sábado, 11 de abril de 2026

•Luna, lunáticos y aluniceros

El legendario diseñador aeronáutico y espacial Burt Rutan dijo hace tiempo: "Regresaremos a la luna por no aprender nada nuevo". Esa es la realidad de la sobrevalorada misión Artemis II. Nada nuevo. Ninguna aportación científica de interés. Un simple paseo espacial. Una operación de marketing para lavar la imagen de los EE.UU. más denostados de la historia gracias al miserable que los dirige. Ya dijo Julio Cortázar que "el hombre está llegando a la Luna, pero hace más de veinte siglos que un poeta supo de los ensalmos capaces de hacer bajar la Luna hasta la tierra". Para mi, la Luna no es un astro que ampare formas de conquista, colonizaciones para hacer de su superficie un espacio habitable o un nuevo nicho de explotación de recursos. Para mi sigue siendo un lugar para dirigir una mirada curiosa, o melancólica, o para formular un deseo callado. Me quedo con la Luna como un recurso profundamente literario capaz de activar nuestra sensibilidad y de modificar nuestros sentimientos. Para mi, los mejores viajes a la Luna fueron los descritos por Julio Verne o por Cyrano de Bergerac. Los que han dejado en los ojos de generaciones un camino para activar lo creativo, los que han construido literaturas para acompañar a la imaginación a mundos soñados, a nuevas tierras que se describen como imponentes paraísos inimaginables. La Luna era un lugar para reflexionar sobre los males de la Tierra: La ambición, el dolor, la culpa; en definitiva, la condición humana. Qué lástima que haya dejado de serlo. Ahora un viaje a la Luna significa una carrera de conquista, una lucha de intereses nacionalistas que ponen de manifiesto la capacidad y la fuerza de Estados Unidos ante los avances espaciales de China. La literatura, la imaginación que induce, se ha perdido a favor de una guerra tecnológica que refuerza la idea de colonización para ocupar territorios inexplorados y hacerlos nuestros por interés material. Que me dejen de historias. El viaje es antropología, literatura, imaginación y pasión. Todo lo demás está llamado a ser colonización, toma de posesión y guerra tecnológica. La Luna está ahí arriba para gozarla, no para ligarla a proyectos de dominio, a planes extractivistas o a nuevos nichos de negocio. Cuando al hablar de la Luna surgen los nombres de Trump, Elon Musk o Jeff Bezos, pienso que el hermoso viaje hasta ella también tiene una cara oculta. Y en ella se pretende reactivar el botón del deterioro de la naturaleza para beneficio propio. Es paradójico que la misión lunar de EE.UU. se denomine Artemis, diosa de la luz y poseedora de atributos que castigaban a quienes dañaban la naturaleza.

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