Albert Camus afirmó que "un país vale lo que vale su prensa". Visto el panorama de la prensa nacional, hay motivos para tentarse la ropa. El monstruo que están creando terminará por devorarnos a todos. De momento han conseguido que mucha gente lo vea como si fuera un osito de peluche que agita un banderín rojigualda. No es difícil en estos tiempos de ignorancia y estulticia. Leo que en un trabajo periodístico en EE.UU. se mostraron artículos de su Constitución, y una proporción nada desdeñable de los consultados las tomaron por proclamas subversivas y hasta comunistas. Aquí pasaría igual. Pero ya sabemos que allá y acá, cuando la ultraderecha brama "Libertad", está reivindicando la perpetuación de las desigualdades sociales y defendiendo a mordiscos sus privilegios. Derogarían la Constitución mañana mismo. La meta de los fascistas y sus manipuladores es hacerse con el poder, destruir todo atisbo de discrepancia y liquidar por los métodos que sean a la izquierda, los sindicatos, la sociedad civil o la intelectualidad disidente. Y en eso están. Una sociedad está enferma cuando apoya a partidos que dedican toda su energía a eliminar a sus adversarios políticos. Es una estrategia para encubrir la carencia de programa -salvo el oculto de parasitar el Estado- pero también para escamotear la discusión sobre los verdaderos problemas y sus orígenes. Por eso, ante lacras como xenofobias, racismos, clasismos, machismos, homofobias y negacionismos -que vienen de la mano del fascismo- la neutralidad y la equidistancia son repugnantes. En un mundo donde la infantilización e idiocia de la ciudadanía desborda las previsiones más pesimistas, el blanqueamiento del fascismo es un crimen que, en multitud de ocasiones, se practica con premeditación, alevosía y ensañamiento. Cuando las semillas del mal producen sus frutos podridos, quienes las regaron con mentiras no pueden declararse inocentes. Tan culpables de la devastación son los bárbaros y sus cómplices como los miserables y bocazas que les allanan el camino.
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