Recuerdo una célebre frase de Manuel Azaña: "Si cada español hablase sólo de lo que sabe, se haría un gran silencio entre nosotros que nos permitiría estudiar". Hoy decimos estar en plena sociedad del conocimiento, pero lo cierto es que cada vez son más los que presumen de su ignorancia y la predican a los cuatro vientos. La era del conocimiento y la razón mengua, tiene a desaparecer empujada por la sobreabundancia de cretinos, de imbéciles, de personajes que aprendieron a desaprender y a sentirse orgullosos de ello. La ignorancia se ha convertido en una marca de identidad y, ahora también, en una "prioridad nacional". Desde que apareció internet y los smartphones se convirtieron para muchos en los únicos maestros, todo el mundo sabe de todo, hasta el más ignorante. No hay necesidad de leer como bien dijo una pija inculta y engreída que influye en no sé cuantos cientos de miles de cenutrios. Leer, para qué, si no tenemos que reflexionar sobre nada, si nos dedicamos a seguir las consignas que lanzan unos cuantos politicastros, periodistas zafios y gentuza de variado pelaje, si el odio irreflexivo e irracional se antepone a la razón y al respeto, ¿para qué lo queremos? Los debates ya son estériles, los argumentos se ignoran, las mentiras se acatan, las discusiones parecen bofetadas, la opinión se exterioriza, pero no se piensa y un pensamiento cada vez más retrógrado se está imponiendo en amplios sectores de la sociedad que ya no considera necesario saber si lo que le dicen es verdad o mentira, sin molestarse en pensar si lo que decimos gratuitamente hace daño a terceros, si araña, hiere o mata. Mucha gente ha elegido vivir encabronada, frustrada, dando por perdido todo lo conseguido hasta ahora, sin lucha. Vivimos mejor que nunca pero pensamos que estamos muy mal. Decimos que hay corrupción y votamos a alternativas corruptas. Y como estamos tan mal dejamos que nos roben la Sanidad Pública, que machaquen la Educación, que privaticen la atención a la vejez, que maldigan el conocimiento, el saber y enaltezcan a Vito Quiles y a Ayuso. No somos nadie, y nos empeñamos en demostrarlo con eficacia, con nuestro voto cómplice, con nuestra ignorancia. Es nuestro complejo de señoritingos frustrados. Los auténticos señoritos nos hablan de prioridad nacional y mucha gente cree que eso significa que le tocará más parte del pastel. Y corren a votar a los que quieren acabar con los restos del estado del bienestar. Es una forma de suicidio colectivo como cualquier otra, pero sobre todo es un crimen generacional, una opción que no podemos permitirnos porque es negar a las siguientes generaciones lo que nosotros hemos disfrutado.
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