jueves, 5 de febrero de 2026

No sabemos ser ricos

Al problema de la falta de memoria se une el de que no sabemos gestionar "ser ricos". Uno recuerda cuando sólo había un plato en la mesa y una fruta. Cuando merendábamos pan con aceite y azúcar. Cuando una jícara de chocolate, de vez en cuando, era un regalo y un helado o un pastel un  lujo. Cuando no hartarnos de comer nos hacía delgados y bajitos. Cuando los pantalones -sin marca- llevaban rodilleras y los jerseys coderas. Cuando mucha ropa era heredada de nuestros hermanos y hacíamos la comunión con el traje de nuestros primos. Cuando casi nadie llegaba a fin de mes, a veces ni a fin de día, porque todo eran estrecheces. Cuando la sala de juegos era tu calle y ésta era tu casa. Cuando tus vecinos eran una extensión de la familia porque solían estar ahí para lo que hiciese falta cuando las carencias venían, que era muy a menudo, porque hoy por mi y mañana por ti. Cuando no éramos clase media, cuando casi todos comíamos lo mismo porque no había otra cosa, cuando no teníamos envidia porque las casas del barrio -menos las de cuatro gatos- eran casi todas iguales, con las mismas carencias, con el mismo frío, con las mismas goteras, con la despensa semivacía, con las orejas llenas de sabañones, los calcetines zurcidos y los zapatos rozados. Cuando éramos así de poca cosa, pero éramos también muchísimo más generosos, comprensivos y solidarios porque siempre se dependía de alguien. Sin embargo, conforme más tenemos, más egoístas somos, más avariciosos, más insolidarios, más clasistas, más brutos, más ignorantes, sin más ambición que tener más coches, más autos, más trajes, más mierda.

Oponerse a lo que te beneficia

Hemos llegado a tal punto de idiocia que mucha gente, por razones de seguidismo ideológico, se opone y brama contra medidas que concuerdan perfectamente con sus valores. Lo estamos viendo a cuenta del anuncio de Sánchez de que prohibirá en España el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. A partir de ahí, la derecha y sus más acérrimos seguidores -de nuevo- se han envuelto en la falsa, falsísima bandera de la libertad para oponerse frontalmente a la medida, atacar groseramente a quien la propone y alinearse con una mamarracho extranjero que le insulta porque podría afectar a su jugoso negocio. Pero, seamos serios y apartemos del análisis las cuestiones ideológicas. Como profesor llevo años advirtiendo de los estragos que las redes están causando en los más jóvenes: ansiedad, irritabilidad, adicción, depresión, trastornos del sueño, baja autoestima, pérdida de atención, deficiencias cognitivas, bajo rendimiento académico, problemas de carácter... Sólo esto -que muchos padres saben y sufren- debería ser suficiente para estar a favor de tomar medidas. Pero es que, además, cualquiera que tenga un smartphone puede comprobar que las redes sociales son un apestoso sumidero de desinformación, manipulación, bulos, incitación al odio, ataques personales intolerables, acoso, amenazas y chantajes, introducción a la ludopatía, pornografía de todas clases... Cualquier persona normal sabe perfectamente que estas figuras son en la mayoría de los casos claros delitos penales que serían perseguidas de oficio si no estuvieran inscritas al mundo digital. ¿Por qué oponerse entonces a que también lo sean en éste? ¿Quizá sea porque los dueños de las redes ya han conseguido manipular nuestra forma de percibir la realidad haciendo que aceptemos situaciones que dañan a la sociedad pero engordan sus cuentas corrientes? Sin embargo, prohibir el acceso a redes es como ponerle puertas al campo, salvo que se materialice la correcta identificación de los usuarios. Y eso indigna a los fanáticos de la supuesta libertad. Los mismos a los que no les importa que las grandes empresas digitales sepan de ellos en cada momento dónde están, qué hacen, que gustos tienen, que compran, que leen, cuáles son sus ideas y hasta cuál es la marca de papel con la que se limpian el culo. La razón de la indignante impunidad en redes, con su lógico efecto contagio, es el anonimato que predomina en ellas. Y este es el asunto vertebral que habría que corregir si de verdad se quiere conseguir que se expulse de ellas a los delincuentes que las utilizan para delinquir. Así que si no se quiere prohibir, la única solución al problema sería establecer la obligación de que todos los usuarios de las redes estén fidedignamente identificados. En Australia, está medida ya ha obligado a Meta, por ejemplo, a eliminar cerca de 550.000 cuentas en sus redes en sólo unas semanas, lo que demuestra la magnitud del problema. ¿Están dispuestos los gigantes digitales a soportar esta sangría de usuarios y beneficios? Claramente, no. Eso explica la virulenta reacción de Elon Musk, recurriendo al insulto, o la del dueño de Telegram enviando un mensaje manipulador a todos sus usuarios. Ellos tienen el poder. Y la gente salta cuando ellos lo mandan, aunque ellos contribuya a dañar la personalidad y salud mental de sus propios hijos. ¡Qué servilismo! ¡Y qué triste!

miércoles, 4 de febrero de 2026

Tecnofachas

Dice Sánchez que hay que actuar contra los delitos en las redes sociales. ¿Pero qué dice este hombre? Qué pasa ¿que los robos de datos, el estímulo del odio, la xenofobia, la violencia machista, la pornografía infantil..., va a resultar que son ahora delitos?. El problema es que se ha dejado actuar a los fachotecnócratas y nos han comido la tostada. Y ellos ha pasado por una dejadez absoluta de las instituciones, una paleta fascinación por la infinitud virtual y ese simulacro de libertad, tan falso como patético, que tanto gusta a la ultraderecha y acompleja a las democracias. A las plataformas tecnológicas y a los dueños de las redes sociales se les ha dejado hacer negocio desde el mismo día de su nacimiento; sin leyes, sin normas, sin valores, sin democracia, sin límites. Y lo han hecho a costa de todos nosotros. Y ahora nos lamentamos, porque comprobamos que sólo ganan ellos y el mundo es un lugar mucho peor para una inmensa mayoría. La ultraderecha europea, que presume de patriotismo pero se somete al vasallaje trumpista actuando de lamebotas, han sido los primeros en rasgarse las vestiduras en un nuevo aquelarre fascista. Santi, que es vago hasta para copiar nuevas ideas, ha recurrido, como con la educación sexual en los colegios, a decir que el Gobierno quiere adoctrinar a nuestros hijos suplantando a las familias. Feijoo, de momento, no ha dicho nada. Posiblemente porque le han soplado que algunas encuestas dicen que más del 80% estarían de acuerdo con el control. Pero dadle tiempo. Bastan tres segundos después de que hable Ayuso

Chat promoción

Con la que está cayendo - y la que nos va a caer- deberíamos de abandonar el estéril campo de batalla del enfrentamiento de opiniones -que, al menos para mi, no son lo mismo ni tienen el mismo valor que las ideas-, pues en él solo fructifica la tirantez vital (ya no soporto el término crispación. ¡Me crispa!). Soy más partidario del "vive y deja vivir" que del "sacarse las tajadas". Del aceptemos que "ca' cual es ca' cual" y allá cada cual con sus opiniones. En materia de opiniones sólo hay dos cosas que me "incomodan": que alguien intente meterme con calzador y sin miramiento una opinión que no le he solicitado; y que aquellos que se pasea públicamente, de micrófono en micrófono, diciendo todo lo que le viene en gana terminen diciendo que "no hay libertad de expresión". Me parece ridículo. Por eso creo que hay que dejarse de duelos de opiniones y reivindicar las frases absurdas (o no) como medida de higiene mental y mejor arma frente a la irracionalidad que nos domina. Quizás sea la única manera seria de relajar el ambiente.

Aquí dejo varias propuestas. Algunas seguro que las conocéis. No están sujetas a opinión. Como mucho, a réplica con otra frase, pensamiento o aforismo absurdo (o no):

No renuncies a tus sueños, sigue durmiendo / Contra el hambre, come / El tiempo sin ti es sólo empo / El que ríe el ultimo piensa más lento / Me da mucha rabia que hablen cuando interrumpo/ Muchos de los que afirman que tienen la conciencia tranquila sólo tienen mala memoria / Algunos puede parecer que tienen pensamientos profundos, pero en realidad solo estan pensando en qué comerán hoy / La vida es aquello que pasa mientras buscas wifi / Necesito ir al oculista, pero no veo el momento /¿Una dieta equilibrada es un pastel en cada mano? / Odio ser bipolar, es algo maravilloso / Por favor, no interrumpas mientras te ignoro / Soy responsable de lo que digo, no de lo que entiendas / Madurar es estar triste y no publicarlo en Facebook / No soy un inútil total, sirvo de mal ejemplo / Si no puedes convencerlos, confúndelos / Eres tan tonto que se están empezando a dar cuenta hasta tus amigos / La esclavitud no se abolió, pasó a ocho horas diarias / La primavera está harta de El Corte Inglés / La inteligencia te persigue, pero creo que eres más rápido /¿Hasta dónde se lavan la cara los calvos? / Hombre invisible busca mujer transparente para hacer lo nunca visto / Luchar por tus derechos está bien, pero mejor es comer croquetas. ¡Dónde va a parar! / Estado civil: Cansado / ¡No pasa nada! Y si pasa, se le saluda. ¡Malditos cabrones, pero que jodidamente feos sois todos! (Carta de San Pablo a los adefesios). Y recordad siempre que cada uno de nosotros somos únicos. Absolutamente igual que todos los demás.

Anton Chejov

Antón Chéjov, posiblemente el escritor que más capacidad ha demostró para captar la esencia de la vida cotidiana, dijo que “la felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz". El escritor ruso formuló así una idea que hoy resulta sumamente incómoda: la felicidad no es un estado alcanzable, sino una aspiración constante, casi siempre frustrada, que empuja a los seres humanos a seguir adelante. Nada más y nada menos. Lo evidente es que los personajes que pueblan las obras de Chéjov son como la mayoría de los hombres y mujeres actuales, que sueñan con otra vida, con otro lugar o con otro tiempo, pero que rara vez logran materializar ese anhelo. Todos deberíamos entender que el deseo de ser feliz no es una antesala de la plenitud, sino una condición permanente, lo que parece demostrar que aquella no es nunca alcanzada. Cualquier persona "normal" -aunque empiezo a pensar que este espécimen es ya una rara avis- desea amar más, vivir con más sentido, escapar de la rutina o encontrar un sentido a su vida, un bienestar y una una paz que siempre parece pospuesta. Desea, pero raramente alcanza, al menos de forma plena y permanente. Por eso, la felicidad, entendida como un punto de llegada, queda descartada. En su lugar aparece una dinámica mucho más realista: la del ser humano moviéndose entre expectativas, frustraciones y pequeñas epifanías que nunca terminan de cuajar en un final feliz. Aunque, evidentemente, hay grados muy distintos de expectativas y exigencias. En cualquier caso deberíamos aprender de Chéjov y no buscar edenes inexistentes, redenciones milagrosas ni finales de cuento cerrados, sino proyectar una mirada honesta sobre la fragilidad humana. Pero, claro, en una época obsesionada con el bienestar -que, a menudo, se confunde con la felicidad-, la autoayuda y la búsqueda permanente de nuevas experiencias, la reflexión de Chéjov suena casi subversiva, pues plantea que el problema no es no ser felices, sino creer que deberíamos serlo todo el tiempo. Una frase apócrifa atribuida a Abderramán III, cuando tenía 70 años y estaba en el lecho de muerte, dice: "he anotado los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce, y no todos seguidos". Quizá no se trate de alcanzar la felicidad, al menos todo el tiempo, pues eso es utópico, sino de entender qué hacemos con ese deseo constante de serlo. Y procurar no dejarnos arrastrar ni que nadie lo manipule en beneficio propio.

Elon el sociópata

Elon Musk mira mucho últimamente a España, lo cual nos debería preocupar, y mucho. Ya en Davos dijo que las zonas de la "España Vaciada" serían ideales para convertirse en la "central eléctrica de Europa". A esta gentuza las personas les importa una soberana mierda. Con empatía cero, una absoluta falta de respeto y una pasmosa capacidad de meter sus narices en lo que no le importa, este tipejo no ve vidas ajenas sino beneficios económicos. Hace unos días, demostrando que trabaja poco, se dedicó de nuevo a meterse donde nadie le llama y criticó la regularización de inmigrantes que ya están en España pero aún sin papeles. Y, la última, ha sido insultar al presidente del gobierno español tras su anuncio de que España va a prohibir el acceso a redes sociales a los menores. Esto último le escuece directamente como dueño de la red X, la antigua Twitter, que él ha convertido en un lugar pestilente y nauseabundo, es decir, un reflejo de si mismo. Convendría recordar quién es Musk, el tipo al que su biógrafo lo llamó "psicópata" después de una sesión fotográfica en Auschwitz donde "no le importó en absoluto lo que presenció". Musk es el tipejo que describió la empatía como un "error en el sistema" de la civilización occidental. El que hizo el saludo nazi en la investidura de Trump. El empleado que explota, maltrata e insulta a sus empleados. Un imbécil que ha llamado a un hijo "Techno Mechanicus" y a otro le ha puesto el nombre de la contraseña del Wifi. Este monstruo es un sociópata de libro. Un ser despreciable, un misógino, un negacionista, un mentiroso compulsivo, un narcisista enfermizo. Es un antimodelo que, desafortunadamente, es aplaudido, entre otros, por Abascal y sus militantes de la ultraderecha. El problema es que este fachotecnócrata tiene mucho poder, sobre todo desde que compró Twitter para poder dominar la comunicación y el acceso a la gente más joven y la más ignorante, perdón, con menos "posiblidades". Porque es más fácil leer un mensaje o un vídeo que pensar, es más fácil rezar que leer. Musk es la cumbre de la colonización fascista de los medios de comunicación, es el gran muñidor del secuestro de las redes por la extrema derecha, que tiene, especialmente a los chavales, encantados con su discurso manipulador. Por eso Musk y Abascal coinciden en el insulto a cualquiera que quiera poner límites a la ola reaccionaria en redes sociales que empuja a la ultraderecha al poder mientras machaca la mente de los jóvenes.

martes, 3 de febrero de 2026

Guerra cognitiva.

La gente no lo sabe pero estamos en guerra. No es una guerra convencional, es la guerra cognitiva. Según fuentes de la OTAN, ésta se define como: “El conflicto en el que la mente humana es el campo de batalla y cuyo objetivo es el de cambiar no solamente lo que la gente piensa, sino también cómo actúa, lo que, llevado a cabo con éxito, moldea e influye en las creencias y comportamientos individuales y grupales". En su forma extrema tiene el potencial de fracturar y fragmentar a toda una sociedad, de modo que ya no tenga la voluntad colectiva de resistir a las intenciones del adversario. Pero, ¿quién nos ha declarado esta guerra y por qué? Pues el ultraliberalismo para, por un lado, obtener el control individual y colectivo de las sociedades y, por otro, eliminar toda alternativa antisistémica, especialmente el progresismo en todas sus formas. Con ese fin, está en curso un despliegue de operaciones de adoctrinamiento anti-alternativas y de disciplinamiento a los dogmas del libre mercado, que se implementan principalmente a través de las redes digitales. Distintos expertos advierten de las funestas consecuencias (algunas ya muy visibles) de esta guerra: desde la pérdida de la voluntad colectiva y la fractura o implosión de una sociedad, hasta diversos niveles de autodestrucción individual y colectiva, pasando por daños irreversibles en el funcionamiento mental de las personas. Esta guerra acaba teniendo un carácter civil, pues es fundamental en ella la militarización de la opinión pública. De ahí el ambiente de polarización y crispación extrema. Sus armas son muy diversas. Se ha llegado incluso a desarrollar nuevas disciplinas, por ejemplo, la agnotología, que es la ciencia de la producción de la ignorancia. Sus instrumentos son muy variados, desde el fomento de ludopatías o la dependencia de las redes sociales, que subyugan el intelecto con ideas obsesivas, temas estereotipados y circunstancias triviales, hasta la manipulación informativa para conseguir que intervengan más los estímulos emocionales que el uso de las neuronas. Además, mucha gente ya es incapaz de distinguir la información del relato interesado o la simple propaganda; la realidad de la ficción; la verdad de la mentira. Ésta se ha convertido en palanca de la manipulación social. Esto último se verifica cotidianamente en el campo de la información, donde las noticias falsas o la difusión de datos apócrifos se han posicionado como una forma de hacer comunicación. Igualmente, una batería de inexactitudes, datos sesgados, opiniones interesadas, "olvidos" y ocultaciones, figuran como elementos constitutivos de una información especulativa y militante. "El objetivo es lograr que el "enemigo" se destruya a sí mismo desde adentro, dejándolo incapaz de resistir, disuadir o desviar nuestros objetivos”, dice un estudio de la OTAN. Los procedimientos para fomentar la autodestrucción y la polarización extrema son variados, pero se priorizan aquellos destinados a fragilizar los procesos organizativos y de unidad social, acelerando las divisiones preexistentes o introduciendo nuevas, propiciando el enfrentamiento entre los diferentes grupos que conforman una sociedad y el incremento constante de la polarización. Con el recurso a la agnotología y el individualismo se persigue el desinterés en lo colectivo, principalmente en la política, pero también en lo social e incluso en las expresiones culturales que no se organizan desde el mercado. ¿A qué todo esto explica muchas cosas?