Sorprende que todavía haya gente que identifica a un país dirigido por un cruel matón de barrio, con complejo de déspota coronado, con el guardián de la democracia. Un país esquizofrénico que fue una vez cuna de las libertades y, ahora, su sepulcro. EE.UU. fue, desde sus orígenes, amante de la libertad: libertad de exterminar indios y robarles sus tierras, esclavizar negros, emprender guerras injustas, promover golpes de estado, patrocinar sangrientas dictaduras y desvalijar a quien se les ocurra, ya sean americanos, africanos, europeos o asiáticos. Ahora ha tocado un flagrante atentado, una burla total al derecho internacional. La novedad es el desparpajo de Trump al reconocer que la democracia le importa una mierda y que le da igual quién gobierne Venezuela mientras él se quede con su petróleo. Lo hizo en una conferencia de prensa dada en su club privado de Florida, porque él no distingue entre lo público y lo privado. Fue una auténtica concatenación de gilipolleces que sus acólitos nacionales y globales iban acogiendo con reverencia servil, asintiendo con una sonrisa bobalicona cuando en su delirante patanería aseguró que los venezolanos habían robado "su" petróleo. La derecha española ha aplaudido a rabiar y se ha apresurado a desempolvar su infantil tabarra del vínculo de la izquierda con la dictadura bolivariana. Los antidemocráticos cachorros de nuevas generaciones del PP han llegado a acusar a Zapatero de cómplice de narcotráfico. La ultraderechista Hazte Oír se ha querellado contra él por su "presunta colaboración con la red criminal de Maduro". Y el vividor y franquista declarado, Fran Rivera, da las gracias a Trump y le pide que "no pare" y "mire a España". A todos ellos su ídolo neofascista les ha meado la cara cuando, porque él manda, descartó de un plumazo a la premio Nobel de la Paz, Mª Corina Machado, diciendo: "No tiene el apoyo ni el respeto del pueblo". Un poco más y la manda a fregar escaleras. Si se tiene un mínimo de dignidad, debe de ser muy jodido aplaudir que pisoteen el derecho internacional para deponer a un tirano que te cae mal y descubrir luego que la libertad consiste en obedecer al invasor: el mamarracho alfa de la manada. Pero, claro, que dignidad le cabe a un "patriota" que pide al mamarracho que pisotee la soberanía de su propio país.
lunes, 5 de enero de 2026
Amantes de la dictadura.
En 1926 -hace un siglo- en Prusia se legalizó la costumbre de secuestrar niños gitanos para "educarlos"entre no gitanos. Esto, hoy, nos parecería una aberración. O, a lo peor, no. La prueba está en que, hace apenas dos días, fuerzas especiales estadounidenses, por orden de un bufón ensoberbecido cuya principal preocupación es castigar a los que "no le besan el culo", bombardean e invaden un país soberano, sin mandato internacional, y secuestran a su presidente sin que nadie mueva un dedo. Es más, con la satisfacción y el aplauso de muchos. Pero estamos ya acostumbrados a noticias diarias cada vez más delirantes. Vivimos tiempos en que el shock y la indignación son poses para el selfie interior, trampantojos, mercancías pensadas para consumirse sin contexto ni reflexión. Proliferan posicionamientos de trazo grueso que obvian cualquier matiz. Se imponen lógicas de hooligans de uno u otro bando en un partido que se juega sin la gente, sin la objetividad, sin la razón, sin la verdad. Sólo interesan las emociones más primarias, la bilis. Los "simpatizantes" de ese repugnante bufón que aspira a ser reconocido como "amado emperador del orbe" reaccionan desde las certezas abstractas de su pureza ideológica, que no dejan ningún espacio para la justicia, la moral, la decencia o la empatía y vuelven a pisotear conceptos como libertad o democracia. En España, llegan incluso a reclamar que su ídolo promueva la "extracción" de su odiado Sánchez. Sólo son amantes de los regímenes autoritarios, cómplices de los que aspiran a vaciar a las sociedades desde dentro. No se limitan a combatir a los que piensan distinto, aspiran a reprimirlos, a eliminarlos. Colaboran en corroer los órganos a través de los que respira la democracia. Dicen alegrarse de la desaparición de un autócrata, de un déspota autoritario, pero a ellos no les incomodan los dictadores, siempre que sean de su misma cuerda ideológica.
domingo, 4 de enero de 2026
Espiritualidad a la carta
sábado, 3 de enero de 2026
Asco internacional
Antes de que los que brindan y se echan unas risas con lo sucedido impongan su relato, hay que decir que lo lo ocurrido en Venezuela constituye una violación grave del derecho internacional. No se trata de una cuestión ideológica ni de afinidades políticas, sino de normas básicas que sostienen el orden internacional desde 1945. El artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas prohíbe de forma expresa el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. El secuestro del ínclito Maduro y de su esposa supone, además, una vulneración directa del principio de soberanía estatal y de la inmunidad de los jefes de Estado. No es una cuestión simbólica, es una línea roja absoluta. Cuando se cruza, el derecho deja de existir y lo sustituye la chulería y la fuerza. El ataque militar sin agresión previa y detención forzosa de un jefe de Estado configura jurídicamente una agresión internacional. No es una operación preventiva, no es una acción humanitaria, no es una intervención legal. Es una agresión en toda regla a la comunidad internacional que cumple las reglas. Y las consecuencias van más allá de Venezuela. Si se normaliza que una potencia pueda intervenir militarmente, capturar a un jefe de Estado y violar la soberanía de un país sin consecuencias, cualquier Estado con recursos estratégicos que interesen a EE.UU. queda expuesto. Lo sucedido en Venezuela es un acto de barbarie que rememora las peores épocas del intervencionismo imperial norteamericano. No solo viola la soberanía de una nación independiente, sino que amenaza la paz en toda América Latina y el Caribe. ¿Quién será el siguiente, Cuba, Nicaragua, Colombia? O, ya puestos, ¿Irán, Groenlandia? Esta acción está enmarcada en el plan para saquear los recursos naturales de un Estado. Pocas horas después de su intervención militar Trump no oculta su intención de controlar el petróleo del país. En el fondo es su único interés. De hecho ya ha anunciando que compañías estadounidenses se "harán cargo" de la industria petrolera de Venezuela. Hoy es un gran día para los que admiran a esa excrecencia humana que es Trump. Hoy habrá brindis en los cenáculos ultraderechistas de todo el mundo. Hoy, en España, los mismos que mintieron con Irak, con los atentados del 11M, con la crisis, con las preferentes, con el rescate a la banca, con el Prestige, con el Yak-42, con el Metro de Valencia, con las 7.291 personas abandonadas en las residencias de Madrid, con la DANA, con los incendios y con Gaza, trabajan ya a destajo para volver a vincular el régimen de Maduro con el gobierno de su país.
Año nuevo, misma mierda.
Nuestra gran tragedia es que se nos ha olvidado que las estrellas existen. No las miramos porque la contaminación lumínica enceguece los cielos. Por eso ahora nos conformamos con observar el sucedáneo de minúsculos universos de lucecitas navideñas de colores, tan industriales como falsos. No las miramos porque nos han acostumbrado a inclinar la testuz para atrapar nuestra mirada en una pantalla. Porque hemos perdido la conexión con lo natural, "encoñados" como estamos con lo terrenal, lo material, la tecnología y el afán de tener, olvidando nuestra conexión ancestral con el cosmos. Comenzamos cada año ensoñando utopías materialistas, fantasiosos deseos y realidades ilusorias que, la mayoría de las veces, sólo nos conducen a una eterna espera, un continuo aplazamiento o una frustración sistémica. Amamos las ilusiones que no conllevan acción, esas que nos dejan siempre en una terraza a la intemperie, que certifican la debilidad de las junturas humanas, la hipocresía de nuestras vidas en comunidad y la facilidad con la que los plomos saltan cuando las biografías se buscan unas a otras. El 2026 apenas ha empezado y ya nos muestra la voladura del derecho internacional, una política en la que una mayoría de ciudadanos se inserta desde el odio, la pulverización de la verdad como nunca antes habíamos sido testigos, la hegemonía de lo intrascendente, el olvido de lo humano. Apenas ha nacido y este 2026 ya pinta negro de sangre seca, de guerra injusta, de personajes históricos con el alma podrida, de pozos a los que arrojar nuestras democracias. Todavía no se han apagado los alumbrados destinados a generar ilusión en las mentes cándidas y ya se nos muestra una madrugada azabache, por mucho que quieras perseguir esa incandescencia, por pequeña que sea, de esperanza y comunidad. Por eso, en este año nuevo que da sus primeros pasos, quien no quiera sumergirse en la más profunda distopía deberá, al menos, encender una velita, arrimar leña a la lumbre de la convivencia en vez de sofocarla con el extintor y, sobre todo, avivar los afectos, que no queman pero sí calientan el alma. Cada gesto cuenta contra la barbarie, que nunca podremos enfrentar solos. Procuremos hacer de la amistad un arma blanda de resistencia. Eso es tan importante como crear una belleza luminosa que cale en cualquier rincón y comience a disolver la oscuridad y el miedo donde anida el odio.
jueves, 1 de enero de 2026
El simulacro
Sostengo que el éxito de la Navidad está en que es una fiesta que combate nuestros temores más atávicos: la oscuridad, la soledad y el hambre. De ahí la omnipresencia de las luces, las concurridas celebraciones familiares y sociales y las mesas abarrotadas de viandas. El origen de estas fiestas es ancestral. Y pagano. Celebran al "Sol Invicto", victorioso sobre la oscuridad. No en vano el 25 de diciembre marcaba el día en que los días empezaban a alargarse, simbolizando el renacimiento del sol, su victoria sobre la oscuridad y la promesa de futuras cosechas. La Navidad es también el paraíso de las tradiciones, da igual que tengan 2000 años, un siglo o 60 meses. Las tradiciones dan seguridad. Están ahí, las sigues, te identificas con la mayoría, no hay que pensar, ni aventurar... ¡Un chollo!. Pocas liturgias han logrado ensamblar con tanta eficacia la tradición, el sentimiento, las emociones, la diversión... y la contabilidad. Todo se legitima en nombre de una emoción, posiblemente ancestral, anterior a cualquier mesías, a cualquier sol invicto. Como negocio, pocas invenciones han logrado soldar con tanta eficacia el ritual y la "pasta". Relatos, imágenes, canciones, todo está diseñado para normalizar lo que aspira a ser un espíritu comunal: una mezcla dosificada de nostalgia, ilusión, diversión y consumo. El objetivo es crear, durante unos días, el espejismo de un tiempo de paz, de bondad y buena voluntad. Unos días en los que se nos permite sentirnos buenos, reconciliadores, solidarios. Unos días donde se nos abre el corazón. Y los bolsillos. Unas fiestas que producen un jugoso negocio: juguetes que duran menos que su envoltorio, dulces de temporada convertidos en obligación, colonias que duran meses, reuniones con sobrecoste emocional y económico, mesas que se esfuerzan en mostrar un status social más que un lugar de encuentro. Todo se mueve, todo factura. La Navidad practica una moral de temporada, intensa pero fugaz, que no exige continuidad ni esfuerzo: solo buenos deseos. No propone justicia estructural, sino misericordia puntual; no altera las relaciones de poder, las suaviza. Antes que solidaridad, caridad. El pobre sigue siendo pobre, pero recibe una comida caliente, una zambomba y un villancico. Y cuando el 7 de enero termina el simulacro de paz en el mundo y de buena voluntad, volvemos a la normalidad: a sacarnos las tajadas.
Despropósitos de Año nuevo
No hay Nochevieja sin propósitos de año nuevo. Siempre nos decimos que esta vez todo será distinto, que está vez sí, que nada impedirá que nos apuntemos al gimnasio, que hagamos la dieta del espárrago, aprendamos suajili, leamos Dublineses o corramos la maratón de Boston. Al principio nos invade el entusiasmo. En un arranque de euforia, pagamos la primera mensualidad del gimnasio y nos compramos unas mallas ridículas. El 15 de enero la cosa empieza a enfriarse. Para San Valentín, las mallas ya reposan en el armario. Llega el Corpus y lo único que sabemos decir en suajili es hakuna "batata". El 2 de enero dormimos soñando con dejar el tabaco o bajar de peso pero apenas un mes después hemos vuelto a fumar y nos hinchamos de panceta y chocolate. Un estudio demuestra que las personas que no cumplen sus propias promesas -la mayoría-, tienden a creer que los problemas se resuelven mágicamente por sí solos. Son los mismos que leen el horóscopo o le ponen perejil a San Pancracio. ¡Hay que comprometerse más! Realizar una solemne ceremonia de compromiso, del tipo: "Juro, por mi conciencia y honor, que de ahora en adelante tomaré el café con sacarina, que cumpliré fielmente con mis clases de zumba, no me pondré mi ropa deportiva en vano y guardaré lealtad a la ensalada de espinacas y las semillas de chía". Y si no estás seguro de tí mismo, al menos formula bien tus promesas. En vez de decir “en 2026 voy a dejar de fumar”, escribe: “en 2026 no fumaré salvo con causa justificada, por ejemplo para acompañar el cubata de los sábados; o en el descanso del curro, cuando todo el mundo se enciende un piti, que no voy a ser yo menos; o una caladita de nada cuando me vengan los nervios, o el hambre, o el estrés. En todo caso, no más de dos cajetillas al día, lo juro por lo más sagrado”. En fin, no te propongas una defensa numantina de tus propósitos que la carne es débil, la tableta de chocolate nos acecha desde la estantería del súper, el tiramisú nos guiña un ojo desde el fondo de la nevera, el cigarro nos llama con dulce voz desde el paquete y nos seduce con artimañas adictivas. Y caemos. Como todos los años.