Excmo. e Ilmo. Sr. D. Presidente de la FIFA: En primer lugar, agradecerle su valentía y saber estar por ser uno de los últimos de Filipinas en usar los números ordinales en vez de los cardinales. No sabe su excelencia cómo se lo agradezco. Supongo que es una de las ventajas de la edad. Y del saber. Ahí tiene vuecencia el caso del portero de Cabo Verde (no lo confunda con el cabo Gutierrez, número del puesto de la Benemérita de La Carlota) que hizo un partidazo con cuarenta años porque no se sabe los ordinales y no podía contar más allá del primer gol. Bueno, eso y que el seleccionado nacional tuvo menos ritmo que una gotera. Pero ahí están los periodistas manteniendo que España es una de las favoritas. Una de las ocho o diez favoritas. Cuánto echamos de menos al pulpo Paul. Ya podía León XIV haber echado mano de sus contactos divinos y habernos aclarado el futuro de La Roja.
Sin embargo, lo que más me consume en este -que amenaza- tórrido verano, lo que más me quema, lo que más me crispa, lo que más me jode, es la meretriz manía del personal de calificar cualquier chorrada o necedad de hecho histórico. ¡No puedo! Ante tamaña tontería el cuerpo sólo me pide empezar a arrimar hostias a diestro y siniestro, sin conocimiento ni medida. Para evitarlo me he puesto a repasar la Historia de España, llegando a inquietantes conclusiones. La fundamental es que la nación española no tiene poco más de 500 años de antigüedad. No, qué va. Su nacimiento ni tan siquiera fue inspirado por Jesucristo tras ingresar en el Frente Popular de Judea. ¡Qué va. Es mucho más antigua! Lo han demostrado los arqueólogos de Atapuerca, que han encontrado restos de un homínido con una pulserita con la bandera española en la muñeca y un cuenco para hacer gazpacho. Estarímos, sin duda, ante el "Homo Cañí". Yo, sin embargo, sospecho que Dios creó España un cuarto de hora después de separar la luz de las tinieblas. Desde entonces, un largo linaje de españoles ha mantenido viva la Ilama de la patria. Sin ir más lejos, en Altamira se ve la imagen de un fulano echándose la siesta. ¿Qué más pruebas queremos?. Después, Fenicios, Griegos y cartagineses se dieron una vuelta por aquí para visitar Madrid y se quedaron tostándose en nuestras playas, comiendo espetos y bebiendo sangría. Los romanos se pasaron por Iberia para conquistarla y les salió la gata gato. Los redujimos y los metimos en nuestras procesiones. El modo de vida hispano se impuso. Ya lo dijo Séneca: "vitreum parvum salmorejum et duorum flamenquinum dolores spiritus et rigorem fato levant". Los godos, como se sabe, no invadieron nada: brotaron de la tierra, y Leovigildo eligió Toledo como capital por el ruido que había en Madrid con las remontadas del Real. Desde entonces no hacemos más que dar lecciones al mundo como reserva espiritual, cultural, ideológica y folklórica de la Galaxia. ¿Y Abderramán? Ese no juega, por moro. Ya se sabe. Si mira para La Meca en vez de para Madrid, chungo, que lo único que vale es haber nacido en tierra de Isabel Santísima. Y es que la historia está ahí para lo mismo que otras cosas: para manipularla, falsearla, aprovecharte de ella y declarar histórica cualquier gilipollez con el objetivo de que los libros de historia de la ESO acaben pesando más que el Planeta.
En fin, que esperamos con nerviosismo la publicación de las bases de la convocatoria del II Concurso de Fotografía Peripatética. Solo espero que dicho concurso alcance, cuanto menos, la nonagésima novena edición y que, pese a ello, no se convierta nunca en un puñetero hecho histórico. En cualquier caso propongo que todas las fotos recibidas pasen a formar parte del fondo gráfico del futuro monasterio benedictino que pretendemos refundar. Y que las ganadoras presidan las paredes de su noble scriptorium o, en su defecto, de su prestigiosa bodega artesanal... ¡Que el combinado de Arabia Saudita nos pille confesados! Personalmente me encomiendo a San Drogón, San Simeón el Loco y San Marc de Cucurella.
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