Hay premios que honran y prestigian a sus galardonados, caso del Cervantes. Otros, por el contrario, se sirven del prestigio de aquellos para darse lustre, caso del Princesa de Asturias, pensado para colgar medallas a nuestra monarquía. En general hay mucho postureo en este tema. Premios "reconocidos" por su excelencia y rigor, como los Óscar, los Grammy o el Balón de Oro, atufan a intereses y espíritu comercial. La cosa, además, va a peor. Pienso que el mundo de los premios ha pasado a estar dominado por una sociedad secreta, similar a la de los "Illuminati", pero formada en este caso por un selecto grupo de necios, botarates, lameculos, tiralevitas y gente rastrera. Esto provoca que muchos premios sean ya un reidero. Es el caso del Nobel de la Paz, convertido en una farsa, en una disonancia moral. La concesión del premio a Corina Machado, una ferviente defensora de una intervención militar extranjera en su propio país, es la consecuencia lógica de la degeneración del premio. La reina Sofía, esa gran "profesional" por seguir entronada a cambio de aguantar los cuernos del pariente, ha sido doblemente galardonada en Las Palmas. Por un lado, va a ser investida doctora Honoris Causa por su Universidad. Es lógico conceder este alto reconocimiento académico a alguien que, tras 63 años viviendo en España, tiene serias dificultades para leer el papel que le escriben. Total, también recibieron este galardón los exconvictos Mario Conde, Rodrigo Rato o Díaz Ferrán; el encausado Jordi Pujol; el "cultureta" Rafa Nadal; la necia Ayuso; los abusadores sexuales Julio Iglesias y Plácido Domingo... La Emérita también ha sido galardonado con el Premio Gorila 2024, concedido por la Fundación "Loro Parque" en reconocimiento a su compromiso con la conservación de la biodiversidad. No creo que se refiere a los elefantes que cazaba su marido mientras la coronaba con un asta de doce puntas. En fin, ahí tenemos el Planeta a Juan del Val, ese follarín de los bosques que declara no tener un alto nivel de lectura formal. También la concesión de una Medalla de Madrid a la comunidad judía en pleno genocidio en Gaza. Ya sólo falta que este año Eurovisión lo gane Israel con Trump cantando la canción de Julio Iglesias "soy un truhán, soy un ladrón".
Vivir es intentarlo infinitas veces
miércoles, 14 de enero de 2026
lunes, 12 de enero de 2026
Premios para el payaso
No hace mucho las palabras, los gestos y las acciones de D. Trump resultaban chocantes, ridículas, extravagantes... Hoy, todo en él, ha pasado a ser tan grotesco como peligroso. Antes no se daba importancia a sus baladronadas y, simplemente, nos reíamos de ellas. En julio de 2024, durante un mitin en Florida, este babuino cabreado convocó al electorado con una frase histórica: “Votadme y no tendréis que volver a votar”. Quizá su contenido fuese más real de lo que podría creerse. Trump es un niño malcriado y egoísta que lo quiere todo sólo para él, que carece de límites, tolerancia a la frustración y empatía y que manifesta sus demandas como un déspota: con chulería y amenazas. No le basta con ser presidente de EE.UU., también quiere ser Virrey de Venezuela, Gran Duque de Groenlandia, Mariscal en jefe del Atlántico Norte, Mariachi Supremo de México y Regente Vitalicio en Canadá. Él se ve como el Máximo Décimo Meridio del Imperio Americano, pero se asemeja al emperador Cómodo, un déspota sanguinario, mongoloide y abusón, pero "en gordo". Los mayores lameculos de la élite mundial no cejan en su labor de agradar al esperpento, incluso cuando ello les lleva a chapotear en el ridículo más vergonzoso y la inmundicia. La FIFA (otra cueva de vividores y corruptos) le regaló el "Premio FIFA de la Paz", que es una "pollada" que se inventaron los mamandurriados del fútbol para que ese cruce entre Godzilla y Naranjito se quedase tranquilo y no le diese por bombardear los estadios de fútbol del próximo Mundial. Milagrito sea que ese mundial no lo gane EE.UU., con gol de Trump, de penalti injusto y en el último minuto. Lástima que estos becerros no inventaran también el Premio FIFA de Literatura, el de Medicina, el de Física y el de Química para metérselos todos en un balón de playa y concedérselos en una ceremonia presidida por el Papa, Javier Milei, Mark Rutte, Ayuso, C. Ronaldo, Fran Rivera y los Payasos de la Tele. Mientras, él patalea y dice que quiere recibir el auténtico Nobel de la Paz de manos de Corina Machado que, a su vez, lo recibió de una comisión de cómicos que, más que "fallar" el premio, lo "follaron". Opino que Juan del Val podría tener el detalle de ofrecerle su Premio Planeta a Trump, más que nada porque en vocabulario y sintaxis andan a la par.
domingo, 11 de enero de 2026
¡Que vienen los idiotas!
Escribió Sartre en los años cuarenta que el infierno son los otros. Afortunadamente, no pudo ponerlo en Twitter porque alguien, sin duda, le habría respondido: “MAS INFIERNO ERES TU, SUBNORMAL”. Lo cierto es que vivimos rodeados de necios y no hay nada que podamos hacer al respecto. No se puede huir de ello, no existe un Edén libre de idiocia. La idiotez es ubicua y se ajusta escrupulosamente al principio de entropía, repartiéndose equilibrada y uniformemente entre la población mundial. Incluso -estoy seguro- si te mudas a una isla desierta, antes o después, para tu sorpresa, aparecerá un idiota allí a joder la marrana. Este fenómeno, por salud mental, estamos obligados a obviarlo en nuestro día a día. ¿Cómo, si no, podríamos vivir sabiendo que nos íbamos a encontrar idiotas a cada paso? La evolución, sabia y piadosa, ha permitido que nuestro cerebro desarrolle una estrategia para soterrar esta certeza. Este mecanismo de defensa consiste en rodearnos de idiotas afines. Los fachas con los fachas. Los nacionalistas con los nacionalistas. Los catedráticos con los catedráticos. Así, al oír nuestras idioteces en boca de otras personas, hallamos consuelo y reafirmación. A nosotros nos ha tocado vivir la tiranía de los "tontobabosos" de las redes, llamados -por esa idiotez de nominar todo en inglés, como si fuésemos huérfanos de idioma- haters o trolls. Son una variante de los idiotas. Son idiotas molestos, huelemierdas. Son idiotas metomentodo con mala leche que creen que el mumdo no puede vivir sin sus estúpidas y babosas opiniones. Esta clase de idiotas se encaraman a cualquier red para, bandera en mano, linchar a periodistas, humoristas, músicos, escritores, artistas o gente anónima que no piense como ellos. Se desviven por imponer su ideología, sus creencias, sus gustos y tradiciones y gustan de brear a los que, con sus opiniones, importunan su supremacismo mental. Les encanta hablar de libertad, pero el verbo que más conjugan es el de prohibir. Son personas aparentemente normales que, sin embargo, se indignan con una opinión, una certeza científica que les importuna, una ficción, un chiste o se ofenden por una foto o una rima. Es la suya una idiotez especialmente peligrosa porque, si triunfa, y está triunfando, hará del mundo un lugar más uniforme, más gris, más triste, más encabronado. Claro que tal vez nos esté bien empleado. Por idiotas.
Un paso más hacia el totalitarismo.
Vemos un vídeo -otro más- donde agentes armados de EE.UU. "asesinan" a un ciudadano. Está vez ha sido un agente del Servicio de Control de Inmigración en el contexto de una protesta por las redadas a inmigrantes. Vemos como el agente saca su arma y le descerraja tres disparos a una mujer. Uno por cada uno de los tres niños de los que era madre. Trump se apresuró a acusar a la víctima de resistirse, de ser una terrorista (de nuevo el comodín del terrorismo para justificar la ejecución impune de lo que sólo son víctimas) y a la "izquierda radical" de estar detrás del suceso. Ya, ni se molestan en buscar nuevas excusas. La retórica que convierte a la víctima en amenaza sigue siendo eficaz. Sirve para deshumanizar, para enfriar la empatía, para que la gente piense: “algo habrá hecho”. Esa frase es el cemento de la impunidad. Cuando se instala, cualquier muerte es justificable. Lo ocurrido no es una tragedia accidental, ni una mala decisión en un segundo de pánico. Es el resultado de un aparato de poder al que se le ha dado carta blanca y que se ha acostumbrado a actuar impunemente. Cuando un agente sabe que puede apretar el gatillo y que, pase lo que pase, alguien arriba se encargará de justificarlo, el problema deja de ser individual. Se vuelve estructural. Esto no va de orden, ni de ley. Esto va de imponer una forma de entender la vida en la que la muerte de inocentes es aceptable. Esto va de eliminar lo que no se acepta, lo que no se quiere ver, lo que estorba: inmigrantes, ciudadanos que protestan, voces que se alzan contra tus injusticias... Esto va de una manera de actuar donde lo que menos importa es la víctima. Lo que urge es cerrar la escena cuanto antes, culpar a la víctima y justificar al verdugo. Ahí entra en juego otro tipo de violencia, la más silenciosa: el relato. La versión oficial no busca convencer, busca cansar. Repetir una mentira hasta que discutirla parezca inútil. Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que se asume que ciertas vidas pueden descartarse sin que el sistema se detenga a pensar. No hay conmoción institucional, no hay pausa, no hay autocrítica. Todo sigue funcionando como si nada. Eso es lo peligroso. No el disparo, sino la normalidad que lo rodea. Esa es la normalización que hasta de sus acciones más monstruosas logran los fascismos. Si basta con estorbar, con decir "no”, con ponerse delante, para que la respuesta sea letal, entonces la ley deja de ser un marco común y pasa a ser un privilegio. Cuando el poder puede mentir sin rubor, negar auxilio sin consecuencias y cerrar filas sin rendir cuentas, ya no estamos ante una democracia, ni tan siquiera defectuosa, sino ante un sistema totalitario que ha normalizado la violencia como herramienta de gestión.
sábado, 10 de enero de 2026
La Riviera Boreal
Estoy de acuerdo con Saramago cuando decía: "No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo". Y añado: "Y peor que se va a poner". Las anteojeras que nos han colocado y la perpetua flexión cervical a la que nos obliga la contemplación de nuestros móviles, nos impiden ver más allá de nuestro ombligo. Y, claro, se nos escapa lo más evidente. Un sujeto anaranjado, afectado por un grave Trastorno Narcisista de la Personalidad agrede militarmente y secuestra al presidente de un país soberano y, en vez de hablar de la "ejecución" de las normas del derecho internacional, entramos al trapo de discusiones bizantinas: que si Corina o Delcy; que si es más dictador Maduro o Trump; que si democracia o petróleo; que si Zapatero fuma... El sátrapa, un tipejo en el que es imposible distinguir honestidad de chulería, despejó una de las incógnitas: ¡Y una mierda, libertad! A mí lo que me mueve es el negocio.Pero Venezuela es sólo el teatro de guiñol para distraer a los niños. Un picoteo. El plato principal, la madre del cordero, es Groenlandia. Gaza y Venezuela han servido para demostrar a Trump que nadie moverá un dedo cuando se apodere de ella. Pero el "plan" es antiguo y tiene lógicas conexiones: apoderarse del petróleo, quemarlo para hacer negocio, incrementar las emisiones de CO2, acelerar el cambio climático y, con ello, el deshielo del Ártico, favorecer con ello el saqueo de los recursos de Groenlandia, abrir así nuevas rutas marítimas, dominarlas y adelantarse así a Rusia y China. La comunidad científica advierte ya sobre las terribles consecuencias de quemar las ingentes reservas de crudo de Venezuela. A las que habría que sumar los 31.400 millones de barriles de Groenlandia. Aunque lo que más interesa al íncubo del subsuelo groenlandés son las materias primas estratégicamente críticas como uranio, gas natural, níquel, cobre, oro, grafito y tierras raras Para plantar cara a China. Pero para hacerse con ellos se necesita que el hielo desaparezca, proceso que depende del calentamiento global. Y todavía hay menos que no entienden la cruzada ultra contra las energías renovables y su negacionismo del cambio climático. Además, cuando en Arizona, Florida, Texas, California o Nevada, los veranos sean como un asador de pollos, Groenlandia será un lugar ideal para convertirlo en un resort turístico a lo bestia: La Riviera Boreal, donde los nuevos siervos europeos podrán sobrevivir sirviendo a sus amos yankees.
El bloqueo como causa de pobreza
Después del revés sufrido por los opositores venezolanos y sus correligionarios españoles a manos de Trump, que ha preferido mantener al frente del "negocio" a la número dos de Maduro en nombre de la "libertad" de quedarse con el petróleo, la prensa ultradefensora de los venezolanos "de bien" se ha apresurado a hacer lo que mejor sabe: imponer un relato basado en falsedades, medias verdades y cómplices silencios para arrimar el ascua a su sardina. La crisis de Venezuela es una realidad innegable por documentada: pobreza, escasez, migración masiva, inseguridad alimentaria, deterioro de los servicios públicos..., pero las narrativas sobre ella se politizan para servir a espurios intereses. El ejercicio, ahora, consiste en usar la estadística para mostrar el precipicio al que el Chavismo ha llevado al país. Un dato, sobre todos, llama la atención: los plumillas destacan su "escandalosa" tasa de mortalidad infantil: ¡22‰!. Un dato. Cuando Hugo Chávez accede al poder, ésta era del 29 ‰. Cuando lo deja, había bajado al 15 ‰, y a partir de ahí inicia un crecimiento sostenido. El objetivo es demostrar que el Chavismo ha llevado a Venezuela a la ruina absoluta, pintando el país pre-bolivariano como un paraíso terrenal de prosperidad y estabilidad. Pero esta narrativa dista mucho de la realidad. Antes de Chávez (1999) Venezuela tenía unos niveles alarmantes de pobreza y desigualdad y falta de acceso a servicios básicos: en 1999, casi el 67% de la población se encontraba en situación de pobreza, con un 35% en pobreza extrema, alcanzando el desempleo al 14.5%, de acuerdo con fuentes del Departamento de Estado de EE.UU. Y su economía era altamente dependiente del petróleo, que beneficiaba principalmente a una élite corrupta y a empresas extranjeras. Pero, sobre todo, se olvida que el deterioro tiene mucho que ver con 27 años de acoso político, sanciones económicas, el estrangulamiento de su industria petrolera y las confiscaciones de activos por parte de EE. UU., sobre todo desde 2016, cuando Trump accede por primera vez a la Casa Blanca. Las "sanciones" limitaron drásticamente los recursos del Estado, provocaron desabastecimiento, dispararon la inflación, la reducción del gasto público, el deterioro de la sanidad y servicios esenciales, y, con todo ello, se disparó el malestar social y la emigración. Llamadme loco pero, a lo mejor, el desastre económico de Venezuela no sólo tiene que ver con el corrupto gobierno de Maduro. Que se lo pregunten a los cubanos, que llevan 65 años sometidos a un bloqueo económico, financiero y comercial total por parte de EE.UU.
El frío mata
Este sistema tiene por objetivo que las cosas funcionen bien..., para los de arriba. Promete orden, seguridad, crecimiento, estabilidad. Promete protegernos a todos. Pero cuando los recursos no llegan se señala al más débil y se le deja atrás. Sin drama. Sin ruido. Sin culpa. Aunque la muerte esté de por medio. Pero más obscena que la muerte me parece la tranquilidad posterior. El modo en que la noticia se consume rápido, pierde significado, se archiva, se olvida. Y no es cuestión de magnitudes. ¿Quién se acuerda ya del genocidio en Gaza?. Damos las cifras de muertos, asépticamente, y se nos anestesia la conciencia. Es como si el número, como concepto abstracto, amortiguara la violencia del hecho. Como si sumar cadáveres fuera una manera decente de ordenar la tragedia. Llega una ola de frío y en Barcelona mueren dos personas. Mientras, se iluminan fachadas, se calefactan terrazas y se anuncian pistas de patinaje sostenibles. Pero todo es normal. La culpa la tiene el frío. Como la pudo tener el cha-cha-chá. El frío llega, paraliza y busca a quién sobra. Y lo normalizamos. Acudimos para ello a un lenguaje que ayuda a anestesiarlo todo: “Era una persona sin hogar”. Suena neutro. Como si el hogar se hubiera extraviado solo. Se deja caer que hay dispositivos de emergencia, que funcionan albergues, que se dedican recursos para evitar que los desgraciados se mueran de frío. Los medios preguntan sólo cuando hay titulares. Pero eso no es preocupación, es maquillaje. Porque los protocolos que se activan son un camelo. ¿Quién iba a pensar que un "sin techo", perdido en la calle, no iba a estar bien informado de un protocolo municipal puntual? Y todos llegamos a la misma conclusión: La culpa es del fallecido. Y Santas Pascuas. Nadie se preguntará por qué no tenía un techo, por qué estaba en la calle, cuántas puertas se le cerraron antes de que el frío hiciera su trabajo, por qué una persona muere de frío cuando hay gente que calefacta las casetas de sus perros. Esto no va de meteorología. Va de capitalismo salvaje, un sistema que habla de eficiencia, de inversiones, de protocolos, de ayuda. Pero el resultado es siempre el mismo: hay vidas que no compensan la inversión. Vidas que no entran en el cálculo. Vidas que, si desaparecen, no alteran el balance. El frío, el hambre, la guerra, no matan de manera fulminante. Matan siempre lentamente, con tiempo, con silencio, con permiso de los que pueden evitarlo. Mientras sigamos mirando hacia otro lado porque nos incomoda pensar que nada hacemos ante lo evitable, estaremos aceptando, sin decirlo en voz alta, que hay vidas prescindibles.