No me entra el sueño. Prefiero entrar en el sueño. Allí no hay nada demasiado claro, excepto niebla, para proyectarse en un futuro en el que tampoco puedo depositar una gran esperanza. Ello porque, como casi todos, quise cambiar el mundo pero ahora sólo espero salir de este que sufrimos con dignidad. Venimos de un pasado que, sorprendentemente, para muchos no existe y nos adentramos en un futuro incierto donde sólo podemos esperar que un día puedan distinguirse, entre falsas estrellas, las estrellas verdaderas que quizá ya no existan. Digamos que quien escribe lo hace para salvarse. Confía en que sus versos le sobrevivan. Más incluso: confía en pervivir en el poema. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Esa ambición ingenua, ese temor, esa desorientación y esa vulnerabilidad resultan de verdad emocionantes, una alegoría triste y bella de la existencia humana que yo resumiría en una frase: "siempre estaré allí, sólo, con mis ideas y la verdad". Durante el recorrido por la vida, la real y la imaginada, la sufrida y la anhelada, una especie de nebulosa formada por recuerdos, sueños y pensamientos nos envuelve. Por momentos vamos perdiendo la voz e incluso la presencia, de modo que en la última parte de ese tránsito aparecemos desdibujados, casi fantasmales. Entonces sólo estamos en conciencia. Sea como sea, la vida no es sueño, transmite una emoción y una complicidad que no debería de pasar desapercibida para nadie. La templanza y la sabiduría son nuestros mejores aliados para la lucha. La valentía de reconocerse sombra es necesaria porque, a veces, nos miramos en el espejo y no vemos nada. Aunque peor es el miedo de mirarse al espejo temiendo que en vez de ver tu rostro veas tu alma.
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