Hoy haces una bazofia musical con 2 acordes pegadizos y la misma frase repetida 750 veces y te haces millonario, y te llaman "artista talentoso". Nada que objetar a que a tanta gente le guste la bazofia. Pero llamar a eso cultura es otro tema. El problema es que la cultura se ha mercantilizado y ha caído en las fauces del negocio hiper consumista. Libros de todo tipo llenan las mesas de novedades en las librerías, libros fruto de la sobreproducción editorial que sufrirán la velocidad desbocada con la que se renuevan esas mesas. Mucha producción cinematográfica, y muchas salas de cine prácticamente vacías. Espectáculos teatrales por doquier. Estamos a la espera de que alguien convierta el telediario en un musical que se exhiba en la Gran Vía. Y conciertos hasta en la sopa. Parece una glotonería cultural irrefrenable aunque debajo del fenómeno está el síndrome FOMO: el miedo a perderse algo, impulsado a menudo por la necesidad de validación social, la hiperconectividad digital y una profunda inseguridad personal. Si no has estado, si no te has un hecho un selfie o grabado un video para demostrarlo, eres un Juan Lanas. Durante todo el año, las recomendaciones algorítmicas de las plataformas copan nuestra atención para que, en los meses de invierno, hagamos maratones de series con sofá y mantita. Y, en verano, más de lo mismo pero trocando la manta por el aire acondicionado. Podcasts de entrevistas y de ficción guardados "para escuchar después". Listas de reproducción casi infinitas en plataformas de streaming musical. Viajes, escapadas de fin de semana, vivir experiencias singulares... Somos unos tragaldabas sin un gramo de disciplina gracias a que la industria cultural (toma oxímoron), una de las más poderosas y tóxicas del planeta, mantiene equipos de genios cuyo único propósito es manipularnos para aumentar sus beneficios. En este contexto, las "creaciones culturales" tienden a asimilarse a objetos de consumo, que, como cualquier otro consumible y siempre según las leyes del mercado, deben ser adquiridos y desechados cuanto antes. Así, con nuestros cuerpos sumidos en un perpetuo estado de agotamiento y sobreestimulación, la industria cultural viene a llenar de contenido hueco nuestro espacio y tiempo de ocio, empujándonos al afán por aumentar nuestro capital social y cultural a base de consumo. El problema viene cuando la venta continuada de contenido provoca inseguridad, sobreestimulación, estrés, malestar, enganche durante horas, cansancio y sensación de vacío. Ante la ansiedad generalizada por querer llegar a todo, verlo todo, leerlo todo, estar en todo, nos queda el gusto de perdernos cosas pensando que la tranquilidad, la desconexión y el buen vivir son también importantes.
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