Los que no viven absorbidos por alguna "ventana" tecnológica; los que, al menos de vez en cuando, enderezan las cervicales y miran alrededor, se dan cuenta: la barbarie está ganando. No la barbarie antigua, la de las hordas salvajes, la que conquistaba, saqueaba y pasaba a cuchillo. No, la actual es más sofisticada: viste traje de marca, cotiza en bolsa, tiene cuenta en Islas Caimán y vota fascismo. Es la barbarie que se mea en las normas de derecho internacional, la que pisotea los derechos humanos, la que replica por interés económico guerras ilegales, la que destruye el planeta con hojas de cálculo, mata con algoritmos y celebra la miseria ajena con champán francés. En Silicon Valley diseñan aplicaciones para que no tengas que mirar a los ojos a ningún trabajador y veas las miserias que el sistema crea. En las salas de juntas de las multinacionales se aplaude cuando suben las acciones después de despedir a miles de empleados. Esta es la nueva barbarie: eficiente, optimizada y con excelente marketing. Antes la barbarie podía disfrazarse de misión civilizadora; el saqueo, de progreso; el genocidio, de liberalización. Ahora ha cambiado el relato Pero el efecto es el mismo. Tienen el planeta en llamas, la desigualdad en máximos históricos, la democracia convertida en parodia, pero siguen pretendiendo convencernos de que la concentración obscena de poder es meritocracia, que la explotación infinita es crecimiento, que el orden será el resultado del caos que siembran, que el fascismo es liberalismo democrático, que el cambio climático no existe, que se preocupan de tu futuro mientras devoran tu presente. Han conseguido que ya no podamos debatir entre sistemas económicos alternativos pues sólo reina el suyo. Ya no podemos elegir entre revolución o reforma porque sus reformas nos llevan al pasado. Ahora la única resistencia posible es la de intentar defender los últimos restos de vida civilizada, la posibilidad misma de mantener lo común, lo público, lo compartido, lo que no es sólo negocio, frente a una barbarie que avanza sin siquiera necesitar una ideología clara. Aunque la sombra del fascismo lo sobrevuela todo y todo lo envenena. El tiempo se agota. Los científicos nos dan una década para cambiar el rumbo del cambio climático. Los economistas honestos advierten de que la próxima crisis hará palidecer a la de 2008. Los sociólogos documentan cómo se deshilachan los lazos que nos mantienen juntos. Los psicólogos ya no saben cómo decir que las aplicaciones de nuestros móviles están calcinando nuestras mentes. Los fascistas afilan sus cuchillos.
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