viernes, 24 de abril de 2026

•Cristofascistas

La ultraderecha habla mucho de nuestras tradiciones. Por supuesto, ellos deciden por todos cuáles deben ser. Y algo en lo que insisten con frecuencia es en que nuestras tradiciones son esencialmente cristianas. Pero el cristianismo de la extrema derecha es de lo más selectivo. Se salta aquello de ayudar a los necesitados, de ser misericordiosos y de amar al prójimo. Es más, se salta prácticamente todo el Evangelio. Porque no es el mensaje de Cristo lo que interesa a los ultras, ni el cristianismo como sistema moral. Lo que les pone de verdad es el papel que ha desempeñado el catolicismo en la creación de regímenes de exclusión, jerarquización y opresión. Les encanta esa tradición cristiana que decide quién pertenece al grupo y quién está fuera, que establece o legitima jerarquías sociales, que disciplina moralmente al personal, coloca a la mujer "en su sitio" y persigue a los "disidentes", sean estos homosexuales, pro abortistas o partidarios de la eutanasia. El cristianismo de la ultraderecha es el de Torquemada y los carlistas. Es catolicismo de penitencias, castigos, hogueras, infiernos y deportaciones, salpicado con un poco de folklore: comuniones, bodas, bautizos, romerías y pasos de Semana Santa-. Quizá por eso ahora se han pasado de frenada y han chocado hasta con los obispos por aquello de la "prioridad nacional". Su secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal ha pedido "prioridad de Evangelio" frente a la "prioridad nacional" que propone Vox.  Y ha asegurado que la Iglesia "no estará nunca" de acuerdo con medidas que traten de "excluir o anular al otro". Es igual. Los cristofascistas están abrazados al catolicismo de Torquemada y Teresa de Ávila, de la Inquisición y de los místicos a los que nunca han leído ni entendido. Su cristianismo es el de dictadura teocrática llamada nacionalcatolicismo, la que fundió la cruz y la espada para justificar una guerra civil. Para los nostálgicos del régimen, el Papa Francisco no era más que un marxista con sotana y creen -con Trump- que León XIV también les ha salido rana. La extrema derecha española ha llegado incluso a acusar a la Iglesia de lucrarse cuidando a migrantes. Ahora su fervor está del lado del dirigente genocida de Jerusalén que dice tener las escrituras del Gran Israel, firmadas por el de arriba con la sangre de sus enemigos. Esta gente lee los Evangelios por los bordes, a través, en diagonal, seleccionando palabras hasta que acaban diciendo exactamente lo que quieren que diga. La fe de esta gente, como la de Ayuso, vive en el barrio de Salamanca, en think tanks neocons, en podcasts de la fachosfera y en la teología política de los nuevos libertarios: esos que han revelado que Dios es, después de todo, un partidario del libre mercado y que la principal bienaventuranza comienza diciendo: "Bienaventurados los ricos..." Es lo que tiene despreciar a los Papás comprometidos, a los curas de barrio que se toman en serio la doctrina social. Desprecio por quienes hacen voluntariado en Cáritas o en Cruz Roja, por quienes hacen lo que el Sermón de la Montaña, leído sin filigranas, manda hacer. Ellos se cuelgan la cruz lo mismo que se adornan la muñeca con la banderita: sin importarles en absoluto el significado real del símbolo. Su cruz es un signo identitario, un adorno ideológico, la insignia de los que han decidido que su equipo ganó y que ahora el símbolo les pertenece.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.