Cerca de tres cuartas partes de la población mundial ya son usuarios de internet. Parece un gran avance, pero... Esta expansión se debe en parte a los esfuerzos de las empresas tecnológicas monopolistas y las grandes potencias por llevar internet a todos los rincones del mundo, especialmente a los países del sur global. Y ¿dónde está el problema? ¿Quizá en que esto se haga, incluso, antes de garantizar agua potable, alimentos, electricidad y servicios básicos a esta población? Como siempre, se pone el foco en el logro tecnológico, la libertad, los beneficios para la población y otras zarandajas. Pero el verdadero objetivo es el de maximizar los beneficios de estas grandes empresas, reforzar su dominio y expandirlo mediante la colonización digital. De hecho, poca gente es consciente de que asistimos, disfrazada de revolución tecnológica, a una nueva forma de colonialismo global y hasta de esclavitud silenciosa. Lo que vivimos hoy no es el dominio de las máquinas sobre los seres humanos, tal como lo ha imaginado el cine en tantas películas, sino más bien un nuevo modelo de control digital, basado en la automatización y en el control algorítmico de la vida cotidiana, donde las sociedades se convierten en entidades sometidas a sistemas, empresas y máquinas inteligentes. Parece ciencia ficción pero es real: los algoritmos se emplean de manera sistemática para moldear y dirigir la conciencia de los individuos, con el propósito de reforzar la cultura capitalista y los valores neoliberales. A través del análisis de datos y del comportamiento de los usuarios, los algoritmos controlan el contenido que se muestra en las plataformas, y están diseñados para dirigir a cada persona hacia contenido que sirve a la visión capitalista y a sus políticas. Y sus políticos. Los algoritmos al dar prioridad al contenido que sirve a los intereses del mercado, de las empresas monopolistas y de las grandes potencias, se convierten en una herramienta para reproducir la dominación cultural del tecnofeudalismo. A través de este mecanismo, la conciencia colectiva se orienta gradualmente hacia la aceptación de los valores tecnofascistas como naturales e inevitables, de manera suave, progresiva y casi imperceptible. De este modo, este sistema contribuye a reforzar la sumisión de las masas al "orden" existente y a marginar las alternativas progresistas, lo cual puede amenazar la conciencia de las generaciones futuras y su capacidad de pensamiento crítico y de organización para el cambio. Lo que enfrentamos hoy no es, sin embargo, un destino tecnológico ineludible, sino el resultado de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del sistema. Pero que pueden combatirse. Pero, mientras, qué mundo más jodido se nos está quedando.
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