Vivir es intentarlo infinitas veces
miércoles, 28 de octubre de 2026
Poema
Nuestra mente como mercancía.
El que se deja engañar es porque quiere. Nunca antes los mentirosos, los embaucadores, los troleros, han actuado tan a cara descubierta, tan sin complejos, tan convencidos de que hay gente encantada con comprarles sus mentiras. Este liberalismo salvaje lleva décadas sin esconder sus intenciones. Ya en 1981, en una entrevista para The Sunday Times, Margaret Thatcher dijo: "La economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma de la gente". Desde los años 70 el capitalismo va de crisis en crisis, cada vez más recurrentes, cada vez más salvajes. Y, sin embargo, es cada vez más despiadado y parece estar cada vez más fuerte. Se cumple el proverbio popular que dice: "Cuanto más viejo es el lobo, más ovejas mata". Habiendo alcanzado los confines geográficos, y cuando se agotan los recursos por exprimir, el mercado ha acabado asaltando lo más inabarcable de la vida: la mente humana. Han aprendido a destilar como mera información comercializable todo aquello que nos define como personas. Y eso lo en mierda todo. Ahora almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Amontonamos imágenes que nunca veremos ni recordamos haber tomado. Acumulamos "amigos" y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración. Pero esto era inviable sin una radical metamorfosis de nuestras formas de pensar y actuar. La gran revolución de estas últimas décadas ha consistido en que nuestra propia vida interior y relaciones interpersonales se han convertido ellas mismas en mercancías para que los gurús tecnológicos ganen fortunas. Hasta nuestro propio deseo se canaliza a través de su mercantilización; de ahí que se hable ya de capitalismo libidinal, que actúa, a nivel psíquico, como un gran generador de estímulos artificiales que nos aturden y alinean. Nuestra mente, transformada en mercancía, desvía nuestro interés de lo profundo a lo superfluo. Y lo hace desbordando las fronteras necesarias para la autorregulación de los deseos, demoliendo dos valores esenciales de la persona: la paciencia y la atención. La mercancía ya no es útil para la persona, sino que la persona es útil como mercancía. Esto nos conduce al exhibicionismo extremo Nos exhibimos a nosotros mismos y, de paso, a todos los que nos rodean: hijos, padres, amigos. Desfilamos en innumerables escaparates digitales y abrimos nuestra vida hacia el exterior mientras la cerramos hacia el interior. Y ahí está el problema, en que cuanto más nos descubramos como mercancía ansiando la mirada ajena, más se nos olvidará mirar en nuestro interior. Por eso hablo para los sordos si digo que, con ello, perdemos la memoria del vuelo grácil de la infancia, un temblor ante los aires ábregos en el descubrimiento de la fraternidad humana.
martes, 27 de octubre de 2026
Se ha perdido el respeto a la autoridad
Escucho una de esas eternas tertulias en las que, a partir de unas imágenes, varios titulares sesgados en distintas direcciones, las declaraciones de portavoces políticos de probada indecencia moral y la contribución de unos tertulianos que creen saber de todo pero, en el fondo, sólo son ecos de su credo ideológico, se destripa un problema para llegar a una clara conclusión, a ninguna y a la opuesta a la primera, todo a la vez. Hablan de la violencia vivida en las últimas algaradas disfrazadas por algunos de manifestaciones. Entre estúpidas teorías, certezas sin base alguna, soplapolleces varias, dimes y diretes, se llega a la conclusión de que hay más responsables de la violencia que tertulianos y que aquellos se reparten según su filiación ideológica, de la misma manera que la adscripción partidista de los opinantes. Al final me hicieron llegar a la conclusión de que la culpa de la violencia la tenía la izquierda radical, la derecha radical, Pedro Sánchez, el tándem Feijoo-Abascal, los "podemitas", los agitadores ultras, la policía infiltrada, los excesos policiales, la inacción policial, los sindicatos, algunos medios de comunicación, los inmigrantes, los concentrados en Sol, la falta de mano dura, Rusia, Israel, China, el ejemplo francés, la ignorancia, las redes sociales, David Broncano, Ayuso, Irene Montero, Lamine Yamal y un señor de Murcia que pasaba por allí. Entre tanta opinión para ganarse el jornal y asegurarse futuras peonadas mediáticas -aunque algunos todistas disfrutan de su papel de paladines de su caballo ideológico- logré escuchar algo sensato de un entrevistado: "el problema es que se ha perdido el respeto a la autoridad". Creo que hay mucho de verdad en ello. Como creo que el problema no es nuevo. Como creo que está creado por la propia sociedad. Como creo que muchos, en distintos ámbitos, han contribuido a agrandarlo y abonarlo. El problema de la pérdida de respeto a la autoridad se inicia en el núcleo familiar, sigue en los sucesivos ámbitos que frecuenta el individuo, empezando por la escuela, y va madurando con la crisis de los roles adultos en la sociedad actual. Sin embargo, el peor episodio de este proceso es el que se da en la escuela. El respeto hacia las normas y los profesores debe inculcarse primero en el hogar. Pero si los padres cuestionan sistemáticamente al docente o no apoyan las decisiones de la escuela, el menor tiende a desafiar esa autoridad. Muchos padres no entienden que sus príncipes y princesas no pueden seguir siéndolo cuando se tienen que integrar en una comunidad y cumplir sus normas. Vivimos en una cultura donde se han desdibujado los límites y a muchos adultos les cuesta ejercer su rol de guía o decir "no". Y esto causa estragos en la escuela. Ésta tiene como misión enseñar, guiar, porque de educar deben ocuparse los padres. Pero, a veces, la familia, lejos de educar, maleduca: práctica la hiperprotección, crea seres caprichosos, incapaces de ser responsables, tiránicos, desconocedores de cualquier mínima norma y disciplina, exigentes con otros pero no consigo mismos, seres a los que nadie ha enseñado el valor de la paciencia y el esfuerzo y que se rigen por la inmediatez y la gratificación inmediata. Llevamos años viendo cómo las aulas son el reino de la falta de respeto hacia los docentes: se ignora su presencia, se desoyen sus indicaciones, se les trata con malos modos, se les insulta, se les desafía o graba para viralizar el contenido, se les agrede... Y, todo ello, sin apenas ninguna consecuencia. ¡Nunca pasa nada! Y, casi siempre, con el apoyo de los padres. Hoy las aulas son un reflejo de tensiones sociales más amplias, como la polarización, la crispación, la normalización de la agresión verbal, la aceptación social de la mentira, el ataque despiadado al que te incomoda, la influencia descontrolada de las redes sociales... A lo mejor sus profesores podrían decir mucho de esos jóvenes que vician un derecho cívico para practicar la violencia, asaltar y robar comercios y, si pueden, se echan unas risas con los seguidores en redes.
Andalucía, como siempre.
Empezó siendo el resultado de la mirada sesgada de los viajeros románticos. Llegó despues la imagen estereotipada cultivada por el franquismo, que redujo Andalucía, una región compleja y llena de matices, a un cliché simplista ligado al "carácter alegre", la gracia superficial, la fiesta continua, la gastronomía, la devoción religiosa, el folklore y hasta la "pereza simpática". Para consolidarlo ayudó mucho ese deje vanidoso, casi narcisista, con tintes servilistas y derivaciones hacia el comportamiento histriónico que define a tantos andaluces. Y, finalmente, llegó ese engendro propagandístico con objetivos mercantilistas que es la promoción turística, para convencernos de que vivimos en un paraíso idílico. Y, claro, después llega el tío Paco con las rebajas. Esta vez ha sido un estudio del INE sobre la calidad del vida en el Estado español, que posiciona a Andalucía como la comunidad autónoma con peor calidad de vida sólo tras Canarias. Así que el mito de que las cientos de horas de sol, el "salero", la fiesta y la buena comida son la cura infalible para la felicidad y la calidad de vida se resquebraja. Al menos en Andalucía. Algún alma de cántaro ha descubierto que, más allá de esa fórmula de la felicidad basada en lo meteorológico y la idiosincrasia del territorio, se esconde una losa pesada que provoca un malestar arraigado en quienes habitan el territorio: las condiciones materiales y la calidad de los servicios públicos que definen el día a día de los andaluces. ¡Qué sorpresa! Junto a Extremadura, seguimos a la cola de la renta media en España: las ocho provincias andaluzas se encuentran entre las 15 con menor renta neta media por habitante de España. Es más, las tres provincias con menos ingresos anuales por habitante son andaluzas: Almería, Huelva y Jaén. El 83,7% de los municipios andaluces registran rentas consideradas bajas. De hecho, 16 de los 20 municipios más pobres de España son andaluces. Igual ocurre con el PIB per cápita. Y, para no cansar, diré que 8 de los diez barrios más pobres de España son andaluces. Además de encabezar la lista de paro en el Estado español Andalucía es también de las comunidades donde más porcentaje de asalariados hay con salarios bajos. En cuanto a Salud Andalucía se encuentra entre las cuatro con menor puntuación. Encabezamos la lista de comunidades por tiempo medio de espera quirúrgica. Junto a Madrid, compartimos la cola de relación entre centros de atención primaria y habitantes. Y lo mismo podemos decir de las camas hospitalarias por habitante. En cuanto a la calidad del entorno y medioambiente, el estudio sitúa a Andalucía como la comunidad con menor puntuación. Y, finalmente, ocupamos el puesto 14 -de 17- en cuanto a nivel medio de las pensiones. Durante años, la derecha culpó de esta situación a los gobiernos socialistas autonómicos, aunque en Madrid gobernaran ellos. En 2019 el PP ocupó el poder en Andalucia. Pronto hará casi 8 años. Pero las cosas siguen igual, por mucho que el PP utilizara el eslogan "Andalucía Avanza" en las elecciones andaluzas de 2022 para destacar que la región progresaba bajo su gestión. Las mejoras económicas producidas no se desvían un ápice de las producidas a nivel nacional pero ya sabemos que algunos son expertos, por ejemplo, en atribuirse el mérito cuando baja el paro y "endiñarle" la responsabilidad al "Perro" cuando sube. Dentro de nada las derechas tendrán el poder omnímodo. Vamos a ver si cambia algo. A mejor, me refiero. Y en términos reales, no en lo que refleja la propaganda de los charlatanes.
lunes, 26 de octubre de 2026
¿Qué es votar?
Uno de los mayores errores que siguen cometiendo mucha gente sensata es el de pensar que votar es un acto racional, es decir, un acto que el ciudadano realiza en defensa de sus intereses, un acto incluso ético de dar su confianza a los representantes que cree más honestos y eficaces. ¡Qué error! El acto de votar en demasiada gente no es ya un acto racional, por el contrario, es un acto que mezcla emociones simples, sentimientos, en gran parte manipulados, apuestas simplemente estéticas o una ideología de todo a cien. Es, utilizando un término inglés, un "feeling", que podría traducirse por un sentimiento no meditado, incluso no muy bien auto-comprendido, que en todo caso posee una fuerza mayor que un voto razonado y reflexivo. "Programa, programa, programa", decía Julio Anguita. ¡Qué tiempos! Pero hoy los programas no se los lee prácticamente nadie. ¿Para qué, si hasta el payaso más imbécil puede acabar ganando? Pero, ¿de qué nos extrañamos? Desde siempre ha habido gente poco dada a pensar y que, por tanto, prefiere que se piense por ellos, ahí tenemos las religiones monoteístas, llenas de mitos y mentiras, llenas de sentimientos, de ideologías, que son ideas empaquetadas, a veces bien intencionadas, pero pensadas para los que necesitan una fé prêt-à-porter. Hoy es muy fácil engañar a la gente, pero muy difícil convencerla de que la han engañado. Ante este panorama, el voto se convierte en algo simplemente identitario: "voto a los míos", o como diría la mafia "a uno de los nuestros", aunque haya detrás un genocidio, aunque ni siquiera se sepa siquiera definir qué es una mujer. Se vota también por odio, aunque no se sepa muy bien la razón de ese odio. Se vota incluso por anhelar ser quién no se es. Y, a quién se vote es lo de menos. Se aplica aquél aforismo atribuido al secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt, Cordell Hull, que dice: "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta", y listo. Y así es como se encumbra a políticos cuya idea de futuro es la de mejorar el futuro para ellos y convertirnos poco a poco en un país de cazurros y mamporreros. Construir una sociedad, no liberal, sino pre-liberal, marcada por la desigualdad (oportunidad de negocio lo llaman ellos), la impunidad (libertad lo llaman ellos), con el apoyo no de la justicia, sino de la "gusticia", o sea, la justicia a gusto de los que realmente detentan el poder. Qué bueno sería que la gente aprendiera a pensar por si misma.
Nuevos horizontes
En este mundo convulso que nos devora, uno no sabe si puede permitirse un atisbo de optimismo. Uno no sabe si ese runrún que recorre calles y plazas de media Europa es un signo de que algo está cambiando o el precursor de una nueva decepción, como lo fueron la cascada de primaveras que se sucedieron desde 2010: las primaveras árabes, la Revolución Naranja en Ucrania, la de los paraguas en Hong Kong, el movimiento Occupy Wall Street y hasta el 15M. Superada la sorpresa inicial el Sistema se recompone y acaba liquidando el impulso social. Hoy, casi es peor, porque tenemos "actores cínicos" que consiguen que los protagonistas de las protestas no identifiquen correctamente el origen de los problemas y acaben proponiendo como solución algo peor: un populismo autoritario de derechas que rechaza la idea misma del cambio y la protesta social. Lo vemos en Francia, donde, desde 2018, cientos de miles de chalecos amarillos terminan sus protestas contra el establishment y corren a coger la papeleta de Marine Le Pen. Pero hay que agarrarse a un clavo ardiendo. Más allá de la omnipresencia de la extrema derecha en la esfera pública, de sus discursos racistas y de esta atmósfera guerra civilista y casi genocida que no dejamos de respirar, las multitudes siguen resistiendo. Hoy ya no se trata solo de un rumor, basta con mirar las noticias que vienen de Francia, Italia, Portugal, Albania, Serbia... para ver a gente luchando por sus derechos, rompiendo con las inercias de un presente que, hasta ayer mismo, resultaba demasiado dócil para quienes tienen el poder. Conviene, al menos, escuchar atentamente lo que acontece. Aunque sólo sea para estar prevenidos contra los falsos relatos que lo combaten. Lo vemos en España donde, en comparación con Francia, las protestas parecen organizadas por la plataforma de alumnos de educación infantil para exigir le suban la paga semanal. Pero basta que grupúsculos radicales o gamberros que se hacen pasar por antisistema para pasar una buena noche saqueando franquicias actúen, para que los sindicatos de policía ultra hablen de España como del "paraíso de la delincuencia" y los líderes de la derecha y sus medios se apresuren a criminalizar las protestas, las definan como cortadas para extender el desorden y el vandalismo, o las acusen de ser el reflejo de la izquierda extrema, por supuesto, a las órdenes de Sánchez. Esta gente va camino de declarar a los "Yayoflautas", que se manifiestan en defensa de las pensiones, como organización peligrosa de carácter criminal y conexiones con el terrorismo internacional. Por eso es bueno que frente a las narrativas que cancelan el futuro o lo sumen en una distopía clasista, machista, racista y antidemocrática, nos comprometamos con la transformación social. En un momento en que los regímenes bélicos se imponen en el mundo, en una fase en la que el capitalismo y las extremas-derechas sellan su alianza contra las personas migrantes y castigan a la mayoría con precariedad y miseria, sería bueno que ayudáramos a construir líneas de resistencia, pensamientos distintos, horizontes utópicos y herramientas críticas que permitan imaginar un futuro más allá de este sistema que nos lleva al enfrentamiento, el fascismo y la destrucción.
domingo, 25 de octubre de 2026
No queda honestidad
Cuando recordamos a los políticos que prendieron la mecha neoliberal en los años 80, con independencia de cual fuese su perfil ideológico y los destrozos que hicieron en el estado del bienestar, hay que reconocer que estaban a años luz de los mostrencos que actualmente personalizan esta corriente política. Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Helmut Kohl y hasta George Bush, padre, podían ser unos halcones, tener poca empatía social o actuar con mano de hierro contra los más débiles, pero mantenían el tipo, "sabían estar", entendían que debían guardar un mínimo respeto al adversario, acataban la cortesía institucional. No eran dados a perder las formas, a ser maleducados. Y, por supuesto, procuraban evitar mostrarse groseros, ser faltones o recurrir al insulto público. Pero, como muestra de que el mundo está dándose la vuelta como un calcetín -yo digo que está involucionando-, ahora la realidad es radicalmente distinta. Hace apenas 20 años no podía pensarse que alcanzasen el poder determinados políticos con una catadura moral tan lamentable, como los Trump, Netanyahu, Bolsonaro, Abelardo de la Espriella, Milei, Bukele, etc. Realmente produce auténtico pavor que el destino del mundo esté en manos de estos personajillos desquiciados y descerebrados. Son auténticos psicópatas, que carecen de conciencia y empatía. Tienen como marca personal ser maleducados, descorteses, groseros, engreídos, obscenos, irrespetuosos, desatentos, ordinarios, mentirosos, falaces, farsantes, tramposos, cínicos, desvergonzados, deshonestos, arrogantes, soberbios, hipócritas, cínicos, desleales... Parecen estar encantados violando las más mínimas reglas de educación y las normas sociales más básicas, sin culpa o remordimiento alguno, faltándoles las cualidades que les permiten a las personas vivir en armonía con sus semejantes. Y, lo peor de todo, es que estos energúmenos son elevados al poder gracias al voto de millones de personas que creen que son los que mejor los representan. Hay algo muy obsceno en que un lunático desquiciado que clonó a su perro y manifesta que mantiene comunicación con el original mediante una médium y que su perro muerto le da consejos, dé un discurso ante un nutrido grupo de "selectos patriotas españoles" y que éstos aplaudan a rabiar las groserías y los insultos dirigidos al presidente de su país, le hayan o no votado. Porque, de paso, insultó a millones de españoles y algunos de sus periodístas ¿Qué mierda de patriotas son estos? Que el presidente del Senado, un señor que no representa únicamente a un partido político ni a sus votantes, sino que preside una de las dos cámaras de las Cortes y, por tanto, representa a una alta institución, al margen de ideologías, permaneciera allí riéndole las gracias a un energúmeno estúpido y vulgar que insulta a millones de españoles muestra a qué nivel de degradación ha llegado la política española a semejanza de la internacional. Lo que las leyes no prohíben, debería prohibirlo la honestidad. Pero es ya tan escasa.