De existir, estoy seguro que el premio a la persona más necia, engreída, soberbia, tóxica y narcisista del orbe, se lo darían a Ayuso. Y, acto seguido, iría rauda a ofrecérselo a Trump después de sacarle brillo y besarle el culo. Su última y provocadora payasada ha sido anunciar la entrega de la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a Estados Unidos. Es decir, a Trump. Debe ser su forma de agradecer su entrada en el "club MAGA" -ese club ultraderechista que odia a Europa y la democracia- en un acto -más bien aquelarre ultra- celebrado en la mansión del presidente de Estados Unidos en Florida. Estuvo allí acompañada por fascistas declarados como Javier Negre o Milei, ese psicópata enloquecido al que también le dió esa medalla. El único objetivo político de Ayuso parece ser "joder" a Sánchez, aunque para ello tenga que hacer el más espantoso ridículo, como decir que EE.UU. recibe la medalla por "ser el faro del mundo libre”. Por muchos incondicionales que esta payasa tenga, sólo es un personaje infame, grotesco y ridículo que solo destaca cuando utiliza su conocido tono macarra, zafio y grotesco. Lo grotesco de alguien como Ayuso está tanto en la naturaleza de lo que dice como en cómo lo dice en cuanto le ponen un micrófono al alcance de su boca y un auditorio dispuesto y absorto a escuchar sus típicos clichés, mentiras y topicazos superficiales de tono provocador y chulesco. Ayuso es un pelele disfrazado de líder político, dibujado como un payaso, manipulado como un muñeco de guiñol, como un bufón que busca el aplauso fácil de sus recalcitrantes y la pleitesía de su prensa a sueldo. Me parece que en ella confluyen, desde la soberanía infame hasta la autoridad ridícula, todas las gradaciones de lo que podría llamarse la indignidad grotesca y ridícula del poder. En un contexto político como el nuestro, herido de superficialidad, crispación y falta de visión, Ayuso es paradigma de la falta de altura de la cultura política y del estado de la ética de muchos de nuestros políticos.
Vivir es intentarlo infinitas veces
viernes, 13 de febrero de 2026
Clase media como constructo
Llamémosla, Antoñita la Fantástica, cree que sus padres, policía municipal y limpiadora, eran clase media porque pudieron criar a tres hijos, tener un utilitario, pagar vacaciones modestas y comprar un pisito VPO de 70 m². Tenían todo lo básico, pero nada sobraba. Había esfuerzo, ascensor social, fe en el estudio. Ella consiguió ser maestra y ascender un peldaño en la escala social. Ahora -cree ella- es clase media "premiun". Pero no se da cuenta de que todo eso describe una coyuntura histórica, no una clase social. La clase no se define por si puedes ir a la playa una semana al año, tener un piso hipotecado o conducir un SUP de renting. Se define por tu posición en el sistema productivo. Y eso no es una opinión ideológica, es economía política básica, como bien saben los que declararon la muerte de la lucha de clases y venden, para engatusar a ilusos que, hasta el límite de los barrios de chabolas, todo es clase media. La cosa es muy sencilla de entender: Si tus ingresos dependen exclusivamente de vender tu fuerza de trabajo a una persona, empresa o institución que te paga un salario y si, al dejar de trabajar, tu sustento desaparece, eres clase trabajadora. Te guste o no. Y si el término te parece un insulto, tienes un problema: eres un clasista que no tiene donde caerse muerto. También puedes optar por hacerte "emprendedor" y autoexplotarte como autónomo, pudiendo así presumir de que eres empresario, un status especial, "la leche" en materia social. La confusión está en tomar el consumo como criterio de clase. Coche, ropa, vacaciones... Pero el consumo es efecto del salario. Llamarse clase media por poder consumir ciertos bienes es adoptar una creencia social, no una categoría económica. Ahí entra algo más profundo: la falsa autopercepción. Los parapetos del Estado del Bienestar, la asistencia médica y la educación universal, tener un móvil en la mano, un coche financiado, un armario petado de ropa low cost, unas rayban de imitación, pagarse unos días en la playa o frecuentar un restaurante del montón, piensan algunos que les acredita como clase media. Ahora muchos piensan que la clase media está siendo destruida. Pero la verdad es que buena parte de quienes se creyeron clase media nunca dejaron de ser trabajadores asalariados. Lo que no puede ser más digno. De lo que no se dan cuenta es que su percepción solo demuestra que, cuando el Estado regula y redistribuye, la vida del asalariado puede parecer otra cosa. Pero cuando los mercados comienzan a fagocitar las defensas de un estado del bienestar que aspiran a destruir, la percepción de que las cosas van bien se hunde. Y si la ultraderecha se encarama al poder la clase media aspiración al, simplemente, implosionará.
jueves, 12 de febrero de 2026
Infraestructuras y cambio climático
Aquí somos muchos de acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena. Somos expertos en saber más que nadie a toro pasado; en despotricar contra lo que hasta hace dos minutos no nos importaba en absoluto; en señalar a los responsables de no tomar medidas y, acto seguido, ignorar e incluso atacar a los que las proponen; de tomar por el pito de un sereno y despreciar a los expertos mientras les reímos las gracias a los sabiondos y a los negacionistas. ¡Así nos va! Los expertos -gente que sabe de lo que habla porque lo ha estudiado- en infraestructuras de movilidad llevan años advirtiendo de los riesgos del clima extremo en las infraestructuras de transporte, de sus impactos económicos y sociales y de la necesidad de adaptarlas pistas -desde su planificación- a condiciones meteorológicas que, por el cambio climático, serán cada vez más frecuentes, intensas y destructivas. Los nuevos expertos en infraestructuras ferroviarias, vía comentario de "cuñao enterao" ávido de señalar culpables, seguramente desconoce que las altas temperaturas que alcanzamos en las cada vez más frecuentes olas de calor están comprometiendo la resistencia de miles de kilómetros de vías férreas, diseñadas y construidas bajo parámetros climáticos que ya no corresponden con la realidad actual. La culpa la tiene la expansión térmica del acero, acentuada cuando con una temperatura ambiente de 40⁰ a la sombra el raíl puede rozar los 100⁰. En estas condiciones se producen deformaciones estructurales que comprometen tanto la seguridad como la eficiencia del transporte ferroviario. Esta sobredilatación puede alcanzar dimensiones críticas que provocan el pandeo de las vías, conocido técnicamente como "serpenteo". Las altas temperaturas aconsejan incluso reducir la velocidad, pero dile tu a un "enterao" que su Ave va a llegar con retraso por el calor, verás la que te cae. Ya en 2021, Adif analizó la eficacia de pintar de blanco tramos de carril para evitar su deformación por altas temperaturas. De aplicarse, habría quién exigiría que se pintasen con la bandera de España. Tras el tren de borrascas que nos ha azotado el escenario de muchas carreteras es deplorable: baches y socavones que revientan neumáticos, pavimentos resquebrajados, calzadas hundidas, rocas y grandes sedimentos dispersos sobre el asfalto... La destrucción de los caminos sólo en Andalucia, afecta a una veintena de localidades -115.000 habitantes-, según el cálculo que ha hecho la Junta. A nivel nacional, la DGT mantiene cortadas por inundaciones y desprendimientos un total de 179 carreteras. Se necesitarán millones de euros para restaurar las vías, un trabajo que demandará mucho tiempo, entre dos y tres años. Quién siga creyendo que esto no tiene nada que ver con el cambio climático, una de dos, o es imbécil o un fanático ideológico. Lo primero que ha exigido Vox en Aragón para formar gobierno es frenar y revertir las políticas frente al cambio climático. Que cada uno saque conclusiones.
miércoles, 11 de febrero de 2026
Ay-USA
Primero fue el mejor bocata de calamares de la Troposfera. Después llegaron la mística experiencia de tomarte un "relaxing cup of café con leche" en la Plaza Mayor, los torreznos más sabrosos de todo Occidente, las mejores cañas de España y la avenida con más catetos por metro cuadrado para ver musicales en su ciudad. Ahora ya se habla del Cristo más grande del mundo, el mejor Cañón del Colorado y el más guay premio de fórmula uno. Y en ese incesante esfuerzo de expansión cultural de 'Madriz", ahora llega "Madrilucía" (término tan "currado" como Madring para llamar al corto-circuito de su F1), la celebración de una Feria de Abril en el distrito de Villaverde, localidad -como todos sabemos- donde sus habitantes usan a diario el sombrero cordobés y se mueren por el rebujito, las sevillanas, los caballos jerezanos, el pescaíto frito y los vestidos de gitana. Esto pasa porque a Ayuso se le quedan cortos los límites de su Comunidad y quiere extenderlos hasta el barrio de Triana. Yo animo a Ayusita la fanática, digo la fantástica a seguir ampliando fronteras. Total, ya lo dijo esta filósofa de puesto de mercadillo a todo un léuro: "Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?". Así, y dado que Madriz reúne lo mejor de España y recibe con los brazos abiertos a toda clase de gente (salvo las excepciones étnicas y religiosas de rigor), lo lógico sería centralizar allí la Tomatina, los Moros y Cristianos, las Hogueras de San Juan, bajar el Descenso del Sella por el Manzanares, correr los Sanfermines por la calle de Alcalá, celebrar la final del carnaval de Cádiz en el Movistar Arena, el traslado del Cristo de la Buena Muerte y Mena en la Plaza de Colón, la Romería del Rocío en El Retiro, la Tamborrada de San Sebastián en la calle Preciados y la Rompida de la Hora de Calanda en el Congreso de los Diputados. Total, lo mismo que en cualquier pleno pero Con menos ruido. Con las Fallas habrá que tener mucho cuidado, no vayan a hacer un ninot de Almeida y acaben quemando el original. Y, ya puestos, importar la Copa América de Vela al lago del Retiro y la ascensión del Everest a Peñalara. Así la gente se olvidará del cúmulo de pruebas que demuestran que el criminal protocolo que favoreció la muerte indigna de 7.291 ancianos en las residencias de Madrid fue conocido y autorizado por una Ayuso que se negó a medicalizar las residencias. O pasará por alto el cínico y vergonzoso proceder de su partido ante el supuesto acoso de su alcalde de Móstoles a una compañera. O no se enterará de que la Comunidad de Madrid acaba de perdonar los 71 millones de euros que Quirón y Ribera Salud deberían pagar por -alucina- sus pacientes que han sido atendidos por la sanidad pública.
El tazón de Bad Bunny
Dado que es un hecho trascendental cuyas consecuencias tienen un alcance mundial, yo ya sabía que el 2 de febrero se celebraba en EE.UU. el Día de la Marmota que, por supuesto, no seguí. Lo que se me escapó es que el 8 de febrero se disputaba otro evento de carácter capital como es la final de la Super Bowl. Se comprenderá que a mí, una competición de fútbol americano, llamada además "Super Tazón", me importa un carajo. Pero después me entero de que durante el descanso, usado como cebo para multiplicar la audiencia, iba a actuar un tal Bad Bunny, el "rey del trap latino" y figura global del reguetón. Confieso que de este "rey" y su música yo sé lo mismo que del de Esuatini. Pero si hasta creí que su nombre era Bugs Bunny, como el conejo. El caso es que el puertorriqueño aprovechó para -dicen- lanzar un contundente mensaje reivindicativo a favor los países latinos y en contra de la fascista política migratoria de Trump. Pero si hasta se ha llegado a decir que fue "uno de los mejores discursos políticos de nuestro tiempo" y ha hecho babear a muchos progresistas. Para mí, que se diga que un tipo vestido de fantoche con un traje exclusivo diseñado por Zara y un reloj de 75.000 euros, ha llevado a cabo un acto de "resistencia contra el divisionismo, un triunfo cultural para los latinos y un golpe simbólico al presidente Donald Trump", me parece exagerado. E intentar convertir a Bunny en un icono de rebeldía y transgresión al sistema, ridículo. Bunny no es un azote del sistema; es un producto multimillonario de la industria musical. Dejando de lado su fortuna -no creo que tener dinero sea incompatible con ser progresista- es un producto de mercado que no cuestiona el régimen que lo amamanta. Además, gran parte de sus letras perpetúan la cosificación y denigración de las mujeres -perras, para él- y las reduce a fantasías sexuales masculinas en un género ya plagado de misoginia. Más allá de "mensajitos rebeldes" su música fomenta una alienación consumista, donde el hedonismo vacío y la hipersexualización venden discos, no conciencia social.
El triunfo de los monicacos
Estoy cada vez más convencido de que el ser humano está retrocediendo en su camino evolutivo a favor de sus reflejos de primate más primitivos, premiando a los machos alfa que se levantan soberbios sobre sus cuartos traseros dándose sonoros golpes en el pecho igual que gorilas ebrios de poder, mientras otros muchos los siguen como monicacos. Sólo así puede explicarse que tanta gente apoye las políticas que, de manera evidente y sistemática, le perjudican en forma de recortes en servicios básicos. ¿No es evidente que las políticas que interesan a la élite de los poderosos son contrarias a las que interesan a la mayoría? Y, sin embargo, navegamos una ola donde la mayoría perjudicada vota mayoritariamente a los representantes del grupo de las élites. Votan a partidos cuyas políticas formalizan y generalizan la desigualdad, restringen el acceso a la riqueza y limitan las oportunidades reales de ascenso social. Partidos que ya ni tan siquiera se molestan en diseñar o explicar programas, simplemente se aúpan al poder y comienzan a aplicar políticas para el beneficio exclusivo de la élite. Su interés -por mucho que digan lo contrario- consiste en atacar al Estado, presentándolo como un ente corrupto e ineficiente que hay que "adelgazar". La trampa es perfecta: hablan de reducir impuestos, sobre todo los que mayoritariamente deberían pagar los más ricos y, simultáneamente, degradan el servicio público. Al tiempo que el sistema público se queda sin recursos, ellos, los ricos y los oportunistas con contactos, ofertan de manera privada los mismos servicios que el Estado ha dejado de prestar. Salud, educación, cuidados; todo se convierte en una mercancía. Pero como el objetivo del negocio privado no es resolver los problemas de la población, sino maximizar sus beneficios, los problemas no tardan en aparecer. La población se da cuenta que las cosas no funcionan pese a lo que le han contado. Se da cuenta de que no llegan a fin de mes a pesar de tener un empleo a tiempo completo, de que las bajadas de impuestos son calderilla para su bolsillo, que la bajada de impuestos se hace a costa de desmantelar lo público, de que ellos son incapaces de costearse un sistema privado que, en el fondo, tampoco funciona si no tienes una cuenta corriente de seis cifras. Las cuentas, sencillamente, no salen. Pero antes, para evitarse problemas, la maquinaria de los poderosos crea chivos expiatorios. Hay que entregar un culpable en bandeja de plata para evitar que el ciudadano se pregunte por qué su hospital no tiene médicos -aunque lo gestione el partido al que vota- o por qué su alquiler consume el 70% de su salario. ¿Y por qué funciona ésto? Da igual, baste saber que es un mecanismo de control social basado en el miedo y la proyección: robar a la población, degradar su calidad de vida y decirle, con una sonrisa o un grito furioso, que la culpa es de otro, aunque este no tenga control alguno sobre los mecanismos que empeoran su vida.
lunes, 9 de febrero de 2026
La culpa es de Mordor
El avance de la ultraderecha comienza cuando los medios de comunicación generalistas empiezan a incorporar en su agenda y a normalizar los temas que a aquella le interesan, además de abrir las puertas -en nombre de un falso pluralismo- a periodistas de trinchera, opinadores o ex políticos que comparten los mismos postulados políticos que la ultraderecha, haciendo que se difunda y se presente como alternativa válida la visión del mundo que tienen esos partidos que la representan. En cualquier caso, el elemento clave para entender por qué funciona la propaganda y las mentiras de la ultraderecha es que ésta dice ofrecer soluciones: simplistas, inaplicables o directamente falsas, pero se perciben como soluciones. Y, sobre todo, promete una suerte de seguridad para ciertos miedos que existen y se propagan entre amplios sectores de la población. Como las soluciones, ésta es una seguridad ficticia, una construcción inventada. Es una especie de Arcadia feliz donde supuestamente, bajo las condiciones que ellos imponen, todos (todos los que ellos aceptan) estaríamos mucho mejor, viviríamos en armonía y prosperidad, no habría conflictos y cenaríamos perdices todas las noche. A partir de ahí se genera una gran falacia: racismo, xenofobia, homofobia, aporofobia..., componentes todos muy negativos, se convierten en expresiones positivas por el simple hecho de que ellos consideran que pueden dañar su imaginaria armonía. Y mucha gente piensa: "En realidad estoy defendiendo mi identidad, en realidad estoy cuidando a los míos". Pero donde se comienza a construir esa idea de Arcadia es en la idealización de un pasado imaginario. "Con nosotros vas a tener un mundo como el que era", dicen. La pregunta es ¿el que era cuándo? Porque hay una mezcla muy rara, un Frankestein histórico: un poco de edad media, pero sin las heces en la calle y sin la gente muriendo a los 20 años por tuberculosis. Un poco de "con Franco se vivía mejor", pero sin subdesarrollo, sin hambre, sin piojos, sin analfabetismo, sin dos millones de emigrantes, sin falta de libertades. Y al mismo tiempo elegir a conveniencia cuál fue el mejor momento de la historia de España, el mejor momento de la historia de tu país: “cuando éramos exitosos y nos iba bien como país y éramos grandes y nos respetaba el mundo y nadábamos en la abundancia y criábamos las perdices más gordas del mundo”. Qué más da que esa sociedad nunca existiese realmente, que se añore lo que nunca fue. Pero es algo que funciona muy bien, eso de querer vivir en el mundo de El Señor de los Anillos y pasarla bien porque bueno, estamos derrotando a Mordor, que son esos del otro lado de la colina que vienen a romper mi armonía. Pero para personas que combinan la frustración con el miedo y se van cebando de tendencias autoritarias, con odio, con desprecio por el otro y demás, funciona muy bien ese tipo de mentira. Y creen que les cuesta llegar a fin de mes, que su salario es una mierda, que sus hijos no pueden pagarse un alquiler y vivirán peor que ellos, que los servicios públicos se deterioran o que su futura pensión pende de un hilo, por culpa de los que llegan de fuera a romper una armonía inexistente.