Paletos y provincianos hay en todas partes. Las ciudades están llenas de tales especímenes, aunque en Madrid creen que España es una ciudad cosmopolita -la suya- rodeada de catetos. Lo que es nuevo es esa exhibición alegre del espíritu pueblerino que invade pueblos y ciudades patrias, pues basta desparramar la vista para apreciar esa sobreabundancia de catetos en nuestros poblachones o en nuestras grandes urbes, bobos que conocen lo suyo -a veces ni eso- y con ello les basta, sin más altura de miras que la que les permite su vista cuando levantan el Barceló cola en el bar. Ahora el paleto se disfraza de moderno, de gente trendy, de intelectual cool digitalizado, de seguidor de tendencia fashion. Pero, al primer descuido, se colocan el tenedor del restaurante en la oreja entre plato y plato. Ahora triunfa el "cateto disciplinado", ese moderno que reconoces cuando suelta alguna frasecilla del estilo “cuando la motivación falla lo que queda es la disciplina”. Es la nueva plaga digital. Hasta los influencers conversos centran su discurso en hablar de cómo Dios pone orden en sus vidas. Mires por donde mires, encontrarás mensajes que ensalzan el sacrificio y el control. Se veía venir. Desde hace unos años vivimos en una demanda de optimización infinita. Queremos comer mejor, estar más guapos, hablar todos los idiomas. Hay que sacarle el máximo partido a todo: al cuarto de hora que se te queda libre entre recados, a las sobras de la cena o a unos pantalones que ya no usas. Además, para "perfeccionarnos" necesitamos volvernos rígidos e impermeables. Lo admirable es ser capaz de restringirse y dominarse, porque esa es la clave para lograr los objetivos. Para esto, hace falta disciplina. El nuevo modelo de ciudadano es un rebujito de estoicismo de Temu y un Funko Pop de Torquemada. Cabezón y perenne. La disciplina es un valor seguro. Parece ser que la dirijas hacia lo que la dirijas, siempre recibes una palmadita en la espalda por practicarla. Para sorpresa de nadie, en un contexto cada vez más virado hacia la derecha y en el que estamos asistiendo a un rearme generalizado, la disciplina es un valor cada vez más importante. ¡Qué casualidad!. Estamos todos de meritocracia hasta las cejas y nos la tragamos sin darnos cuenta. Tanto que, muchas veces, ni siquiera nos fijamos en el precio que se paga por esa "divina" fuerza de voluntad. Porque siempre, siempre, imponernos disciplina tiene un coste económico, algo que nos venden y por lo que hay que pagar. Y, sobre todo, esa exigencia de estar continuamente autoapatrullándonos, es otra vuelta de tuerca en el mirarnos a nosotros mismos y olvidar a los demás, salvo para compararnos insanamente con ellos.
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