viernes, 6 de marzo de 2026

Móviles y libros.

Intenta no desviar la mirada hacia tu móvil buscando la última y más estúpida declaración de Ayuso, o el último meme de los bodrios de programas de Iker Jiménez, o la última y manipulada polémica estéril en X. Verás entonces que estamos aquí porque el mundo se está cayendo a pedazos y gran parte de la sociedad sigue aplaudiendo y jaleando las memeces que le sirven como espectáculo. Mientras discutimos, por octavo año consecutivo, si España se hunde o si tenemos que echar a los inmigrantes, nos están robando la cartera y el futuro. Antes esto exigía una oleada de algaradas callejeras con cócteles Molotov. Aunque lo más revolucionario que se ha inventado es el libro. Ninguna revolución se ha hecho con el estómago lleno. Ahora podríamos decir que ninguna se hará con el móvil en la mano, porque quien sale a la calle con el móvil en la mano tiene las manos atadas, el estómago lleno y la cabeza vacía. Un libro llena la cabeza cuando no es para pasar el rato sino cuando es un ladrillo. Y ya sabemos que los ladrillos pueden servir, según el caso, para levantar muros o para reventar escaparates. Todo depende de quién tenga hambre y de qué y  de quién tenga miedo y de quién. El móvil no te dejará ver más allá de lo que quiera el algoritmo. El libro, por el contrario, te limpiará la mirada y te hará ver claro. Dijo Brecht que "la perra que parió al fascismo sigue en celo" . Y ha parido de nuevo, aquí en nuestros barrios. En todos. Hoy la "bestia" de fauces ensangrentadas ya no necesita uniformes, ahora lleva traje a medida, preside partidos, se disfraza de comunicador, gestiona fondos buitres, sonríe en Instagram y legisla desde los despachos con la bandera rojigualda en la muñeca. Por eso el libro resulta tan urgente. No porque leer cure el fascismo, que no lo hace, porque si lees el Mein Kampf estamos apañados, sino porque para parar un tanque hace falta saber distinguirlo de una ambulancia y dónde coño golpearlo. Conviene apagar las manipuladoras pantallas y encender un libro para abrir la carne, para que veamos la infección que afecta a nuestra realidad. Ya está bien de indocumentados propagando bulos, de ignorantes opinando. Porque no se limitan a opinar. Después, van y votan como si supiesen qué están haciendo, como un dulce -y estúpido- acto de recuerdo entrañable. Aquí la nostalgia no es inocente, es un producto de marketing para chavales y adultos desnortados que echan de menos una dictadura que no vivieron o no recuerdan correctamente, alimentados por youtubers andorranos y políticos fachas que dicen aquello de "esto con Franco esto no pasaba". Y tienen razón, con Franco no pasaba que pudieras leer, incluso esto, sin que te partieran la cara en la DGS. Pero eso es exactamente lo que muchos quieren que regrese. Eso sí, han cambiado los tanques por las togas, la censura previa por la manipulación más escandalosa, la Brigada Político-Social por la "Policía Patriótica", la "paz" del miedo por el culto al Mercado, ese dios que exige sacrificios humanos en el altar de la precariedad, al que todos rezamos cada vez que aceptamos condiciones de mierda porque "es lo que hay". Pero no les basta: el fascismo necesita un chivo expiatorio, un hueso que tirarle al perro hambriento para que muerda al vecino en vez de al amo. Y ahí entra el racismo, el odio al pobre, al diferente. Son las tripas del monstruo mediático, cómo se cocina el odio en los platós de televisión, cómo se sirve la mentira en bandeja de plata en los matinales plagados de tipejos como Ana Rosa o Nacho Abad, cómo consiguen que la víctima se convierta en objetivo. La maquinaria está engrasada para que odies al que llega en patera y ames al que te desahucia, para que admires al que se va a Andorra para no pagar impuestos y desprecies al que propone subir las pensiones. Acabaremos lapidando inocentes arrojándoles los móviles antiguos.

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