Somos muchos, muchísimos, los docentes que llevamos años alertando de una ignorancia cada vez más generalizada. Que advertimos de que cada año los alumnos llegan y salen de los institutos con más carencias instrumentales, con más carencias culturales y también, por qué no decirlo claramente, morales. Hemos convertido la educación en un sin Diós, en un totum revolutum, el el coño de la Bernarda. No sé en qué momento empezamos a confundir educar con hacer sentir bien al alumnado. ¡Qué disparate, que engañifa! No sé en qué momento la escuela se convirtió en una sala de primeros auxilios emocionales donde todo debe ser amable, inclusivo, motivador y adaptado, y la pregunta más importante desapareció del debate: ¿Qué ha aprendido un alumno cuando termina su escolaridad? Y claro, llega el informe PISA, o la Selectividad -otra enorme estafa- y resulta que no se mide si un adolescente se siente acompañado, si conoce sus emociones, si su aula ha sido un espacio suficientemente confortable o su profe se ha mostrado suficientemente empático, que es lo que la moda neopsicopedagógica nos ha colado; sino que resulta que intentan averiguar algo bastante menos sentimental: quieren saber qué sabe hacer un alumno con lo que ha aprendido. PISA pretende medir si el alumnado comprende un texto, si resuelve un problema, si interpreta la información y si piensa. Y claro, "en toda la frente". No es que las emociones no importen, porque importan, y precisamente por eso resulta tan extraño haberlas colocado en el centro de una escuela que debería proporcionar, antes que nada, las herramientas intelectuales necesarias para comprender el mundo y así, construir correctamente dichas emociones. Pero es que la tontería nos nubla la vista y no entendemos lo más básico. Es lo que se viene llamando "tener las neuronas justas para pasar el día". Vamos a ver, no soy psicopedagogo. Ni falta que me hace para saber que una criatura aprende a pensar cuando adquiere y entiende palabras, conceptos, conocimientos y criterios; cuando estudia y reflexiona sobre lo que ha estudiado, cuando memoriza aquello que merece ser tecordado (con esquema y resumen hecho por él/ella y no por su madre/padre/Chatgpt), cuando se enfrenta a un problema que no sabe resolver y persevera hasta encontrar una respuesta (sin frustrarse y si se frustra, que se desfrustre, que es muy sano), cuando descubre que no todo sale a la primera (y que ya saldrá), que existen límites impuestos y que deberían serlo por padre/madre, profesor/escuela y sociedad, que el esfuerzo forma parte del aprendizaje y que la satisfacción de conseguir algo difícil es infinitamente más valiosa que la comodidad de no haberlo intentado. No parece difícil, verdad. No parece difícil entender que el sistema educativo no puede enseñar su no se dedica a ello. Si le imponen como tareas, además de enseñar, otras en número incontable. Si se le asigna, además de enseñar, la tarea de educar y hasta "domesticar". No creo que sea mucho pedir que los chiquillos vengan mínimamente educados de casa. O, entonces, ¿para qué están los padres? ¿Solo para malcriar? Hay que devolver al sistema educativo la importancia de saber. Y como se que esto va a quedar muy largo y me queda mucho por decir, seguiré otro día.
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