El liberal capitalismo hace mucho tiempo que convenció a una mayoría de que el objetivo básico de nuestra vida es la seguridad material, la acumulación de bienes, el dinero. El problema surge cuando empezamos a percibir que la abundancia está vacía de significado. Dostoyevski creía que la supervivencia biológica no bastaba, sino que el alma exigía un "para qué". Para él, sin un "porqué", la vida se vuelve insoportable. La búsqueda de propósito sería así, para el ser humano, su mayor virtud y, a su vez, su mayor angustia, ya que hay una certeza comprobable: el ser humano es débil y prefiere que le den "pan", es decir, seguridad material, a cambio de su propia libertad. Quizá por eso el vacío existencial de las sociedades modernas se ensancha. Se intenta llenar con fruslerías que ahondan la falta de sentido y ello provoca miedo. Miedo a perder lo que tienes, mucho o poco. Y ahí es donde el fascismo encuentra el campo abonado para su expansión. Para ello fomenta y explota el miedo para construir su base identitaria y justificar su autoritarismo, convenciendo a los incautos de que determinados grupos -casi siempre minorías-, como inmigrantes, feministas, homosexuales, ecologistas... son sus enemigos internos, tienen por objetivo "quitarles lo suyo" y son su principal amenaza existencial. Por eso sus campañas de odio se dirigen especialmente contra los migrantes en general, el feminismo, la diversidad sexual y de género, así como contra cualquier forma de pluralismo social que desafíe "su" orden patriarcal y nacionalista. Por eso el fascismo es un movimiento articulado mediante un lenguaje agresivo que exalta la fuerza -incluso la violencia-, la supremacía de la raza blanca, de la religión cristiana y una forma de masculinidad hegemónica y opresiva, caracterizada por la violencia, la dominación, la represión emocional y la intolerancia. La desigualdad económica y la precarización laboral son hoy los factores estructurales fundamentales del auge del fascismo, pese a que está ideología defienda a los causantes de esos problemas. Umberto Eco ya advirtió que el fascismo no era un vestigio del pasado, que seguía vivo y dispuesto a renacer. Eso ocurre cuando confluyen ansiedad colectiva, miedos grupales, crisis y desorientación social. Y, no lo olvidemos, vacío existencial.
Vivir es intentarlo infinitas veces
miércoles, 7 de enero de 2026
martes, 6 de enero de 2026
Un año, sólo un año de Trump
Hace ahora cinco años del asalto al Capitolio de los EE.UU., cuando jaleados por Trump, neoconfederados, neonazis, trolls y conspiranoicos entraron al Capitolio con el objetivo de dar un autogolpe de Estado para perpetuarlo en el poder. Fue el mayor ataque a la democracia norteamericana, que proyectó la imagen de una república bananera. Casi cuatro años después el sátrapa fue reelegido presidente. ¿Qué podía salir mal? Tras su regreso al poder, el 20 de enero de 2025, Trump, el cínico que reclama para él el Nóbel de la Paz, ha ordenado al menos 637 ataques aéreos, sobre todo en Oriente Medio. 500 de ellos han castigado a Yemen, seguido de Somalia, con 110 ataques, Venezuela, Colombia, Siria, Nigeria e Irán. Sin olvidar el respaldo incondicional al responsable del genocidio en Gaza. Ahora, tras pisotear las normas más básicas del derecho internacional y patear las aspiraciones de democracia en su asalto a Venezuela, este Hitler neoyorquino se permite amenazar a Colombia, Cuba, México, Canadá y al conjunto de Europa a través de Groenlandia. Mientras, el mundo hinca la rodilla servilmente ante el tirano global. Corina Machado, a la desesperada, tras ser humillada, intenta ganarse su favor diciendo que se merecía el Nobel y que lo compartiría con él. Vamos, lo que se llama besarle el culo. Zelensky acude como un perrito asustado cada vez que su amo lo reclama. Y la ultraderecha y la derecha global jalean las bravuconadas de su nuevo Señor feudal. Siete países de la C.E. acaban de firmar una declaración institucional en la que defienden que el futuro de Groenlandia sólo puede ser determinado por sus propios ciudadanos. Trump se habrá echado a templar con el "durísimo' mensaje
De los otros veinte miembros del Club del Pensionista europeo, nada se sabe. Menos mal que Felipe el Preparao, en la fiestuqui de la Pascua Militar, donde Leonor ha ido disfrazada de Nancy "oficial de aviación" ha subrayado el “compromiso” de España con el “orden global” -el que patea el amiguete americano- ante una “sensación creciente de amenaza", poniendo en el foco la “sensación creciente de amenaza” con la que se ha puesto el broche... "al 2025". Por supuesto sin mencionar a Venezuela, no sea que el "emperador" vaya a pensar que se refiere a él y lo llame a capítulo para tirarle de las orejas. Menos mal que Feijoo, que comenzó diciendo que la captura de Maduro era una “buena noticia para cualquier demócrata” (¿como Trump?), momentos antes del discurso (lo mismo se lo habían soplado) introdujo un elemento de cautela al admitir que existen “dudas sobre si se ha infringido el Derecho Internacional”. ¿Dudas? A mi, al menos, no me queda duda alguna de que este mundo está en manos de una turba de necios, ineptos, impresentables, egoístas, perversos, viles, infames, ruines y canallas que nos llevan al desastre a cada decisión que toman, a cada palabra que pronuncian, a cada vómito de bilis que proyectan, a cada paso que dan.
Vendepatrias
La reacción de las derechas españolas ante la última cacicada de Trump pone los pelos de punta. Primero, celebrando casi de manera inmediata la intervención, sin peros ni matices, sin tacto diplomático, sin corrección política que valga. Al contrario, como auténticos hooligans. A alguno de sus dirigentes les faltó salir sin camiseta y con un casco de bisonte animando a asaltar La Moncloa para allanar el camino a los marines. Patriotas, se llaman ellos. Creen estar siempre en el "lado correcto de la historia" pero, curiosamente, siempre se alinean servilmente con los depravados. Recordemos a Aznar, el gran defensor de la sangrienta aventura imperial estadounidense al margen de Naciones Unidas en Irak. Recordemos el apoyo rocoso de Ayuso al criminal Netanyahu, la negación del genocidio en Gaza de Almeida... que Ayuso y Abascal, los alumnos aventajados del chiringuito ideológico del FAES de Aznar y, seguramente, sus herederos favoritos, han aplaudido a rabiar la intervención de Trump en Venezuela. Las Nuevas Generaciones del PP han deseado públicamente, en la red social de su admirado Elon Musk, el secuestro de Zapatero. Feijóo, que no gobierna porque no quiere, y que si quiere ser el líder del PP, pero no lo deja Ayuso, seguramente tratando de ser más ultra que Abascal, celebró inicialmente la intervención, para verse más tarde humillado y descolocado por la marginación inicial de la oposición venezolana por parte de Trump. “Las dictaduras no se derrocan a medias”, ha dicho ahora, sin especificar qué plan concreto propone él para terminar el golpe trumpista. Hazte Oír se querella contra Zapatero por su "presunta colaboración con la red criminal de Maduro", esperando encontrar un juez "comprensivo" como Peinado o que el asunto acabe en el prevaricador Tribunal Supremo. Todo muestra que el proyecto oligárquico corporativo de nuestra derecha no ve con malos ojos avanzar bajo la senda imperial marcada por Trump, aunque sea siendo sus lacayos, besándole el culo, vendiendo su Patria. Los une la senda "iliberal" hacia el fascismo, principalmente bajo el liderazgo de Abascal y Ayuso. A esta última se la pudo ver recientemente cantando con el grupo ultra Los Meconios, y junto a Infovlogger, conocido por sus discursos de odio contra colectivos vulnerables y por llamar “puta cerda” a Von der Leyen. Mientras, "Feijosito de mi vida" (tras tragar saliva ante la querella de Hazte Oír, recordando su foto en el yate de un narco) trata en todo momento de no perder el paso en esta enfebrecida escalada. Viendo el vídeo de Fran Rivera pidiendo a Trump que no pare y que mire a España, comprobamos que nuestra derecha práctica un fascismo cañí que, a diferencia del francés, exhibe sin rubor el vasallaje propio de los vendepatrias. Es preciso llamarlo así con todas sus letras, sin cometer el error del que ahora se lamentan en EE.UU. por no haber hecho caso de las múltiples e inequívocas señales que anunciaban lo que venía con Trump. A mí, el 2026 ya se me está haciendo largo.
El neofascismo trumpista
Después de los últimos acontecimientos no cabe duda de que EE.UU. Unidos ha desembocado ya en un neofascismo ultracapitalista de la mano de Trump. Los paralelismos con los primeros momentos de la Alemania nazi son apabullantes. La violencia verbal, la grosería, la falta de respeto, la zafiedad de sus declaraciones..., todo en él, muestran la depravación moral del personaje. El desprecio consciente al derecho internacional es de una gravedad inusitada. Ya ni tan siquiera se busca la excusa de la imposición de la democracia. Se miente reiteradamente y sin escrúpulos, se fabrican falsas pruebas, se acusa sin fundamentos, se amenaza, se humilla, se atenta con descaro contra los derechos más básicos, se apoya a genocidas... Todos somos ya víctimas de ese modelo neofascista, asentando sobre la dominación oligárquica global y espoleado por los anhelos imperiales del degenerado ocupante de la Casa Blanca. Incluso Europa, castigada por una política arbitraria de aranceles, forzada a engordar los beneficios de la industria norteamericana de armamento a través del aumento de su contribución a la OTAN, obligada a pagar la resistencia de Ucrania en su guerra pero ninguneada en la búsqueda de soluciones, viendo como EE.UU. apoya a los enemigos interiores de sus democracias, los partidos fascistas europeos, redoblando la apuesta por la fragmentación del proyecto común europeo y, por último, con la amenaza creciente sobre Groenlandia. El país que ha sido incapaz de juzgar al impulsor del asalto al Capitolio, un tipo con delirios de grandeza que pone su nombre a barcos de guerra, a centros culturales icónicos, que proyecta la construcción de un arco del triunfo que lo glorifique, que cambia a capricho denominaciones geográficas, que práctica a diario el gamberrismo y la violencia fascista clásica, que justifica el supremacismo, que impulsa el racismo institucional, que promueve deportaciones masivas... quiere avasallar y sojuzgar al mundo. Y lo está haciendo con el aplauso y el apoyo de falsos demócratas con alma totalitaria de todo el mundo.
lunes, 5 de enero de 2026
De mamarrachos y patriotas sin dignidad.
Sorprende que todavía haya gente que identifica a un país dirigido por un cruel matón de barrio, con complejo de déspota coronado, con el guardián de la democracia. Un país esquizofrénico que fue una vez cuna de las libertades y, ahora, su sepulcro. EE.UU. fue, desde sus orígenes, amante de la libertad: libertad de exterminar indios y robarles sus tierras, esclavizar negros, emprender guerras injustas, promover golpes de estado, patrocinar sangrientas dictaduras y desvalijar a quien se les ocurra, ya sean americanos, africanos, europeos o asiáticos. Ahora ha tocado un flagrante atentado, una burla total al derecho internacional. La novedad es el desparpajo de Trump al reconocer que la democracia le importa una mierda y que le da igual quién gobierne Venezuela mientras él se quede con su petróleo. Lo hizo en una conferencia de prensa dada en su club privado de Florida, porque él no distingue entre lo público y lo privado. Fue una auténtica concatenación de gilipolleces que sus acólitos nacionales y globales iban acogiendo con reverencia servil, asintiendo con una sonrisa bobalicona cuando en su delirante patanería aseguró que los venezolanos habían robado "su" petróleo. La derecha española ha aplaudido a rabiar y se ha apresurado a desempolvar su infantil tabarra del vínculo de la izquierda con la dictadura bolivariana. Los antidemocráticos cachorros de nuevas generaciones del PP han llegado a acusar a Zapatero de cómplice de narcotráfico. La ultraderechista Hazte Oír se ha querellado contra él por su "presunta colaboración con la red criminal de Maduro". Y el vividor y franquista declarado, Fran Rivera, da las gracias a Trump y le pide que "no pare" y "mire a España". A todos ellos su ídolo neofascista les ha meado la cara cuando, porque él manda, descartó de un plumazo a la premio Nobel de la Paz, Mª Corina Machado, diciendo: "No tiene el apoyo ni el respeto del pueblo". Un poco más y la manda a fregar escaleras. Si se tiene un mínimo de dignidad, debe de ser muy jodido aplaudir que pisoteen el derecho internacional para deponer a un tirano que te cae mal y descubrir luego que la libertad consiste en obedecer al invasor: el mamarracho alfa de la manada. Pero, claro, que dignidad le cabe a un "patriota" que pide al mamarracho que pisotee la soberanía de su propio país.
Amantes de la dictadura.
En 1926 -hace un siglo- en Prusia se legalizó la costumbre de secuestrar niños gitanos para "educarlos"entre no gitanos. Esto, hoy, nos parecería una aberración. O, a lo peor, no. La prueba está en que, hace apenas dos días, fuerzas especiales estadounidenses, por orden de un bufón ensoberbecido cuya principal preocupación es castigar a los que "no le besan el culo", bombardean e invaden un país soberano, sin mandato internacional, y secuestran a su presidente sin que nadie mueva un dedo. Es más, con la satisfacción y el aplauso de muchos. Pero estamos ya acostumbrados a noticias diarias cada vez más delirantes. Vivimos tiempos en que el shock y la indignación son poses para el selfie interior, trampantojos, mercancías pensadas para consumirse sin contexto ni reflexión. Proliferan posicionamientos de trazo grueso que obvian cualquier matiz. Se imponen lógicas de hooligans de uno u otro bando en un partido que se juega sin la gente, sin la objetividad, sin la razón, sin la verdad. Sólo interesan las emociones más primarias, la bilis. Los "simpatizantes" de ese repugnante bufón que aspira a ser reconocido como "amado emperador del orbe" reaccionan desde las certezas abstractas de su pureza ideológica, que no dejan ningún espacio para la justicia, la moral, la decencia o la empatía y vuelven a pisotear conceptos como libertad o democracia. En España, llegan incluso a reclamar que su ídolo promueva la "extracción" de su odiado Sánchez. Sólo son amantes de los regímenes autoritarios, cómplices de los que aspiran a vaciar a las sociedades desde dentro. No se limitan a combatir a los que piensan distinto, aspiran a reprimirlos, a eliminarlos. Colaboran en corroer los órganos a través de los que respira la democracia. Dicen alegrarse de la desaparición de un autócrata, de un déspota autoritario, pero a ellos no les incomodan los dictadores, siempre que sean de su misma cuerda ideológica.