A muchos votantes de las derechas les parece obvio que la "prioridad nacional" les servirá para mejorar su situación; para, sin demostrar mérito alguno, adelantar en la cola a todos los inmigrantes, pues de eso se trata, de despojarlos de la categoría de personas y colocarles el distintivo de discriminados por ley. Estos votantes ilusos se equivocan doblemente. Por un lado porque esperan "heredar" ayudas, prebendas y privilegios que la derecha adjudica a los inmigrantes pero que en realidad no existen. Por otro lado porque nadie les dice que, de heredar algo, lo harán en las mismas miserables condiciones con las que lo "disfrutan" esas personas. Por ejemplo, ¿creen estos ilusos que podrán ocupar los trabajos que desempeñan los inmigrantes (nadie se lo impide ahora) pero eliminando las condiciones de precariedad y explotación laboral que los caracterizan?. La "prioridad nacional" es un nuevo bosque para que los ilusos no vean los árboles que la derecha tala. Sus partidos, da igual Vox, PP o Junta, basan su estrategia en acusar al más vulnerable de todos los problemas que ellos provocan con sus políticas de recortes de servicios públicos, sus bajadas de impuestos a los más ricos allá donde gobiernan y sus discursos de odio. Su reclamo electoral es la bajada y eliminación de impuestos sin explicar que, para cuadrar las cuentas, han de pasar las tijeras por todas las partidas presupuestarias que sostienen el estado del bienestar. Mientras, en paralelo, ayudan a fondos de inversión y élites económicas a ganar cada día más a costa de mermar los servicios públicos. Y en ese contexto aparece su estrategia de "prioridad nacional". Primero adelgazan el estado del bienestar todo lo que pueden allí donde gobiernan: recortan plazas y profesorado de la educación pública, degradan las condiciones de trabajo en la sanidad pública, recortan el presupuesto en ayudas de ualquier tipo, al estudio, al cuidado de personas dependientes, a la investigación… Porque, a ellos, los "nacionales" pobres les importan una mierda. Sólo hay que ver cómo votan sistemáticamente "no" a todas las medidas destinadas a ayudar a las familias a reducir el impacto de las subidas de precios, a la subida de pensiones, de salarios, de ayudas al alquiler
Vivir es intentarlo infinitas veces
domingo, 26 de abril de 2026
viernes, 24 de abril de 2026
•Cristofascistas
La ultraderecha habla mucho de nuestras tradiciones. Por supuesto, ellos deciden por todos cuáles deben ser. Y algo en lo que insisten con frecuencia es en que nuestras tradiciones son esencialmente cristianas. Pero el cristianismo de la extrema derecha es de lo más selectivo. Se salta aquello de ayudar a los necesitados, de ser misericordiosos y de amar al prójimo. Es más, se salta prácticamente todo el Evangelio. Porque no es el mensaje de Cristo lo que interesa a los ultras, ni el cristianismo como sistema moral. Lo que les pone de verdad es el papel que ha desempeñado el catolicismo en la creación de regímenes de exclusión, jerarquización y opresión. Les encanta esa tradición cristiana que decide quién pertenece al grupo y quién está fuera, que establece o legitima jerarquías sociales, que disciplina moralmente al personal, coloca a la mujer "en su sitio" y persigue a los "disidentes", sean estos homosexuales, pro abortistas o partidarios de la eutanasia. El cristianismo de la ultraderecha es el de Torquemada y los carlistas. Es catolicismo de penitencias, castigos, hogueras, infiernos y deportaciones, salpicado con un poco de folklore: comuniones, bodas, bautizos, romerías y pasos de Semana Santa-. Quizá por eso ahora se han pasado de frenada y han chocado hasta con los obispos por aquello de la "prioridad nacional". Su secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal ha pedido "prioridad de Evangelio" frente a la "prioridad nacional" que propone Vox. Y ha asegurado que la Iglesia "no estará nunca" de acuerdo con medidas que traten de "excluir o anular al otro". Es igual. Los cristofascistas están abrazados al catolicismo de Torquemada y Teresa de Ávila, de la Inquisición y de los místicos a los que nunca han leído ni entendido. Su cristianismo es el de dictadura teocrática llamada nacionalcatolicismo, la que fundió la cruz y la espada para justificar una guerra civil. Para los nostálgicos del régimen, el Papa Francisco no era más que un marxista con sotana y creen -con Trump- que León XIV también les ha salido rana. La extrema derecha española ha llegado incluso a acusar a la Iglesia de lucrarse cuidando a migrantes. Ahora su fervor está del lado del dirigente genocida de Jerusalén que dice tener las escrituras del Gran Israel, firmadas por el de arriba con la sangre de sus enemigos. Esta gente lee los Evangelios por los bordes, a través, en diagonal, seleccionando palabras hasta que acaban diciendo exactamente lo que quieren que diga. La fe de esta gente, como la de Ayuso, vive en el barrio de Salamanca, en think tanks neocons, en podcasts de la fachosfera y en la teología política de los nuevos libertarios: esos que han revelado que Dios es, después de todo, un partidario del libre mercado y que la principal bienaventuranza comienza diciendo: "Bienaventurados los ricos..." Es lo que tiene despreciar a los Papás comprometidos, a los curas de barrio que se toman en serio la doctrina social. Desprecio por quienes hacen voluntariado en Cáritas o en Cruz Roja, por quienes hacen lo que el Sermón de la Montaña, leído sin filigranas, manda hacer. Ellos se cuelgan la cruz lo mismo que se adornan la muñeca con la banderita: sin importarles en absoluto el significado real del símbolo. Su cruz es un signo identitario, un adorno ideológico, la insignia de los que han decidido que su equipo ganó y que ahora el símbolo les pertenece.
jueves, 23 de abril de 2026
•Leer para vivir
Esto tenía que haber ido ayer, día del libro. Pero en vez de escribir me dediqué a leer. Leer con gusto, es decir, despacio, sin prisa, palabra a palabra, degustando cada frase, cada verso, saboreando cada uno de los componentes tan variados como heterogéneos que los componen. Suele decirse que los libros son "ventanas al mundo". Pero seamos sinceros: a veces el mundo está tan feo que lo que uno quiere es, precisamente, cerrar la ventana y refugiarse en ellos. Los libros, los de papel, poseen inverosímiles cualidades: no hay que cargarlos, no necesitan batería, no se quedan sin cobertura ni necesitan wifi y, si se nos cae al suelo, no se romperá la pantalla de cristal líquido. Los libros son como escafandras que nos ponemos para bucear en las aguas más o menos turbias, más o menos claras, de nuestras vidas. Pero, también, son alas que nos ayudan, a veces, a remontar el vuelo de una existencia un tanto arrastrada. Sólo les veo ventajas. La lectura cultiva el silencio. Grito y lectura son incompatibles. En una sociedad, especialista en ruidos como la nuestra, leer significa silencio, tranquilidad, paz. La lectura cultiva la soledad deseada. Leer es una decisión personal que exige quedarte solo ante el libro. En un mundo donde se lleva el grupo, el gregarismo, leer es aprender a estar solo, a ser autónomo, a no depender de nadie. La lectura es desinteresada, no exige nada. Leer es una actividad cordial y generosa. Un obsequio del corazón que no pide nada, que no exige nada. El premio de la lectura empieza y termina en uno mismo. Por leer no nos dan dinero, no facturamos. No nos dan diplomas, ni títulos, ni nos rebajan las hipotecas. Pero sabemos que al leer usamos nuestra inteligencia emocional por propia voluntad, sin que nadie nos obligue a hacerlo. Silencio, soledad, autonomía y cordialidad. He aquí las llaves que nos abren de verdad la puerta de los libros. Una vez abierta, lo que cada uno encuentre en ellos es algo que sólo le servirá a él mismo. Si el libro os ayuda a comprender el mundo o entenderte a ti mismo tras una mirada introspectiva, será un gran aliado. Sí te cura la melancolía, bienvenido sea. Si te ayuda a entender mejor a tu vecino, mejor que mejor. Y si solo te sirve para calzar una mesa coja, al menos habrá servido para dar equilibrio a vuestra casa. Lástima, como decía Umberto Eco, que el mundo esté lleno de libros preciosos que nadie lee.
•Prioridad nacional
Ahora parece que esto va de prioridades. Pero sólo mencionan las que sirven de señuelo para atraer el voto y "pillar cacho" en el reparto del poder. Ese que, al final, se traduce en beneficio económico. Para ellos. Esto no es nuevo. La prioridad nacional del nazismo fue el establecimiento de una comunidad racial pura y la conquista de espacio vital. Esto se basaba en la supremacía aria, el antisemitismo, el expansionismo militar -y, por tanto, la guerra- y la creación de un estado totalitario para convertir a Alemania en la potencia dominante. Las consecuencias las conocemos todos. La "prioridad nacional" es el nuevo eslogan de Vox, comprado por el PP. Vox nunca ofrece nada positivo. Sus propuestas, simplemente, se oponen a algo. Tienen una agenda antiecológica -basada en negar el cambio climático-, antifeminista, antihomosexual, anti violencia de género, anti niños inmigrantes, antiaborto, antieutanasia, antidiversidad... Se inventan lobbies gay, maltratadas de pega o una agenda verde de Bruselas que arruina a los agricultores de toda la vida para ser creíbles. Así consiguen atrapar el voto de una ciudadanía que ve como colapsa su rudimentaria moral posfranquista sin saber adaptarse, que anhelan volver a un mundo que ha dejado de existir y abren la puerta a otro, distópico, que los machacará. Del mundo de la ética y la moral nacional católica, la ultraderecha ha pasado al eje del bolsillo y la calidad de vida. Es muy sencillo: "La culpa de que a la gente le vaya mal no la tiene el capitalismo salvaje, ni las grandes corporaciones, ni los fondos buitre, ni los empresarios sin conciencia social, ni las políticas austericidas, ni los grandes defraudadores... No, que va. Le echan la culpa del empobrecimiento a los más desfavorecidos. El extranjero "nos roba". O delinque. O cambia los paisajes castellanos de España. O pretende reemplazarlos. Pero su preocupación por los afectados nacionales queda desmentida cuando se dedican a machacar los servicios públicos. Sorprende que la propuesta de VOX sea limitar los beneficiarios del estado del bienestar por razón de raza, papeles, cultura o nacionalidad, en lugar de trabajar en aumentar y mejorar el maltrecho estado del bienestar, reparar las grietas de la desigualdad o luchar contra el turbocapitalismo desbocado que crea pobreza y multiplica la emigración. Muchos están comprando la idea de "los españoles primero", pero no saben que las prioridades no se acaban ahí. Después viene también eso de los hombres primero, los heterosexuales primero, los empresarios primero, los ricos primero, los evasores, primero, las clases altas primero, los ultraconservadores primeros, los agresores de las mujeres primero, la moral católica primero, los antiabortistas primero, los antieutanasia primero, lo privado primero. Y, sobre todo, ellos primero.
martes, 21 de abril de 2026
•Cadenas ¿del váter?
Quien bautizó a la tele, allá a finales de los cincuenta, como “caja tonta” no podía llegar a imaginarse lo idiota y lo tonta que iba a volverse la cajita. Entonces, todavía se pensaba que la televisión podía ser un buen instrumento educativo, una academia pública y gratuita, una ventana abierta al mundo. Sin embargo, los que realmente mandan se olieron el peligro de inmediato y transformaron el excelente instrumento educativo en una zambomba, convirtieron la academia en una jarana y abrieron la ventana a un retrete inmundo. No es nostalgia, pero recuerdo cuando encendías la tele y podías ver a José Mª Rodero interpretando el "Calígula"de Camus, una entrevista a Marguerite Duras o a Olof Palme, Severo Ochoa o Fernando Arrabal en un debate de "La Clave". Uno podía ver jazz en directo o variadas actuaciones musicales: de Duran Duran a Tina Turner; de Iron Maiden a Communards, pasando por los grupos de "la Movida" o el cantautor Franco Battiato. Programas como "Conciertos para jóvenes" con Leonard Bernstein y la Filarmónica de Nueva York; "El hombre y la tierra", de Rodríguez de la Fuente; "A fondo", con Joaquín Soler Serrano; "Cosmos", de Carl Sagan; o "Jazz entre amigos", son inimaginables en la tele actual. Aprendíamos a la vez que disfrutábamos, no como ahora, que basta hacer un recorrido por la parrilla (de Ferreras a Motos y de Iker Jiménez a Ana Rosa Quintana) para perder de golpe veinte puntos de cociente intelectual y preguntarse si habrá vida inteligente en la Tierra. Gracias a este interminable descenso hacia el abismo de la idiocia, el impresentable Nacho Abad llegó el otro día a la fosa de las Marianas de la estupidez, una fosa séptica en la que organizó un "debate" entre un dermatólogo y un entrenador de fútbol. Versaba sobre la incidencia del sol en el cáncer de piel. Al lado de esto, una discusión sobre física cuántica con el principal tonto del pueblo es una mierda pinchada en un palo. Resulta hipnótico contemplar la convicción con que el entrenador -que cree que el universo es una palangana- defendía que África y Asia no existen, mientras rechazaba las afirmaciones del médico con el principal argumento de los ignorantes que, además, son imbéciles: "¡Es mentira, es mentira, es mentira!". Vale que los tontos tengan voz, pero tampoco hace ninguna falta que tengan un megáfono. En todo caso, en referencia a la tele y la radio, ahora entiendo por qué se habla de "cadena". Es un nombre que le va muy bien, por los grilletes que impone a la inteligencia y por el váter. En fin, que la Tierra no es plana pero el encefalograma de mucha gente sí.
•Milei
Cuando el fascismo alcanza el poder, inmediatamente se hace evidente que el relato avanza por un lado y la realidad social por otro. Lo vemos en la Argentina torturada por Milei. Al principio le bastó una promesa sencilla, brutal y eficaz: soportar para salir del pozo. Es la pedagogía del sacrificio. Aguantar la reducción de ingresos, la poda del gasto, la demolición de lo público, con la expectativa de una recompensa futura. Es un contrato precario basado en falsedades, como demuestran los datos no manipulados. Tras más de dos años de gobierno la inflación interanual continúa en el 32,6%, machacando así la principal promesa de Milei. Los precios regulados subieron en marzo el 5,1%. Milei mismo reconoció en estos días "problemas económicos" y pidió "paciencia". Pero, claro, pedirle paciencia tras más de dos años de gobierno a una sociedad exhausta, asfixiada por la inflación y con bajos salarios y una falta de trabajo alarmante, resulta cínico. En febrero, la industria manufacturera cayó un 8,7% interanual. La tasa de desempleo creció casi un 10% en el último cuatrimestre de 2025. Cae el consumo. El "CIS" argentino señala que el 41,3% de las familias no llega a fin de mes; apenas el 15,3% afirma que puede ahorrar. Entre las principales preocupaciones aparecen también aquí los bajos ingresos, la pobreza y -cómo no- la corrupción. Milei ganó prometiendo "dinamitar la casta, exponer a los privilegiados, barrer con los acomodos". Pero lo único que ha hecho la corrupción es cambiar de bando, liderada por su propia familia y sus amigos. Mientras, Milei sigue despilfarrando el dinero de los argentinos viajando "de gorra" por todo el mundo para apoyar a políticos ultras, participar en aquelarres fascistas, besarle el culo a Trump o apoyar públicamente al genocida estado de Israel. Así, mientras en muchos barrios y pueblos argentinos se pasa hambre; mientras otros se ven obligados a comer carne de burro; donde tanta gente pasa enfermedades sin poder medicarse... el mandatario se dió un paseíto por Jerusalén para participar, junto al genocida Netanyahu, en la ceremonia por el Día de la Independencia de Israel, donde destrozó a gritos el hermoso tema 'Libre" de Nino Bravo. Es decir, volvió a ensuciar y prostituir el término "libertad". La libertad de Milei, Ayuso, Trump y "Cía" es una concepción miserable y caprichosa que sólo busca levantar un falso decorado para servir a una facción social e ideológica en lugar de ser un valor universal, beneficiando a los privilegiados y no a la sociedad en general. Esa que sigue sufriendo.
lunes, 20 de abril de 2026
•Un niño malcriado
Nunca he creído que EE.UU. haya sido jamás una verdadera democracia. Cómo puede serlo un país que mantuvo leyes de segregación racial hasta los años 60 y que todavía hoy sigue segregando socialmente. Un país que desde su creación ha vivido de las guerras, en muchos casos de exterminio. Un país que invade otros países cuando le viene en gana, que promueve y ejecuta guerras ilegales, que ha promovido golpes de estado, apoyado a sangrientas dictaduras, secuestrado o asesinado a líderes políticos extranjeros... Un país que no reconoce a la corte penal internacional, que muestra una creciente falta de respeto a los derechos humanos, que mantiene un apoyo incondicional a un estado genocida. Un país que mantiene centros de detención arbitraria e indefinida, como Guantánamo. Que mantiene la pena de muerte, que aplica inhumanas políticas anti inmigración, que se niega a aprobar leyes que evitan constantes actos de violencia con arma de fuego, que tolera la discriminación y la violencia contra las personas LGBTI, permitiendo incluso que la legislación contra ellas persista. Es, además, una sociedad bíblica tradicionalista, una sociedad en la que prima la venganza sobre la justicia, la violencia, el ojo por ojo, incapaz para la piedad. Una sociedad que lleva décadas promoviendo cazas de brujas contra los disidentes, persiguiendo policialmente a quienes defienden la democracia, la libertad y los derechos humanos, que habla de los que piensan o sienten diferente como enemigos a batir. Una sociedad que lleva años desprestigiando a quienes se dedican a la cosa pública y ensalzando a quienes no pagan impuestos o directamente roban. Un país donde, en los años 80, Isaac Asimov lamentaba su “cultura de la ignorancia”. Sólo así se puede entender que una sociedad confíe el gobierno a un tipejo del calibre de Donald Trump, un hombre que se cree enviado por Dios para retrotraer al mundo al tiempo de la Peste Negra. Un gobernantes de poca formación y menos escrúpulos. Una sociedad que ha elegido como su máximo mandatario a un verdadero loco, un malnacido, un loco de libro sin conocimiento diferente al de los ceros de las cuentas corrientes. El pueblo yanqui eligió hace un año y medio a un palurdo, a un canalla, a un ignorante de tal calibre, a un ególatra de tal tamaño que amenaza con destruir todo lo que toca. Los pueblos no son inocentes, tienen la obligación de informarse, de conocer, de saber en quien depositan su confianza. Son los únicos responsables de las calamidades que su decisión acarree. No sirven las rectificaciones, ni las disculpas, ni los "yo no sabía", porque todo el mundo, todo el que quiso, sabía que Trump era un perfecto canalla, un tipo sin escrúpulos, un niñato que ni sabe de política ni de derechos humanos, un salvaje malcriado.