Una mentira se instala como verdad por algo más complejo que por la sola repetición de una impostura. La tierra fértil de las mentiras se compone de capas heterogéneas de ignorancias, miedos y deseos colectivos que encuentran en ellas interpretaciones más cómodas, más creíbles que la verdad. La mentira, para prosperar, necesita hundir sus raíces en terrenos que los que están dispuestos a creerlas no frecuenten, no dominen ni estén dispuestos a explorar. De ahí el gusto ultra por "rememorar" el pasado, previa deformación y manipulación del mismo, para construir una imagen falsa del presente y proyectar un futuro tan distópico como falso. Por eso, y para evitarlo, es tan importante la memoria. Necesitamos la memoria, la memoria es tan importante que incluso, a nivel popular se dice que alguien no muere mientras se le recuerda. Decía Saramago que "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos, sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”. Para que no olvidemos lo que somos, detengámonos hoy y no perdamos de vista que muchos pretenden que vivamos en una sociedad construida sobre la mentira y la ambigüedad. Una sociedad que se está marchitando por falta de autenticidad, por falta de verdad, por exceso de personas dispuestas a aceptar y normalizar la mentira como método de espantar sus miedos, esconder sus mediocridades y protegerse emocionalmente contra la evidencia de que existen crueldades puras, es decir, irracionales y gratuitas, que ellos, simplemente, aceptan.
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