Turismofobia lo llaman. Así es más fácil desacreditar a quienes lo defienden, pues ellos parecen ser los agentes, el núcleo del conflicto. Sobre ellos recae la carga de prueba. Y después está el chantaje: "El turismo es el motor de la economía -dicen-. Hay que protegerlo, no atacarlo". Al final, como siempre, todo es cuestión de beneficio económico. Como todo es relativo, yo prefiero llamarlo urbanofilia, pues de proteger a las ciudades y los pueblos turísticos se trata. El turismo será muy bueno, pero cuando grandes zonas se quedan sin vecinos, el tejido comercial desaparece y se rompen barrios y lazos sociales, entonces tenemos un problema. El modelo turístico es responsable de masificación, problemas sociales y ambientales. Más allá de las "molestias" que la actividad turística causa, el encarecimiento del precio de la vivienda y la pérdida de identidad de muchas ciudades está en el centro del mayor problema. Se habla de turismofobia pero, en realidad, los enemigos son los de siempre: el ansia ilimitada de beneficios del sector privado; unas administraciones incapaces de poner límites a la actividad y de velar por los intereses comunes; y, por supuesto, el "Homo Mochufis Dominguensis". Hablo de ese espécimen que entiende que hacer turismo es irse de juerga, pero más lejos. Ese, ante cuyos ojos, papeleras y contenedores se vuelven invisibles. El que no ve lugares ni rincones con encanto sino sólo decorados para sus selfies. El que tiene que hacerse notar a voz en grito y convertir cualquiera de sus acciones en un número de circo. El que, por norma, se cree superior a los locales pero es capaz de preguntar en un bar de Córdoba: "Estos boquerones son de aquí, verdad?". El que es capaz de entrar en una casa particular a hacerse una foto porque cree que todo forma parte de un parque temático y está a su disposición. Gracias a ellos pasear tranquilamente por la zona histórica es imposible, igual que tomar algo en tu bar de siempre. Los antiguos comercios son ahora tiendas de recuerdos y franquicias. Y de los precios de las cosas ni hablamos… El turismo no solo transforma las calles. También afecta a cómo sienten los vecinos su ciudad. El cansancio emocional provocado por el turismo es real. La turismofobia no expresa odio al visitante. Refleja el cansancio de quienes sienten que su ciudad ya no les pertenece. Hay que buscar un equilibrio donde la convivencia, el respeto por el espacio público y la vida cotidiana sean lo más importante. Hay que procurar que la ciudad deje de ser solo un lugar turístico y vuelve a ser un hogar compartido. En lugar de hablar solo de competitividad o atracción de visitantes, se debería empezar a hablar de bienestar local. Cada vez que llegan los "bárbaros" acaba hundiéndose una civilización. Antes se decía que la ignorancia, la intolerancia, el fascismo..., se curaban viajando. Ahora parece que ya no es así.
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