domingo, 25 de enero de 2026

En obras

No hace falta ningún estudio para constatar que el odio está disparado. Se percibe en el ambiente, se respira. Pareciese que es una anomalía adquirida y colectiva del comportamiento humano. Yo pienso que sus causas son multifactoriales. Esta sociedad vive en un estado perpetuo de contradicción, de incertidumbre, de desmoralización, de frustración, de negativismo, de miedo ante la falta de certezas, de crisis psicótica asociada a un sistema de valores morales y culturales que está siendo dinamitado. Es como esa sensación de desgana, de malestar interno, de irritabilidad que nos provoca un lunes con mal tiempo y nos lleva al "encabronamiento psíquico. Además está el perpetuo estado de crispación interesada para conseguir fines espurios. Lo vemos en el campo de la política, pero sobre todo en las redes. Yo solo uso Whatsapp, pero es imposible no estar al tanto del lodazal en el que éstas se han convertido, seguramente porque el odio se monetiza, porque plataformas y muchos creadores de contenido "facturan" al amplificar discursos ofensivos, degradantes, polarizantes o extremistas, ya que estos suelen aumentar el engagement (interacción), atrayendo más publicidad y atención en redes sociales. Y si hablamos de los medios de comunicación... Ser un "polemista", un ultradeslenguado, un tertuliano iracundo, un extremista cínico o un chalado anticiencia te puede llevar a pasearte por radios, televisiones y streamings porque eres rentable para gente sin un mínimo de ética periodística. Pero, en el fondo, creo que en todo esto tiene también mucho que ver la ignorancia y el individualismo. Cada vez más gente abraza sin complejos la idea de que hay que rechazar la "funesta manía de pensar". Y cuando unimos esto al individualismo mal entendido y el egoísmo social... Quizá es que es más cómodo aceptar una plantilla que pensar en las singularidades. Quizá por eso flota en el ambiente una realidad incómoda que atraviesa nuestras relaciones sociales, de amistad, nuestra cotidianidad y nos lleva a aceptar prototipos simplificados. Por ejemplo, dividir el mundo entre buenos y malos, entre nosotros y ellos. Así, todo parece más fácil pues crees despojar la realidad de complejidad. Yo no creo en la uniformidad. Esto lo aceptamos todos en el ámbito familiar: Nadie ha vivido lo mismo, aunque haya compartido el mismo espacio. Cada hijo fue criado por una versión distinta de sus padres. Cada hermano habitó una familia diferente, con sus propios silencios, gestos, ausencias y formas de amor o desamor. Cada persona de una pareja tuvo contextos dispares de educación emocional… O aceptamos la diversidad o creamos un conflicto, porque nadie vive ni siente lo mismo. Si esto ocurre en una misma familia imaginemos en toda una sociedad. Y ahí está la madre del cordero. Si ya cuesta respetar la singularidad en lo íntimo, ¿cómo vamos a construir consensos en lo colectivo? Si no sabemos convivir con versiones distintas de la historia en "nuestra propia casa", ¿cómo vamos a aceptar la pluralidad en nuestras "luchas" sociales? (porque hayucho interés en presentarnos la relación con los "otros" como una lucha). Si nos fijamos -y nos llevan a ello- más en las diferencias que en las posibilidades de encuentro nos atrincheramos en lo identitario, en lo doctrinario, en lo programático, en lo propagandístico, olvidándonos que la sociedad no es solo ideología: debería ser vínculo, respeto, afecto, reconocimiento mutuo. Y si no es así el concepto de identidad familiar, grupal, local... o nacional  es una soberana mierda que no va mucho más allá de un artificio identitario. Creo que construir lazos y consensos desde la diferencia no significa renunciar a tus principios. Significa reconocer que hay muchas formas legítimas de vivir, de pensar, de amar, de luchar, de narrar el mundo. Significa aceptar que el disenso no fragmenta: complejiza. Quizá ahí está el problema, que a mucha gente la mente ya no le da para enfrentarse a lo complejo. La pluralidad no debilita: enriquece. Si queremos mejorar este modelo de sociedad tenemos que empezar por cambiar nuestros propios modelos de relación. No podemos exigir al mundo lo que no practicamos. Y si no lo aceptamos, todos acabaremos como en la obra de Goya "Duelo a garrotazos".

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