En 1926 -hace un siglo- en Prusia se legalizó la costumbre de secuestrar niños gitanos para "educarlos"entre no gitanos. Esto, hoy, nos parecería una aberración. O, a lo peor, no. La prueba está en que, hace apenas dos días, fuerzas especiales estadounidenses, por orden de un bufón ensoberbecido cuya principal preocupación es castigar a los que "no le besan el culo", bombardean e invaden un país soberano, sin mandato internacional, y secuestran a su presidente sin que nadie mueva un dedo. Es más, con la satisfacción y el aplauso de muchos. Pero estamos ya acostumbrados a noticias diarias cada vez más delirantes. Vivimos tiempos en que el shock y la indignación son poses para el selfie interior, trampantojos, mercancías pensadas para consumirse sin contexto ni reflexión. Proliferan posicionamientos de trazo grueso que obvian cualquier matiz. Se imponen lógicas de hooligans de uno u otro bando en un partido que se juega sin la gente, sin la objetividad, sin la razón, sin la verdad. Sólo interesan las emociones más primarias, la bilis. Los "simpatizantes" de ese repugnante bufón que aspira a ser reconocido como "amado emperador del orbe" reaccionan desde las certezas abstractas de su pureza ideológica, que no dejan ningún espacio para la justicia, la moral, la decencia o la empatía y vuelven a pisotear conceptos como libertad o democracia. En España, llegan incluso a reclamar que su ídolo promueva la "extracción" de su odiado Sánchez. Sólo son amantes de los regímenes autoritarios, cómplices de los que aspiran a vaciar a las sociedades desde dentro. No se limitan a combatir a los que piensan distinto, aspiran a reprimirlos, a eliminarlos. Colaboran en corroer los órganos a través de los que respira la democracia. Dicen alegrarse de la desaparición de un autócrata, de un déspota autoritario, pero a ellos no les incomodan los dictadores, siempre que sean de su misma cuerda ideológica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.