En una España que estaba todavía sacudiéndose la caspa del franquismo y saliendo del tercermundismo político, económico y social al que ese régimen la sometió durante 40 años, la inauguración de la primera linea del AVE fue un orgullo tecnológico. Treinta y cuatro años después la Alta Velocidad española acumula una desconfianza que será difícil de superar. ¿Qué ha pasado para pasar de un estado a otro? Muy sencillo, ha pasado España y su negativa evolución como sociedad. Ha pasado creernos nuevos ricos. Ha pasado morir de éxito. Ha pasado creer que eso de bueno, bonito y barato es posible. Ha pasado que el nacionalismo barato sale caro. Ha pasado que queremos ser los primeros pero que lo paguen otros. Ha pasado que queremos servicios de primera a precio de saldo. Ha pasado que llevamos años haciendo cosas pensando en dar servicio al turismo sin pensar en los que aquí vivimos. Ha pasado que todo el mundo quiere jamón ibérico pero nadie quiere pagarlo. Ha pasado que la construcción de las infraestructuras de Alta Velocidad ha sido un negocio para los mismos de siempre, gobernando los dos grandes partidos, y nadie ha pedido fiscalizar. Ha pasado que cuando lo que hemos pagado todos se ha decidido "liberalizar" nadie ha movido un dedo. Ha pasado que nadie piensa, cuando puede hacer un viaje de Córdoba a Madrid en Alta Velocidad por apenas 15 euros, que aquí tiene que haber truco y eso se traduce en riesgos. Ha pasado que todos ignoran que cuando en las llanuras castellano manchegas y los valles y campiñas andaluzas alcanzamos los 40⁰ -y eso cada vez ocurre más días y más tiempo-, el acero negro de las vías puede llegar a rozar incluso los 70 °C. Y eso no hay infraestructura que lo resista. Ha pasado que en esta puñetera sociedad todo el mundo se queja, pide, exige, pero nadie quiere pagar impuestos porque cree que los servicios se regalan. Ha ocurrido que después de Angrois (80 muertos) y Adamuz (46) y una vez pasada la página de la bronca política para enzarzarnos en otra bronca, nadie se vuelve a preocupar. Ha ocurrido que aquí sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Ha ocurrido que todos exigimos máxima seguridad pero montamos el pollo si no me abren las vías para el puente. Ha ocurrido que todos piden responsabilidades políticas pero sólo si los que tienen que dimitir son de "los otros". Ha dicho Juanma Moreno que el AVE Madrid-Andalucía ha dejado de ser un medio de transporte seguro. Y ha solicitado una inmediata revisión de todas las línea de alta velocidad. Qué lástima que, sabiéndolo, no lo haya dicho durante todo el verano, o antes del puente del 12 de octubre, o una semana antes del de 'los Santos". Pero claro, los agentes turísticos lo hubiesen corrido a gorrazos y, oiga, el negocio es lo primero. Yo hubiera preguntado al señor Moreno: ¿Cuándo cree usted que el corredor de alta velocidad andaluz será seguro? La respuesta la doy yo: cuando el próximo Ministro de Transportes, del PP o de Vox, ocupe su despacho. Porque, además, cuando eso ocurra podrán durante muchos tiempo culpar de lo que pase a los que se han ido. Pero que, conste, la culpa la tenemos todos.
Vivir es intentarlo infinitas veces
jueves, 29 de octubre de 2026
Voluntad de Dios
En 1944 se produjo el accidente ferroviario de Torre del Bierzo. Investigaciones independientes estiman que la cifra de fallecidos se situó entre los 500 y los 800. Pero el régimen franquista censuró la magnitud del accidente y sólo reconoció 78. En 1947 explotaron los polvorines de Cádiz, destruyendo gran parte del barrio de San Severiano. Fallecieron 152 personas. La dictadura franquista minimizó el alcance de la tragedia, ocultó negligencias oficiales y fomentó el silencio informativo. En 1959 la rotura de una presa mal construida arrasó el pueblo zamorano de Ribadelago. Murieron 144 habitantes. La mala calidad de los materiales y los fallos estructurales fueron tapados por la justicia de la época. En 1962 se producen las riadas del Vallés, que arrasaron barrios obreros mal planificados urbanísticamente y construidos en zonas inundables con el beneplácito de las autoridades. Más de 700 muertos. Ni una palabra del régimen sobre quienes habían permitido ese urbanismo criminal o sobre los puentes asesinos que bloquearon el agua hasta que reventaron. Era un "desastre natural". Eso lo justificaba todo. Los casos anteriores eran "accidentes". En el franquismo las tragedias colectivas se justificaban mediante una combinación de voluntad divina y la censura de la negligencia, que convertía los fallos del Estado en simples "accidentes" o "fatalidades" inevitables. Actualmente las cosas han cambiado. Afortunadamente. Pero ha cambiado todo. Antes, la culpa no la tenía nadie. Eran "accidentes". Era la "voluntad de Dios". Ahora ya nadie admite que ocurren cosas por accidente. Todo tiene un culpable. Cuando ocurre una tragedia todo el mundo tiene preparado su dedo acusador. Alguien tiene que tener la culpa. Y, lo peor, si ese alguien es el vecino de enfrente, el que no te cae bien, el que no piensa como tú, el diferente, el que no agita tu misma bandera..., mejor que mejor. Y si no la tiene, da igual. Tiene que tenerla y ya está. Y cuando en la ecuación entra el fascismo o cualquier otra irracionalidad totalitaria, entonces estamos perdidos. Para los cristianos todas las "desgracias" ocurridas durante siglos tenían a los judíos como culpables. Y los persiguieron, los expulsaron, los aniquilaron. El nazismo siguió culpando a los judíos. Y a los gitanos, y a los izquierdistas, y a los homosexuales, y a los enfermos... Y los persiguieron, y los aniquilaron. Por eso me hierve la sangre cuando hoy escucho al fascismo culpabilizando a los inmigrantes de todos los problemas. Por eso me hierve la sangre cuando los herederos del franquismo, esos que antes consideraban que las tragedias eran accidentes y productos de la voluntad de Dios y nunca pedían responsabilidad alguna, hoy, cuando los cadáveres están todavía calientes, ya han decidido que el culpable es el gobierno -no les hacen falta pruebas- y convocan manifestaciones violentas frente a una sede política que, si les dejaran, quemarían con sus trabajadores dentro. Me hierve la sangre que determinados políticos pidan dimisiones inmediatas cuando siguen protegiendo a Mazón y compañía, cuando se oponen siquiera a que se investigue la muerte de más de 7000 ancianos en las residencias de Madrid. Me hierve la sangre que tanta gente de la calle se muestre indignada, incluso suelte su lagrimita, mientras reclama conocer a los responsables mientras que en su cabeza y en su boca los responsables ya están señalados y coinciden con los que no piensan políticamente como ellos. Yo también pido dimisiones. Empezando por todos los que van a hacer de esta última tragedia otro campo de batalla para obtener réditos políticos.
miércoles, 28 de octubre de 2026
Poema
Nuestra mente como mercancía.
El que se deja engañar es porque quiere. Nunca antes los mentirosos, los embaucadores, los troleros, han actuado tan a cara descubierta, tan sin complejos, tan convencidos de que hay gente encantada con comprarles sus mentiras. Este liberalismo salvaje lleva décadas sin esconder sus intenciones. Ya en 1981, en una entrevista para The Sunday Times, Margaret Thatcher dijo: "La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma de la gente". Desde los años 70 el capitalismo va de crisis en crisis, cada vez más recurrentes, cada vez más salvajes. Y, sin embargo, es cada vez más despiadado y parece estar cada vez más fuerte. Se cumple el proverbio popular que dice: "Cuanto más viejo es el lobo, más ovejas mata". Habiendo alcanzado los confines geográficos, y cuando se agotan los recursos por exprimir, el mercado ha acabado asaltando lo más inabarcable de la vida: la mente humana. Han aprendido a destilar como mera información comercializable todo aquello que nos define como personas. Y eso lo en mierda todo. Ahora almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Amontonamos imágenes que nunca veremos ni recordamos haber tomado. Acumulamos "amigos" y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración. Pero esto era inviable sin una radical metamorfosis de nuestras formas de pensar y actuar. La gran revolución de estas últimas décadas ha consistido en que nuestra propia vida interior y relaciones interpersonales se han convertido ellas mismas en mercancías para que los gurús tecnológicos ganen fortunas. Hasta nuestro propio deseo se canaliza a través de su mercantilización; de ahí que se hable ya de capitalismo libidinal, que actúa, a nivel psíquico, como un gran generador de estímulos artificiales que nos aturden y alinean. Nuestra mente, transformada en mercancía, desvía nuestro interés de lo profundo a lo superfluo. Y lo hace desbordando las fronteras necesarias para la autorregulación de los deseos, demoliendo dos valores esenciales de la persona: la paciencia y la atención. La mercancía ya no es útil para la persona, sino que la persona es útil como mercancía. Esto nos conduce al exhibicionismo extremo Nos exhibimos a nosotros mismos y, de paso, a todos los que nos rodean: hijos, padres, amigos. Desfilamos en innumerables escaparates digitales y abrimos nuestra vida hacia el exterior mientras la cerramos hacia el interior. Y ahí está el problema, en que cuanto más nos descubramos como mercancía ansiando la mirada ajena, más se nos olvidará mirar en nuestro interior. Por eso hablo para los sordos si digo que, con ello, perdemos la memoria del vuelo grácil de la infancia, un temblor ante los aires ábregos en el descubrimiento de la fraternidad humana.
martes, 27 de octubre de 2026
Se ha perdido el respeto a la autoridad
Escucho una de esas eternas tertulias en las que, a partir de unas imágenes, varios titulares sesgados en distintas direcciones, las declaraciones de portavoces políticos de probada indecencia moral y la contribución de unos tertulianos que creen saber de todo pero, en el fondo, sólo son ecos de su credo ideológico, se destripa un problema para llegar a una clara conclusión, a ninguna y a la opuesta a la primera, todo a la vez. Hablan de la violencia vivida en las últimas algaradas disfrazadas por algunos de manifestaciones. Entre estúpidas teorías, certezas sin base alguna, soplapolleces varias, dimes y diretes, se llega a la conclusión de que hay más responsables de la violencia que tertulianos y que aquellos se reparten según su filiación ideológica, de la misma manera que la adscripción partidista de los opinantes. Al final me hicieron llegar a la conclusión de que la culpa de la violencia la tenía la izquierda radical, la derecha radical, Pedro Sánchez, el tándem Feijoo-Abascal, los "podemitas", los agitadores ultras, la policía infiltrada, los excesos policiales, la inacción policial, los sindicatos, algunos medios de comunicación, los inmigrantes, los concentrados en Sol, la falta de mano dura, Rusia, Israel, China, el ejemplo francés, la ignorancia, las redes sociales, David Broncano, Ayuso, Irene Montero, Lamine Yamal y un señor de Murcia que pasaba por allí. Entre tanta opinión para ganarse el jornal y asegurarse futuras peonadas mediáticas -aunque algunos todistas disfrutan de su papel de paladines de su caballo ideológico- logré escuchar algo sensato de un entrevistado: "el problema es que se ha perdido el respeto a la autoridad". Creo que hay mucho de verdad en ello. Como creo que el problema no es nuevo. Como creo que está creado por la propia sociedad. Como creo que muchos, en distintos ámbitos, han contribuido a agrandarlo y abonarlo. El problema de la pérdida de respeto a la autoridad se inicia en el núcleo familiar, sigue en los sucesivos ámbitos que frecuenta el individuo, empezando por la escuela, y va madurando con la crisis de los roles adultos en la sociedad actual. Sin embargo, el peor episodio de este proceso es el que se da en la escuela. El respeto hacia las normas y los profesores debe inculcarse primero en el hogar. Pero si los padres cuestionan sistemáticamente al docente o no apoyan las decisiones de la escuela, el menor tiende a desafiar esa autoridad. Muchos padres no entienden que sus príncipes y princesas no pueden seguir siéndolo cuando se tienen que integrar en una comunidad y cumplir sus normas. Vivimos en una cultura donde se han desdibujado los límites y a muchos adultos les cuesta ejercer su rol de guía o decir "no". Y esto causa estragos en la escuela. Ésta tiene como misión enseñar, guiar, porque de educar deben ocuparse los padres. Pero, a veces, la familia, lejos de educar, maleduca: práctica la hiperprotección, crea seres caprichosos, incapaces de ser responsables, tiránicos, desconocedores de cualquier mínima norma y disciplina, exigentes con otros pero no consigo mismos, seres a los que nadie ha enseñado el valor de la paciencia y el esfuerzo y que se rigen por la inmediatez y la gratificación inmediata. Llevamos años viendo cómo las aulas son el reino de la falta de respeto hacia los docentes: se ignora su presencia, se desoyen sus indicaciones, se les trata con malos modos, se les insulta, se les desafía o graba para viralizar el contenido, se les agrede... Y, todo ello, sin apenas ninguna consecuencia. ¡Nunca pasa nada! Y, casi siempre, con el apoyo de los padres. Hoy las aulas son un reflejo de tensiones sociales más amplias, como la polarización, la crispación, la normalización de la agresión verbal, la aceptación social de la mentira, el ataque despiadado al que te incomoda, la influencia descontrolada de las redes sociales... A lo mejor sus profesores podrían decir mucho de esos jóvenes que vician un derecho cívico para practicar la violencia, asaltar y robar comercios y, si pueden, se echan unas risas con los seguidores en redes.
Andalucía, como siempre.
Empezó siendo el resultado de la mirada sesgada de los viajeros románticos. Llegó despues la imagen estereotipada cultivada por el franquismo, que redujo Andalucía, una región compleja y llena de matices, a un cliché simplista ligado al "carácter alegre", la gracia superficial, la fiesta continua, la gastronomía, la devoción religiosa, el folklore y hasta la "pereza simpática". Para consolidarlo ayudó mucho ese deje vanidoso, casi narcisista, con tintes servilistas y derivaciones hacia el comportamiento histriónico que define a tantos andaluces. Y, finalmente, llegó ese engendro propagandístico con objetivos mercantilistas que es la promoción turística, para convencernos de que vivimos en un paraíso idílico. Y, claro, después llega el tío Paco con las rebajas. Esta vez ha sido un estudio del INE sobre la calidad del vida en el Estado español, que posiciona a Andalucía como la comunidad autónoma con peor calidad de vida sólo tras Canarias. Así que el mito de que las cientos de horas de sol, el "salero", la fiesta y la buena comida son la cura infalible para la felicidad y la calidad de vida se resquebraja. Al menos en Andalucía. Algún alma de cántaro ha descubierto que, más allá de esa fórmula de la felicidad basada en lo meteorológico y la idiosincrasia del territorio, se esconde una losa pesada que provoca un malestar arraigado en quienes habitan el territorio: las condiciones materiales y la calidad de los servicios públicos que definen el día a día de los andaluces. ¡Qué sorpresa! Junto a Extremadura, seguimos a la cola de la renta media en España: las ocho provincias andaluzas se encuentran entre las 15 con menor renta neta media por habitante de España. Es más, las tres provincias con menos ingresos anuales por habitante son andaluzas: Almería, Huelva y Jaén. El 83,7% de los municipios andaluces registran rentas consideradas bajas. De hecho, 16 de los 20 municipios más pobres de España son andaluces. Igual ocurre con el PIB per cápita. Y, para no cansar, diré que 8 de los diez barrios más pobres de España son andaluces. Además de encabezar la lista de paro en el Estado español Andalucía es también de las comunidades donde más porcentaje de asalariados hay con salarios bajos. En cuanto a Salud Andalucía se encuentra entre las cuatro con menor puntuación. Encabezamos la lista de comunidades por tiempo medio de espera quirúrgica. Junto a Madrid, compartimos la cola de relación entre centros de atención primaria y habitantes. Y lo mismo podemos decir de las camas hospitalarias por habitante. En cuanto a la calidad del entorno y medioambiente, el estudio sitúa a Andalucía como la comunidad con menor puntuación. Y, finalmente, ocupamos el puesto 14 -de 17- en cuanto a nivel medio de las pensiones. Durante años, la derecha culpó de esta situación a los gobiernos socialistas autonómicos, aunque en Madrid gobernaran ellos. En 2019 el PP ocupó el poder en Andalucia. Pronto hará casi 8 años. Pero las cosas siguen igual, por mucho que el PP utilizara el eslogan "Andalucía Avanza" en las elecciones andaluzas de 2022 para destacar que la región progresaba bajo su gestión. Las mejoras económicas producidas no se desvían un ápice de las producidas a nivel nacional pero ya sabemos que algunos son expertos, por ejemplo, en atribuirse el mérito cuando baja el paro y "endiñarle" la responsabilidad al "Perro" cuando sube. Dentro de nada las derechas tendrán el poder omnímodo. Vamos a ver si cambia algo. A mejor, me refiero. Y en términos reales, no en lo que refleja la propaganda de los charlatanes.
lunes, 26 de octubre de 2026
¿Qué es votar?
Uno de los mayores errores que siguen cometiendo mucha gente sensata es el de pensar que votar es un acto racional, es decir, un acto que el ciudadano realiza en defensa de sus intereses, un acto incluso ético de dar su confianza a los representantes que cree más honestos y eficaces. ¡Qué error! El acto de votar en demasiada gente no es ya un acto racional, por el contrario, es un acto que mezcla emociones simples, sentimientos, en gran parte manipulados, apuestas simplemente estéticas o una ideología de todo a cien. Es, utilizando un término inglés, un "feeling", que podría traducirse por un sentimiento no meditado, incluso no muy bien auto-comprendido, que en todo caso posee una fuerza mayor que un voto razonado y reflexivo. "Programa, programa, programa", decía Julio Anguita. ¡Qué tiempos! Pero hoy los programas no se los lee prácticamente nadie. ¿Para qué, si hasta el payaso más imbécil puede acabar ganando? Pero, ¿de qué nos extrañamos? Desde siempre ha habido gente poco dada a pensar y que, por tanto, prefiere que se piense por ellos, ahí tenemos las religiones monoteístas, llenas de mitos y mentiras, llenas de sentimientos, de ideologías, que son ideas empaquetadas, a veces bien intencionadas, pero pensadas para los que necesitan una fé prêt-à-porter. Hoy es muy fácil engañar a la gente, pero muy difícil convencerla de que la han engañado. Ante este panorama, el voto se convierte en algo simplemente identitario: "voto a los míos", o como diría la mafia "a uno de los nuestros", aunque haya detrás un genocidio, aunque ni siquiera se sepa siquiera definir qué es una mujer. Se vota también por odio, aunque no se sepa muy bien la razón de ese odio. Se vota incluso por anhelar ser quién no se es. Y, a quién se vote es lo de menos. Se aplica aquél aforismo atribuido al secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt, Cordell Hull, que dice: "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta", y listo. Y así es como se encumbra a políticos cuya idea de futuro es la de mejorar el futuro para ellos y convertirnos poco a poco en un país de cazurros y mamporreros. Construir una sociedad, no liberal, sino pre-liberal, marcada por la desigualdad (oportunidad de negocio lo llaman ellos), la impunidad (libertad lo llaman ellos), con el apoyo no de la justicia, sino de la "gusticia", o sea, la justicia a gusto de los que realmente detentan el poder. Qué bueno sería que la gente aprendiera a pensar por si misma.