Ante tantas cosas que se nos antojan inexplicables, quizá la explicación sea: "Es la amígdala, estúpido". Personalmente estoy fascinado. Tanto darle vueltas a las cosas y resulta que la respuesta a tantas dudas la tenían los neurocientíficos. Dicen estos que el estrés crónico y la dificultad para concentrarse forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas. Y esto, dicen los expertos, tiene consecuencias políticas directas pués -afirman- "las personas con tendencia a la ansiedad o a reaccionar de forma impulsiva bajo el estrés son más propensas a sentirse atraídas por ideologías autoritarias cuando perciben el mundo como amenazante o inestable". Parece así que los fachapobres de pulsera, o mejor, su neurodivergencia, les impide darse cuenta de que la verdadera amenaza son las ideologías autoritarias ante las que se postran siguiendo este proceso: la amígdala -el sistema de alarma del cerebro– se activa ante el miedo y la percepción de amenaza e inhibe el pensamiento crítico de la corteza prefrontal. Bajo este estado de debilidad neurológica, las personas se convierten en terreno abonado para las narrativas apoyadas en el miedo y en la neolengua apocalíptica, violenta y deshumanizadora de los líderes de las asilvestradas derechas y ultraderechas. En conclusión, la democracia depende de la salud cerebral de la ciudadanía y de su capacidad para mostrar espíritu crítico. Si este se esfuma crece entonces el reflejo tribal alimentado en parte por el algoritmo: el nosotros contra ellos, el instinto de la manada, la búsqueda del macho alfa -yo prefiero llamarlo alfalfa– que debe proteger al grupo. Hay, pues, una razón biológica más que ideológica en la patética subrogación de algunos humanos a ese pleistocénico autoritarismo de quienes han llegado a la política para destruir lo que tanto nos ha costado construir.
Vivir es intentarlo infinitas veces
lunes, 24 de agosto de 2026
Fachapobres
Sin duda, el producto mejor acabado del neoliberalismo es el obrero de derechas. Éste se ha convertido en un producto de masas, el sistema lo ha moldeado y perfeccionado tanto que se ha convertido en un esperpento digno de ser exhibido en un museo. Son los "fachapobres", esos individuos que, en sentido estricto no lo son porque ni son ni actúan por sí mismos, sino que son un producto elaborado por la factoría de fachapobres que el capitalismo ha distribuido por el mundo, y que ha conseguido interiorizar primero, para defenderlos después, todos y cada uno de los elementos dialécticos que tradicionalmente han ido vertiendo los fachas naturales, es decir, los facharicos. La pregunta es: ¿cómo es posible que alguien defienda, a veces de forma vehemente, cosas, situaciones e ideas que objetivamente obran en contra de sus propios intereses? Pero, toda esta troupe, ¿qué son? ¿Desclasados? ¿Ignorantes dispuestos a autolesionarse? ¿Actualizaciones masificadas y replicantes del tradicional carajote de toda la vida que no sabe lo que es una clase social y, por tanto, ignora a la que pertenece. Seguramente son el resultado de un sistema educativo fallido y del impacto que provoca esa arma de destrucción cultural masiva, que se aloja en las redes sociales, que es el algoritmo diseñado y controlado por los dueños de la sociedad, un arma que opera sobre unas mentes a las que convenientemente se las educa para el letargo cognitivo. El resultado de este modelo acultural sobrepasa la tradicional e inherente al capitalismo división social, para adentrarse en algunos casos en ese peligroso territorio cultivado por los fascismos que desemboca en la violencia, primero verbal y después física, contra quienes no aceptan ese marco de hegemonía de la ignorancia. Son estos malos tiempos para el sentido común, el sistema ha puesto de moda al "canalla" como paradigma y parece que sobramos quienes aún guardamos un mínimo de sentido común y de decencia, pero adónde puñetas vamos a ir, tenemos que seguir aquí, no conviviendo sino enfrentándonos a toda esta excrecencia intelectual y moral.
Proyecto monasterio
Reglas monásticas
Oportunidad para discutir algunas de las virtudes y prácticas esenciales para la vida religiosa tal como la entendió: enfatizó consideraciones tales como la caridad, la pobreza, la obediencia, el desapego del mundo, la distribución del trabajo, los deberes mutuos de los superiores e inferiores, la caridad fraterna, la oración en común, el ayuno y la abstinencia proporcional a la fuerza del individuo, el cuidado de los enfermos, el silencio y la lectura durante las comidas.
muy perturbado por la conducta de los monjes que se dedicaban a la ociosidad con el pretexto de la contemplación, y a petición suya, San Agustín publicó un tratado titulado De opere monachorum en el que demuestra por la autoridad de la Biblia, el ejemplo de los apóstoles, e incluso las exigencias de la vida, que el monje está obligado a dedicarse a trabajos serios. En varias de sus cartas y sermones se encuentra un complemento útil a su enseñanza sobre la vida monástica y los deberes que impone. En su tratado, De opere monachorum, inculca la necesidad del trabajo, sin embargo, sin someterlo a ninguna regla, la obtención del sustento lo hace indispensable. Los monjes, por supuesto, dedicados al ministerio eclesiástico observan, ipso facto, el precepto del trabajo, de cuya observancia se dispensan legítimamente los enfermos.
caridad y pobreza
II: oración
III: las formas de ascetismo
IV: castidad y custodia mutua
V: No consideres nada como propio, ni siquiera a ti mismo.
VI: Perdón de los delitos.
VII: autoridad y obediencia
VIII: Exhortación a observar la regla
Capítulo 1 define cuatro tipos de monjes:
Cenobitas, aquellos "en un monasterio, donde sirven bajo una regla y un abad".
Anacoretas, o ermitaños, que, después de un largo entrenamiento exitoso en un monasterio, ahora se las arreglan solos, con solo Dios para su ayuda.
Sarabaítas, que viven juntos de grupos de dos o tres, o incluso solos, sin experiencia, gobierno ni superior, y por lo tanto sin regla propiamente dicha.
Giróvagos, que, para no tener que someterse a la vida regular de los monjes cenobitas, vagan de un monasterio a otro sin destino definido
une de por vida al monasterio de su profesión.
El Capítulo 59 permite la admisión de niños al monasterio bajo ciertas condiciones.
El capítulo 60 regula la posición de los sacerdotes que se unen a la comunidad. Deben dar ejemplo de humildad, y solo pueden ejercer sus funciones sacerdotales con el permiso del abad.
El Capítulo 61 prevé la recepción de monjes extraños como invitados y su admisión a la comunidad.
El capítulo 62 trata de la ordenación de sacerdotes dentro de la comunidad monástica.
El Capítulo 63 establece que la precedencia en la comunidad estará determinada por la fecha de admisión, el mérito de la vida o el nombramiento del abad.
El Capítulo 64 ordena que el abad sea elegido por sus monjes, y que sea elegido por su caridad, celo y discreción.
El Capítulo 65 permite el nombramiento de un preboste, o anterior, pero advierte que debe estar completamente sujeto al abad y puede ser amonestado, depuesto o expulsado por mala conducta.
El Capítulo 66 nombra a un portero, y recomienda que cada monasterio sea autónomo y evite las relaciones con el mundo exterior.
El Capítulo 67 instruye a los monjes sobre cómo comportarse en un viaje.
El Capítulo 68 ordena que todos traten alegremente de hacer lo que se les ordena, por difícil que parezca.
El Capítulo 69 prohíbe a los monjes defenderse unos a otros.
El Capítulo 70 les prohíbe golpearse entre sí.
El Capítulo 71 alienta a los hermanos a ser obedientes no solo al abad y sus funcionarios, sino también entre ellos.
El capítulo 72 exhorta brevemente a los monjes al celo y la caridad fraterna.
El Capítulo 73 es un epílogo que declara que la Regla no se ofrece como un ideal de perfección, sino simplemente como un medio hacia la piedad, destinada principalmente a los principiantes en la vida espiritual.
Es indecente decir que España es un país fallido.
domingo, 23 de agosto de 2026
Farmear Aura
Me acabo de enterar. Lo llaman batallas de "aura farming" o "farmear aura". Se trata de jóvenes, en su mayoría de entre 14 y 20 años, que compiten haciendo gestos, poses y recreaciones de algunos de los memes y vídeos virales más reconocibles de internet. Vamos, otra "poyada" para hacer el canelo y perder el tiempo. También me entero de que está de moda el "Mewing", que consiste en fortalecer la barbilla en busca de "mememizar" tu rostro. Son cosas que no entiendo. Hay que estar muy aburrido. Hay que tener poca personalidad. Todas estas "paridas" de nombre inglés y encefalograma plana sólo sirven para idiotizar al personal. Y ahí estamos: chicos y chicas completamente lobotomizados por los móviles en búsqueda de ese concepto etéreo y estúpido llamado aura. No sé. Ellos, seguramente, tampoco saben mucho de nada. Esta semana también he leído algo sobre la caída de los influencers. Una caída que no existiría si no hubiésemos, entre todos, alzado a una generación de ignorantes, mediocres, ociosos y vacíos hasta un poder mediático y económico que nunca merecieron y difícilmente dejarán de tener. Las marcas invierten en "creadores" de contenido para vender más. Supongo que el que amasa y da forma a un montón de excrementos también puede ser llamado creador. Unos medios, cada vez más bajo mínimos, se hacen eco de lo que hacen estos vividores tratando de encontrar viralidad para subir "audiencias". Casi todos somos culpables de haber engendrado a los nuevos líderes mediáticos, tolerando su falta de escrúpulos a la hora de utilizar su influencia en adolescentes y hasta niños. Absolutos carroñeros que buscan monetizar cualquier nimiedad, cualquier asunto intrascendente, desgracia ajena o problemática politica. Hemos dado un altavoz a post adolescentes de plástico, sin cultura, educación, pero muy guapos y con muchos seguidores. Estos son los grandes referentes de esta sociedad. Así nos va.
viernes, 21 de agosto de 2026
Más memoria
Una mentira se instala como verdad por algo más complejo que por la sola repetición de una impostura. La tierra fértil de las mentiras se compone de capas heterogéneas de ignorancias, miedos y deseos colectivos que encuentran en ellas interpretaciones más cómodas, más creíbles que la verdad. La mentira, para prosperar, necesita hundir sus raíces en terrenos que los que están dispuestos a creerlas no frecuenten, no dominen ni estén dispuestos a explorar. De ahí el gusto ultra por "rememorar" el pasado, previa deformación y manipulación del mismo, para construir una imagen falsa del presente y proyectar un futuro tan distópico como falso. Por eso, y para evitarlo, es tan importante la memoria. Necesitamos la memoria, la memoria es tan importante que incluso, a nivel popular se dice que alguien no muere mientras se le recuerda. Decía Saramago que "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos, sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”. Para que no olvidemos lo que somos, detengámonos hoy y no perdamos de vista que muchos pretenden que vivamos en una sociedad construida sobre la mentira y la ambigüedad. Una sociedad que se está marchitando por falta de autenticidad, por falta de verdad, por exceso de personas dispuestas a aceptar y normalizar la mentira como método de espantar sus miedos, esconder sus mediocridades y protegerse emocionalmente contra la evidencia de que existen crueldades puras, es decir, irracionales y gratuitas, que ellos, simplemente, aceptan.
miércoles, 19 de agosto de 2026
La nueva caja de Pandora
Las pantallas se han convertido en la moderna caja de Pándora. De ellas salen guerras, genocidios, incendios, catástrofes humanitarias y naturales, mentiras, broncas continuas y odio. Pero deslizamos el dedo, olvidamos pronto y seguimos con nuestra vida. Así vivimos: rodeados de acontecimientos enormes y cada vez más alejados de aquello que los hace explica y hace posibles. Tan "tranquilos". Pero no nos damos cuenta que hasta la tierra sufre. Un lugar que durante generaciones fue hogar, cultivo, paisaje, memoria y pertenencia se ha convertido en un activo financiero. Con ello no desaparece solamente una forma de vivir y ganarse la vida; puede desaparecer una manera de habitar el mundo. Parece no inquietarnos. Dejamos correr el agua como si fuera infinita mientras los acuíferos se agotan, los ríos se pudten y las sequías se prolongan. A muchos, el cambio climático -nunca mejor dicho- "se la suda". No estalla como una bomba. A veces modifica una cosecha, seca un río, desplaza una comunidad o convierte lentamente un territorio en inhabitable. Un bosque o un glaciar pierde superficie, una especie deja de regresar, un insecto o un anfibio desaparece de nuestra vida y apenas nos damos cuenta. Mientras tanto, seguimos llamando progreso a una forma de vida que consume en décadas aquello que la naturaleza tardó siglos en construir. Cómo perfectos imbéciles hemos aprendido a contabilizar con extraordinaria precisión aquello que produce dinero, pero valoramos muy poco aquello que hace posible la vida. Estamos ciegos. Vemos cifras de muertos y desplazados, de migrantes ahogados, de víctimas de catástrofes, pero no reparamos en que detrás de cada cifra había una persona, una casa, una familia, una historia, una tragedia traducida en muerte. Y alrededor de la muerte existe una enorme economía: armas, drones, misiles, sistemas de vigilancia, satélites, tecnología militar, mafias, empresas que hacen negocio de las tragedias, políticos que las usan para conseguir votos. Mientras unos huyen o, lo peor, mueren, otros calculan contratos y beneficios. La muerte también tiene mercado. Podemos estar informados de todo y comprender cada vez menos. Una noticia desplaza a otra, una tragedia queda enterrada bajo una polémica y un desastre ambiental dura lo que tarda en aparecer el siguiente estímulo. Han secuestrado nuestro tiempo, nuestra atención y, en cierta medida, nuestros deseos. De ahí nace buena parte de la batalla por la popularidad, de la indignación permanente y de esos contenidos diseñados para provocarnos una reacción inmediata. No interesa que pensemos. Basta con que reaccionemos. Y lo hacemos de la peor manera posible. Necesitamos apartarnos de aquello que nos deslumbra para no mirar, romper el ruido que nos distrae y volver la mirada hacia lo que importa. Que nadie decida por nosotros qué merece nuestra atención, nuestra indignación o nuestro silencio.