lunes, 22 de junio de 2026

Usar

Pasa muy a menudo. Te enteras de que alguien cercano, alguien a quien aprecias, ha recibido un "diagnóstico" muy negativo. Tanto que hasta te da miedo nombrarlo, como si ponerle palabras fuera lo que lo hiciera verdad. Hasta ahora te consolaba pensar que es algo que le pasa a otra gente, en otra vida, en otra historia que no tiene nada que ver contigo. Pero entonces descubres que el dolor no discrimina, que también le afecta a gente cercana. Y no sabes cómo estar. No sabes qué decir. No sabes si lo que puedes decir ayuda o molesta, si el silencio reconforta o agobia, si es mejor hablar de ello o quitarle hierro y hacer como que la vida sigue normal, porque quizás eso es lo que necesita el "diagnosticado", normalidad. Pero tampoco sabes si la normalidad duele, si puede parecer que no te importa, si parece que es un libro que te incomoda y no quieres leerlo. Nadie nos prepara para esto. ¿Qué haces, qué dices?. Preguntarle qué necesita, cómo esta, qué está bien preguntarle y qué no. Quieres estar de la forma que esa persona necesita, con la intensidad exacta que necesita, en el momento exacto en que lo necesita. ¿Pero qué es lo que necesita? Y preguntar también da miedo. Da miedo ahondar en la herida. Da miedo que la pregunta duela más que el silencio, que nombrar las cosas las haga más grandes, que al preguntar estés poniendo el foco justo donde ella quizás estaba consiguiendo no mirarlo por un momento. Y luego te das cuenta de algo que es todavía más incómodo. Que cuando le preguntas cómo puedes ayudarla, quizá y sin querer, lo que estás haciendo en realidad es pedirle que te ayude ella a ti. Que traduzca su miedo a un idioma que tú puedas manejar. Que te dé instrucciones mientras está intentando aprender ella misma a respirar con todo lo que tiene encima. Llegas a pensar que le estás pidiendo que piense en ti. Y eso, viniendo de alguien que quiere acompañarla, es una carga más. Pequeña, invisible, bienintencionada. Pero una carga. Y entonces decides no preguntar. Y entonces tampoco sabes qué hacer. Y te quedas ahí, dándole vueltas a cómo vas a estar tú a la altura, como si eso fuera lo importante. Y eso genera culpa. Y la culpa no ayuda a nadie. Vivimos en una cultura que nos ha enseñado a afrontar lo usual, a proponer soluciones a problemas comunes, a decir algo mil veces ensayado. Pero hay situaciones en las que no hay nada útil que decir. Nadie nos enseña a acompañar. No hay asignatura, no hay manual, no hay momento en que alguien se siente contigo y te explique qué se hace cuando una persona a la que estimas recibe una noticia que le cambia la vida. No tenemos tiempo para ello. No tenemos tiempo para lo trascendente. Y lo descubrimos tarde.

Por todo esto, no te pregunto a diario, no te pregunto a la cara. Por todo esto no tengo nada inteligente que decir ni tengo consejos que darte. Solo puedo decirte que es en los momentos más oscuros cuando debemos esforzarnos en ver la luz. Aunque el camino sea duro y parezca incierto, nunca estamos solos. Juntos es como se pueden encontrar momentos de paz y esperanza entre el dolor. Porque cada momento que acompañamos a quienes queremos por un duro camino que no nos deja ver el final es un regalo precioso. Esos momentos, por más pequeños que sean, son los que forman un puente de apoyo inquebrantable, un soporte que, mejor que cualquier otra cosa, da consuelo y fuerza. En estos momentos, más que nunca, no hay que mirar atrás. Y cuando te preguntes: ¿Por qué? Mira adelante y pregúntate: ¿Por qué no? Porque si dejas salir tus miedos de tu vida, tendrás más espacio para vivir tus sueños. Quizás la vida os ha golpeado, pero seguro que todavía no ha logrado quitaros la sonrisa.

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