jueves, 5 de febrero de 2026

Oponerse a lo que te beneficia

Hemos llegado a tal punto de idiocia que mucha gente, por razones de seguidismo ideológico, se opone y brama contra medidas que concuerdan perfectamente con sus valores. Lo estamos viendo a cuenta del anuncio de Sánchez de que prohibirá en España el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. A partir de ahí, la derecha y sus más acérrimos seguidores -de nuevo- se han envuelto en la falsa, falsísima bandera de la libertad para oponerse frontalmente a la medida, atacar groseramente a quien la propone y alinearse con una mamarracho extranjero que le insulta porque podría afectar a su jugoso negocio. Pero, seamos serios y apartemos del análisis las cuestiones ideológicas. Como profesor llevo años advirtiendo de los estragos que las redes están causando en los más jóvenes: ansiedad, irritabilidad, adicción, depresión, trastornos del sueño, baja autoestima, pérdida de atención, deficiencias cognitivas, bajo rendimiento académico, problemas de carácter... Sólo esto -que muchos padres saben y sufren- debería ser suficiente para estar a favor de tomar medidas. Pero es que, además, cualquiera que tenga un smartphone puede comprobar que las redes sociales son un apestoso sumidero de desinformación, manipulación, bulos, incitación al odio, ataques personales intolerables, acoso, amenazas y chantajes, introducción a la ludopatía, pornografía de todas clases... Cualquier persona normal sabe perfectamente que estas figuras son en la mayoría de los casos claros delitos penales que serían perseguidas de oficio si no estuvieran inscritas al mundo digital. ¿Por qué oponerse entonces a que también lo sean en éste? ¿Quizá sea porque los dueños de las redes ya han conseguido manipular nuestra forma de percibir la realidad haciendo que aceptemos situaciones que dañan a la sociedad pero engordan sus cuentas corrientes? Sin embargo, prohibir el acceso a redes es como ponerle puertas al campo, salvo que se materialice la correcta identificación de los usuarios. Y eso indigna a los fanáticos de la supuesta libertad. Los mismos a los que no les importa que las grandes empresas digitales sepan de ellos en cada momento dónde están, qué hacen, que gustos tienen, que compran, que leen, cuáles son sus ideas y hasta cuál es la marca de papel con la que se limpian el culo. La razón de la indignante impunidad en redes, con su lógico efecto contagio, es el anonimato que predomina en ellas. Y este es el asunto vertebral que habría que corregir si de verdad se quiere conseguir que se expulse de ellas a los delincuentes que las utilizan para delinquir. Así que si no se quiere prohibir, la única solución al problema sería establecer la obligación de que todos los usuarios de las redes estén fidedignamente identificados. En Australia, está medida ya ha obligado a Meta, por ejemplo, a eliminar cerca de 550.000 cuentas en sus redes en sólo unas semanas, lo que demuestra la magnitud del problema. ¿Están dispuestos los gigantes digitales a soportar esta sangría de usuarios y beneficios? Claramente, no. Eso explica la virulenta reacción de Elon Musk, recurriendo al insulto, o la del dueño de Telegram enviando un mensaje manipulador a todos sus usuarios. Ellos tienen el poder. Y la gente salta cuando ellos lo mandan, aunque ellos contribuya a dañar la personalidad y salud mental de sus propios hijos. ¡Qué servilismo! ¡Y qué triste!

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