miércoles, 17 de junio de 2026

Para Javier

Excmo. e Ilmo. Sr. D. Presidente de la FIFA: En primer lugar, agradecerle su valentía y saber estar por ser uno de los últimos de Filipinas en usar los números ordinales en vez de los cardinales. No sabe su excelencia cómo se lo agradezco. Supongo que es una de las ventajas de la edad. Y del saber. Ahí tiene vuecencia el caso del portero de Cabo Verde (no lo confunda con el cabo Gutierrez, número del puesto de la Benemérita de La Carlota) que hizo un partidazo con cuarenta años porque no se sabe los ordinales y no podía contar más allá del primer gol. Bueno, eso y que el seleccionado nacional tuvo menos ritmo que una gotera. Pero ahí están los periodistas manteniendo que España es una de las favoritas. Una de las ocho o diez favoritas. Cuánto echamos de menos al pulpo Paul. Ya podía León XIV haber echado mano de sus contactos divinos y habernos aclarado el futuro de La Roja.

Sin embargo, lo que más me consume en este -que amenaza- tórrido verano, lo que más me quema, lo que más me crispa, lo que más me jode, es la meretriz manía del personal de calificar cualquier chorrada o necedad de hecho histórico. ¡No puedo! Ante tamaña tontería el cuerpo sólo me pide empezar a arrimar hostias a diestro y siniestro, sin conocimiento ni medida. Para evitarlo me he puesto a repasar la Historia de España, llegando a inquietantes conclusiones. La fundamental es que la nación española no tiene poco más de 500 años de antigüedad. No, qué va. Su nacimiento ni tan siquiera fue inspirado por Jesucristo tras ingresar en el Frente Popular de Judea. ¡Qué va. Es mucho más antigua! Lo han demostrado los arqueólogos de Atapuerca, que han encontrado restos de un homínido con una pulserita con la bandera española en la muñeca y un cuenco para hacer gazpacho. Estarímos, sin duda, ante el "Homo Cañí". Yo, sin embargo, sospecho que Dios creó España un cuarto de hora después de separar la luz de las tinieblas. Desde entonces, un largo linaje de españoles ha mantenido viva la Ilama de la patria. Sin ir más lejos, en Altamira se ve la imagen de un fulano echándose la siesta. ¿Qué más pruebas queremos?. Después, Fenicios, Griegos y cartagineses se dieron una vuelta por aquí para visitar Madrid y se quedaron tostándose en nuestras playas, comiendo espetos y bebiendo sangría. Los romanos se pasaron por Iberia para conquistarla y les salió la gata gato. Los redujimos y los metimos en nuestras procesiones. El modo de vida hispano se impuso. Ya lo dijo Séneca: "vitreum parvum salmorejum et duorum flamenquinum dolores spiritus et rigorem fato levant". Los godos, como se sabe, no invadieron nada: brotaron de la tierra, y Leovigildo eligió Toledo como capital por el ruido que había en Madrid con las remontadas del Real. Desde entonces no hacemos más que dar lecciones al mundo como reserva espiritual, cultural, ideológica y folklórica de la Galaxia. ¿Y Abderramán? Ese no juega, por moro. Ya se sabe. Si mira para La Meca en vez de para Madrid, chungo, que lo único que vale es haber nacido en tierra de Isabel Santísima. Y es que la historia está ahí para lo mismo que otras cosas: para manipularla, falsearla, aprovecharte de ella y declarar histórica cualquier gilipollez con el objetivo de que los libros de historia de la ESO acaben pesando más que el Planeta.

En fin, que esperamos con nerviosismo la publicación de las bases de la convocatoria del II Concurso de Fotografía Peripatética. Solo espero que dicho concurso alcance, cuanto menos, la nonagésima novena edición y que, pese a ello, no se convierta nunca en un puñetero hecho histórico. En cualquier caso propongo que todas las fotos recibidas pasen a formar parte del fondo gráfico del futuro monasterio benedictino que pretendemos refundar. Y que las ganadoras presidan las paredes de su noble scriptorium o, en su defecto, de su prestigiosa bodega artesanal... ¡Que el combinado de Arabia Saudita nos pille confesados! Personalmente me encomiendo a San Drogón, San Simeón el Loco y San  Marc de Cucurella.

Menos prioridad y más humanidad.

No soy autoridad en nada. Solo reflexiono y opino con conocimiento de causa. En derecho, en las relaciones humanas, en la vida, las formas deberían ser fundamentales como mecanismo de expresión de ideas. No es relevante sólo lo que se dice -a veces ni eso-, sino también cómo se dice, a través de qué marco de comunicación, con qué herramientas. La cortesía y las fórmulas de respeto deberían formar parte de la educación básica y esencial de cualquier ser humano, ser un presupuesto irrenunciable que nos permita salvaguardar la vida en sociedad, de manera pacífica y cordial, desde la tranquilidad que supone saber el respeto del adversario hacia uno mismo. ¿Cómo vamos a respetar las instituciones si muchas de las personas que hemos designado para representarnos en ellas se comportan a diario como patanes políticos? Sus modales toscos, su lenguaje ofensivo, su falta de respeto o sus actitudes prepotentes y chulescas les delatan. Este tipo de comportamiento suele manifestarse a través de la polarización, el desprecio por el debate constructivo o la burla hacia los opositores, acabando por degradar el nivel del discurso cívico. Cualquier persona de bien debería, ante todo, poner en valor a las personas. Pero en un momento en que nuestra sociedad, tan polarizada, parece haber perdido su rumbo, ni siquiera nuestros representantes son capaces de conducirse dignamente. Admiro a las personas capaces, con voluntad de avanzar, con vocación de servicio y ayuda a los demás. A las que evitan la crispación, la confrontación y la agresividad y se muestran abiertas al diálogo constructivo. Ahora que parece que solo existe corrupción, que jugamos a ver quién ha sido más corrupto, menos decente, y que lo que parece importar es demostrar no lo buen gestor y honrado que soy, sino lo mal gestor y deshonesto que es el contrario, doy más valor a las personas que colaboran, que con profesionalidad, conocimiento y, sobre todo, humanidad, tratan de hacer más fácil la vida a quienes tienen a su alrededor, en especial a quienes más lo necesitan. Ahora que queremos todo y lo queremos ya; que la inteligencia artificial reemplaza a la natural; y a la que le pedimos, seguramente sin ser conscientes del todo de los riesgos, que nos resuelva rápido los problemas; yo quiero reivindicar el valor de las personas: de cada enfermera, de cada profesor y profesora, de los policías, periodistas, jueces y políticos honestos, de todos los trabajadores que hacen su trabajo calladamente, pero que, sin verlo, nos permiten al resto seguir adelante con nuestra vida. Es gracias a esas personas como construimos sociedad. Dejemos de lado diferencias y busquemos la unión en valores fundamentales. La diversidad enriquece. La honradez, la decencia, el respeto al diferente y abrirnos al pensamiento de los que piensan diferente nos aportan y mejoran. Es lo que nos hace más humanos. Menos "prioridad" que disimula la discriminación y mas humanidad.

lunes, 15 de junio de 2026

Del proletariado al precariado

El gran oxímoron de nuestros tiempos es que cuando todo quisque se autocalifica de clase media, ésta mengua más que el hielo de los glaciares. Era previsible. Cuando el voraz neocapitalismo ya ha esquilmado a los países pobres y está a punto de enviar a la miseria a los pobres de los países ricos, en su avaricia de beneficios había que dar el siguiente paso: parasitar, explotar y empobrecer a las clases medias globales. Su empobrecimiento, nos dicen los apóstoles del ultraliberalismo, tiene que ver con las sucesivas crisis financieras y económicas, bla, bla bla. Pero éstas parecen no haber afectado lo más mínimo a los más ricos. De ahí el escandaloso aumento de la desigualdad económica. Son muy listos. Emponzoñaron y laminaron el concepto de proletariado -y con él, el de clases sociales- para sustituirlo por el "precariado", integrado por ciudadanos condenados de por vida a la inestabilidad laboral y personal. Esto los hace vulnerables socioeconómicamente y empeora sus condiciones de vida, gracias, además, a las políticas de recortes sociales. Y, qué curioso, la reducción de rentas de las clases medias y bajas ha venido acompañada de una mayor acumulación de la renta total por parte de aquellos con niveles económicos más altos. El sistema político económico está descaradamente pensado para que muchos sufran mientras unos pocos -siempre los mismos- se forran. Lo hacen con total desfachatez, en nuestras narices, pero mucha gente no lo ve y les apoya. Un ejemplo: "Gracias" a la guerra de Irán, mientras los disparados precios del petróleo y el gas encarecen la vida de la mayoría, el patrimonio de los milmillonarios del sector energético no han dejado de crecer. Cuarenta y un milmillonarios del G7 han aumentado su riqueza en 23.500 millones de dólares desde que comenzó la guerra impulsada por Israel para eliminar a Irán y quedarse con el sur del Líbano. Y, mientras, el demagogo narcisista de Donald Trump se permite el lujo de decir: "Me encanta la inflación”. Y, a la vez, el precariado ha caído en la “trampa de la pobreza” y se echa en brazos de una ideología que, curiosamente, es la que más defiende a los saqueadores.

Trillonarios

¡Extra, Extra!, "Elon Musk se ha convertido oficialmente en el primer trillonario del mundo". Como era de esperar, periódicos, cadenas de televisión y revistas de negocios plagadas de periodistas que buscan la recompensa del paraíso neoliberal, lo tratan como un logro histórico. Un monumento a la meritocracia. Un triunfo del genio. Prueba de que el capitalismo recompensa el talento. Con perdón: ¡Y una mierda!. Tenga el dinero que tenga, Elon Musk es un sociópata, un enfermo narcisista, un miserable y un fascista. Cuando me dicen que alguien se hizo rico gracias al trabajo duro, siempre pregunto: "¿De quién?". Y supongo que el nuevo rico es de los que interpretan mal la famosa frase del castigo divino al hombre atribuida a Dios en el Génesis y leen: "Te ganarás el pan con el sudor "del de enfrente". Un billón de dólares no es una medida de talento. Es, más bien, una medida de poder. Diría más, de abuso de poder. Nadie crea un billón de dólares. Un billón de dólares representa el trabajo de incontables trabajadores: mineros, ingenieros, técnicos, conductores, obreros, programadores, limpiadores, empleados de almacén..., cuyo trabajo colectivo se transforma en riqueza privada. El multimillonario aparece al final del proceso, se atribuye el mérito y se queda con la mayor parte del beneficio. Detrás de cada billón hay un ejército de trabajadores. Detrás de un billón hay, además, un sistema económico, político y social que permite que un individuo se apropie de la riqueza creada por millones de personas. Esta es la parte que los aduladores nunca mencionan. Nunca lo harán. Porque cuando los trabajadores exigen salarios más altos, nos dicen que no hay dinero. Cuando los hospitales necesitan financiación, no hay dinero. Cuando las escuelas públicas se deterioran, no hay dinero, aunque la enseñanza privada se amorra a la teta del Estado. Cuando las pensiones peligran, cuando las familias no llegan a pagar el alquiler, cuando otras no llegan a fin de mes, de repente no hay dinero. Sin embargo, de alguna manera hay siempre suficiente para el primer trillonario y muchos mileuristas "comprenden" que haya políticos que se apiaden de estos pobres ricos y prometan bajarles los impuestos.

domingo, 14 de junio de 2026

La política para mi

Dice una genial frase de Groucho Marx que "la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados". La ultraderecha se ha apropiado la idea y la ha ampliado con otro concepto: "La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger y beneficiar a los primeros de los otros. Personalmente, lo que menos me gusta del actual panorama político es como ha normalizado la mentira, la grosería y la falta de respeto como estrategias para alcanzar el poder. Me molesta, primero, por una simple cuestión de educación, pero, además, porque este uso del insulto y la descalificación personal eclipsa los debates de fondo, no supone beneficio alguno para la ciudadanía y sólo busca anular al adversario, convirtiendo la confrontación en un triste y barriobajero espectáculo que degrada a las instituciones públicas y a la misma sociedad. Lo que nos ofrecen estos gañanes travestidos en políticos es la negación de la educación y de la cultura, tanto por la degradación que hacen del "otro" como por su lamentable expresión oral que, con muy pocas excepciones, sólo muestra la negación de toda decencia con sus términos vulgares y grotescos. Un degradante espectáculo para los que concebimos la política como un ejercicio de servicio a la comunidad regido por la honradez, la dignidad y la honestidad, destinado a luchar, arañar con lo que quede de conciencia y de recursos para lograr el objetivo de ser decentes, es decir, de respetar a los otros, y respetarnos a nosotros mismos como comunidad. Y respetar a nuestros semejantes significa valorarlos como seres humanos, sin prejuicios ni discriminación de ninguna clase, de lo contrario, a nuestros hijos y nietos, les entregaremos un mundo deshecho, sin futuro, y enseñándoles que lo único que vale es pisotear al "otro".



sábado, 13 de junio de 2026

Literatura

Me gusta la literatura que no acaricia, que no acompaña amable, que no ofrece consuelo; que se queda en el lugar donde la palabra todavía duele porque no ha sido domesticada. No debería dejarse al arbitrio de lo fugaz la frágil sustancia del lo narrado. La literatura no tiene que estar hecha de imágenes brillantes, sino de pensamiento en carne viva, ese que respira, se equivoca, retrocede y vuelve a intentar decir lo que pretende. Debería existir una ética del lenguaje. No todo vale. No todo puede decirse de cualquier manera. No todo debe decirse. O mejor dicho, no todo merece la pena decirse. La literatura debería enseñar las formas de estar en el mundo. Entiendo que es un objetivo incómodo, porque no acepta atajos. Porque no embellece lo que no lo es. Porque no convierte el libro en un lugar amable, pero si en un lugar verdadero. En tiempos de ruido, la buena literatura no grita. Resiste, como resisten ciertas telas: sin romperse, pero sin ceder. Y tal vez por eso permanece. Porque no busca gustar. Busca otra cosa: sostener un pensamiento y una mirada limpia cuando todo alrededor invita a cerrarla. Busca descubrír la fuerza, el dolor y el amor, la belleza y la resiliencia de un lucha justa y necesaria. Desde el río hasta el mar, desde la honestidad y el trabajo, a la solidaridad y la entrega. La pluma del escritor debería ser como la aguja que borda sobre la tela la memoria y el amor de un cuerpo y una mente que resisten, hilo a hilo, como quien escribe un poema sin papel. Y en el interior, el mundo. Todo libro debería abarcar ambos lenguajes —el del hilo y el de la palabra— y los dos alzarse contra el odio, la indiferencia, el egoísmo, la insolidaridad, la guerra, contra el olvido impuesto, contra cualquier forma de violencia humana. Amar, entonces, es resistir: cuidar del otro, del cercano y del distante, como quien protege un bordado antiguo que aún late, rojo y vivo, bajo la historia herida. Qué placer leer cosas como: "Qué tremendo engaño eso del esfuerzo, esa república dialéctica de que nos hace libres el trabajo cuando es fácil darse cuenta de que todo son daños colaterales, o una pequeña muerte cotidiana que produce tan sólo desánimo de lucro". En fin, que sólo busco que un libro acompañe la soledad buscada, que no se niegue a utopías ni quimeras, que remanse el flujo de la vida aunque revoluciones el pensamiento.

viernes, 12 de junio de 2026

El truco de la inmigración

Desde hace más de 500 años los países occidentales se han dedicado a esquilmar los recursos naturales de los "países pobres" y, en "sus" colonias, utilizaron mano de obra forzada o esclava para enriquecer a sus élites, empobreciendo así a aquellas. El reparto arbitrario de fronteras (como en la Conferencia de Berlín para África) destruyó estructuras sociales e impuso divisiones que provocaron conflictos étnicos y civiles que duran a día de hoy. Cuando terminó el colonialismo clásico, el capitalismo impuso el neocolonialismo económico, donde las instituciones financieras internacionales y los tratados de libre comercio a menudo favorecen a las empresas occidentales, manteniendo a los países en desarrollo como simples proveedores de materia prima barata. Y, por si fuera poco, los intereses geoestratégicos, económicos y políticos de las potencias occidentales han provocado continuas intervenciones militares, directas o indirectas, en regiones como África, Medio Oriente o América Latina, que desestabilizaron gobiernos para instalar corruptas dictaduras, dañaron infraestructuras y crearon crisis humanitarias que forzaron migraciones masivas. Solo tenemos que pensar en Irak, Siria, Libia, Líbano, Afganistán o muchos países de África o América Latina. Gobiernos y grandes multinacionales occidentales siguen saqueando los recursos de estos países y, a cambio, dejamos a sus poblaciones a merced de la miseria, la violencia y el dolor. Ahora, empujada por el auge de la miserable e inhumana ultraderecha, Europa restringe sus posibilidades de entrada, endurece las condiciones de estancia y admite los procesos de expulsión masiva. Pero hasta los más recalcitrantes adeptos de la estúpida teoría del Gran Reemplazo, saben que, aunque solo sea como mano de obra barata, los inmigrantes son imprescindibles. Ellos se debe al descarado uso de la inmigración con fines electoralistas. Pero también a algo que no nos cuentan: No es solo que "no quieran que lleguen". Es que, sobre todo, "no quieren que salgan". Las políticas extractivas neocoloniales exigen mantener en los países pobres grandes bolsas de mano de obra necesitada para que sea muy barata. Y si la bolsa se desinfla las empresas neocoloniales tendrían que subir los salarios. Además, los inmigrantes que trabajan en países que reconocen derechos laborales, son un mal ejemplo para los que se quedan. Y, por último, las remesas de los inmigrantes favorecen la posibilidad de crear "bolsas de resistencia" en hipotéticos conflictos laborales. Malas noticias para las empresas saqueadoras. Así, a los emigrantes de ahora, los náufragos de la globalización, los echamos de aquí para que puedan ser más y mejor explotados allí. Privatización de las fronteras, criminalización del migrante, subcontrata en países vecinos y un cínico mensaje: lo hacemos para mejorar la vida de los nacionales. Quizás por eso han pulverizado el estado del bienestar, machacan los servicios públicos, se oponen a la mejora de salarios o pensiones, sueñan con retrotraer los derechos laborales a los años 60 o no mueven un dedo para solucionar el problema de la vivienda. A ver si la gente se entera de que el enemigo viaja en yate o avión privado, no en patera.