Al problema de la falta de memoria se une el de que no sabemos gestionar "ser ricos". Uno recuerda cuando sólo había un plato en la mesa y una fruta. Cuando merendábamos pan con aceite y azúcar. Cuando una jícara de chocolate, de vez en cuando, era un regalo y un helado o un pastel un lujo. Cuando no hartarnos de comer nos hacía delgados y bajitos. Cuando los pantalones -sin marca- llevaban rodilleras y los jerseys coderas. Cuando mucha ropa era heredada de nuestros hermanos y hacíamos la comunión con el traje de nuestros primos. Cuando casi nadie llegaba a fin de mes, a veces ni a fin de día, porque todo eran estrecheces. Cuando la sala de juegos era tu calle y ésta era tu casa. Cuando tus vecinos eran una extensión de la familia porque solían estar ahí para lo que hiciese falta cuando las carencias venían, que era muy a menudo, porque hoy por mi y mañana por ti. Cuando no éramos clase media, cuando casi todos comíamos lo mismo porque no había otra cosa, cuando no teníamos envidia porque las casas del barrio -menos las de cuatro gatos- eran casi todas iguales, con las mismas carencias, con el mismo frío, con las mismas goteras, con la despensa semivacía, con las orejas llenas de sabañones, los calcetines zurcidos y los zapatos rozados. Cuando éramos así de poca cosa, pero éramos también muchísimo más generosos, comprensivos y solidarios porque siempre se dependía de alguien. Sin embargo, conforme más tenemos, más egoístas somos, más avariciosos, más insolidarios, más clasistas, más brutos, más ignorantes, sin más ambición que tener más coches, más autos, más trajes, más mierda.
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