La crispación seguirá aumentando si el personal no se da cuenta de que la política no va de campañas electorales, de polémicas continuas entre partidos que se aferran o quieren alcanzar el poder a toda costa, de eslóganes y declaraciones incendiarias de minuto y medio para que se vean en los telediarios, de polarización o griterío mediático. No, qué va. La política va de organizar la convivencia, no de favorecer el enfrentamiento. Va de administrar los recursos para alcanzar el objetivo de una vida mejor para todos, no para algunos. Por eso me indignan esos miserables que cuando el dinero de todos va a parar a manos de -por ejemplo- empresarios hablan de "ayudas" y cuando está destinado a los más vulnerables hablan de "paguitas". Así, usando un diminutivo intencionado, despectivo, hiriente. Y lo peor es que lo que más desprecian no es que ese dinero vaya a gente necesitada y no a cubrir sus intereses. Lo peor es que su desprecio va dirigido a quiénes lo reciben. Da igual que sean algunos de los colectivos a los que odian, los desempleados mayores de 55 años o los jubilados que reciben una pensión no contributiva. Si, porque ellos distinguen entre pensiones, que son las que ellos recibirán después de media vida madrugando (aunque eso no es lo mismo que trabajando) y de paguitas, que es lo que ellos creen que reciben los "parásitos" que no han trabajado nunca. Porque, para ellos, una mujer que ha dedicado toda su vida a sacar a su familia adelante sin haber cotizado, no ha trabajado nunca. Ellos no reparan en lo que una pensión de apenas 600 Euros, o 900 -qué más da- significa. Y mantienen que las "paguitas" son un regalo, una carga, un exceso que el país no se puede permitir. A esta gente socialmente egoísta e insolidaria yo le aplicaba un ejercicio obligado de empatía, haciéndoles vivir unos meses con el ingreso de una de estas paguitas para que sufriesen en carne propia lo que es tener que apagar un triste brasero antes de tiempo, comer de ofertas o la fruta elegida por precio, no poder ir al dentista, ni hacer una sola escapada de fin de semana o salir a cenar, o que el chaquetón de polipiel te dure más inviernos de los razonable. A lo mejor bastaría con que visitasen, una vez a la semana, a uno de esos abuelos que con su corta pensión tiene que pagar el material escolar, o el anorak de mercadillo de la nieta, o ese recibo de la luz que te amenazan cortar, o el alquiler que ha subido este nuevo año. Podrían vivir entonces el vértigo de esas jubilaciones que no cierran una etapa, sino que la reabren: donde vuelve la responsabilidad, el miedo, el silencio, la enésima estrechez. Quizás entonces esa gente entendería que la política no va de eslóganes interesados, y que conviene evitar a los que convierten una vida concreta en una cifra abstracta, la insolidaridad en un argumento táctico. Estoy harto de esa gente que idealiza la pensión y desprecia al pensionista y que, a proporcionar algo de dignidad, lo llaman gasto.
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