Yo quiero ser optimista, pero no me dejan. Es más, me jode sobre todo que me lo intenten imponer. Vivimos en la era del "good vibes only" -en inglés, que suena más guay-. Lo del "sólo buen rollo" es una derivación más, ñoña e interesada, de la filosofía barata que adorna los envoltorios del azúcar y las tazas para regalo. El sistema sabe que el optimista es mejor consumidor porque gasta más y tiene menos remordimientos de compra. Así, la obligación de ser optimistas y mantener una actitud "positiva" constante se ha convertido en una nueva forma de presión social. Pero, ¡Ay!, los optimistas también se descalabran. Hemos sustituido la esperanza, rica y significativa, por un optimismo trivial que nos deja vacíos y desconectados de lo que realmente importa y nos aleja de una forma de vivir más auténtica. El optimismo es una fe -y como toda fe, irracional- que nos asegura que todo saldrá bien con solo mantener una actitud positiva. Es una promesa sencilla y seductora, pero también superficial y, sobre todo, alejada de la realidad. Personalmente prefiero la esperanza, un concepto mucho más complejo y enriquecedor. No promete un final feliz garantizado, pero ofrece algo más valioso: significado. La esperanza nos dice: "No sé cómo saldrán las cosas, pero sé que tienen sentido". El optimismo nos adormece con la promesa de un buen resultado, mientras que la esperanza nos fortalece para transitar la incertidumbre con la brújula del sentido. El problema es que estamos obsesionados con la búsqueda de resultados inmediatos y positivos, y eso nos deja sin espacio para reflexionar sobre qué sentido tiene lo que hacemos. Esta obsesión por el resultado rápido y positivo nos ha hecho acostumbrarnos a las promesas vacías del optimismo, abandonando la capacidad para cultivar la esperanza, que requiere de esfuerzo, paciencia y, sobre todo, una profunda reflexión sobre el “porqué” de nuestras acciones. Está bien ser optimista. Pero, coño, no todo el rato. No cuando un camión sin frenos se te viene encima. De hecho, iré un paso más allá: creo que es saludable sentir emociones negativas como frustración, duda, decepción, tristeza, ansiedad e incluso pesimismo. Ser optimista a tiempo completo es una forma poco saludable de ser optimista. Porque entonces simplemente reprimes los sentimientos negativos y te nublas con la ilusión de que todo es maravilloso. Te conviertes en un barril de pólvora de positividad tóxica. No es solo una forma poco saludable de pensar a través del optimismo, sino también una forma irreal, dañina y mentalmente agotadora. Al final es verdad que un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado.
Vivir es intentarlo infinitas veces
lunes, 7 de septiembre de 2026
Gaia
En 1969, James Lovelock expuso por primera vez su hipotesis de "Gaia", que postula que la Tierra funciona como un superorganismo vivo que se autorregula para mantener las condiciones aptas para la vida. Después predijo que las manifestaciones extremas del clima se convertirían en la nueva norma porque la Tierra, "sintiéndose" atacada ante la presión humana y el aumento descontrolado de la temperatura reaccionaría como un organismo vivo ante el daño acumulado amenazando la supervivencia de nuestra civilización, pues es ésta la que la pone en peligro. Y lo estamos viendo casi a diario. Algunos señalarán que la naturaleza se recupera. Es verdad. El problema es que la civilización no la deja. Y Gaia se retuerce, sabedora de que hay cosas que no puede sostener, no puede autorregularse y deja de ser un espacio seguro para la vida. La de todos los seres vivos y no sólo los humanos que la atacan. De manera lenta van muriendo recursos vitales. Todo se explota. Todo se altera y deteriora. A través de una pantalla el mundo mira, pero el dolor ya no alcanza. ¿Cómo es posible que la codicia y el poder nos estén arrancando el grito ante el horror? El mundo se está volviendo irrespirable. Los agresores están logrando destruir los principios básicos de la vida: confianza, seguridad, empatía y cuidados. Cada vez que alguien renuncia a ellos y compra la deshumanización del vulnerable, se convierte en la carcoma que arrasa las vigas de un edificio. La exhibición obscena de la destrucción de Gaia, en la que estamos inmersos, y el desafío a las normas internacionales que protegen a las personas y al medio natural están dejando un clima de desamparo e indefensión que amenaza con borrar cualquier intento de rebelión ante este empuje de destrucción y muerte. Inmersos en quehacer diarios, tal vez por agotamiento o vértigo, por egoísmo o por la adopción de estúpidas ideologías, vamos dejando de mirar la destrucción de nuestro mundo, cómo van devastando la tierra, las reglas que nos han unido y hasta nuestra humanidad. Estamos firmando nuestra acta de defunción.
domingo, 6 de septiembre de 2026
Educación.
jueves, 3 de septiembre de 2026
Compartir destino
Antes, la gente que se aburría se distinguía por estar de pie, con las manos en los bolsillos y mirándose la punta de los zapatos. Ahora la gente no se aburre: está sentada, de pie, tendida, o lo que sea; tiene las manos en un smartphone y mira de todo menos el mundo que le rodea. Son los tiempos. Así nos va. A todos nos convendría levantar la cabeza. Y, sobre todo, mirar. Mirar lejos. Han conseguido que vivamos obsesionados con la actualidad. Con la declaración de esta mañana, el escándalo de esta tarde, el bulo de esta noche y la polémica que habrá cambiado mañana. Han convertido la información en una especie de máquina tragaperras: metemos nuestra atención, tiramos de la palanca y esperamos que salga indignación. A veces sale miedo. Casi siempre alguien gana con su manipulación. La actualidad está sobrevalorada porque confunde movimiento con dirección. Han logrado que sepamos perfectamente qué ha ocurrido durante las últimas horas y que cada vez entendamos menos lo qué está pasando de verdad. Y eso es peligroso. Porque mientras discutimos sobre quién dijo qué o quién hizo o no hizo qué, el mundo cambia, los malvados se adueñan de él y los poderosos planifican como quedarse hasta con nuestra alma. Nos hablan de orden y están creando el mundo del desorden, del caos. Nos animan a atacar lo que nos ha permitido llegar a donde hemos llegado. De la mano de la socialdemocracia europea hemos construido algo excepcional: sociedades donde enfermar no significa arruinarse, estudiar no depende exclusivamente del patrimonio familiar o hacerse viejo no equivale necesariamente a caer en la pobreza. Oímos a los de siempre quejarse mucho y demonizar a Europa. Pero ésta sigue siendo probablemente el mejor lugar del mundo para nacer sin saber previamente cuánto dinero habrá en tu cuenta bancaria. El problema es que mantener ese modelo cuesta dinero. Mucho dinero. Y eso supone pagar impuestos para repartir solidariamente la riqueza. Y eso es lo que le jode a esta sociedad cada vez más materialista, más egoísta, más insolidaria, más estúpida. Yo quiero que la gente piense, que pensar no cuesta dinero. Pero, sobre todo, deberíamos empezar a exigir algo extraordinariamente revolucionario a nuestros gobernantes. Que sean ellos los primeros en pensar. No en las próximas elecciones. No en el próximo titular. No en el próximo vídeo de 20 segundos. No en el siguiente bulo que van a propagar. No, que piensen en los ciudadanos, en la vida de todos en los próximos 20 años. Sobre todo en los más débiles, en los más necesitados, no en los más poderosos, en los más ricos. Porque la Patria no es una bandera. Una bandera es un trapo de colorines. La Patria debería ser una gran familia donde los padres velan por todos, todos, sus hijos. Y donde todos colaboran y ayudan, sobre todo, a los hermanos más débiles o que más lo necesitan. Vivimos momentos difíciles. Habrá quien responda buscando culpables. Es lo más barato. Otros propondrán levantar muros. Otros -o los mismos- te convencerán de que la educación, la sanidad, las pensiones o la vivienda son cosas secundarias, que lo importante es la bandera. Pero lo importante es compartir destino.
Cumple Lolo
Nadie tiene claro en qué momento su cumpleaños deja de ser el día en el que piensa "ya soy otro año mayor" para pasar a ser el día donde piensas "ya soy otro año más viejo". Todo depende de la actitud que uno tenga ante la vida. Cuando tienes quince años quieres cumplir años, tienes prisa por hacerte mayor, ser independiente y comerte el mundo. Cuando pasas de los 55 los cumpleaños te empiezan a incomodar y empiezas a temer que sea el mundo el que te coma a ti. Aunque lo ves difícil, porque para eso el mundo tendría que tener una boca del tamaño de la puerta de un armario ropero. Lo mejor de envejecer es que no se pierden todas las edades que has tenido. Al contrario, los años los atesoras en forma de experiencia y, si eres listo, aprendes a olvidar los malos ratos y recordar los buenos. De joven tienes fuerza para todo. De mayor ya te duele la espalda, las rodillas, la artrosis hace que te cueste abrir el tapón de la litrona y, cuando vas al peluquero, ya sólo puedes decirle: "déjalo cortito". O, mejor, "haz lo que puedas". Pero, a cambio, con los años comprendes que la vida no se mide en metas, sino en momentos sencillos. Que cumplir años enseña a agradecer cada batalla superada y cada sonrisa en el camino. La vida es demasiado corta y demasiado importante para permitir que nada ni nadie nos la complique. Huyamos de los que viven siempre enfadados, alterados, encabronados y pretenden arrastrarnos a luchas que ni nos van ni nos vienen. Así que, Lolo, entiende que el tiempo es un regalo y que hoy es siempre el día más joven que te queda por vivir. Aprovéchalo. Todas las edades tienen sus frutos, pero hay que saberlos cosechar y no pedirle peras al olmo. En cualquier caso, haz como yo: piensa que los cumpleaños son la manera que tiene la naturaleza para decirnos que es totalmente necesario que comamos más tarta. Muchas felicidades.
martes, 1 de septiembre de 2026
Charlatanes sacamantecas
Hubo un tiempo donde, sin esperarlo, algún desalmado, o iluso, o tonto del culo, te mandaba un mensaje y te advertía que si no lo reenviabas a siete personas, encendías tres velas negras y sacrificabas un cabrito, una desgracia caería sobre tu familia. Nunca lo hice. Respeto mucho a los cabritos. Lo malo es cuando cumplen años. Pero alguna vez tardaba en conciliar el sueño barruntando alguna desgracia. Ahora el mismo tipo de mensaje lo emite por las redes alguien con micrófono inalámbrico que te explica cómo alcanzar la salud ideal, el estado físico óptimo, la libertad financiera, el sueño de tu vida y la felicidad plena. Lo que más me conmueve es la cantidad de buena gente que hay en internet preocupadísima por todos nosotros. Gente que podrían estar en las Maldivas disfrutando de su exitosa vida, pero prefieren encerrarse en una habitación para evitar que yo compre mal un piso en Torrelodones. Lo que no entiendo es por qué estos fulanos se ven en la obligación de meterme el miedo en el cuerpo, amenazarme y convencerme de que soy un alma de cántaro: "Si tienes más de 40 años y no estás haciendo esto, tienes un problema". "Si no inviertes ahora, dentro de 10 años te acordarás de este vídeo". "Tres alimentos que jamás deberías dar comer". "Ni se te ocurra hacer ésto si quieres tener buena salud" Coño, que está gente parece que se postula para anunciar en exclusiva el Apocalipsis. Yo navego cinco minutos para llenar el rato y salgo convencido de que estoy asesinando al Planeta, despilfarrando mis ahorros, arruinando mi vida social y desayunando algo que probablemente me matará antes del jueves. Por qué tengo que aguantar a estos pelmazos que dedican su existencia a enseñarme a ordenar mi casa, elegir mi ropa, dormir, caminar, respirar, hacer la compra o colocar bien los huevos. En la nevera, me refiero. Temo el día en que aparezca un tipo mirándome fijamente en la pantalla para advertirme: "Llevas toda la vida usando mal el papel higiénico". Y después lo ilustre con un vídeo tutorial. Toda la vida han existido los charlatanes, esos que recorrían las ferias vendiendo elixires capaces de curar la calvicie, el reuma, el mal aliento, el mal de ojo, alguna tristeza y hasta el mal de amores. Los modernos charlatanes son triunfadores, visten a la moda, tienen asesores y algoritmo, curso prémium, grandes intereses y un ego gigante. Pero, como los antiguos, son unos expertos sacamantecas. Porque quizá el interés, el negocio, nunca fue enseñarnos a vivir mejor, sino conseguir que pensemos que llevamos toda la vida haciéndolo mal. El miedo vende estupendamente, sobre todo cuando después te venden también la solución. Esto, los políticos desalmados lo saben a la perfección.