El ínclito Arturo Pérez Reverte en su continuo intento de presentarse como una figura imprescindible de la España de hoy, un sabelotodo que sienta cátedra cada vez que abre la boca y un narcisista a la búsqueda de calle y estatua, ha presentando unas jornadas llamadas "La Guerra que todos perdimos". Hombre, todos, todos. Seguramente unos más que otros. En la presentación, Reverte usa el mismo lenguaje que esos demócratas a tiempo parcial que, mientras consideran que la Transición fue un fenómeno equiparable a la Creación del Mundo, evitan, no ya condenar, sino ni tan siquiera condenar la dictadura franquista. Ya sabemos: que si los dos bandos fueron culpables, que si había buenos y malos en los dos sitios, que si fue una guerra entre hermanos, que si en la transición se "abrazaron" los de un bando y de otro, y memeces por el estilo. Reverte se ha convertido en el campeón de la equidistancia pensada para "rehabilitar" a los que con un golpe militar contra un gobierno democrático provocaron la guerra. ¿De verdad alguien cree que personajes como Aznar o Espinosa de los Monteros, que muestran sin tapujos sus simpatías por la dictadura, pueden participar en unas jornadas que dicen buscar una nueva reconciliación? Estoy hasta el gorro de esos manipuladores de espíritu fascista que ante el simple intento de exhumar restos de los asesinados que siguen en fosas comunes, noventa años después, proclaman esa infamia de "no hay que abrir heridas". Como si se pudiera abrir una herida que nunca se ha cerrado porque una parte nunca ha querido. Convendría recordar que hasta el año 2000 no se produjo la primera exhumación oficial de una fosa de la represión franquista: 25 años después del inicio de la Transición. ¿Dónde estaba la voluntad de ésta de cerrar heridas y favorecer la reconciliación durante esos años? Pero es que, todavía hoy, las trabas y triquiñuelas de la derecha para evitar exhumaciones de las fosas está a la orden del día. A esos fervientes defensores de la "concordia" y la equidistancia, les llevaba yo a ver los restos de un niño de nueve años con un tiro en la cabeza, el primer cadáver -el último en ser arrojado- aparecido en una fosa; el revoltijo de cadáveres -hombres, mujeres, ancianos, adolescentes- apilados unos sobre otros. Les explicaría que los que tienen las costillas juntas y las bocas abiertas son los que aún estaban vivos al ser enterrados. Les hablaría de esas mujeres que tras sufrir una violación múltiple delante de su marido, eran obligadas a ver cómo lo asesinaban y después eran vejadas públicamente. Mujeres que, en la mayoría de los casos, callaron hasta la tumba... El señor Reverte ha pasado a engrosar las filas de los que ven innecesario recuperar los restos de las más de 6000 fosas comunes que hubo en España. No se oponen tanto a exhumar los cadáveres como a recuperar la memoria que llevan consigo. Su gran problema es que no tuvieron en cuenta que los muertos, muertos están, pero los muertos tenían vivos y los vivos memoria. Por eso las derechas han hecho de la liquidación de la Ley de Memoria un objetivo prioritario.
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