Vivir es intentarlo infinitas veces
viernes, 28 de agosto de 2026
Lo de Ceuta
jueves, 27 de agosto de 2026
Los héroes ya no son lo que eran
La antigüedad griega fue un tiempo mítico poblado de héroes de virtudes sobrenaturales, ya fueran los dioses homéricos, un Hércules de fuerza legendaria o el épico Ulises. Sus "herederos" clásicos: Alejandro Magno, Julio César, Adriano, Marco Aurelio... bajaron ya un escalón. Se humanizaron y entreveraron virtudes y defectos. En la edad media el referente, el modelo a seguir, fue el caballero medieval, hombre fuerte y aguerrido con un código moral basado en la lealtad, el valor, el sacrificio, la defensa de los débiles y unas virtudes morales intachables. Pero pasaron del heroico Roldán o el mítico Arturo al "loco" Don Quijote. La cosa se degradó con los monarcas feudales, primero, y los absolutos después. Y, a partir de ahí... El gran héroe del siglo XX es un antihéroe. Quizá por eso nos gusta, Cantinflas, Mortadelo y Filemón, Mr. Bean, Homer Simpson o Torrente. Y claro, pasa lo que pasa, que llegan las elecciones y votamos al primero que pasa, sea este un esperpento zafio, maleducado, narcisista, ruin y miserable como Trump, un economista lunático, despeluchado y sacado de una escena de La masacre de Texas como Milei, o un fantoche caribeño con ínfulas de tiktoker como De la Espriella. Nunca tantos candidatos políticos han parecido tan idiotas, tan malas personas y con tan mala leche. La gente vota más con el culo que con la cabeza. Por eso los gobiernos de medio mundo se van llenando de millonarios disfrazados de plebeyos. Son los capos neopopulistas que no acaban de creerse como hay gente que los aupa al poder para que los machaquen. Pero ahora, el que se lleva el gato al agua es el político zote y descerebrado que habla como algunos personajes de "La que se avecina", que usa un lenguaje de campechanía suburbial que confunde al votante que acaba creyendo que es de su cuerda. Ahora lo importante es regar el discurso público de boutades tabernarias, estupideces varias, ideas irracionales, mentiras a tutiplén y comentarios chulescos. Ahí tenemos a otra mediocre ilustre, la señorita Ayuso, que ejerce de chulapa castigadora vitalicia cada vez que le ponen delante un micrófono. Ahí están sus grandes aportaciones a la teoría política: "Me gusta la fruta", "Chao, pescao". Eso epata al moderno ciudadano cuya ignorancia le hace tener corazón de súbdito, que cree que la élite son los otros, la "Izquierda caviar" y que aborrece a esos "hijos de burgueses" que van de sabiondos por la vida. De ahí, a gritar "Que vivan los idiotas", hay sólo un paso. Y, mientras, esta gente está dispuesta a creer a la Marquesa de Quirón si les dice que los inmigrantes solo vienen a España a robarnos los áticos.
Hacer turismo no es viajar.
Dijo G. K. Chesterton que "el viajero ve lo que ve y el turista ve lo que ha ido a ver". Y yo añado: y a veces ni eso. Seguimos hablando de viajar pero urge distinguir entre viajar y hacer turismo, pues cada vez más estos conceptos se parecen como un huevo a una castaña. Las mejores muestras que concentran historia, arte y cultura en el mundo, llevan camino de terminar convertidas en un monstruoso parque temático. Constantemente vemos el ir y venir, sin rumbo ni meta propia, de masas informes de cuerpos apelotonados a través de cualquier monumento o conjunto monumental. De los destinos de sol, playa y excesos gastronómicos y etílicos, mejor no hablar. Hoy cualquier sitio es válido para los rebaños itinerantes de turistas, esa marea de visitantes que no prestan la más mínima atención a lo que están viendo. Siempre, móvil en mano. Exquisitas exposiciones; lugares sagrados, religiosos o no; imponentes monumentos o espectaculares paisajes, son frecuentados con el mismo espíritu con el que se pasea por Ikea una tarde de sábado. El recuerdo, en Auschwitz, es mancillado a diario por multitudes ignorantes. Y la zona de acceso al Everest parece la cola para subir a una atracción de feria. Y todos, todos los que participan de la jauría, creen estar viviendo una experiencia única. Por mucho que se intente ocultar o disfrazar, es patente que la industria turística, cuando solo persigue la obtención rápida e intensa de lucro, es un factor depredador y desestabilizador. Aun así, hay almas falsamente cándidas que se extrañan de que en algunos lugares estén hasta el gorro de turismo. En este panorama atroz convergen la carencia de educación y de neuronas de muchos turistas, la insensatez de una hostelería dispuesta a cualquier abdicación moral en busca del euro, y la dejación de funciones de unas autoridades a las que en este tema solo parece preocupar el número de pernoctaciones y el correspondiente gasto per capita. Y siempre están ahí los aciagos predicadores de siempre que exigen a los damnificados por la plaga de pisos turísticos y demás lacras ligadas a este azote que sufran en silencio por el "bien" de la economía nacional. Y esos otros que mandan callar a los trabajadores que sufren las indignantes condiciones laborales que rigen en este tan puntero sector de la economía, con el sólido argumento de que "la gente no quiere trabajar". Antes, el turista sólo se llevaba recuerdos. Ahora sólo deja huellas, masificación, suciedad, ruido, problemas y hartazgo de mucha gente.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Meta, nos la mete.
Meta nos la mete. La compañía ha acordado, tras un acuerdo con los fiscales, pagar casi 17.000 millones de dólares para cerrar un juicio masivo en Estados Unidos que la acusaba de diseñar plataformas adictivas para menores. Sin embargo, la compañía niega haber cometido una infracción o ser culpable. Esta gente piensa que todos somos tan idiotas como los millones de personas a las que sus productos han abducido y que tragan con todo. Tras el acuerdo las acciones de Meta subían más de un 3 % en Wall Street. Ello supone un incremento en el valor de mercado de la compañía de aproximadamente 40.000 a 50.000 millones de dólares. Estos insaciables tecno oligarcas ganan hasta cuando parecen perder. Según varios estudios, los menores de 12 a 18 años muestran niveles de bienestar mucho más bajos si pasan de las cinco horas diarias en redes sociales. A esa edad, para tener la autoestima en tu sitio antes bastaba con conseguir la validación de los amigos del "insti" que no era fácil. Ahora hay que sumar la que dan los likes de unas redes dominadas por un montón de influencers que te recuerdan en cada "reel", con dosis de falsa humildad, que tú no eres tan especial como ellos, que sólo eres el mierda que les permite vivir del cuento. Es de juzgado de guardia. Los expertos en cargarle a la escuela lidiar con cualquier morlaco con el que no saben qué hacer claman por potenciar la educación digital. Yo creo que es, simplemente, problema de educación. De los menores y de los padres. Éstos no pueden darle un móvil a un chaval con el pensamiento crítico en construcción esperando que no pase nada cuando, cada vez más adultos están enganchados a las redes. Empecemos por dar ejemplo, que se supone que los mayores sí tenemos criterio para no dejarnos abducir por los aparatitos. Y, ojo, que tampoco se trata de demonizarlo todo, rescatemos lo que hay de positivo en las redes y arrojemos a la basura al lugar que le corresponde. Sin olvidarnos de tirar después de la cadena.
Poner t8tulo
martes, 25 de agosto de 2026
Pensamiento mágico
lunes, 24 de agosto de 2026
La amigdala
Ante tantas cosas que se nos antojan inexplicables, quizá la explicación sea: "Es la amígdala, estúpido". Personalmente estoy fascinado. Tanto darle vueltas a las cosas y resulta que la respuesta a tantas dudas la tenían los neurocientíficos. Dicen estos que el estrés crónico y la dificultad para concentrarse forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas. Y esto, dicen los expertos, tiene consecuencias políticas directas pués -afirman- "las personas con tendencia a la ansiedad o a reaccionar de forma impulsiva bajo el estrés son más propensas a sentirse atraídas por ideologías autoritarias cuando perciben el mundo como amenazante o inestable". Parece así que los fachapobres de pulsera, o mejor, su neurodivergencia, les impide darse cuenta de que la verdadera amenaza son las ideologías autoritarias ante las que se postran siguiendo este proceso: la amígdala -el sistema de alarma del cerebro– se activa ante el miedo y la percepción de amenaza e inhibe el pensamiento crítico de la corteza prefrontal. Bajo este estado de debilidad neurológica, las personas se convierten en terreno abonado para las narrativas apoyadas en el miedo y en la neolengua apocalíptica, violenta y deshumanizadora de los líderes de las asilvestradas derechas y ultraderechas. En conclusión, la democracia depende de la salud cerebral de la ciudadanía y de su capacidad para mostrar espíritu crítico. Si este se esfuma crece entonces el reflejo tribal alimentado en parte por el algoritmo: el nosotros contra ellos, el instinto de la manada, la búsqueda del macho alfa -yo prefiero llamarlo alfalfa– que debe proteger al grupo. Hay, pues, una razón biológica más que ideológica en la patética subrogación de algunos humanos a ese pleistocénico autoritarismo de quienes han llegado a la política para destruir lo que tanto nos ha costado construir.