejor por eso había muchos más.
miércoles, 14 de octubre de 2026
Sacrificio
Según la RAE, un sinónimo de sacrificio es inmolación. Y una de las acepciones de inmolar es "dar la vida, el reposo o los bienes propios en beneficio de una persona, un ideal o una causa". Algunos deberían tomar nota una vez que Feijóo ha dicho que su gobierno "va a pedir sacrificios". ¿Por qué será que cuando los políticos hablan de sacrificios sólo miran hacia abajo? El sacrificio debería ser uno de los grandes contratos morales de una sociedad. Porque sacrificarse no tiene por qué ser más pobre. No debería referirse a clases sociales. No debía pertenecer al trabajador ni al empresario, al funcionario ni al autónomo. No debería ser patrimonio ideológico de nadie. Que no me hablen de sacrificios. Yo vengo de una familia obrera con pocos recursos que me enseñó desde niño lo que quiere decir hacer sacrificios. Mis padres no se pudieron permitido ni un solo lujo en su vida. Creo en el esfuerzo, lo he mamado desde que nací. Sé lo que es el esfuerzo, no para prosperar sino para sobrevivir. Creo en estudiar, trabajar, arriesgarse, levantarse después de una caída, renunciar a determinadas cosas para conquistar otras. Creo en la ambición cuando no necesita pisar a nadie. Creo en el talento. Creo en la responsabilidad individual. Creo en el sacrificio solidario. No todos se sacrifican por igual. Hay quien empieza la carrera cien metros por delante y lo empujan. Hay quien la empieza cien metros por detrás y le frenan. Hay quien hereda una casa, quien hereda una empresa, quien hereda contactos, idiomas, seguridad, cultura y expectativas. Y hay quien hereda deudas, precariedad o simplemente la certeza de que, si se cae, debajo no habrá ninguna red. Que no me hablen de sacrificios comunes. Estoy harto de que cuando las cosas van bien los ricos aumenten su riqueza sin dar nada pero, cuando vienen mal dadas, los sacrificios los debamos hacer todos. Estoy harto de que me hablen del sacrificio de los trabajadores. Del sacrificio de las familias. Del sacrificio de los pensionistas. Del sacrificio de los jóvenes. Del sacrificio de las clases medias. Del sacrificio del pequeño empresario. ¿Y el sacrificio de quienes más tienen, cuando toca? Una sociedad no debería castigar a quien prospera. No debería demonizar la riqueza ni convertir el éxito económico en una especie de pecado original. Pero nadie prospera solo. Precisamente por eso debe existir una responsabilidad asociada al éxito. Cuanto más te ha dado una sociedad, mayor debería ser también tu compromiso con ella. Los más débiles, la gente de a pie, está sacrificándose toda su vida. El rico también puede sacrificarse. Sacrificio puede significar pagar los impuestos sin convertir la ingeniería para evitarlos en un deporte de élite. Puede significar aceptar que contribuir algo más en determinados momentos no es una confiscación de tu libertad. Puede significar pagar dignamente a quienes trabajan para que tú aumentes tu patrimonio. Puede significar renunciar a una parte del beneficio inmediato para invertir, contratar, formar o innovar. Puede significar comprender que la sociedad en la que uno ha construido una fortuna necesita hospitales, universidades, escuelas, carreteras, seguridad, jueces, investigadores y oportunidades para quienes todavía están intentando subir. Porque nadie se hace rico completamente solo. Detrás de cualquier historia de éxito existe también una arquitectura colectiva que la hizo posible. Así que ya está bien de pedir sacrificios colectivos que empobrecen a muchos y simplemente moderan la acumulación de riqueza de los poderosos. Ya está bien de convertir el sacrificio en una obligación de quienes quieren llegar y el privilegio en un derecho adquirido de quienes ya llegaron. Propongo prohibir la palabra sacrificio a los que sólo son sicarios de los poderosos, a los cínicos, a los eunucos mentales. Quitársela a los discursos de austeridad y a los sermones morales. Sepan ustedes que sacrificio es trabajar, estudiar, emprender desde abajo, cuidar y hasta pagar impuestos. Porque el sacrificio solo es justo cuando deja de ser la obligación de los de abajo y se convierte en el compromiso de todos.