No soy autoridad en nada. Solo reflexiono y opino con conocimiento de causa. En derecho, en las relaciones humanas, en la vida, las formas deberían ser fundamentales como mecanismo de expresión de ideas. No es relevante sólo lo que se dice -a veces ni eso-, sino también cómo se dice, a través de qué marco de comunicación, con qué herramientas. La cortesía y las fórmulas de respeto deberían formar parte de la educación básica y esencial de cualquier ser humano, ser un presupuesto irrenunciable que nos permita salvaguardar la vida en sociedad, de manera pacífica y cordial, desde la tranquilidad que supone saber el respeto del adversario hacia uno mismo. ¿Cómo vamos a respetar las instituciones si muchas de las personas que hemos designado para representarnos en ellas se comportan a diario como patanes políticos? Sus modales toscos, su lenguaje ofensivo, su falta de respeto o sus actitudes prepotentes y chulescas les delatan. Este tipo de comportamiento suele manifestarse a través de la polarización, el desprecio por el debate constructivo o la burla hacia los opositores, acabando por degradar el nivel del discurso cívico. Cualquier persona de bien debería, ante todo, poner en valor a las personas. Pero en un momento en que nuestra sociedad, tan polarizada, parece haber perdido su rumbo, ni siquiera nuestros representantes son capaces de conducirse dignamente. Admiro a las personas capaces, con voluntad de avanzar, con vocación de servicio y ayuda a los demás. A las que evitan la crispación, la confrontación y la agresividad y se muestran abiertas al diálogo constructivo. Ahora que parece que solo existe corrupción, que jugamos a ver quién ha sido más corrupto, menos decente, y que lo que parece importar es demostrar no lo buen gestor y honrado que soy, sino lo mal gestor y deshonesto que es el contrario, doy más valor a las personas que colaboran, que con profesionalidad, conocimiento y, sobre todo, humanidad, tratan de hacer más fácil la vida a quienes tienen a su alrededor, en especial a quienes más lo necesitan. Ahora que queremos todo y lo queremos ya; que la inteligencia artificial reemplaza a la natural; y a la que le pedimos, seguramente sin ser conscientes del todo de los riesgos, que nos resuelva rápido los problemas; yo quiero reivindicar el valor de las personas: de cada enfermera, de cada profesor y profesora, de los policías, periodistas, jueces y políticos honestos, de todos los trabajadores que hacen su trabajo calladamente, pero que, sin verlo, nos permiten al resto seguir adelante con nuestra vida. Es gracias a esas personas como construimos sociedad. Dejemos de lado diferencias y busquemos la unión en valores fundamentales. La diversidad enriquece. La honradez, la decencia, el respeto al diferente y abrirnos al pensamiento de los que piensan diferente nos aportan y mejoran. Es lo que nos hace más humanos. Menos "prioridad" que disimula la discriminación y mas humanidad.
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