Vivir es intentarlo infinitas veces
domingo, 4 de enero de 2026
Espiritualidad a la carta
sábado, 3 de enero de 2026
Asco internacional
Antes de que los que brindan y se echan unas risas con lo sucedido impongan su relato, hay que decir que lo lo ocurrido en Venezuela constituye una violación grave del derecho internacional. No se trata de una cuestión ideológica ni de afinidades políticas, sino de normas básicas que sostienen el orden internacional desde 1945. El artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas prohíbe de forma expresa el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. El secuestro del ínclito Maduro y de su esposa supone, además, una vulneración directa del principio de soberanía estatal y de la inmunidad de los jefes de Estado. No es una cuestión simbólica, es una línea roja absoluta. Cuando se cruza, el derecho deja de existir y lo sustituye la chulería y la fuerza. El ataque militar sin agresión previa y detención forzosa de un jefe de Estado configura jurídicamente una agresión internacional. No es una operación preventiva, no es una acción humanitaria, no es una intervención legal. Es una agresión en toda regla a la comunidad internacional que cumple las reglas. Y las consecuencias van más allá de Venezuela. Si se normaliza que una potencia pueda intervenir militarmente, capturar a un jefe de Estado y violar la soberanía de un país sin consecuencias, cualquier Estado con recursos estratégicos que interesen a EE.UU. queda expuesto. Lo sucedido en Venezuela es un acto de barbarie que rememora las peores épocas del intervencionismo imperial norteamericano. No solo viola la soberanía de una nación independiente, sino que amenaza la paz en toda América Latina y el Caribe. ¿Quién será el siguiente, Cuba, Nicaragua, Colombia? O, ya puestos, ¿Irán, Groenlandia? Esta acción está enmarcada en el plan para saquear los recursos naturales de un Estado. Pocas horas después de su intervención militar Trump no oculta su intención de controlar el petróleo del país. En el fondo es su único interés. De hecho ya ha anunciando que compañías estadounidenses se "harán cargo" de la industria petrolera de Venezuela. Hoy es un gran día para los que admiran a esa excrecencia humana que es Trump. Hoy habrá brindis en los cenáculos ultraderechistas de todo el mundo. Hoy, en España, los mismos que mintieron con Irak, con los atentados del 11M, con la crisis, con las preferentes, con el rescate a la banca, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con las 7.291 personas abandonadas en las residencias de Madrid, con la DANA, con los incendios y con Gaza, trabajan ya a destajo para volver a vincular el régimen de Maduro con el gobierno de su país.
Año nuevo, misma mierda.
Nuestra gran tragedia es que se nos ha olvidado que las estrellas existen. No las miramos porque la contaminación lumínica enceguece los cielos. Por eso ahora nos conformamos con observar el sucedáneo de minúsculos universos de lucecitas navideñas de colores, tan industriales como falsos. No las miramos porque nos han acostumbrado a inclinar la testuz para atrapar nuestra mirada en una pantalla. Porque hemos perdido la conexión con lo natural, "encoñados" como estamos con lo terrenal, lo material, la tecnología y el afán de tener, olvidando nuestra conexión ancestral con el cosmos. Comenzamos cada año ensoñando utopías materialistas, fantasiosos deseos y realidades ilusorias que, la mayoría de las veces, sólo nos conducen a una eterna espera, un continuo aplazamiento o una frustración sistémica. Amamos las ilusiones que no conllevan acción, esas que nos dejan siempre en una terraza a la intemperie, que certifican la debilidad de las junturas humanas, la hipocresía de nuestras vidas en comunidad y la facilidad con la que los plomos saltan cuando las biografías se buscan unas a otras. El 2026 apenas ha empezado y ya nos muestra la voladura del derecho internacional, una política en la que una mayoría de ciudadanos se inserta desde el odio, la pulverización de la verdad como nunca antes habíamos sido testigos, la hegemonía de lo intrascendente, el olvido de lo humano. Apenas ha nacido y este 2026 ya pinta negro de sangre seca, de guerra injusta, de personajes históricos con el alma podrida, de pozos a los que arrojar nuestras democracias. Todavía no se han apagado los alumbrados destinados a generar ilusión en las mentes cándidas y ya se nos muestra una madrugada azabache, por mucho que quieras perseguir esa incandescencia, por pequeña que sea, de esperanza y comunidad. Por eso, en este año nuevo que da sus primeros pasos, quien no quiera sumergirse en la más profunda distopía deberá, al menos, encender una velita, arrimar leña a la lumbre de la convivencia en vez de sofocarla con el extintor y, sobre todo, avivar los afectos, que no queman pero sí calientan el alma. Cada gesto cuenta contra la barbarie, que nunca podremos enfrentar solos. Procuremos hacer de la amistad un arma blanda de resistencia. Eso es tan importante como crear una belleza luminosa que cale en cualquier rincón y comience a disolver la oscuridad y el miedo donde anida el odio.
jueves, 1 de enero de 2026
El simulacro
Sostengo que el éxito de la Navidad está en que es una fiesta que combate nuestros temores más atávicos: la oscuridad, la soledad y el hambre. De ahí la omnipresencia de las luces, las concurridas celebraciones familiares y sociales y las mesas abarrotadas de viandas. El origen de estas fiestas es ancestral. Y pagano. Celebran al "Sol Invicto", victorioso sobre la oscuridad. No en vano el 25 de diciembre marcaba el día en que los días empezaban a alargarse, simbolizando el renacimiento del sol, su victoria sobre la oscuridad y la promesa de futuras cosechas. La Navidad es también el paraíso de las tradiciones, da igual que tengan 2000 años, un siglo o 60 meses. Las tradiciones dan seguridad. Están ahí, las sigues, te identificas con la mayoría, no hay que pensar, ni aventurar... ¡Un chollo!. Pocas liturgias han logrado ensamblar con tanta eficacia la tradición, el sentimiento, las emociones, la diversión... y la contabilidad. Todo se legitima en nombre de una emoción, posiblemente ancestral, anterior a cualquier mesías, a cualquier sol invicto. Como negocio, pocas invenciones han logrado soldar con tanta eficacia el ritual y la "pasta". Relatos, imágenes, canciones, todo está diseñado para normalizar lo que aspira a ser un espíritu comunal: una mezcla dosificada de nostalgia, ilusión, diversión y consumo. El objetivo es crear, durante unos días, el espejismo de un tiempo de paz, de bondad y buena voluntad. Unos días en los que se nos permite sentirnos buenos, reconciliadores, solidarios. Unos días donde se nos abre el corazón. Y los bolsillos. Unas fiestas que producen un jugoso negocio: juguetes que duran menos que su envoltorio, dulces de temporada convertidos en obligación, colonias que duran meses, reuniones con sobrecoste emocional y económico, mesas que se esfuerzan en mostrar un status social más que un lugar de encuentro. Todo se mueve, todo factura. La Navidad practica una moral de temporada, intensa pero fugaz, que no exige continuidad ni esfuerzo: solo buenos deseos. No propone justicia estructural, sino misericordia puntual; no altera las relaciones de poder, las suaviza. Antes que solidaridad, caridad. El pobre sigue siendo pobre, pero recibe una comida caliente, una zambomba y un villancico. Y cuando el 7 de enero termina el simulacro de paz en el mundo y de buena voluntad, volvemos a la normalidad: a sacarnos las tajadas.
Despropósitos de Año nuevo
No hay Nochevieja sin propósitos de año nuevo. Siempre nos decimos que esta vez todo será distinto, que está vez sí, que nada impedirá que nos apuntemos al gimnasio, que hagamos la dieta del espárrago, aprendamos suajili, leamos Dublineses o corramos la maratón de Boston. Al principio nos invade el entusiasmo. En un arranque de euforia, pagamos la primera mensualidad del gimnasio y nos compramos unas mallas ridículas. El 15 de enero la cosa empieza a enfriarse. Para San Valentín, las mallas ya reposan en el armario. Llega el Corpus y lo único que sabemos decir en suajili es hakuna "batata". El 2 de enero dormimos soñando con dejar el tabaco o bajar de peso pero apenas un mes después hemos vuelto a fumar y nos hinchamos de panceta y chocolate. Un estudio demuestra que las personas que no cumplen sus propias promesas -la mayoría-, tienden a creer que los problemas se resuelven mágicamente por sí solos. Son los mismos que leen el horóscopo o le ponen perejil a San Pancracio. ¡Hay que comprometerse más! Realizar una solemne ceremonia de compromiso, del tipo: "Juro, por mi conciencia y honor, que de ahora en adelante tomaré el café con sacarina, que cumpliré fielmente con mis clases de zumba, no me pondré mi ropa deportiva en vano y guardaré lealtad a la ensalada de espinacas y las semillas de chía". Y si no estás seguro de tí mismo, al menos formula bien tus promesas. En vez de decir “en 2026 voy a dejar de fumar”, escribe: “en 2026 no fumaré salvo con causa justificada, por ejemplo para acompañar el cubata de los sábados; o en el descanso del curro, cuando todo el mundo se enciende un piti, que no voy a ser yo menos; o una caladita de nada cuando me vengan los nervios, o el hambre, o el estrés. En todo caso, no más de dos cajetillas al día, lo juro por lo más sagrado”. En fin, no te propongas una defensa numantina de tus propósitos que la carne es débil, la tableta de chocolate nos acecha desde la estantería del súper, el tiramisú nos guiña un ojo desde el fondo de la nevera, el cigarro nos llama con dulce voz desde el paquete y nos seduce con artimañas adictivas. Y caemos. Como todos los años.
martes, 30 de diciembre de 2025
El pisito del tieso de Vox
Yo no sé qué va a pasar cuando el votante "tieso" de VOX se percate de que cualquier cosa que se deje en manos de la codicia capitalista se convierte en un "bien de mercado", que esto va de favorecer a los poderosos y que a él lo encontraron en la calle, por mucha pulserita rojigualda que adorne sus muñecas. Cuando necesite una vivienda le dirán que en nombre de la libertad y la patria deben, primero, proteger los derechos de los caseros de España, esa casta parasitaria que se lucra traficando con el derecho fundamental a una vivienda digna. Le contarán la trola de la autorregulación del mercado, lo más parecido a un atraco con rehenes, y echarán la culpa a los inmigrantes de las "divertidas" consecuencias del difícil acceso a la vivienda: descenso de la natalidad, inversión de la pirámide de población, colapso de toda la actividad económica que no esté asociada a la especulación inmobiliaria, precarización de una generación arrojada al pluriempleo con el único objetivo de malvivir en un piso compartido, aumento exponencial del consumo de psicofármacos... Y, en el colmo de la desvergüenza, cuando en España hay casi 4 millones de viviendas vacías y cerca de medio millón de pisos turísticos, dirán que el problema es la falta de oferta de vivienda y la solución empezar a recalificar hasta el suelo de las aceras porque "aumentar el parque inmobiliario hará que bajen los precios". Se nos está poniendo cara de comienzos de los 2000, antes del reventón de la burbuja inmobiliaria. Para colmo, el tieso que le ríe la gracia a los fascistas, tendrá que aguantar a la recua habitual de necios que se hacen llamar economistas liberales contándoles que los "bolcheviques" quieren acabar con la propiedad privada. Y claro, en muchos salones de barrio obrero, gente que compró un pisito VPO hace 30 años y que le subvenciona a sus hijos la mitad del pago de su habitación con moho en las esquinas, empatizará con los pobres señores de los fondos buitre. Que "los pobres" no tienen quien les defienda.
Trumpfascista
A punto de cumplirse el primer cuarto de siglo del milenio, la "Vieja Europa" se está convirtiendo en la "Chocha Europa". No pinta nada en un mundo que no es otra cosa que un choque de poder entre bandas de matones. La idea de "Europa" es un sainete. Descartada la unidad política, lo único que queda es un inmenso Mercadona. Las naciones europeas siempre han estado a hostias entre ellas desde que se fundaron y sus peores enemigos están dentro, representados por el fascista Orbán y adláteres. Así la Unión Europea no es más que un fiestuqui de banqueros, empresarios y usureros que, mientras suena la Novena Sinfonía de Beethoven, silban ante la limpieza étnica en los Balcanes, apoyan el saqueo bancario de Grecia y jalean el desahucio del estado del bienestar. Ahora, mientras, nos hablan de Putin, el nuevo Lucifer, ese chungo de marca mayor que va de la homofobia a la masacre pasando por el polonio, le ríen las "gracias" y agachan la testuz ante el Bufón americano, ese que te ningunea, te chantajea, te pone aranceles, te aparta de negociaciones de paz como si fueses imbécil, te niega el visado, te obliga a comprarle armas hasta que te arruines, te sabotea dos gasoductos en Noruega o te quiere okupar Groenlandia. Y, como tragamos, el mamarracho que dirige la Casa Blanca como si fuera un puticlub está golpeándose el pecho como un gorila encabronado y a un paso de iniciar la visita a cualquier país levantando la pata y meándose en la escalerilla del avión para marcar territorio. Europa es el felpudo de un payaso hipernarcisista que quiere convertirse en emperador mundial, de un niñato iracundo de 79 años que tiene muchas ganas de hacer historia a fuerza de eructos y un sonajero nuclear en las manos.