lunes, 5 de octubre de 2026

Solidaridad a la carta

A muchos nos invade una especie de impotencia vital. Son tantos frentes abiertos, tantas injusticias, tantas luchas, tantas batallas perdidas, tantas catástrofes. Y sabemos que nunca vamos a poder llegar a todos los incendios. Quizá por eso los grandes temas de nuestro tiempo nos superan y dejan de importar con rapidez. A mucha gente le incomoda y le cansa escuchar el sufrimiento ajeno y acaba apartando la mirada cuando le hablan de miseria, de víctimas, daños y urgencias. Parece que la solidaridad -de la que ya muchos carecen- es un recurso limitado. Aparece un titular sobre una catástrofe y casi todos reaccionamos, con intriga, curiosidad o morbo. Después llega el punto de inflexión: comprometerse o ignorarlo. El impulso inicial es el compromiso, alimentando de entusiasmo y buenas intenciones Pero conviene desconfiar de la buena voluntad. No porque sea ilegítima, sino porque suele prometer más de lo que logra. Además, tu mismo reconoces que unas causas te importan menos que otras. ¿Será que existe una escala de prioridades para la empatía? A muchos de los que se movilizan con rabia contra la situación en Ceuta, les importa un bledo los afectados por la media de 45 desahucios diarios en España. Muchos de los que se preocupan por el antifeminismo en su país, dudan a la hora de levantar la voz contra los regímenes islámicos que discriminan a la mujer. Muchos de los que braman contra el aborto y se dicen defensores de la vida exigen después la expulsión de los menores migrantes o están a favor de la pena de muerte. Y es que la solidaridad, y hasta la compasión, son muy sensibles a la emoción, a la identificación cultural y al sesgo ideológico. Nos conmueve más una víctima con nombre y rostro que una multitud abstracta contada por centenares o miles. Y la distancia, cultural o geográfica, solo lo empeora. A esto se suman las burbujas ideológicas en las que vivimos y los criterios de los medios y algoritmos sobre qué merece ser un asunto sobre el que preocuparnos. Y si añadimos cómo han ido forjando una sociedad hiperegoísta... Esta miopía ha hecho que sea muy fácil plantear recortes y que pocos se escandalicen. La ayuda oficial al desarrollo ha caído cerca de un 30%. Es una postura poscínica del sistema. "Los nuestros también necesitan ayuda y son prioritarios", dicen algunos. Pero cuando los ultras llegan al poder, sus agendas suelen priorizar el desmantelamiento o reducción de los sistemas de protección social mientras promueven políticas fiscales que favorecen a los más poderosos. Hemos llegado a una "solidaridad inversa" en la que urge recortar las ayudas a los pobres para que los ricos aumenten su riqueza. ¡Vamos apañaos".

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