jueves, 8 de octubre de 2026

Malnacidos

La única certeza que tenemos es la de que vamos a morir. Pero hay muchas formas de hacerlo. Una de las más tristes es fallecer en un hospital, casi en soledad y por agotamiento después de varios días sin comer. Supongo que la mayoría de nosotros tampoco tendríamos mucho apetito después de haber sido desahuciados y pensar, camino del hospital, que con 87 años y una discapacidad del 50% tenemos que empezar de nuevo. También debe desmotivar a seguir viviendo saber que las hordas de odiadores te han elegido como la víctima perfecta llamándote "jeta" o "puta sinvergüenza"; que han inventando mentiras sin pruebas sobre tu patrimonio o que la señora Ayuso, la que va de ático de lujo en ático de lujo pagado por "amiguetes" diga "que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar". Detrás de esta muerte hay muchos responsables. Los que menos, quienes ejecutaron materialmente el desalojo. Ahí está todo el entramado económico, jurídico y político incapaz de evitar que la vida de una mujer sea un obstáculo para la ganancia. Ahí están las empresas que compran pisos como mera mercancía especulativa. En momento alguno les interesaba la vivienda como hogar, sino como activo. Expulsan a la gente porque su presencia reduce la rentabilidad del capital. Para el capitalismo, una anciana con renta antigua no es una persona, es un rendimiento por debajo del mercado. Ahí tenemos a jueces, Audiencias y Tribunales, capaces de dar por buenas leyes franquistas para aprobar un desahucio. El derecho, en el sistema capitalista, protege la propiedad burguesa, pero no la vida del vulnerable. Ahí están las instituciones: un gobierno cobarde, lento y timorato para legislar en relación con la vivienda; Comunidades Autónomas que se niegan rotundamente a aplicar la normativa sobre zonas tensionadas; Ayuntamientos que no mueven un dedo para proteger o dar soluciones a los desahuciados. Ahí están los partidos de la derecha, votando en contra, una y otra vez, cualquier iniciativa, decreto o propuesta de ley destinado a aliviar el problema de la vivienda porque ellos sólo defienden los intereses de los propietarios y los fondos inmobiliarios frente a los inquilinos. Ahí están los Medios, que nunca se interesan por los problemas comunes de los ciudadanos antes de que estallen, pues no están al servicio de la verdad, sino del espectáculo y/o la manipulación. Maricarmen es otra víctima colateral de este puto sistema que convierte la vivienda en mercancía, la vejez en carga y la vida humana en una simple variable económica. Maricarmen no murió de vejez. Murió de desahucio. Murió porque su existencia era incompatible con la rentabilidad de un piso de 90 m² en el distrito de Retiro. Murió a manos de un sistema depredador cuyo gatillo es apretado por hombres y mujeres con nombres y apellidos. Y jaleado por una increíble horda de malnacidos.

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