A veces, al chapotear
con mis manos en el agua oscura,
percibo que me encuentro
en un pozo habitado.
Aquí yazgo, aquí despierto.
Buceo entre aguas siniestras
con un estertor de oscuridad en la garganta.
Hablo. Mi voz es líquida,
nadie apenas la escucha.
Los sueños, que no saben nadar,
suben y bajan,
se ahogan entre aguas enlodadas.
Tampoco hay olas que mezan este hastío.
Desconoce el arrullo de los mares
la soledad confinada de habitante de un pozo.
Pero miro hacia arriba
y veo la luz asomada al brocal.
Aprovecho para educar la memoria,
para olvidar lo doliente.
Selecciono el pasado e hipoteco el presente.
Pongo precio al futuro
a fuerza de ocultarme de los hechos
intentando olvidar mi amnesia.
Miro hacia arriba y veo la Luna.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas
mientras esperas el día.