jueves, 2 de abril de 2026

2043

No me extraña nada que, en época de lunáticos, alguien haya decidido volver a la Luna. La NASA ha llamado a la misión Artemis II. Tiene su lógica. Artemisa era una de las principales deidades del Olimpo griego, una diosa virgen protectora de los animales, las mujeres jóvenes (menuda asociación), la luna y los partos. No obstante, esto tiene truco. Tal como están las cosas me da que esto es una estrategia de los asesores de Trump, una cortina de humo para distraer al personal de las canalladas de su jefe. Cuentan que la NASA consiguió que el esperpento de la Casa Blanca aceptara el proyecto de volver a la luna asegurándole de que allí hay petróleo. A partir de ahí las opiniones están muy encontradas. Una parte de la humanidad agradece que, por una vez, el "entre anaranjado" apunte sus cohetes al cielo. Los terraplanistas no se creen nada. "¿Una luna esférica?, ¡Venga ya!", dicen. "Todo el mundo sabe que la luna es un farolillo decorativo de papel maché". Por su parte, los milenaristas más estúpidos creen que la nave Artemis va a chocar en el cielo con Jesucristo y lo va a destruir, iniciándose así el fin del mundo. Yo lo único que sé es que nada más empezar la misión los tripulantes tuvieron su primer inconveniente y anunciaron un fallo con el inodoro de la nave espacial Orion. ¡Me huele mal! Cómo eso explote nos va a poner bonitos de mierda a todos los que estamos debajo. Encima tiene uno que oír a periodistas encadenando estupideces a propósito de la cara oculta de la Luna, que algunos creen que es la de Carglass. Lo cierto es que el espacio vuelve a estar de moda. La prueba es que las entradas que el CSIC puso a la venta para contemplar el eclipse de agosto se agotaron en apenas quince minutos. Y lo que son las cosas, el eclipse solar que provocará el oscurecimiento del día en la banda de sombra, se producirá el día siguiente al de Santa Clara. La misión Artemis lleva a una tripulante. Todo un avance, sobre todo después de que el Vaticano haya confirmado que San Pedro lleva dos mil años sin permitir la entrada de mujeres en el cielo,"porque así es la tradición de la Iglesia". En fin, los tiempos que corren. Bueno, menos para un señor de Albacete que se ha liado al cambiar el reloj del horno con el cambio de hora y ahora vive en 2043.

Perder la fe

Un recién nacido carece de fe. Esta no es algo genético, algo que nos viene dado. Por el contrario, como la misma religión, es un proceso que se propone y comparte, siendo la familia quien la transmite por contagio y testimonio. Podríamos decir que la fe se hereda. Crecemos en un mundo donde la fe no es una opción, sino un paisaje. El individuo no elige. Se le trasmite, se le enseña, se le impone la fe. Es verdad que Dios está en todas partes. Dios está en las palabras de tus padres, en los libros, en la Historia del arte, el la cultura, en las festividades, en los convencionalismos sociales, en el lenguaje, en los silencios solemnes de la iglesia y en sus imágenes, en la estructura moral que ordena lo que está bien y lo que está mal. No podemos escapar de él. Así, creer es casi tan natural como respirar, mientras que dudar, en cambio, te parece una especie de traición. Además, tener fe es cómodo: encuentras consuelo en la idea de un sentido último, en la promesa de justicia más allá de la vida, en la certeza de que no estábamos solos. La deriva hacia la no creencia llega -al menos en mi caso- cuando la razón comienza a reclamar su espacio, no como un enemigo de la fe sino como una voz persistente que pide coherencia. Para mí fue definitivo empezar a observar contradicciones generalizadas en discursos de amor al prójimo que convivían con actitudes de exclusión, proclamaciones de humildad sostenidas por estructuras de poder, condenas morales selectivas que parecían más humanas que divinas. La hipocresía no es una excepción y a menudo parece formar parte del sistema al tiempo de que el fanatismo, disfrazado de certeza, anula cualquier intento de diálogo honesto. La no creencia no llega como una revelación súbita, pero sí como una creciente incomodidad lúcida. Durante años nos dicen que debemos y en qué  debemos creer. Pero algunos decidimos no conformarnos con creer por inercia, y ese gesto, aparentemente sencillo, es transformador, pues te hace darte cuenta entonces de que tus creencias no son el resultado de una búsqueda personal sino de una herencia. Dicho de otro modo, no eliges tu fe, pues te fue dada, como una lengua materna, como una forma de mirar el mundo que parecía la única posible. Tus padres te transmiten lo que a su vez habían recibido, sin malicia, sin cuestionamiento, como quien entrega un legado que considera valioso. Pero la toma de conciencia introduce en tí una nueva incomodidad: Durante años habías vivido con la tranquilidad de que el final de esta vida no era el fin. Pero al cuestionar la base que justifica esta presunción, todo lo demás se tambalea y la fe da paso a la duda. ¿Me mantendré en esta incertidumbre serena o, como les sucede a tantos, sentiré el impulso casi instintivo de desear que haya algo más? Pero ya digo "algo", no "alguien".

miércoles, 1 de abril de 2026

•Conciencia cauterizada

La mayoría serían incapaces de detallar cuáles son los diez Mandamientos; de precisar cuántos son los sacramentos -no digamos ya de explicar su sentido-; de recordar cuáles son los pecados veniales, mencionar el nombre de más de cinco o seis personajes bíblicos. O de los Evangelistas. Se verían en serios aprietos para explicar el significado de conceptos como Encarnación, Redención o Trinidad. Términos como IHS, XP o INRI les resultarán ignotos. Y no les preguntes por qué la Semana Santa es variable en el calendario, qué son la Cuaresma o la Pascua, dónde crucificaron a Jesús o por qué aparecen romanos en las procesiones. Sin embargo saben perfectamente lo que es una trabajadera, un costal o las funciones del capataz. Te explicarán al detalle en qué consiste una levantá, rachear o completar una chicotá. Son capaces de reconocer una marcha procesional tras los primeros acordes y distinguir a un gran número de Vírgenes, pues como todos sabemos hay muchas. Es lo que tiene el fervor religioso de todo a cien, la devoción popular de temporada y la falsa religiosidad, esa expresión de fe superficial, sentimentalista o artificial que carece de consistencia práctica y ética en la vida diaria. Que se manifiesta como un celo exagerado por los ritos externos, mientras que interiormente hay un clamoroso vacío espiritual. Es la desconexión entre la fe cristiana y las tradiciones populares, donde la puesta en escena, el espectáculo, las supersticiones, las modas, el sesgo de creencia, la sugestión colectiva, el folklore y las ganas de divertirse, a menudo eclipsan el auténtico sentido religioso. La Semana Santa hace ya mucho que es, casi exclusivamente, un fenómeno estético, de "moda" o de "primavera", más que un acto de auténtica devoción cristiana. La sobriedad religiosa que debería ser inherente a la celebración de la pasión y muerte de Jesús ha saltado por los aires, dando paso a un patético espectáculo de narcisismo, de auto lucimiento, de adopción de costumbres clasistas. A veces, el exhibicionismo adquiere tintes ridículos, el postureo resulta grotesco y el culto a lo material, a la riqueza de los oropeles y al gusto estético resulta casi obsceno. Desgraciadamente para los verdaderos creyentes a menudo se prioriza la "puesta en escena" sobre el mensaje evangélico. Es el triunfo del sentimentalismo sin compromiso. A diferencia del fervor genuino, que implica devoción, piedad y compromiso, el falso fervor es una "enfermedad" espiritual que limita el crecimiento y la verdadera religiosidad. La desconexión entre la conducta y los mandatos de la fe, lo que la Iglesia denomina metafóricamente como "conciencia cauterizada", queda así reforzada.

martes, 31 de marzo de 2026

•Patrioterillos

Hay gente que va de "buena gente". Lo que ignora es que, en la burbuja en la que vive, buena gente es sólo la que no pertenece al conjunto de los ignora, desprecia y odia. Ellos van de "gente de bien", de patriotas, de defensores de los valores -dicen- tradicionales, los valores cristianos. Pero en el fondo son sólo el felpudo voluntario de los poderosos. Gente que le bajaría con ilusión la pensión de viudedad a su abuela sólo por agradar al potentado, al rico. Y solo porque eso es lo que a él le gustaría ser. Por eso les imita. Son los que se presentarían voluntarios al puesto de "liquidador" de contratos, subcontratados, a prueba, a media jornada -doce horitas- para "sanear la empresa", aunque ello suponga degollar el poder adquisitivo de cientos de familias. Son esos que se proclaman cristianos pero callan cuando el sionismo genocida impide en Jerusalén celebrar al patriarca católico, la máxima autoridad de esa religión a la que dicen pertenecer, una celebración tan importante como la del Domingo de Ramos. En el fondo son gente que, lejos de cultivar el amor al prójimo, viven odiando a todos los que no creen en sus dogmas religiosos o políticos de bidet neoliberal. Son gente que esta semana se enfunda el traje de ver procesiones o presume de mantilla para visitar sagrarios, que exaltan el fervor popular y el costumbrismo español mientras celebran los aranceles contra España o apoyan las matanzas de Israel. Son gente a las que no les importa su gente. Quiero decir, ni su vecino, ni su primo, ni los aceituneros de Jaén, ni las mariscadoras de Cambados, ni los artesanos de Talavera, ni la gente que sufre las políticas de recortes en la España que otros vacían, ni los currantes de astilleros de Cádiz, ni los que tienen hasta callos en la ojeras por la ansiedad de vivir apelotonados en las grandes ciudades. Eso mientras que, como buenos cipayos, defienden al empresario explotador, al autónomo corrupto y a los grandes tenedores de viviendas. Solo son usurpadores miserables de patriotismo estético y egoísta, de bandera de "los chinos" y pulserita de mercadillo. Son sumisos de escasa formación que han encontrado en cuatro referencias carroñeras a la "españolidad" una forma de atacar a quienes viven de verdad la cotidianidad española. Son fieles perritos que corren a lamer los zapatos de su amo esperando que les deje acurrucarse a sus pies. Son los que proclaman que todo depende de la voluntad de Dios pero que en caso de catástrofe se apresuran a cargar las responsabilidades al político del bando contrario. Son gente gregaria, patriotas fingidos de ombligo superlativo, mediocres que intentan adjudicarse méritos de otros por el método de colgarse una pulserita. Ya lo dijo Schopenhauer: "Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en el patriotismo, ese último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad.

lunes, 30 de marzo de 2026

•Rehacer el mundo

Hay momentos en que está todo a la vez en la cabeza. La desilusión. El enfado. La tristeza. La desesperación. La incertidumbre. La rabia. El miedo. Es normal. Al menos yo, me digo que es normal. Lo que no es normal es que no pasase todo eso y, ante el panorama que se nos abre a la mirada, nos diese todo igual. La guerra, las guerras, generan eso en parte de las personas que las viven en diferido. En las que lo viven en directo la escala es otra donde las palabras no alcanzan a describir el sufrimiento y la barbarie. Y lo peor es que, además del militar, la guerra tiene múltiples frentes abiertos en nuestra propia cotidianidad. Por eso me pregunto si es posible recrear el mundo, rehacerlo de la nada, reconstruirlo desde el baldío donde se echa la basura, ese territorio caótico y triste donde se descartan los principios éticos y las vidas se tratan como desperdicios. Sería maravilloso y salvífico que existieran en el mundo personas capaces de inventarlo todo de nuevo, con determinación, desglosando la tristeza en menudos párrafos, delineando la esperanza punto por punto... Necesitamos a esas personas que, aunque la correlación de fuerzas sea desfavorable, incluso obscenamente desfavorable, se agarran a la idea de que si el éxito no está asegurado el fracaso tampoco. Las que opinan que lo único que puede hacer que el fracaso sea una certeza es que nadie lo intente, que nadie se empeñe en rehacer este mundo que hace aguas. Sé que existen esas personas. Lo sé porque también sé que a lo largo de la historia antes de conseguir algo, un cambio, aunque fuese pequeño, hubo muchos intentos en los que no se consiguió nada. Intentos que fracasaron pero que sirvieron para acumular probabilidades. Intentos fallidos pero que posibilitaron, de alguna manera, que ocurriera ese intento que no falló. Y siempre alguien lo lideró y animó a otros muchos a seguirlo. Es lo que hacen las plantas al llegar la primavera, producir cientos de semillas, año tras año, porque intuyen que la posibilidad de éxito, de que alguna encuentre un pedazo de tierra en el que germinar es pequeño. Pero conseguirlo depende de eso. De los intentos.

sábado, 28 de marzo de 2026

§Noelia Castillo

Noelia Castillo ya descansa en paz. Lo único que quería era dejar de sufrir. Ojalá donde esté no duela nada. Ojalá sea feliz, o al menos libre. Libre, sobre todo, de esa patulea de seres engreídos, petulantes y demagogos que desde sus creencias religiosas y políticas (que vienen a ser lo mismo) se creen con el derecho de decidir sobre la vida de los demás. Decidir sobre quién debe nacer o quién debe morir. En la tertulia del Hormiguero, ese espacio de "análisis filosófico" participado por indocumentados, sectarios, estómagos agradecidos y mangurrianes, Tamara Falcó declara que "no es partidaria de la eutanasia". Y añade: "Es súper difícil (oye, te lo juro por Snoopy) ante un dolor tan extremo como el que sufría esta niña, ponerme en su lugar...  Pero sí que he pasado por momentos muy difíciles en mi vida donde he pensado incluso en que no había salida, en sitios muy oscuros y sé que hay esperanza". ¿Qué coño sabrá la marquesita desde su cómoda y holgada vida de lo que son sitios oscuros?. Carlos Herrera, ese tipejo que se sigue creyendo un señor, opina que la eutanasia es "una derrota ética del Estado" (por poco se le escapa añadir "sanchista") mientras sigue apoyando la guerra de Israel. Estoy hastiado de esta gente que, envolviéndose en la bandera (española, por supuesto, de la libertad) ejercen una violencia muy específica al creer que una vida sana y holgada te da derecho a dictarle a alguien su sufrimiento. Qué disfrutan en convertir el dolor ajeno en su debate. En usar a Noelia -o cualquier otro- su nombre, su historia, sus heridas, como munición ideológica mientras ella pedía, con toda la lucidez del mundo, que la dejaran ir. Ya basta. Ya basta de la demagogia barata disfrazada de compasión. Ya basta de opinar sobre vidas que ellos no pueden ni rozar con la imaginación. Son la gente a quien representan asociaciones como Abogados Cristianos, esos falsos que reclaman un respeto a sus creencias del que carecen para las ajenas, en un ejercicio de total cinismo. Se creen que sus ideas deben prevaler al estar dictadas por una revelación de carácter divino, mientras que los consensos humanos no merecen crédito alguno cuando se oponen a las premisas de su doctrina. Me producen asco.

viernes, 27 de marzo de 2026

§Muerte o vida

Cada vez están más presentes. Yo les llamo los futuros derrotados en su lucha por alcanzar la eterna juventud. Son ridículos Peter Pan de cuerpo, pasados de bótox, detox y ketamina. Hay un síntoma que a las personas que todavía no perdieron del todo la cordura por el narcisismo digital les advierte de que ya dejaron de ser jóvenes y están envejeciendo: sentir la muerte como un final inevitable, demasiado cercano, real. Llega antes o después. Y llega acompañada de una inquietud no pocas veces tortuosa: esquivar el sufrimiento, la agonía. Tener una muerte lo más digna y plácida posible. Por momentos, y dependiendo de las circunstancias, aparece el vértigo, la vulnerabilidad del hombre insignificante, el miedo. Por eso soy partidario del derecho que deberíamos tener a decidir la relación que queremos tener con la muerte. No hay mayor acto de libertad que decidir sobre tu propia vida. Lamento que algunos lo vean como un pecado supremo de soberbia contra su Dios, pues -entienden- solo Él es el dueño de la vida. Por eso -digo yo- tendrá derecho a cargarla de enfermedad, de sufrimiento, de dolor. De terminar con ella con una larga enfermedad, por hambre, con violencia extrema... El principio del derecho a decidir, en estado de lucidez, de cada persona sobre su vida - no debería cuestionarse y, mucho menos, ser vulnerado en nombre de una creencia o superstición. Debería ser un derecho de toda sociedad democrática y contemporánea, pero que sigue sin estar garantizado. A no ser, en este mundo del negocio, que se tenga el suficiente dinero como para viajar a Suiza y poder, al fin, morir en paz. Me resulta obsceno que quienes hoy tienen continuamente en la boca la palabra libertad se reboten airados ante la eutanasia. Claman los obispos y sus organizaciones satélites -esas que algunos teólogos definen como cristoneofascistas-, berrea la prensa reaccionaria, denuncian los partidos de derecha y ultraderecha… Ante la eutanasia toca abstenerse de hablar de Libertad y "defender" la vida. Mientras, se aplauden los asesinatos selectivos de EE.UU. e Israel, se justifican genocidios, se mira a otro lado cuando se bombardean escuelas y hospitales, se ignora la muerte de inmigrantes en las travesías o se desea la muerte del político al que odias. A la postre, quién sabe si lo que llamamos muerte no es sino vida; y la muerte, en cambio, lo que juzgamos que es vida.