sábado, 4 de abril de 2026

"FOMO", lo llaman: Fear Of Missing Out. O lo que es lo mismo: miedo a perderse algo. Cómo no, tiene que ver con el móvil, que ha convertido a esta sociedad en un yonki del dichoso artefacto. La gente está de vacaciones, sentada en terrazas... y la pantalla delante. Se tumba sobre la arena de una playa... con la pantalla delante. Asiste a una procesión... con la pantalla delante. Comparte mesa en un restaurante... con la pantalla delante. Y mientras la miran, piensan en conciertos a los que no pudieron ir, cuerpos que nunca tendrán, lugares que jamás visitarán e incluso edades a las que es imposible que vuelvan. Es la melancolía digital. Que nos atrapa, que no nos suelta, que crea adicción. Nos obliga a estar conectados hasta cuando nos agobia la sensación de ir quedándonos atrás. La hiperconexión de las redes sociales nos ha traído el chute de ansiedad por no estar en los sitios que otros publican. O, directamente, por no ser aquello que dicen otros haber conseguido ser. Lo que nos arrastra a una dificultad creciente para discernir qué hacemos porque nos apetece y qué hacemos para que se vea que lo hemos hecho.

Los egos ultraestimulados por la viralidad propician que incluso personas con doscientos míseros seguidores terminen hablando a sus amigos cual followers. Replicamos a las Dulceidas para apreciarnos triunfadores. O cumplimos las expectativas que nos insisten desde Instagram o TikTok. O estamos frustrados, inmersos en el hipnótico bucle sin fin de vídeos rápidos que vamos pasando con el dedito y que siempre animan otro plan más que desear. 

Ya no nos conformamos con imaginar cómo es la vida del vecino de tumbona, debemos ser productivos en vacaciones. Y que se vea. Y que el ritmo no pare. El problema: es imposible estar todo el rato con el yo en el centro de la moda del día e, inevitablemente, acabamos echando de menos cosas que jamás hemos vivido pero que nos invita a vivir una pantalla. Y, mientras tanto, en la mesa, nuestro helado de vainilla y chocolate se ha quedado desparramado. Un sabor perdido, como avisándonos por qué descansar es sinónimo de desconectar. Será que para conseguirlo no queda más remedio que apagar el teléfono. Fíjense: cuando uno es auténticamente feliz no necesita nada que publicar. Incluso acaba olvidándose por completo del smartphone, nuestra relación más fiel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.