Que nadie se engañe, el informe PISA no es otra cosa que un instrumento de control económico al servicio del neoliberalismo global, ya que evalúa los sistemas educativos bajo criterios de rentabilidad mercantil y competitividad, los dictados por una organización financiera como la OCDE. Dicho esto, no hace falta informe alguno para certificar que la ignorancia prospera en el mundo. Y la culpa no la tiene el sistema educativo, sino la sociedad, que lo ha puesto a su servicio. Hasta no hace mucho no había que convencer a nadie de que la lengua, las matemáticas, las ciencias, la historia, la filosofía o la literatura eran las herramientas con las que una persona construye su pensamiento. Una persona que no comprende un texto difícilmente podrá comprender un contrato, una noticia, un discurso político o una manipulación. Una persona que no domina las matemáticas tendrá más dificultades para interpretar una estadística, una encuesta electoral o una mentira revestida de porcentaje. Una persona sin conocimientos históricos puede ser convencida de que cualquier barbaridad acaba de inventarse. Una persona sin cultura científica puede terminar creyendo que una opinión pesa lo mismo que una evidencia. Pero hemos preferido primar el bienestar emocional en la etapa formativa, aunque ellos traiga después ignorancia, frustración y malestar emocional, mental y vital. Pero, qué zoquete se ha creído que los docentes somos los garantes de la felicidad de los niños y de los adolescentes. Ni podemos serlo ni debemos pretenderlo. Nuestra responsabilidad es mucho más humilde y, al mismo tiempo, mucho más profunda; somos guías intelectuales; el trabajo de los maestros consiste en darles las herramientas necesarias y suficientes (leer, escribir, calcular, guardar silencio, escuchar…) para que después, los profesores, pongamos a su alcance los conocimientos que todavía no poseen (lingüísticos, matemáticos, filosóficos, históricos, etc.) para así, enseñarles a leer el mundo, a formular preguntas, a distinguir una evidencia de una opinión, a soportar la dificultad, a equivocarse, a corregirse y a seguir pensando. No estamos en las aulas para conseguir que nuestros alumnos estén a gustito, sino para garantizarles que podrán encontrar la felicidad por sí mismos. Estamos para darles herramientas con las que puedan construir una vida que merezca la pena. Lo demás, lo siento mucho, son zarandajas.
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