Yo quiero ser optimista, pero no me dejan. Es más, me jode sobre todo que me lo intenten imponer. Vivimos en la era del "good vibes only" -en inglés, que suena más guay-. Lo del "sólo buen rollo" es una derivación más, ñoña e interesada, de la filosofía barata que adorna los envoltorios del azúcar y las tazas para regalo. El sistema sabe que el optimista es mejor consumidor porque gasta más y tiene menos remordimientos de compra. Así, la obligación de ser optimistas y mantener una actitud "positiva" constante se ha convertido en una nueva forma de presión social. Pero, ¡Ay!, los optimistas también se descalabran. Hemos sustituido la esperanza, rica y significativa, por un optimismo trivial que nos deja vacíos y desconectados de lo que realmente importa y nos aleja de una forma de vivir más auténtica. El optimismo es una fe -y como toda fe, irracional- que nos asegura que todo saldrá bien con solo mantener una actitud positiva. Es una promesa sencilla y seductora, pero también superficial y, sobre todo, alejada de la realidad. Personalmente prefiero la esperanza, un concepto mucho más complejo y enriquecedor. No promete un final feliz garantizado, pero ofrece algo más valioso: significado. La esperanza nos dice: "No sé cómo saldrán las cosas, pero sé que tienen sentido". El optimismo nos adormece con la promesa de un buen resultado, mientras que la esperanza nos fortalece para transitar la incertidumbre con la brújula del sentido. El problema es que estamos obsesionados con la búsqueda de resultados inmediatos y positivos, y eso nos deja sin espacio para reflexionar sobre qué sentido tiene lo que hacemos. Esta obsesión por el resultado rápido y positivo nos ha hecho acostumbrarnos a las promesas vacías del optimismo, abandonando la capacidad para cultivar la esperanza, que requiere de esfuerzo, paciencia y, sobre todo, una profunda reflexión sobre el “porqué” de nuestras acciones. Está bien ser optimista. Pero, coño, no todo el rato. No cuando un camión sin frenos se te viene encima. De hecho, iré un paso más allá: creo que es saludable sentir emociones negativas como frustración, duda, decepción, tristeza, ansiedad e incluso pesimismo. Ser optimista a tiempo completo es una forma poco saludable de ser optimista. Porque entonces simplemente reprimes los sentimientos negativos y te nublas con la ilusión de que todo es maravilloso. Te conviertes en un barril de pólvora de positividad tóxica. No es solo una forma poco saludable de pensar a través del optimismo, sino también una forma irreal, dañina y mentalmente agotadora. Al final es verdad que un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.