Expliqué mil veces a mis alumnos que España, desde el punto de vista geográfico, es un país de contrastes. Pues anda, que desde el humano. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. España es líder mundial en donación de órganos desde hace más de treinta años, sostiene uno de los sistemas públicos de salud más admirados del planeta, y se espera que alcance para 2040 la esperanza de vida más alta de la Tierra. A partir de ahí... Sorprende que España tiene más bares que camas de hospital: unos 260.000 bares frente a unas 140,000 camas hospitalarias. O sea, un país mejor equipado para servirte una caña que para hospitalizarte. Un país frívolo. Un país, aparentemente, condenado. Aquí hay un misterio. Y los misterios, a diferencia de los problemas, no se resuelven: se habitan. Pero aquí nos adaptamos a todo. El himno nacional no tiene letra oficial; así que, en los estadios, la gente simplemente lo tararea con un lo,lo,lo. Además, por vagos, nos conformamos con poco: Diseñamos una bandera con tres franjas y repetimos un color. La pregunta obvia sería: ¿cómo es posible que un país que dedica tanto tiempo a estar sentado en un bar viva tanto y tan bien? Pero es que el bar español es algo más que un establecimiento de despacho de bebidas. Los pubs ingleses cierran por miles cada año. Las cafeterías americanas fueron reemplazadas por los drive-through, esa metáfora perfecta de una civilización que ya no se detiene ni para comer. O dieron paso a esa ñoñez de urbanita a la última que son los Starbucks. En España, contra todo pronóstico, contra la lógica del rendimiento, contra el dogma de la productividad, contra el algoritmo sacamantecas, mantiene abiertas las puertas de los bares. Es verdad que el bar español ha perdido alguna de sus virtudes. Ahora, en ellos, ya no se lee el periódico -ni en ellos no en ningún lado-, ni se puede echar una partida en la máquina de pinball, ni hacer dibujos con el pie en el serrín para absorber la humedad los días de lluvia. Pero queda esa convicción no escrita de que la vida sin bar, sin plaza pública, sin sobremesa, sin ese vermut que no lleva a ninguna parte, sin esa primera caña del día, no es vida más eficiente. Es simplemente menos vida. El bar nos inocula "malas costumbres": beber como norma social, tapear, comer tarde, alargar la sobremesa, porque la mesa es un altar, no una estación de recarga. En tiempos de anillos que miden el sueño; relojes que cuentan los pasos, las pulsaciones, miden la tensión arterial, la temperatura corporal, la glucosa en sangre...; de dietas diseñadas por inteligencia artificial; de gimnasios empetados..., el bar es una "rara avis" que escapa al control de una industria de la longevidad que promete añadir años a la vida de personas que hace tiempo dejaron de preguntarse para qué la quieren. Creo que las sociedades más obsesionadas con la salud son, con frecuencia, las más enfermas de soledad. Y en los bares se combate esa enfermedad moderna. Bueno, menos los memos que comparten la mesa de un bar para dedicarse a mirar el móvil.
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