viernes, 8 de mayo de 2026

Hogar, dulce hogar

Dijo el gran Antonio Gala que un hogar es el lugar donde uno es esperado.  Tradicionalmente la palabra hogar tenía el significado de lugar emocional y seguro. Más allá de una estructura física, el hogar se refiere a un refugio seguro, una zona de confort y un lugar para compartir vida con los que quieres y sentirte en paz. Pero nos lo cambian todo. Mejor dicho, hasta las cosas más hermosas del mundo nos las acaba colonizando la codicia capitalista. Hay algo inquietante en su idea de "hogar". Lo ha convertido en un objeto de negocio, en un bien de inversión, en un artefacto de consumo: cálido, funcional, pero vacío. En una criatura mitad objeto, mitad organismo, como si el mobiliario hubiese decidido emanciparse de su función y adquirir conciencia de estética de mercado. No se trata de volver al concepto de hogar del franquismo, que lo entendió como célula moral: orden, jerarquía, silencio. Pero tampoco de comprar la idea de hogar del capitalismo tardío que lo ha reformulado como escaparate identitario: identidad a través del consumo. El hogar actual no es el lugar donde las piezas de tu vida encajan. Es una base de operaciones, una nave nodriza, un lugar para "quedar" con los más cercanos cuando no tienes otra cosa que hacer. Es un animal imposible, ensamblado con piezas heterogéneas, un ensamblaje precario. Una negociación constante entre lo propio y lo que ha de ser común, entre lo íntimo y lo ajeno. La felicidad de los jóvenes ahora no puede residir en construir un hogar en armonia, sino en la capacidad de habitar esa contradicción que siempre tiene algo que no encaja. Eso si tienen la suerte de poder acceder a algún habitáculo que puedan intentar convertir en un hogar. Porque al sistema lo único que le interesa de tu hogar es que lo hipoteques para que a él le dé intereses, que lo asegures "para tu seguridad", que lo protejas con una alarma o que lo conviertas en una república donde tu eres el rey. Total, si ya cuela todo.

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