Dijo Umberto Eco que "el siglo XXI será recordado por convertir la estupidez en espectáculo". Por eso es tan corriente que veamos a los ignorantes aplaudir a rabiar a los payasos. La sensación de que la sociedad actual padece un "adormecimiento intelectual" -no me atrevo a llamarlo acipotamiento cognitivo, por temor a quedarme corto- no es infundada. No es producto de ninguna evolución natural, ni de un accidente. Es el resultado de dinámicas estructurales muy bien diseñadas. Todo empieza con la devaluación del esfuerzo intelectual que se impone ya desde la escuela, incapaz de conseguir con sus estrategias que el alumnado descarte el conocimiento por "aburrido" o "complejo". Así, la pérdida del hábito de leer textos largos o seguir razonamientos complejos va debilitando el "músculo" del pensamiento crítico. Por otra parte, no hace falta prohibir los libros si logras que la gente prefiera no leerlos porque está demasiado ocupada consumiendo entretenimiento hiperestimulante y trivial. Es notorio que el ocio pasivo ha sustituido en gran medida a la reflexión activa. Después, las grandes plataformas digitales hacen su trabajo. Estas no buscan educar, sino retener al usuario para obtener beneficios. Para lograrlo, los algoritmos priorizan el contenido que genera reacciones emocionales primitivas (indignación, odio, morbo, risa fácil) por encima del pensamiento crítico o el análisis profundo. Esto reduce drásticamente nuestra capacidad de concentración. Finalmente, y de forma paradójica, tener acceso a toda la información del mundo ha facilitado la manipulación. Al estar inundados de datos, fake news y opiniones sectarias, el cerebro se satura. Ante el cansancio informativo, la sociedad tiende a creer lo que alinea con sus prejuicios (sesgo de confirmación) en lugar de verificar los hechos. Esto nos ha llevado a la era de la estupidez. La inteligencia retrocede mientras los más imbéciles se encumbran. La estupidez instalada en la sociedad es, además, el arma más eficaz de los poderosos. Para controlar a los ciudadanos es preciso aterrorizarlos y mantenerlos en la ignorancia. Un país que cuente con un pueblo instruido, saludable y con carácter es mucho más difícil de gobernar. Por eso los gobiernos populistas embrutecen a los pueblos, alimentan sus emociones más primarias, inoculan odio y suplantan el trabajo genuino por clientelismo. El poder mundial, compuesto por una banda de sociópatas, ya no necesita como antaño de golpes de Estado. Hoy con el internet, los smartphones, las redes sociales y las plataformas audiovisuales, entre otros elementos utilizados como “método de dominación”, les alcanza y sobra para lograr sus objetivos propuestos y mantener sometidas a sociedades enteras que viven en un eterno y vejatorio letargo.
El mayor triunfo del adoctrinamiento: que el oprimido replica el discurso de su opresor
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