Las palabras dejan de ser neutrales cuando se articulan en bocas conectada a mentes de limitada capacidad cognitiva, sectarias, dominadas por un pensamiento rígido y acrítico y plagadas de prejuicios. Como esas que a un golpe de estado lo llaman Glorioso Alzamiento Nacional. Cuando éste se produjo, España estaba -según ellos-amenazada por una conspiración judeo-masónica. Hoy, los herederos ideológicos de aquel régimen y quienes tratan de retrotraernos a aquel casposo país, ahora simpatizan con el sionismo y, en cambio, invocan reiteradamente la amenaza del islamismo. Utilizan sistemáticamente el término invasión. Por supuesto, están señalando a los migrantes pobres, a quienes huyen de la pobreza, las hambrunas, las guerras y las persecuciones. No aluden a quienes frecuentan con sus harenes los establecimientos exclusivos del Barrio de Salamanca, ni a quienes atracan sus lujosos yates en Puerto Banús, ni a quienes van adquiriendo cada vez más clubes deportivos, palacetes o fincas rústicas para convertirlas en cotos privados de caza. Estos no son invasores, sino inversores. Pero vivimos en una época donde la aporofobia y el racismo van de la mano de ese neofascismo que está imponiendo su visión de la sociedad. Llamar invasión a la llegada masiva -un problema que hay que resolver- de migrantes africanos y promover manifestaciones para defender unos supuestos valores occidentales y una identidad española que solo esos sectores ultras ven en peligro, contrasta con el silencio, o incluso con la satisfacción, con la que estas mismas personas y organizaciones reciben la auténtica invasión del capital extranjero, los fondos buitres, el turismo de masas o la cultura que nos imponen las plataformas de información, cine y televisión americanas. Esta gente no tiene nada que decir de otras invasiones. Porque lo que a día de hoy vivimos en España es una auténtica invasión. Nuestros invasores, de capital extranjero, llegan camuflados bajo la capa de fondos de inversión y grandes multinacionales que buscan apropiarse de nuestro parque inmobiliario, nuestros suelos agrícolas y de nuestro territorio de formas distintas e indiscriminadas. Y estos "patriotas", con sus posicionamientos ideológicos, apoyan de forma indiscriminada a los nuevos señores tecnofeudales; no se inmutan cuando concedemos permisos a multinacionales mineras que vienen a expoliar nuestros recursos; cuando nosotros mismos permitimos que Amazon, Aliexpress, Shein, Zalando, Temu o Wish nos "invadan" con sus productos, machacando al comercio tradicional y no tan tradicional, perjudicando nuestro tejido productivo y favoreciendo la destrucción de empleo. Invasión ha sido la agresión militar de EE.UU. a Venezuela para controlar su petróleo. Invasores podríamos considerar a los fondos de capital extranjero que van quedándose con edificios y barrios del centro de las ciudades para especular con ellos, mientras el vecindario tradicional tiene que irse a vivir a las periferias. Invasores, incluso, podríamos llamar a quienes expolian los bienes comunes en provecho propio, dejando sin agua los Baños de Popea para llenar sus piscinas privadas, por poner un ejemplo cercano. Y, ya puestos, sin temor a equivocarnos, también podemos acusar de invasores al avispón asiático, al jacinto de agua, al mejillón cebra, a la cotorra argentina o al moñas obsesionado con celebrar Halloween.