Una conocida de 80 años, móvil en mano,e interpela sobre "eso que quiere hacer Sánchez de prohibir que los jóvenes tengan móvil para que no puedan informarse". Esta persona tiene serias dificultades para manejarse con las funciones básicas de su smartphone. No sabe mandar o leer un Whatsapp, hacer una búsqueda de Google, encontrar la galería, modificar un solo ajuste y apenas acierta a encontrar a alguien en la agenda o contestar con prontitud a una llamada. No entiende este nuevo mundo y necesita una continua tutela digital. Aunque, me temo, que los mismos que se la prestan también tutelan sus ideas a través de las torticeras y sectarias explicaciones que de la actualidad política le dan. Ante la pregunta me limito a explicarle de qué va eso de las redes, poniéndole el ejemplo de Twitter, "o X como lo llama su dueño, Elon Musk, el hombre más rico del mundo", le digo. "Twitter -continúo- es como un foro que te permite casi gratuitamente interactuar con todos los demás usuarios, enviando y leyendo mensajes de texto cortos, incluir imágenes y vídeos. Vamos, un gigantesco patio de vecinos, el paraíso del chismorreo. Una mezcla entre radio macuto, la ventana indiscreta y el debate de la Isla de las Tentaciones. Un lugar de barra libre de mensajes, opiniones, comentarios...". 'Entonces -me dice- como en todo patio, se oirá más a la que más grita, a la más arrabalera, a la que parece que tiene menos que hacer..., y habrá muchas peleas". "Pues sí -le contesto- lo peor es que ese patio tiene un dueño, que impone las normas, decide quién puede y quién no puede hablar y dirige los temas de conversación. Al final, esta X es un lugar pensado para amplificar los discursos de odio y la polarización y donde un factor manipulador llamado algoritmo promueve a la extrema derecha sin ningún filtro ni moderación. Ahora, además, sabemos que la inteligencia artificial de X (tuve que hacer un inciso para explicar eso) favorece la sexualización de niñas y promueve el acoso o la pedofilia. Y termino diciéndole: En general las redes, todas, presentan peligros: exposición a contenido tóxico, ciberacoso, difusión de desinformación y bulos y el riesgo de infectarse con virus a través de enlaces maliciosos. Su uso excesivo, además, se asocia con ansiedad, depresión, problemas de autoestima, autoimagen, cognitivos y trastornos del sueño". "Por Dios -me dice-, esto no tiene nombre". "Sí -le digo-, se llama Enshittification, que se traduce como mierdificación, y es la reducción de la calidad de los contenidos de una red hasta convertirse en... en una auténtica mierda. Y, por cierto, cuando te digan que el móvil sirve, al menos, para aliviar la soledad de los mayores, que sepas que según un reciente estudio el tiempo que pasamos interactuando con amigos o familiares en la red se ha desplomado en los últimos años. A todas las edades". Tras ello depositó, con asco, el móvil sobre la mesa. Pero dejándolo al alcance de la mano. Por si acaso.
Vivir es intentarlo infinitas veces
viernes, 6 de febrero de 2026
jueves, 5 de febrero de 2026
Musk, Durov, iros a la mierda
Corría el año 2007. Durante la sesión de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana en Chile. Hugo Chávez atacaba al expresidente José Mª Aznar, llamándolo fascista. Zapatero defendió la legitimidad de Aznar y pidió respeto, pero Chávez continuó interrumpiendo. El hoy rey emérito se dirigió entonces a Chávez, de manera poco diplomática, y le espetó el ya famoso ¡¿Por qué no te callas?! Ay, qué tiempos aquellos cuando había españoles que defendían a otros españoles de la mala educación y los insultos de un extranjero, aunque no coincidiesen ideológicamente con ellos. No han pasado veinte años y ahora los españoles que presumen de patriotas, no sólo no defienden, o por lo menos afean y censuran las formas, sino que aplauden y se suman a los ataques que un sociópata salpicado de escándalos dirige hacia el presidente de su país. Lo mismo hace la "prensa patriótica": utilizar los insultos del tecnofacha como palanca para seguir su campaña total contra Sánchez. Por eso, para compensar la balanza, tenemos que echar mano de los comentarios que sobre el tema hacen los extranjeros sin interés directo sobre el tema. Gente diversa, muy diversa y poco sospechosa de intereses partidistas en el tema. Así, el rector de la Universidad de Oxford, William Hague, ha dicho al respecto: "Las redes sociales se están volviendo incompatibles con un sistema democrático saludable". Hague es, además, una figura histórica del Partido Conservador británico. ¡Cuanto tiene que aprender la derecha española! Salvo que su su carácter democrático sea solo una pose. Otro británico, David Pearce, un prestigioso filósofo, respecto a los insultos de Musk ha dicho: "El primer ministro español, Pedro Sánchez, fue elegido democráticamente. No es ni un tirano ni un traidor. Las redes sociales tradicionales están inundadas de desinformación y provocación". El ex primer ministro de Francia, Gabriel Attal, ha dicho que Francia fue pionera en la protección de los menores frente a la influencia de las redes sociales, y que España sigue ese mismo camino. Recalcó que la salud de los niños no puede convertirse en moneda de cambio para ningún país, sin importar la presión de los gigantes tecnológicos". Por otro lado, Martina Navratilova, icono del tenis femenino y activista de la lucha por los derechos de las mujeres y las personas homosexuales a lo largo de su vida, por lo que ha sido ridiculizada, insultada, acosada y vejada en redes durante años, se ha limitado a compartir las declaraciones de Sánchez, añadiendo un escueto: "Bravo!!!!". En fin, resulta tan ridículo como cínico que un tipejo como Musk, que respaldó al partido ultraderechista Alternativa para Alemania y va por ahí haciendo en público el saludo nazi, acuse de "fascista" al presidente español, con el apoyo del ultraderechista Abascal. También Pavel Durov, cofundador de Telegram, ha atacado a Sánchez, advirtiendo en un mensaje a los usuarios de esta red, que las regulaciones que pretende impulsar el Gobierno de España "amenazan" sus "libertades en internet" y se pretende convertir el país "en un estado de vigilancia bajo el pretexto de protección. Yo, haciendo uso de mi libertad en internet, he respondido amablemente al mensaje no solicitado de Durov, diciéndole: "Sin conocerme de nada, ¿quién coño te crees tu para considerar que tienes derecho a meter tus narices en mi vida mandándome un mensaje? Y he acabado aconsejándole sobre en qué conducto interno de su anatomía podría alojarlo. Eso sí, sin actitud.
No sabemos ser ricos
Al problema de la falta de memoria se une el de que no sabemos gestionar "ser ricos". Uno recuerda cuando sólo había un plato en la mesa y una fruta. Cuando merendábamos pan con aceite y azúcar. Cuando una jícara de chocolate, de vez en cuando, era un regalo y un helado o un pastel un lujo. Cuando no hartarnos de comer nos hacía delgados y bajitos. Cuando los pantalones -sin marca- llevaban rodilleras y los jerseys coderas. Cuando mucha ropa era heredada de nuestros hermanos y hacíamos la comunión con el traje de nuestros primos. Cuando casi nadie llegaba a fin de mes, a veces ni a fin de día, porque todo eran estrecheces. Cuando la sala de juegos era tu calle y ésta era tu casa. Cuando tus vecinos eran una extensión de la familia porque solían estar ahí para lo que hiciese falta cuando las carencias venían, que era muy a menudo, porque hoy por mi y mañana por ti. Cuando no éramos clase media, cuando casi todos comíamos lo mismo porque no había otra cosa, cuando no teníamos envidia porque las casas del barrio -menos las de cuatro gatos- eran casi todas iguales, con las mismas carencias, con el mismo frío, con las mismas goteras, con la despensa semivacía, con las orejas llenas de sabañones, los calcetines zurcidos y los zapatos rozados. Cuando éramos así de poca cosa, pero éramos también muchísimo más generosos, comprensivos y solidarios porque siempre se dependía de alguien. Sin embargo, conforme más tenemos, más egoístas somos, más avariciosos, más insolidarios, más clasistas, más brutos, más ignorantes, sin más ambición que tener más coches, más autos, más trajes, más mierda.
Oponerse a lo que te beneficia
Hemos llegado a tal punto de idiocia que mucha gente, por razones de seguidismo ideológico, se opone y brama contra medidas que concuerdan perfectamente con sus valores. Lo estamos viendo a cuenta del anuncio de Sánchez de que prohibirá en España el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. A partir de ahí, la derecha y sus más acérrimos seguidores -de nuevo- se han envuelto en la falsa, falsísima bandera de la libertad para oponerse frontalmente a la medida, atacar groseramente a quien la propone y alinearse con una mamarracho extranjero que le insulta porque podría afectar a su jugoso negocio. Pero, seamos serios y apartemos del análisis las cuestiones ideológicas. Como profesor llevo años advirtiendo de los estragos que las redes están causando en los más jóvenes: ansiedad, irritabilidad, adicción, depresión, trastornos del sueño, baja autoestima, pérdida de atención, deficiencias cognitivas, bajo rendimiento académico, problemas de carácter... Sólo esto -que muchos padres saben y sufren- debería ser suficiente para estar a favor de tomar medidas. Pero es que, además, cualquiera que tenga un smartphone puede comprobar que las redes sociales son un apestoso sumidero de desinformación, manipulación, bulos, incitación al odio, ataques personales intolerables, acoso, amenazas y chantajes, introducción a la ludopatía, pornografía de todas clases... Cualquier persona normal sabe perfectamente que estas figuras son en la mayoría de los casos claros delitos penales que serían perseguidas de oficio si no estuvieran inscritas al mundo digital. ¿Por qué oponerse entonces a que también lo sean en éste? ¿Quizá sea porque los dueños de las redes ya han conseguido manipular nuestra forma de percibir la realidad haciendo que aceptemos situaciones que dañan a la sociedad pero engordan sus cuentas corrientes? Sin embargo, prohibir el acceso a redes es como ponerle puertas al campo, salvo que se materialice la correcta identificación de los usuarios. Y eso indigna a los fanáticos de la supuesta libertad. Los mismos a los que no les importa que las grandes empresas digitales sepan de ellos en cada momento dónde están, qué hacen, que gustos tienen, que compran, que leen, cuáles son sus ideas y hasta cuál es la marca de papel con la que se limpian el culo. La razón de la indignante impunidad en redes, con su lógico efecto contagio, es el anonimato que predomina en ellas. Y este es el asunto vertebral que habría que corregir si de verdad se quiere conseguir que se expulse de ellas a los delincuentes que las utilizan para delinquir. Así que si no se quiere prohibir, la única solución al problema sería establecer la obligación de que todos los usuarios de las redes estén fidedignamente identificados. En Australia, está medida ya ha obligado a Meta, por ejemplo, a eliminar cerca de 550.000 cuentas en sus redes en sólo unas semanas, lo que demuestra la magnitud del problema. ¿Están dispuestos los gigantes digitales a soportar esta sangría de usuarios y beneficios? Claramente, no. Eso explica la virulenta reacción de Elon Musk, recurriendo al insulto, o la del dueño de Telegram enviando un mensaje manipulador a todos sus usuarios. Ellos tienen el poder. Y la gente salta cuando ellos lo mandan, aunque ellos contribuya a dañar la personalidad y salud mental de sus propios hijos. ¡Qué servilismo! ¡Y qué triste!
miércoles, 4 de febrero de 2026
Tecnofachas
Dice Sánchez que hay que actuar contra los delitos en las redes sociales. ¿Pero qué dice este hombre? Qué pasa ¿que los robos de datos, el estímulo del odio, la xenofobia, la violencia machista, la pornografía infantil..., va a resultar que son ahora delitos?. El problema es que se ha dejado actuar a los fachotecnócratas y nos han comido la tostada. Y ellos ha pasado por una dejadez absoluta de las instituciones, una paleta fascinación por la infinitud virtual y ese simulacro de libertad, tan falso como patético, que tanto gusta a la ultraderecha y acompleja a las democracias. A las plataformas tecnológicas y a los dueños de las redes sociales se les ha dejado hacer negocio desde el mismo día de su nacimiento; sin leyes, sin normas, sin valores, sin democracia, sin límites. Y lo han hecho a costa de todos nosotros. Y ahora nos lamentamos, porque comprobamos que sólo ganan ellos y el mundo es un lugar mucho peor para una inmensa mayoría. La ultraderecha europea, que presume de patriotismo pero se somete al vasallaje trumpista actuando de lamebotas, han sido los primeros en rasgarse las vestiduras en un nuevo aquelarre fascista. Santi, que es vago hasta para copiar nuevas ideas, ha recurrido, como con la educación sexual en los colegios, a decir que el Gobierno quiere adoctrinar a nuestros hijos suplantando a las familias. Feijoo, de momento, no ha dicho nada. Posiblemente porque le han soplado que algunas encuestas dicen que más del 80% estarían de acuerdo con el control. Pero dadle tiempo. Bastan tres segundos después de que hable Ayuso
Chat promoción
Con la que está cayendo - y la que nos va a caer- deberíamos de abandonar el estéril campo de batalla del enfrentamiento de opiniones -que, al menos para mi, no son lo mismo ni tienen el mismo valor que las ideas-, pues en él solo fructifica la tirantez vital (ya no soporto el término crispación. ¡Me crispa!). Soy más partidario del "vive y deja vivir" que del "sacarse las tajadas". Del aceptemos que "ca' cual es ca' cual" y allá cada cual con sus opiniones. En materia de opiniones sólo hay dos cosas que me "incomodan": que alguien intente meterme con calzador y sin miramiento una opinión que no le he solicitado; y que aquellos que se pasea públicamente, de micrófono en micrófono, diciendo todo lo que le viene en gana terminen diciendo que "no hay libertad de expresión". Me parece ridículo. Por eso creo que hay que dejarse de duelos de opiniones y reivindicar las frases absurdas (o no) como medida de higiene mental y mejor arma frente a la irracionalidad que nos domina. Quizás sea la única manera seria de relajar el ambiente.
Aquí dejo varias propuestas. Algunas seguro que las conocéis. No están sujetas a opinión. Como mucho, a réplica con otra frase, pensamiento o aforismo absurdo (o no):
No renuncies a tus sueños, sigue durmiendo / Contra el hambre, come / El tiempo sin ti es sólo empo / El que ríe el ultimo piensa más lento / Me da mucha rabia que hablen cuando interrumpo/ Muchos de los que afirman que tienen la conciencia tranquila sólo tienen mala memoria / Algunos puede parecer que tienen pensamientos profundos, pero en realidad solo estan pensando en qué comerán hoy / La vida es aquello que pasa mientras buscas wifi / Necesito ir al oculista, pero no veo el momento /¿Una dieta equilibrada es un pastel en cada mano? / Odio ser bipolar, es algo maravilloso / Por favor, no interrumpas mientras te ignoro / Soy responsable de lo que digo, no de lo que entiendas / Madurar es estar triste y no publicarlo en Facebook / No soy un inútil total, sirvo de mal ejemplo / Si no puedes convencerlos, confúndelos / Eres tan tonto que se están empezando a dar cuenta hasta tus amigos / La esclavitud no se abolió, pasó a ocho horas diarias / La primavera está harta de El Corte Inglés / La inteligencia te persigue, pero creo que eres más rápido /¿Hasta dónde se lavan la cara los calvos? / Hombre invisible busca mujer transparente para hacer lo nunca visto / Luchar por tus derechos está bien, pero mejor es comer croquetas. ¡Dónde va a parar! / Estado civil: Cansado / ¡No pasa nada! Y si pasa, se le saluda. ¡Malditos cabrones, pero que jodidamente feos sois todos! (Carta de San Pablo a los adefesios). Y recordad siempre que cada uno de nosotros somos únicos. Absolutamente igual que todos los demás.
Anton Chejov
Antón Chéjov, posiblemente el escritor que más capacidad ha demostró para captar la esencia de la vida cotidiana, dijo que “la felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz". El escritor ruso formuló así una idea que hoy resulta sumamente incómoda: la felicidad no es un estado alcanzable, sino una aspiración constante, casi siempre frustrada, que empuja a los seres humanos a seguir adelante. Nada más y nada menos. Lo evidente es que los personajes que pueblan las obras de Chéjov son como la mayoría de los hombres y mujeres actuales, que sueñan con otra vida, con otro lugar o con otro tiempo, pero que rara vez logran materializar ese anhelo. Todos deberíamos entender que el deseo de ser feliz no es una antesala de la plenitud, sino una condición permanente, lo que parece demostrar que aquella no es nunca alcanzada. Cualquier persona "normal" -aunque empiezo a pensar que este espécimen es ya una rara avis- desea amar más, vivir con más sentido, escapar de la rutina o encontrar un sentido a su vida, un bienestar y una una paz que siempre parece pospuesta. Desea, pero raramente alcanza, al menos de forma plena y permanente. Por eso, la felicidad, entendida como un punto de llegada, queda descartada. En su lugar aparece una dinámica mucho más realista: la del ser humano moviéndose entre expectativas, frustraciones y pequeñas epifanías que nunca terminan de cuajar en un final feliz. Aunque, evidentemente, hay grados muy distintos de expectativas y exigencias. En cualquier caso deberíamos aprender de Chéjov y no buscar edenes inexistentes, redenciones milagrosas ni finales de cuento cerrados, sino proyectar una mirada honesta sobre la fragilidad humana. Pero, claro, en una época obsesionada con el bienestar -que, a menudo, se confunde con la felicidad-, la autoayuda y la búsqueda permanente de nuevas experiencias, la reflexión de Chéjov suena casi subversiva, pues plantea que el problema no es no ser felices, sino creer que deberíamos serlo todo el tiempo. Una frase apócrifa atribuida a Abderramán III, cuando tenía 70 años y estaba en el lecho de muerte, dice: "he anotado los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce, y no todos seguidos". Quizá no se trate de alcanzar la felicidad, al menos todo el tiempo, pues eso es utópico, sino de entender qué hacemos con ese deseo constante de serlo. Y procurar no dejarnos arrastrar ni que nadie lo manipule en beneficio propio.