jueves, 1 de enero de 2026

El simulacro

Sostengo que el éxito de la Navidad está en que es una fiesta que combate nuestros temores más atávicos: la oscuridad, la soledad y el hambre. De ahí la omnipresencia de las luces, las concurridas celebraciones familiares y sociales y las mesas abarrotadas de viandas. El origen de estas fiestas es ancestral. Y pagano. Celebran al "Sol Invicto", victorioso sobre la oscuridad. No en vano el 25 de diciembre marcaba el día en que los días empezaban a alargarse, simbolizando el renacimiento del sol, su victoria sobre la oscuridad y la promesa de futuras cosechas. La Navidad es también el paraíso de las tradiciones, da igual que tengan 2000 años, un siglo o 60 meses. Las tradiciones dan seguridad. Están ahí, las sigues, te identificas con la mayoría, no hay que pensar, ni aventurar... ¡Un chollo!. Pocas liturgias han logrado ensamblar con tanta eficacia la tradición, el sentimiento, las emociones, la diversión... y la contabilidad. Todo se legitima en nombre de una emoción, posiblemente ancestral, anterior a cualquier mesías, a cualquier sol invicto. Como negocio, pocas invenciones han logrado soldar con tanta eficacia el ritual y la "pasta". Relatos, imágenes, canciones, todo está diseñado para normalizar lo que aspira a ser un espíritu comunal: una mezcla dosificada de nostalgia, ilusión, diversión y consumo. El objetivo es crear, durante unos días, el espejismo de un tiempo de paz, de bondad y buena voluntad. Unos días en los que se nos permite sentirnos buenos, reconciliadores, solidarios. Unos días donde se nos abre el corazón. Y los bolsillos. Unas fiestas que producen un jugoso negocio: juguetes que duran menos que su envoltorio, dulces de temporada convertidos en obligación, colonias que duran meses, reuniones con sobrecoste emocional y económico, mesas que se esfuerzan en mostrar un status social más que un lugar de encuentro. Todo se mueve, todo factura. La Navidad practica una moral de temporada, intensa pero fugaz, que no exige continuidad ni esfuerzo: solo buenos deseos. No propone justicia estructural, sino misericordia puntual; no altera las relaciones de poder, las suaviza. Antes que solidaridad, caridad. El pobre sigue siendo pobre, pero recibe una comida caliente, una zambomba y un villancico. Y cuando el 7 de enero termina el simulacro de paz en el mundo y de buena voluntad, volvemos a la normalidad: a sacarnos las tajadas.

Despropósitos de Año nuevo

No hay Nochevieja sin propósitos de año nuevo. Siempre nos decimos que esta vez todo será distinto, que está vez sí, que nada impedirá que nos apuntemos al gimnasio, que hagamos la dieta del espárrago, aprendamos suajili, leamos Dublineses o corramos la maratón de Boston. Al principio nos invade el entusiasmo. En un arranque de euforia, pagamos la primera mensualidad del gimnasio y nos compramos unas mallas ridículas. El 15 de enero la cosa empieza a enfriarse. Para San Valentín, las mallas ya reposan en el armario. Llega el Corpus y lo único que sabemos decir en suajili es hakuna "batata". El 2 de enero dormimos soñando con dejar el tabaco o bajar de peso pero apenas un mes después hemos vuelto a fumar y nos hinchamos de panceta y chocolate. Un estudio demuestra que las personas que no cumplen sus propias promesas -la mayoría-, tienden a creer que los problemas se resuelven mágicamente por sí solos. Son los mismos que leen el horóscopo o le ponen perejil a San Pancracio. ¡Hay que comprometerse más! Realizar una solemne ceremonia de compromiso, del tipo: "Juro, por mi conciencia y honor, que de ahora en adelante tomaré el café con sacarina, que cumpliré fielmente con mis clases de zumba, no me pondré mi ropa deportiva en vano y guardaré lealtad a la ensalada de espinacas y las semillas de chía". Y si no estás seguro de tí mismo, al menos formula bien tus promesas. En vez de decir “en 2026 voy a dejar de fumar”, escribe: “en 2026 no fumaré salvo con causa justificada, por ejemplo para acompañar el cubata de los sábados; o en el descanso del curro, cuando todo el mundo se enciende un piti, que no voy a ser yo menos; o una caladita de nada cuando me vengan los nervios, o el hambre, o el estrés. En todo caso, no más de dos cajetillas al día, lo juro por lo más sagrado”. En fin, no te propongas una defensa numantina de tus propósitos que la carne es débil, la tableta de chocolate nos acecha desde la estantería del súper, el tiramisú nos guiña un ojo desde el fondo de la nevera, el cigarro nos llama con dulce voz desde el paquete y nos seduce con artimañas adictivas. Y caemos. Como todos los años.