sábado, 10 de enero de 2026

El frío mata

Este sistema tiene por objetivo que las cosas funcionen bien..., para los de arriba. Promete orden, seguridad, crecimiento, estabilidad. Promete protegernos a todos. Pero cuando los recursos no llegan se señala al más débil y se le deja atrás. Sin drama. Sin ruido. Sin culpa. Aunque la muerte esté de por medio. Pero más obscena que la muerte me parece la tranquilidad posterior. El modo en que la noticia se consume rápido, pierde significado, se archiva, se olvida. Y no es cuestión de magnitudes. ¿Quién se acuerda ya del genocidio en Gaza?. Damos las cifras de muertos, asépticamente, y se nos anestesia la conciencia. Es como si el número, como concepto abstracto, amortiguara la violencia del hecho. Como si sumar cadáveres fuera una manera decente de ordenar la tragedia. Llega una ola de frío y en Barcelona mueren dos personas. Mientras, se iluminan fachadas, se calefactan terrazas y se anuncian pistas de patinaje sostenibles. Pero todo es normal. La culpa la tiene el frío. Como la pudo tener el cha-cha-chá. El frío llega, paraliza y busca a quién sobra. Y lo normalizamos. Acudimos para ello a un lenguaje que ayuda a anestesiarlo todo: “Era una persona sin hogar”. Suena neutro. Como si el hogar se hubiera extraviado solo. Se deja caer que hay dispositivos de emergencia, que funcionan albergues, que se dedican recursos para evitar que los desgraciados se mueran de frío. Los medios preguntan sólo cuando hay titulares. Pero eso no es preocupación, es maquillaje. Porque los protocolos que se activan son un camelo. ¿Quién iba a pensar que un "sin techo", perdido en la calle, no iba a estar bien informado de un protocolo municipal puntual? Y todos llegamos a la misma conclusión: La culpa es del fallecido. Y Santas Pascuas. Nadie se preguntará por qué no tenía un techo, por qué estaba en la calle, cuántas puertas se le cerraron antes de que el frío hiciera su trabajo, por qué una persona muere de frío cuando hay gente que calefacta las casetas de sus perros. Esto no va de meteorología. Va de capitalismo salvaje, un sistema que habla de eficiencia, de inversiones, de protocolos, de ayuda. Pero el resultado es siempre el mismo: hay vidas que no compensan la inversión. Vidas que no entran en el cálculo. Vidas que, si desaparecen, no alteran el balance. El frío, el hambre, la guerra, no matan de manera fulminante. Matan siempre lentamente, con tiempo, con silencio, con permiso de los que pueden evitarlo. Mientras sigamos mirando hacia otro lado porque nos incomoda pensar que nada hacemos ante lo evitable, estaremos aceptando, sin decirlo en voz alta, que hay vidas prescindibles.

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