sábado, 31 de octubre de 2026

Tóxicos

A la polarización ya no le quedan espacios por conquistar. Se ha instalado hasta el tuétano de esta sociedad. Entiendo que ante una tragedia propia haya tantos tipos de reacciones como tipos de personas. Cuando el destino te arrebata a alguien cercano puedes bloquearte, hundirte, desesperarte, sublevarte, estallar, arremeter contra todo, desear matar a alguien. ¿Quién puede juzgarlo cuando el intenso dolor personal puede derribar tus cimientos racionales y emocionales? Pero esto no puede ser aplicable cuando la tragedia sólo te afecta como sociedad. Desgraciadamente eso ocurre porque cada vez hay más gente irracional que ya ha derribado hasta la última pieza de su andamiaje ético. Gente que son de una toxicidad aniquiladora. Personas que sólo saben destruir, provocar, desgastar... y cuando el otro reacciona, lo insultan. Entiendo que el dolor cambia, que la falta de respuestas cambian, que las heridas no tratadas cambian a las personas. Pero no puede valer todo. Estoy hastiado de esa gente de perfil perjudicial o "tóxico" que ante una tragedia sólo sabe amplificar el sufrimiento y obstaculizar la recuperación colectiva. De los que sólo saben señalar responsables de forma apresurada sin esperar datos o investigaciones oficiales. De los que comparten imágenes explícitas, detalles escabrosos, bulos o narrativas exageradas del dolor ajeno. De los que utilizan las tragedias para beneficio personal, acumular atención en redes sociales o reforzar agendas ideológicas, esforzándose con su actuación en presionar a los afectados para que vean sólo el lado escabroso o multipliquen sus reacciones más irracionales. Admiro, por el contrario, a todas esas personas anónimas que se vuelcan en ayudar, sin esperar nada a cambio, sin reparar a quién ayudan, sin tender la mano mientras con la otra preparan su dedo acudador. Esas personas que no buscan notoriedad, que se apartan de las cámaras, que piensan que "ahora no importamos". Detrás de esas personas hay una misma historia, la de la solidaridad sin condiciones. Admiro al marido de una fallecida en Urda que, tragándose su dolor y controlando sus emociones más primarias, ha sido capaz de lanzar una valiosísima reflexión colectiva sobre lo ocurrido, apelando al conjunto de la sociedad. "Estos muertos son de todos, del tipo de sociedad en el que estamos viviendo. Estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas", ha afirmado. "Tenemos que cambiar este mundo entre todos", ha apuntado, al tiempo que ha insistido en la importancia de tomar conciencia sobre los fallecidos. "Tenemos que cambiar este mundo entre todos", ha opinado. Sobran los que ante una tragedia colectiva sólo saben esgrimir la hostilidad y el insulto; los que se esmeran ante una situación dolorosa para canalizar su odio en forma de ataques verbales; los que carecen de empatía; los que viven cómodos en la polarización; los expertos en  deshumanizar al otro, convirtiendo una desgracia en un escenario de confrontación ideológica o personal. Hay gente tan simple, tan vacía, tan tóxica, que en lugar de ayudar a procesar el dolor o la complejidad de un evento, prefieren señalar, juzgar e insultar a un otros para aumentar la tensión emocional. Si está gente sigue estando omnipresente viviremos en una tragedia perpetua.


viernes, 30 de octubre de 2026

¿Qué ha pasado?

En una España que estaba aún sacudiéndose la caspa del franquismo y saliendo del tercermundismo técnico, la inauguración en 1992 de la primera linea de AVE supuso un orgullo tecnológico. Treinta y cuatro años después la Alta Velocidad española acumula una desconfianza que será difícil de superar. ¿Qué ha pasado para pasar de un estado a otro? Muy sencillo. Ha pasado España y su negativa evolución como sociedad. Ha pasado creernos nuevos ricos. Ha pasado morir de éxito. Ha pasado creernos que eso de bueno, bonito y barato es posible. Ha pasado querer tener unos lujos que no nos podemos permitir. Ha pasado que el nacionalismo barato sale caro; y que queremos ser punteros pero que lo paguen otros. Ha pasado que queremos servicios de primera a precio de saldo. Ha pasado que llevamos décadas invirtiendo para dar servicio al turismo sin pensar en los que aquí vivimos. Ha pasado que todo el mundo quiere máxima calidad y seguridad a precio de oferta. Ha pasado que la construcción de las infraestructuras de alta velocidad ha sido un negocio para los de siempre -con PSOE y PP en el gobierno- y nadie ha pedido fiscalizar. Ha pasado que cuando lo que hemos pagado todos se ha decidido "liberalizar" para dar paso al negocio privado nadie ha movido un dedo. Ha pasado que cuando la gente puede ir de Sevilla a Madrid volando en tren por poco más de 15 € nadie se pregunta dónde está el truco ni si eso se traduce en riesgos. Ha pasado que aquí solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Y que nadie piensa que cuando las llanuras manchegas y las campiñas andaluzas se fríen a 40⁰ -algo que pasa cada vez más días al año- el acero de los raíles alcanza los 70⁰ y eso no hay infraestructura que lo resista. Y que en esta puñetera sociedad todo el mundo se queja, pide, exige, pero nadie quiere pagar impuestos pensando que los servicios nos los regalan. Y que después de Angrois y Adamuz todos tienen prisa por pasar página de la bronca política para abrir la siguiente. Ha pasado que aquí todos exigimos seguridad pero montamos el pollo si no me abren las vías para el próximo puente. Y que todos piden responsabilidades políticas, pero sólo si el que tiene que dimitir es "de los otros". Ha dicho el señor Bonilla que el corredor de alta velocidad de Andalucía ha dejado de ser seguro y ha exigido su inmediata revisión. Qué lastima que, sabiéndolo, no lo hubiese pedido ya este verano. O antes del puente del 12 de octubre. O antes del de los Santos. Pero claro, si lo hubiera hecho los agentes turísticos lo hubieran crucificado, porque el negocio es lo primero. Yo hubiera preguntado a Bonilla: ¿Cuándo cree usted que el Corredor será seguro? Yo respondo: "cuando el próximo Ministro de Transportes, del PP o de Vox, ocupe su despacho y le dé a la palanca de hacer dinero". Porque, además, mucho tiempo después seguirán culpando a los que se han ido de cualquier problema que pudiera haber. Pero, que conste, todos tenemos algo de culpa.

Ha ocurrido que...

En una España que estaba todavía sacudiéndose la caspa del franquismo y saliendo del tercermundismo técnico al que ese régimen la sometió, la inauguración de la primera linea del AVE fue un orgullo tecnológico. Treinta y cuatro años después la Alta Velocidad española acumula una desconfianza que será difícil de superar. ¿Qué ha pasado para pasar de un estado a otro? Muy sencillo, ha pasado España y su negativa evolución como sociedad. Ha pasado creernos nuevos ricos. Ha pasado morir de éxito. Ha pasado creer que eso de bueno, bonito y barato es posible. Ha pasado que el nacionalismo barato sale caro. Ha pasado que queremos ser punteros pero que lo paguen otros. Ha pasado que queremos servicios de primera a precio de saldo. Ha pasado que llevamos años haciendo cosas pensando en dar servicio al turismo sin pensar en los que aquí vivimos. Ha pasado que todo el mundo quiere calidad pero nadie quiere pagarla. Ha pasado que la construcción de las infraestructuras de Alta Velocidad ha sido un negocio para los mismos de siempre, gobernando los dos grandes partidos, y nadie ha pedido fiscalizar. Ha pasado que cuando lo que hemos pagado todos se ha decidido "liberalizar" nadie ha abierto la boca. Ha pasado que nadie piensa, cuando puede hacer un viaje de Córdoba a Madrid en Alta Velocidad por apenas 15 euros, que aquí tiene que haber truco y eso se traduce en riesgos. Ha pasado que cuando cuatro se sientan a la vez en una silla ésta se rompe. Ha pasado cuando en las llanuras manchegas y las campiñas andaluzas alcanzamos los 40° -y eso cada vez ocurre más días y más tiempo-, el acero negro de las vías se pone a 70 °C. Y eso no hay infraestructura que lo resista. Ha pasado que en esta puñetera sociedad todo el mundo se queja, pide, exige, pero nadie quiere pagar impuestos porque cree que los servicios se regalan. Ha ocurrido que después de Angrois (80 muertos) y Adamuz, y una vez pasada la página de la bronca política para enzarzarnos en la siguiente, nadie se vuelve a preocupar. Ha ocurrido que aquí sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Ha ocurrido que todos exigimos máxima seguridad pero montamos el pollo si no me abren las vías para el próximo puente. Ha ocurrido que todos piden responsabilidades políticas pero sólo si los que tienen que dimitir son de "los otros". На dicho Juanma Moreno que el AVE Madrid-Andalucía ha dejado de ser un medio de transporte seguro. Y ha solicitado una inmediata revisión de todas las línea de alta velocidad. Qué lástima que, sabiéndolo, no lo haya dicho durante todo el verano, o antes del puente del 12 de octubre, o una semana antes del de 'los Santos". Pero claro, los agentes turísticos lo hubiesen corrido a gorrazos y, oiga, el negocio es lo primero. Yo hubiera preguntado al señor Bonilla: ¿Cuándo cree usted que el corredor andaluz será seguro? La respuesta la doy yo: "cuando el próximo Ministro de Transportes, del PP o de Vox, ocupe su despacho". Porque, además, cuando eso ocurra podrán durante mucho tiempo culpar de lo que pase a los que se han ido. Pero, que conste, la culpa la tenemos todos.

jueves, 29 de octubre de 2026

Voluntad de Dios

En 1944 se produjo el accidente ferroviario de Torre del Bierzo. Investigaciones independientes estiman que la cifra de fallecidos se situó entre los 500 y los 800. Pero el régimen franquista censuró la magnitud del accidente y sólo reconoció 78. En 1947 explotaron los polvorines de Cádiz, destruyendo gran parte del barrio de San Severiano. Fallecieron 152 personas. La dictadura franquista minimizó el alcance de la tragedia, ocultó negligencias oficiales y fomentó el silencio informativo. En 1959 la rotura de una presa mal construida arrasó el pueblo zamorano de Ribadelago. Murieron 144 habitantes. La mala calidad de los materiales y los fallos estructurales fueron tapados por la justicia de la época. En 1962 se producen las riadas del Vallés, que arrasaron barrios obreros mal planificados urbanísticamente y construidos en zonas inundables con el beneplácito de las autoridades. Más de 700 muertos. Ni una palabra del régimen sobre quienes habían permitido ese urbanismo criminal o sobre los puentes asesinos que bloquearon el agua hasta que reventaron. Era un "desastre natural". Eso lo justificaba todo. Los casos anteriores eran "accidentes". En el franquismo las tragedias colectivas se justificaban mediante una combinación de voluntad divina y la censura de la negligencia, que convertía los fallos del Estado en simples "accidentes" o "fatalidades" inevitables. Actualmente las cosas han cambiado. Afortunadamente. Pero ha cambiado todo. Antes, la culpa no la tenía nadie. Eran "accidentes". Era la "voluntad de Dios". Ahora ya nadie admite que ocurren cosas por accidente. Todo tiene un culpable. Cuando ocurre una tragedia todo el mundo tiene preparado su dedo acusador. Alguien tiene que tener la culpa. Y, lo peor, si ese alguien es el vecino de enfrente, el que no te cae bien, el que no piensa como tú, el diferente, el que no agita tu misma bandera..., mejor que mejor. Y si no la tiene, da igual. Tiene que tenerla y ya está. Y cuando en la ecuación entra el fascismo o cualquier otra irracionalidad totalitaria, entonces estamos perdidos. Para los cristianos todas las "desgracias" ocurridas durante siglos tenían a los judíos como culpables. Y los persiguieron, los expulsaron, los aniquilaron. El nazismo siguió culpando a los judíos. Y a los gitanos, y a los izquierdistas, y a los homosexuales, y a los enfermos... Y los persiguieron, y los aniquilaron. Por eso me hierve la sangre cuando hoy escucho al fascismo culpabilizando a los inmigrantes de todos los problemas. Por eso me hierve la sangre cuando los herederos del franquismo, esos que antes consideraban que las tragedias eran accidentes y productos de la voluntad de Dios y nunca pedían responsabilidad alguna, hoy, cuando los cadáveres están todavía calientes, ya han decidido que el culpable es el gobierno -no les hacen falta pruebas- y convocan manifestaciones violentas frente a una sede política que, si les dejaran, quemarían con sus trabajadores dentro. Me hierve la sangre que determinados políticos pidan dimisiones inmediatas cuando siguen protegiendo a Mazón y compañía, cuando se oponen siquiera a que se investigue la muerte de más de 7000 ancianos en las residencias de Madrid. Me hierve la sangre que tanta gente de la calle se muestre indignada, incluso suelte su lagrimita, mientras reclama conocer a los responsables mientras que en su cabeza y en su boca los responsables ya están señalados y coinciden con los que no piensan políticamente como ellos. Yo también pido dimisiones. Empezando por todos los que van a hacer de esta última tragedia otro campo de batalla para obtener réditos políticos.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Poema

La muerte es sólo una sombra de cara triste
un escalofrío sin motivo, sin miedo, sin fervor
un pobre espectro que se parece a Dios.
A veces, sin embargo,
es tan sólo un silencio sin pasado
sin memoria , sin futuro, sin olor.

Un silencio en que ladran los perros,
esos que nadie conoce
y uno se pregunta quiénes son.

Otras veces se presenta la muerte
como una niebla espesa
que se mete en los ojos,
que destruye la voz
y lo arrincona a uno en ese ángulo
por el que nadie pasa,
hacia donde nadie mira,
donde definitivamente
no habita el abrazo ni el amor.

Pero es raro.
Por lo común la muerte
es solamente un niño solo de cara triste,
un niño sin alma que sale de la noche
y nos sorprende de improviso.
A veces sin motivo, sin miedo ni fervor.
Un pobre niño viejo
que deja caer su mano sobre nuestro corazón.

A todos nos llegará la hora
de verter los sueños en una laguna helada precipitarlos al fondo de un oscuro abismo,
verter las esperanzas en la agonía de saber que todo acaba.

No hay un principio, tampoco un fin.​

Nuestra mente como mercancía.

El que se deja engañar es porque quiere. Nunca antes los mentirosos, los embaucadores, los troleros, han actuado tan a cara descubierta, tan sin complejos, tan convencidos de que hay gente encantada con comprarles sus mentiras. Este liberalismo salvaje lleva décadas sin esconder sus intenciones. Ya en 1981, en una entrevista para The Sunday Times, Margaret Thatcher dijo: "La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma de la gente". Desde los años 70 el capitalismo va de crisis en crisis, cada vez más recurrentes, cada vez más salvajes. Y, sin embargo, es cada vez más despiadado y parece estar cada vez más fuerte. Se cumple el proverbio popular que dice: "Cuanto más viejo es el lobo, más ovejas mata". Habiendo alcanzado los confines geográficos, y cuando se agotan los recursos por exprimir, el mercado ha acabado asaltando lo más inabarcable de la vida: la mente humana. Han aprendido a destilar como mera información comercializable todo aquello que nos define como personas. Y eso lo en mierda todo. Ahora almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Amontonamos imágenes que nunca veremos ni recordamos haber tomado. Acumulamos "amigos" y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración. Pero esto era inviable sin una radical metamorfosis de nuestras formas de pensar y actuar. La gran revolución de estas últimas décadas ha consistido en que nuestra propia vida interior y relaciones interpersonales se han convertido ellas mismas en mercancías para que los gurús tecnológicos ganen fortunas. Hasta nuestro propio deseo se canaliza a través de su mercantilización; de ahí que se hable ya de capitalismo libidinal, que actúa, a nivel psíquico, como un gran generador de estímulos artificiales que nos aturden y alinean. Nuestra mente, transformada en mercancía, desvía nuestro interés de lo profundo a lo superfluo. Y lo hace desbordando las fronteras necesarias para la autorregulación de los deseos, demoliendo dos valores esenciales de la persona: la paciencia y la atención. La mercancía ya no es útil para la persona, sino que la persona es útil como mercancía. Esto nos conduce al exhibicionismo extremo Nos exhibimos a nosotros mismos y, de paso, a todos los que nos rodean: hijos, padres, amigos. Desfilamos en innumerables escaparates digitales y abrimos nuestra vida hacia el exterior mientras la cerramos hacia el interior. Y ahí está el problema, en que cuanto más nos descubramos como mercancía ansiando la mirada ajena, más se nos olvidará mirar en nuestro interior. Por eso hablo para los sordos si digo que, con ello, perdemos la memoria del vuelo grácil de la infancia, un temblor ante los aires ábregos en el descubrimiento de la fraternidad humana.

martes, 27 de octubre de 2026

Se ha perdido el respeto a la autoridad

Escucho una de esas eternas tertulias en las que, a partir de unas imágenes, varios titulares sesgados en distintas direcciones, las declaraciones de portavoces políticos de probada indecencia moral y la contribución de unos tertulianos que creen saber de todo pero, en el fondo, sólo son ecos de su credo ideológico, se destripa un problema para llegar a una clara conclusión, a ninguna y a la opuesta a la primera, todo a la vez. Hablan de la violencia vivida en las últimas algaradas disfrazadas por algunos de manifestaciones. Entre estúpidas teorías, certezas sin base alguna, soplapolleces varias, dimes y diretes, se llega a la conclusión de que hay más responsables de la violencia que tertulianos y que aquellos se reparten según su filiación ideológica, de la misma manera que la adscripción partidista de los opinantes. Al final me hicieron llegar a la conclusión de que la culpa de la violencia la tenía la izquierda radical, la derecha radical, Pedro Sánchez, el tándem Feijoo-Abascal, los "podemitas", los agitadores ultras, la policía infiltrada, los excesos policiales, la inacción policial, los sindicatos, algunos medios de comunicación, los inmigrantes, los concentrados en Sol, la falta de mano dura, Rusia, Israel, China, el ejemplo francés, la ignorancia, las redes sociales, David Broncano, Ayuso, Irene Montero, Lamine Yamal y un señor de Murcia que pasaba por allí. Entre tanta opinión para ganarse el jornal y asegurarse futuras peonadas mediáticas -aunque algunos todistas disfrutan de su papel de paladines de su caballo ideológico- logré escuchar algo sensato de un entrevistado: "el problema es que se ha perdido el respeto a la autoridad". Creo que hay mucho de verdad en ello. Como creo que el problema no es nuevo. Como creo que está creado por la propia sociedad. Como creo que muchos, en distintos ámbitos, han contribuido a agrandarlo y abonarlo. El problema de la pérdida de respeto a la autoridad se inicia en el núcleo familiar, sigue en los sucesivos ámbitos que frecuenta el individuo, empezando por la escuela, y va madurando con la crisis de los roles adultos en la sociedad actual. Sin embargo, el peor episodio de este proceso es el que se da en la escuela. El respeto hacia las normas y los profesores debe inculcarse primero en el hogar. Pero si los padres cuestionan sistemáticamente al docente o no apoyan las decisiones de la escuela, el menor tiende a desafiar esa autoridad. Muchos padres no entienden que sus príncipes y princesas no pueden seguir siéndolo cuando se tienen que integrar en una comunidad y cumplir sus normas. Vivimos en una cultura donde se han desdibujado los límites y a muchos adultos les cuesta ejercer su rol de guía o decir "no". Y esto causa estragos en la escuela. Ésta tiene como misión enseñar, guiar, porque de educar deben ocuparse los padres. Pero, a veces, la familia, lejos de educar, maleduca: práctica la hiperprotección, crea seres caprichosos, incapaces de ser responsables, tiránicos, desconocedores de cualquier mínima norma y disciplina, exigentes con otros pero no consigo mismos, seres a los que nadie ha enseñado el valor de la paciencia y el esfuerzo y que se rigen por la inmediatez y la gratificación inmediata. Llevamos años viendo cómo las aulas son el reino de la falta de respeto hacia los docentes: se ignora su presencia, se desoyen sus indicaciones, se les trata con malos modos, se les insulta, se les desafía o graba para viralizar el contenido, se les agrede... Y, todo ello, sin apenas ninguna consecuencia. ¡Nunca pasa nada! Y, casi siempre, con el apoyo de los padres. Hoy las aulas son un reflejo de tensiones sociales más amplias, como la polarización, la crispación, la normalización de la agresión verbal, la aceptación social de la mentira, el ataque despiadado al que te incomoda, la influencia descontrolada de las redes sociales... A lo mejor sus profesores podrían decir mucho de esos jóvenes que vician un derecho cívico para practicar la violencia, asaltar y robar comercios y, si pueden, se echan unas risas con los seguidores en redes.