miércoles, 4 de febrero de 2026

Anton Chejov

Antón Chéjov, posiblemente el escritor que más capacidad ha demostró para captar la esencia de la vida cotidiana, dijo que “la felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz". El escritor ruso formuló así una idea que hoy resulta sumamente incómoda: la felicidad no es un estado alcanzable, sino una aspiración constante, casi siempre frustrada, que empuja a los seres humanos a seguir adelante. Nada más y nada menos. Lo evidente es que los personajes que pueblan las obras de Chéjov son como la mayoría de los hombres y mujeres actuales, que sueñan con otra vida, con otro lugar o con otro tiempo, pero que rara vez logran materializar ese anhelo. Todos deberíamos entender que el deseo de ser feliz no es una antesala de la plenitud, sino una condición permanente, lo que parece demostrar que aquella no es nunca alcanzada. Cualquier persona "normal" -aunque empiezo a pensar que este espécimen es ya una rara avis- desea amar más, vivir con más sentido, escapar de la rutina o encontrar un sentido a su vida, un bienestar y una una paz que siempre parece pospuesta. Desea, pero raramente alcanza, al menos de forma plena y permanente. Por eso, la felicidad, entendida como un punto de llegada, queda descartada. En su lugar aparece una dinámica mucho más realista: la del ser humano moviéndose entre expectativas, frustraciones y pequeñas epifanías que nunca terminan de cuajar en un final feliz. Aunque, evidentemente, hay grados muy distintos de expectativas y exigencias. En cualquier caso deberíamos aprender de Chéjov y no buscar edenes inexistentes, redenciones milagrosas ni finales de cuento cerrados, sino proyectar una mirada honesta sobre la fragilidad humana. Pero, claro, en una época obsesionada con el bienestar -que, a menudo, se confunde con la felicidad-, la autoayuda y la búsqueda permanente de nuevas experiencias, la reflexión de Chéjov suena casi subversiva, pues plantea que el problema no es no ser felices, sino creer que deberíamos serlo todo el tiempo. Una frase apócrifa atribuida a Abderramán III, cuando tenía 70 años y estaba en el lecho de muerte, dice: "he anotado los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce, y no todos seguidos". Quizá no se trate de alcanzar la felicidad, al menos todo el tiempo, pues eso es utópico, sino de entender qué hacemos con ese deseo constante de serlo. Y procurar no dejarnos arrastrar ni que nadie lo manipule en beneficio propio.

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