La distopía ha pasado de ser tema de novelas y películas de ciencia ficción a convertirse en norma, gracias a esa alianza de tecnoligarcas, gobiernos de ultraderecha y élites económicas que manejan el mundo y a las que poco importa la vida si sus bolsillos se llenan. Los conflictos e invasiones, los territorios arrasados, las personas migrantes maltratadas o los servicios públicos desmantelados forman parte de la nueva cadena de extracción y lucro. Vemos, impotentes, como los gobiernos ultraconservadores avanzan de manera imparable apoyados en la ignorancia, el algoritmo y la brutal manipulación mediática, cercenando todo tipo de políticas sociales. Es el sufrimiento humano convertido en oportunidad de negocio, un sistema al que no le importa destrozar cuerpos, recursos, derechos y vidas para seguir y seguir creciendo. Y, lo peor de todo, con el beneplácito y apoyo de muchos que son y serán sus víctimas sin tan siquiera saberlo. Todo se monetiza, hasta el dolor. El plan es acabar con lo público, arrasar con los mecanismos de protección de derechos, azuzar el miedo y la criminalización de “los y las otras”... y todo ello con el objetivo último de devorar los recursos. Todos. Y la gente, pendiente de sus vídeos de Tik Tok, de sus cuentas de Instagram, de los memes, de las estúpidas propuestas de influencers, de la bazofia de muchos creadores de contenido, del vacío entretenimiento de tantos y tantos youtubers..., no de da por aludida y vive una realidad paralela, permitiendo que la salud, la educación, la vivienda, los cuidados ya no se entiendan como derechos, sino como mercados financieros con los que seguir alimentando al necrocapitalismo y sus secuaces. A esta maquinaria depredadora no le gustan los frenos, le incomodan las leyes, la democracia, las instituciones supranacionales y la sociedad civil crítica. Todo grupo, asociación, organización civil o activista que se muestre crítico o denuncie es atacado de forma feroz: los que sostienen la certeza del cambio climático porque piden poner límites al modelo energético, las organizaciones ecologistas porque cuestionan la destrucción del territorio, los sindicatos porque combaten la explotación laboral, los movimientos feministas y antirracistas porque desafían un sistema heteropatriarcal y racista, las organizaciones de cooperación internacional porque denuncian las consecuencias globales de un modelo colonial que necesita países empobrecidos, extractivismo y fronteras militarizadas. El necrocapitalismo trabaja incansablemente para que las sociedades sean cada vez más individualistas, egoístas, insolidarias, ignorantes y miedosas porque es el marco perfecto para que puedan desarrollar sus planes, no ya con total impunidad, sino incluso con el apoyo de sus víctimas.
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