De pequeño, mi casa era una de esas casas donde había muy pocos libros. Por dos razones. Primero porque el dinero se utilizaba en comprar pan, aceite, azúcar y otros "lujos" al alcance de un salario de supervivencia. Después porque tras agotadoras jornadas de trabajo el cuerpo te pide dormir en vez de leer. En mi barrio no había biblioteca, ni nada que se le pareciera. Lo único que había era un decrépito autobús de línea que te podía llevar donde estaba la única de la ciudad. Y subir a él costaba dinero. Lo que si había en mi barrio era un kiosko en el que había una caja -o lo que fuera- con novelas del Oeste, policiacas, románticas, de ciencia-ficción, historietas y tebeos. Los podías cambiar unos por otros todas las semanas por menos de lo que costaba subir al autobús. Con esos tebeos -primero- y las novelas -después- fuimos creciendo muchos de los críos de la derrota. De ahí les vino a muchos la afición a leer todo lo que encontraban a mano. Quizá aquello solo era una forma de huida de una realidad que en el fondo no nos gustaba. Empecé a sospechar leyendo en el Pulgarcito las historias del hambriento Carpanta o las de Don Pío, ese oficinista oprimido de clase media-baja, ahogado por la precariedad económica, un sueldo miserable y el miedo constante al desempleo y a su jefe. Luego supe que esas historietas, y algunas otras, eran las que más criticaban las hambres de la dictadura. Y es que entonces no sabíamos nada de esa dictadura. Nos la robaban, nos escondían su fría crueldad nuestra inocencia y candidez, el miedo a hablar de política en las casas, las consignas y los himnos de la patria, los rezos y cánticos en las iglesias, el tener que dejar de jugar en el recreo para besarle al cura una mano mohosa que repartía el miedo entre la chiquillería. Así fuimos aprendiendo. Pero no sólo aprendíamos de las lecturas. Yo, desde muy pequeño, descubrí que hay que descornarse como un cabrón para sobrevivir con dignidad todos los días. Y esto es cuanto supe durante muchos años sobre Sócrates, Platón y Aristóteles. Después aprendí otras cosas. Quizás sólo pamplinas. Poco útiles para comer pero muy útiles para andar por la vida con la cabeza alta. Aprendí, por ejemplo, que sin un poco de locura, no puede haber cordura. Aprendí que podemos perder cualquier cosa, que nos las pueden arrebatar, pero también que nadie puede quitarnos lo que hemos regalado. Aprendí que en la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa. Que es muy útil usar la ironía para reconciliarse con los restos del naufragio. Y después aprendí a aprender de los grandes
Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no.» — Gabriel García Márquez
Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.» — Bertrand Russell
Escuchar viejas canciones es bueno para que el cuerpo recuerde.