jueves, 5 de noviembre de 2026

Cristi-anos

Corría el año 2022. Congreso. Todos los grupos parlamentarios apoyaron encargar al Defensor del Pueblo la investigación de los abusos sexuales a menores en las instituciones de la Iglesia Católica española. Menos Vox, claro. La cosa ha ido a peor y ahora el PP se alinea en este tema sin fisuras con la ultraderecha. Lo confieso: de cuando en cuando escarbo en el vertedero mediático de la ultraderecha y muerdo algún canapé de esa fosa séptica. Total, hasta Ulises bajó al inframundo para consultar al adivino Tiresias y conocer cómo regresar a Ítaca. Uno se entera de cosas fabulosas en esos estercoleros digitales. Por ejemplo, que allí todos son catoliquísimos. Supongo que la misa de los domingos va en el mismo pack estético que la gomina y el fachaleco y alguno se persignará porque le conjunta con el polo de spagnolo. Siempre ha habido "hideputas" que se han aferrado a la cruz para justificar la espada o arribistas que se mearían en la sangre de los mártires si eso les conviniese. En fin, esas marquesas de mantilla el jueves santo y patada en el culo a la criada siguen procesionando. Ninguna novedad, oiga. Lo que sí me ha sorprendido es que los amigos de la patria irredenta tengan entre sus habituales un batallón ensotanado, señores ungidos con los santos óleos que por la mañana te predican desde el púlpito el amor al prójimo y por la tarde hostigan a los menas. Son los que dan la bendición a la señora que acusa al muchacho que se abrazó a la cooperante de Cruz Roja de querer meterle la cara entre las tetas. Dicen que está gente tiene tachado el pasaje de los evangelios que dice eso de: en "tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me asististeis, en la cárcel y vinisteis a visitarme". Por comunista. Esta gente cree que uno puede cometer todos los crímenes de este mundo, pero tendrá el favor de Cristo si pone en el programa electoral que está contra el aborto, la eutanasia y que no lo llamen matrimonio. Así son ellos de simples. Y de cínicos. Que ese Dios en el que no creo me perdone, pero entiendo que hay algo profundamente despreciable, algo hediondo y repugnante, en aquellos que tienen el mandato divino de amar al prójimo pero no respetan el dolor ajeno, en quienes lo minimizan o lo desdeñan, cuando no lo festejan. Es, qué se yo, un tufillo de putrefacción, como de cadaverina, que les sale por la boca al mismo tiempo que sus rebuznos. Ese olor es muy pegajoso, y una vez se te mete en las ropas se te queda en las carnes. No se va, por mucho incienso que enciendas, por mucho fervor que sientas al paso de tu cristo favorito o por mucha medalla del Rocío que cuelgues del espejo retrovisor junto a la cinta con la bandera de España. Y ten cuidado que un día te vas a matar, que tanta medalla, tanta bandera y tanto tarrito de ambientador te tapa la luna del coche y te resta visibilidad.

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