Estoy con la sociología crítica en la idea de que "la precariedad no es un fallo del sistema, sino su estrategia". La precariedad permite al Capital dominar a la sociedad sin mayor dificultad al mantener a los trabajadores constantemente al borde del abismo, con la espada de Damocles del paro sobre su cabeza. Transformando el porvenir en un oscuro túnel sin atisbo de luz al final, hurta a los individuos la confianza en sus capacidades y, por tanto, lo priva no ya de la libertad de elegir, sino de la misma esperanza. Atenazados por el miedo, la ignorancia y la impotencia, se resignan a su suerte ante la sonrisa hipócrita de unas élites que han logrado alejar de sus mentes, no ya la urgencia de cambios estructurales profundos, sino la misma idea de que son explotados. ¿Cómo entender, si no, que las víctimas del problema de la vivienda, los alquileres, los bajos salarios o los recortes de los servicios públicos, voten a los mismos que crean, mantienen o incrementan sus problemas? El truco está en saber que la humillación permanente genera un malestar que, para evitarte problemas, exige ser canalizado. Y ahí hacen su aparición los profetas del odio, encargados de calmar el sentimiento de debilidad y frustración, enmascarando el propio sufrimiento. Es el nuevo opio del pueblo. Se trata de inculcar en la mente de los humillados a los individuos y colectivos que han de convertirse en las dianas ideales de su odio, su violencia verbal o física. El Sistema señala a cualquiera que cuestione sus planes y métodos como objeto de menosprecio y aversión de las masas. Los desposeídos se revuelven así con furia contra quienes intentan hacer algo contra la injusticia de esa desposesión. Es así cómo la cólera de los imbéciles llena el mundo. Nuestro profundo error ha sido creer que la estupidez era inofensiva, pero está claro que una vez en movimiento, puede con todo. Aunque para ello tenga que autolesionarse.
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