lunes, 24 de agosto de 2026
Es indecente decir que España es un país fallido.
Cada tragedia tiene dos víctimas. La primera, siempre, las personas que pierden la vida y sus familias, a quienes nada ni nadie podrá devolver lo arrebatado. La segunda aparece después, casi de inmediato: la verdad, maltratada, agredida y sepultada bajo el ruido, la demagogia y el oportunismo. Ante cualquier tragedia que conmociona a España, da igual que sean inundaciones, incendios, accidentes ferroviarios o tragedias humanitarias, no tardan en aparecer los de siempre. Los que, sin esperar a que haya investigaciones, sin datos y sin el más mínimo respeto, proclaman que "España es un desastre", que "todo funciona mal, que "somos un país fallido". Lo dicen con una ligereza insultante, como si el dolor ajeno fuera una buena oportunidad para cargar contra un gobierno y ajustar cuentas ideológicas. Vaya por delante que afirmar que España es un caos es una falsedad. España es un país moderno, con buenas infraestructuras y medios suficientes. Y eso es producto de la labor de gobiernos de diferente signo desde que estamos en democracia y del esfuerzo de la sociedad española. Toda. España, pese al relato interesado que algunos intentan imponer, es un país con instituciones sólidas, con profesionales cualificados y con una capacidad de respuesta que merece respeto, no linchamiento preventivo buscando réditos electorales. Es obsceno usar a las víctimas de desastres como munición política. Es obsceno convertir la desesperación y el duelo en un arma arrojadiza. Es obsceno debilitar deliberadamente la confianza colectiva para sacar tajada del dolor ajeno. España no necesita agitadores del desastre permanente. Necesita rigor, serenidad y respeto. Necesita que se colabore ante los desastres, que exista lealtad institucional, que se investigue hasta el final y se depuren responsabilidades si las hay y, sobre todo, que se acompañe a las víctimas con humanidad, no con consignas ni titulares incendiarios. España no es perfecta. Ningún país lo es. Pero no es el país fallido que algunos necesitan que sea para justificar su discurso. Criticar es legítimo. Manipular el dolor, no. Exigir responsabilidades es necesario. Mentir, manipular, exacerbar los ánimos, sembrar desprecio, no. Ante cualquier desastre hay que colaborar, acompañar a las víctimas y exigir verdad. Lo demás es ruido.Y el ruido, cuando nace del oportunismo, no es valentía: es indecencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.