Me dan grima los que se hacen cruces cuando se publica el dato de la edad media con la que se independizan los jóvenes españoles. Y, directamente, asco cuando en su papel de cuñado borracho en la barra del bar tiran de argumentos como que "es que en casa de tus padres se vive mejor"; "no piensan en el futuro" o "sólo les gusta divertirse y no ahorran". Estos memos creen que independizarse tarde es una cuestión cultural española y muy española, casi una elección. Son tan cortitos que no entienden que el acceso a la vivienda se ha convertido en un problema estructural que condiciona toda la vida adulta. No es una cuestión de prioridades ni de sacrificio personal: es una cuestión de números que no cuadran porque se prefiere proteger el derecho de algunos. Y la "cortedad de miras" está muy extendida. La prueba es que mucha gente se ha creído el bulo de la derecha de que el principal problema de la vivienda es la okupación, convirtiéndolo de consecuencia en causa. Da igual que les digas que la okupación en España afecta a un porcentaje muy bajo del total de viviendas: en torno al 0,05% , y que sin embargo, un 60% de los hogares españoles experimenta problemas relacionados con la vivienda. Los "de siempre" tienen la clave del problema: hace falta suelo. Y la solución perfecta: hay que liberalizarlo y construir más. De nuevo sus soluciones benefician a los que hacen negocio con la construcción. Además, les da igual la experiencia del estallido de la burbuja inmobiliaria. Quieren vender que el problema de la vivienda es su falta, cuando en España hay 3,8 millones de viviendas vacías, cuando las nuevas viviendas a precio de mercado seguirían siendo inaccesibles para una mayoría. Pero ellos saben que el problema es que el motor del mercado ya no es la necesidad residencial, sino la rentabilidad. Se compra para invertir, no para habitar. Esta dinámica es la que reduce la oferta real y presiona los precios al alza, tanto en la compra como en el alquiler. Y el problema de la vivienda ya es la base de otros de igual gravedad: La deuda hipotecaria y los precios de los alquileres empobrecen a un alto porcentaje de población; ya hay zonas donde estos precios están expulsando a los funcionarios, que, tras pagar el alquiler, no les llega para vivir. Cada vez más universitarios están empezando a renunciar a sus estudios porque no pueden pagarse un alquiler. El problema de la vivienda tiene un impacto directo en la salud mental, afecta a las relaciones personales, a la autoestima... Con salarios bajos, contratos precarios y un paro juvenil que sigue siendo elevado, la emancipación se retrasa más allá de los 30 años o se convierte en un proyecto frágil. Ahorrar resulta casi imposible y cualquier imprevisto pone en riesgo la estabilidad. Y muchos menos siguen preguntándose, por ejemplo, por qué es tan baja la natalidad en España. Parece evidente que resolver la crisis de la vivienda no es solo una cuestión económica, es una cuestión de dignidad y justicia social. Pues ya verás como muchos afectados correrán a coger la papeleta de los que creen que la justicia social es una aberración.
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