miércoles, 1 de julio de 2026

El individualismo provoca fealdad

El individualismo es una plaga capitalista que afecta a todos los aspectos de la vida. Ahora le toca a las ciudades, que han pasado de ser ecosistemas donde las personas desarrollaban sus vidas a nichos de negocio. Qué tiempos aquellos donde mudarse a un bloque con fachada racionalista de ladrillo visto y terraza con baranda metálica, con maceteros incorporados, representaba el triunfo de una clase media de treintañeros que habían superado en bienestar a sus padres. Las calles repletas de niños, aunque escaseaban las guarderías, los colegios de primaria estaban abarrotados y una ciudad como Córdoba tenía sólo cuatro institutos públicos. Pero el "progreso" nos trajo bienestar e individualismo. La cooperación  dio paso a la competencia. Las asociaciones de vecinos se vaciaron y triunfó la política de cada mochuelo a su nido. Las calles se vaciaron de niños y se llenaron de coches. Las terrazas de las viviendas, que facilitaban el contacto con la calle y los vecinos, dejaron de tener sentido en una sociedad individualista que busca el aislamiento y comenzaron a cerrarse, a la vez que los aparatos de aire acondicionado colonizaban las fachadas. Éstos, las reformas de terrazas y ventanas y la instalación de toldos representaban el triunfo de la "soberanía testicular" frente al acuerdo comunitario. Mientras, las otras terrazas, las de los bares, metáfora moderna de la exhibición ostentosa y pública del consumo, se multiplicaban y se apropiaban del espacio común. Pertenezco a esa mayoría menguante, a esa generación, en que la vivienda estaba siempre habitada. Ahora las jóvenes parejas, agobiadas por salarios bajos y alquileres altos, abandonan su vivienda al amanecer y regresan al ocaso. Mas que vivir, duermen en casa. En muchos barrios, de los bajos han desaparecido las tiendas y negocios artesanales, siendo sustituidos sus locales por oscuras miniviviendas al servicio del negocio inmobiliario. Los centros se han convertido en parques temáticos abiertos al servicio de un turismo molesto. Los nuevos turistas no vienen a ver, vienen a hacerse notar. Los niños, pese a celebrar cumpleaños con decenas de invitados, no tienen amigos con quienes jugar en la calle y se divierten -o acipotan- individualmente con el móvil o la maquinita. Es evidente que el individualismo es una plaga capitalista que afecta a todos los aspectos de la vida. Soy consciente de que los barrios, como las personas, irreversiblemente envejecemos. Pero juntos podríamos haberlo hecho mejor. Este individualismo de obreros que no saben que lo son, aparte de estúpido, es feo.

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